33 años tras el rastro de Etan

el FBI reanudó la búsqueda de Etan Patz, el niño desaparecido en manhattan en 1979. Después de escarbar durante seis días en un sótano, la pista resultó falsa.  

Dos veces al año, el 25 de mayo y el 9 de octubre, el puertorriqueño José Antonio Ramos recibe en su celda de la cárcel de Rockview una carta con una sola frase: ¿Qué has hecho con mi hijo? La escueta nota está firmada por Stanley Patz, padre de Etan, el niño que desapareció hace 33 años mientras caminaba hacia la ruta escolar y que se ha convertido en el símbolo de la lucha por los niños perdidos en Estados Unidos.

Después de 30 años de investigación, la justicia no ha logrado probar que Ramos fue el responsable de la desaparición de Etan y está en la cárcel acusado de otros delitos. Pero los padres del niño siguen convencidos de su culpabilidad y aspiran a que antes de 2014, cuando debe quedar libre, consigan las pruebas para inculparlo.

Por ahora solo cuentan con algunos indicios que vinculan a Ramos con la niñera que durante algunos días acompañó a Etan. Y con una confesión a medias, en la que el puertorriqueño aceptó haber contactado a un chico muy parecido a la víctima, pero asegura que no le hizo daño y que incluso lo dejó en una estación de metro para que visitara a una tía.Pero con la llegada del fiscal nuevo de Manhattan, Cyrus Vance, el caso revivió después de varios años de letargo en las cortes. Desde que se posesionó hace cuatro meses, dio la orden de seguir nuevas pistas. Y justo hace una semana, los vecinos de los Patz se sorprendieron con la llegada de decenas de agentes del FBI al domicilio de Othniel Miller, un albañil sobre el que alguna vez recayeron sospechas.

Después de remover durante seis días la placa de cemento y los recuerdos y las esperanzas de los amigos y familiares, la policía y el FBI acaban de notificar oficialmente que siguen sin el rastro del niño que hoy tendría 39 años.

El día del infierno El 25 de mayo de 1979, Etan Patz, de apenas seis años, logró convencer a su mamá de que podía caminar solo hasta el paradero de la ruta escolar. Julie, que cuidaba a sus otros hijos (Shira, de 8, y Ari, de 2), accedió pensando que no habría problema en que el chico recorriera una cuadra y media. Le dio un dólar y desde el balcón del apartamento en el barrio Soho, al sur de Manhattan, lo vio doblar la esquina de la calle Wooster. Esa sería la última imagen de su hijo.

Estaba vestido todo de azul: pantalón, chaqueta de pana y zapatillas con rayas fluorescentes. Su bolso también era azul. Llevaba su gorra negra de la buena suerte y estaba feliz porque llevaba varios días pidiendo permiso para semejante acto de independencia. Sus padres no accedieron antes porque la ruta escolar había estado en huelga seis semanas. Así que Etan se había resignado a la compañía de una niñera para ir a la escuela.

Una vecina y un cartero fueron los últimos en ver a Etan cuando iba a cruzar la calle que lo separaba de la parada. La ruta llegó a West Broadway a las 8:10 de la mañana, pero Etan nunca se subió. El maestro de la escuela notó la ausencia del chico pero no informó, de tal manera que los Patz solo se enteraron de la desaparición de su hijo cuando la ruta dejó de vuelta a los niños a las 3:15 de la tarde. Dos horas más tarde el detective William Butler, de la policía de Nueva York, recibió la llamada, y esa misma noche empezó la búsqueda. Cerca de 100 agentes rastrearon el vecindario y al día siguiente continuaron la tarea con perros de rescate, helicópteros y barcos.

