Azumi Ohara, una japonesa enamorada de la salsa

¿Qué hace una japonesa al frente de una banda de salsa? Salió muy joven de Yokohama, conoció la salsa en Vancouver y terminó en Colombia fundando su propia orquesta. Ella confirma el viejo lugar común de que el lenguaje musical no tiene fronteras.
Azumi Ohara, una japonesa enamorada de la salsa

Siempre pasa lo mismo: cuando Azumi Ohara sale al escenario con su grupo, Coco Blue Salsa Band, la gente se queda mirándola extrañada. Pocos creen que ella, una japonesa nacida en Tokio y criada en Yokohama, sea la voz principal de una agrupación salsera. Y Azumi, acostumbrada ya a las miradas indiscretas, tiene que empezar a cantar y esperar a que el público descubra que lo hace tan bien como cualquier músico.

Pero no ha sido fácil. “Cuando empecé a armar la banda estaba buscando acoplarme a algún proyecto donde cupieran mis ideas musicales, pero aquí muchos quieren tenerme como una payasa japonesa y nada más”, dice con un español claro a pesar de que aún se le siente el acento japonés.  

Cómo fue que terminó aquí? Todo empezó en 2001, cuando decidió abandonar Japón para terminar su bachillerato y comenzar la universidad en Canadá. No le gustaba la vida en su país; sentía que encajaba poco. “La verdad es que allá son muy machistas y conservadores –cuenta–. Uno pensaría que por ser el primer mundo y estar todo tan organizado es diferente, pero no es así”.

Ya en Vancouver se matriculó en dos carreras –Relaciones Internacionales y Estudios Hispánicos– y oyó la salsa por primera vez. “Allá hay una comunidad salsera bastante grande, aunque no bailan como los colombianos”, dice. En la universidad conoció a Camilo Suárez, el colombiano que un par de años más tarde fundaría la banda Enclave Latino, y quien, en 2007, la invitó a pasar cinco días en su país. Viajó desde Chile, donde había ido un semestre de intercambio, y el poco tiempo que estuvo en Bogotá fue suficiente para darse cuenta de que iba a regresar muy pronto. “Fue frustrante: cuando estuve allí era la única que no sabía bailar salsa. Apenas volví a Canadá me matriculé en clases”.

Lo de la música empezó como una afición más. Primero fue el baile y luego, poco a poco, el canto. Cuando le faltaba un semestre para terminar la universidad, decidió empacar maletas y venirse a Colombia; mientras terminaba la carrera entró a formar parte de Enclave Latino, animada por los elogios de Suárez, quien vio en ella un talento innato. “Yo sabía que tenía buen oído, pero nunca pensé que me sirviera para algo”, cuenta Azumi.

Así empezó todo. Poco a poco abandonó su carrera (una vez que acabó semestres empezó a trabajar en Bogotá dictando unos talleres en Cazucá, pero el proyecto duró poco), y terminó dedicándose de lleno a la música. En 2010, cuando ya se sentía con la experiencia necesaria, decidió reunir su propia banda. “Cuando me llamaron a contarme del proyecto porque necesitaban un pianista, fui muy escéptico –confiesa Jonathan Purizaga, un músico peruano de 23 años que hoy es director musical de Coco Blue–. Entonces pensé que era la cosa más loca del mundo”.

Dos años más tarde la banda está más que consolidada: once integrantes –entre ellos un cubano, Julián Valdias, que ha tocado con Buena Vista Social Club–, y varias canciones que fusionan ritmos autóctonos como el bullerengue con la salsa y el jazz. El resultado es un sonido propio y el disco Coco Blue Salsa Band que estará listo, según calculan, para el próximo año. Mientras tanto se dan a conocer con toques en Salsa Camará, la Galería Café Libro y la Casa Buenavista, sitios emblemáticos de salsa en la capital.

Por ahora los planes de Ohara están ligados a su banda. No tiene pensado regresar a Japón (“me siento más extranjera allá que acá”), a pesar de que el fenómeno de la salsa en su país natal viene creciendo a pasos agigantados. Prueba de ello son festivales como el Isla de Salsa o el Japan Tour, que convocan cada año miles de fanáticos, y grupos como la Orquesta de la Luz, conformado exclusivamente por japoneses que desde hace años es muy popular en varios países del Caribe. Lo cierto es que en Colombia Azumi se siente como en casa. “Aquí son muy abiertos a los extranjeros, sienten mucha curiosidad y por eso siempre me preguntan lo mismo cuando me subo a los taxis”. La ventaja, eso sí, es que las miradas dejaron de intimidarla hace rato.