Mientras la angustia se apoderaba de la familia Patz, los vecinos se empezaban a movilizar en torno a las imágenes que Stan, fotógrafo de profesión, le había tomado a su hijo, y que pronto inundaron las calles de Manhattan. Soho era por esos días un barrio oscuro, de construcciones antiguas, que en su mayoría permanecían vacías. Por esas ruinosas calles, que luego serían restauradas para convertirse hoy en el barrio de prestigiosos artistas y lujosas tiendas de moda, la historia de Etan se regó como pólvora hasta alcanzar dimensiones nacionales. Nunca antes la historia de un niño desaparecido había logrado convocar la atención de tal manera.

La tragedia de una familia común, de padres trabajadores con dos hijos más, que no ocultaban una historia sórdida ni truculenta, logró cambiar la forma de buscar a los niños desaparecidos. La imagen de Etan llegó a los kioskos y al comercio formal, a los periódicos y a la televisión y, en un hecho sin precedentes, a las cajas de leche. La primera pista surgió de un testigo que dijo haber visto a Etan conversando con un hombre rubio y pecoso, a tres cuadras del cruce donde todos lo vieron por última vez. Pero con el paso del tiempo, el interés en el caso se disolvió tras varias pistas falsas y los investigadores fueron reasignados a otros casos. En 1982 el caso de Etan volvió a tocar las oficinas de detectives, policías y fiscales, pero lamentablemente se perdió en los vericuetos de la justicia y de sus tecnicismos.

Todo empezó con un operativo en el que la policía de Nueva York arrestó a un vagabundo identificado como José Antonio Ramos, acusado de intentar llevarse a dos niños a una alcantarilla donde vivía. En el allanamiento, los investigadores encontraron fotografías de varios niños rubios –muy parecidos a Etan– y le preguntaron al sospechoso por el chico que ya llevaba tres años desaparecido.

Ramos dijo que no sabía nada de él pero admitió que conocía a la empleada que lo acompañaba habitualmente al colegio. La policía buscó a la niñera y ésta dijo que en 1979 había sostenido una relación con Ramos y que descubrió que había abusado de su hijo.

Conmocionada, aceptó que no presentó cargos porque el niño se había suicidado años después.Las autoridades dijeron que no había pruebas suficientes para mantenerlo en prisión y lo dejaron en libertad.

Cinco meses más tarde, Ramos fue arrestado de nuevo, acusado de tratar de seducir a tres jovencitos, que resultaron ser pandilleros y que no se presentaron a levantar cargos. Así que nuevamente volvió a las calles. En 1985, regresó a prisión. Lo acusaban de perseguir y tener relaciones sexuales con niños de una comunidad de hippies en Michigan.

El vagabundo se acercó durante tres años a las reuniones anuales de esta comunidad y les daba regalos a los niños. La primera vez, los encargados de seguridad lo espantaron, pero dos años más tarde se presentó a la reunión en Missouri, acompañado de un adolescente rubio con el que tentaba a los niños con juguetes y baratijas. Logró entablar relación con una familia y se ganó su confianza hasta que le dejaron a su cuidado dos hermanitos. Ramos abusó sexualmente de ellos.

Apareció al año siguiente en el encuentro de Pensilvania, con el mismo adolescente y en la misma actitud de acosar a los niños. Alertado por los antecedentes del sujeto, el líder de la comunidad decidió seguirlo. Lo encontró en un bus de su propiedad, con un niño de la comunidad y con el joven rubio. Ramos intentó huir pero fue interceptado y arrestado.

Nuevamente quedó libre por un tecnicismo: no le habían leído sus derechos.La investigación siguió su curso y por fin en 1985 lo condenaron por abuso de los dos hermanitos en Missouri. Por estos mismos días, el fiscal federal Stuart Grabois asumió el caso de Etan con el encargo de su jefe de entonces, Rudolph Giuliani (quien luego fue alcalde de Nueva York), de hacer todo lo necesario para encontrar al culpable de la desaparición.

Grabois se dedicó a escarbar la vida de Ramos. Logró establecer que el vagabundo, de ascendencia puertorriqueña, era el mayor de cinco hermanos varones, que fue violado por un tío y que había sostenido relaciones con uno de sus hermanitos. El hombre no terminó el colegio, se enlistó en la marina y a su regreso decidió vivir como un nómada, vendiendo chucherías, material reciclable y libros de segunda. Había estado en prisión tres veces en San Diego y Nueva Orleans por robo y otros delitos menores.

“Quiero contarlo todo”Convencido de que Ramos era el cabo suelto en esta investigación, el fiscal decidió trasladarlo desde su prisión en Pensilvania hacia Manhattan y lo confrontó en un interrogatorio que el acusado asumió con tranquilidad. Pero cuando Grabois le preguntó cuántas veces había tenido relaciones con Etan Patz, la cara del vagabundo cambió. Visiblemente afectado empezó a llorar: “Voy a contar todo, quiero sacar esto de mi pecho”, dijo.

Ramos contó que una mañana vio a un niño que se acercaba a la descripción de Etan en Washington Square, jugando solo en un parque. Confesó que se le acercó y lo invitó a su apartamento con la intención de tener sexo con él. Ante la negativa del niño –dice el sujeto– decidió dejarlo en la estación de metro para que fuera a visitar a una tía en Washington Heights.

Semejante argumento no convenció a Grabois, entre otras razones porque los Patz no tienen parientes en Washington Heights y porque días después de la desaparición de Etan, se registró el ingreso insólito de 10.000 dólares a una cuenta de Ramos, lo que llevó al fiscal a pensar que el vagabundo pudo vender al niño a redes ilegales de adopción. Ramos se mantuvo en su historia y dijo que al día siguiente, cuando vio en las noticias la foto de Etan, él mismo lo buscó.

Grabois no paró y se concentró en otra pista: el adolescente que acompañó a Ramos en sus dos últimas visitas a la comunidad de hippies. Basado en las fotos que tomaron los amigos de las víctimas, pudo establecer que el menor tenía la misma edad que podría tener Etan si estuviera vivo. Decidió seguir su corazonada. Comparó las fotos del joven con las de los padres y hermanos de Etan y las sometió a un programa que puede predecir cómo se verá un niño años más adelante. Los resultados fueron escalofriantes: el acompañante del vagabundo era muy parecido a la proyección que los analistas habían hecho de Etan.

Al seguirle la pista al adolescente, los agentes descubrieron que era adoptado, hecho que alentó la ilusión de haberlo encontrado. Pero las esperanzas se esfumaron con las pruebas de ADN: no era Etan Patz.Decepcionado, Grabois continuó adelante con las acusaciones por la violación del niño en el autobús. Ramos admitió el delito y fue condenado a 20 años de cárcel. El fiscal le hizo diferentes ofertas para conseguir su confesión completa en el caso de Etan, pero el acusado no se movió de su versión inicial.

De ahí en adelante el caso judicial ha tenido pocos avances. En 2000 hubo una inspección al domicilio de Ramos en 1979, y no se encontró ni un solo rastro de Etan. Ante la imposibilidad de probar la responsabilidad penal del acusado, los Patz solicitaron que su hijo fuera declarado legalmente muerto. Lo obtuvieron en 2001. Tres años después la Corte Suprema de Manhattan encontró a Ramos responsable de la muerte de Etan en un proceso civil.

Y mientras tanto, en los medios se seguían ventilando detalles escabrosos, como los testimonios de dos presos que compartieron celda con Ramos y que aseguraron que él les había contado cómo había desaparecido a Etan. De hecho, algún día les confesó: “Grabois sabe que yo lo hice y se muere porque no ha podido hacer que confiese”.

Este caso tiene un libro, una película y un lugar en la historia judicial de Estados Unidos, porque cambió la forma de investigar las desapariciones de niños, motivó al presidente Ronald Reagan a declarar el 25 de mayo como el Día de los niños desaparecidos y originó un movimiento que los busca. Y demostró también de qué manera puede perderse una investigación en los vericuetos de la justicia.