Andrés Parra, prisionero en el cuerpo de Pablo Escobar

Por primera vez, y con nombres propios, la televisión colombiana cuenta la historia del capo más temible de todos los tiempos.
Andrés Parra, prisionero en el cuerpo de Pablo Escobar

Andrés Parra se baja del carro en el barrio de la Santísima Trinidad, en Medellín, ataviado de Pablo Escobar. Es un barrio humilde y bravo que hoy se llama Barrio Antioquia y cuya particularidad reside en que fue allí donde todo comenzó. El equipo de producción se alista para grabar las escenas en las que Escobar conoce a Griselda Blanco, la Reina de la Roca, una matrona de la delincuencia que introducirá a Escobar en el mundo del narcotráfico. De pronto se escucha un rumor que sale de entre la multitud que se le acerca, caras anónimas desencajadas por el asombro: “El Patrón, es el Patrón”.Parra, el actor caleño que se dio a conocer en televisión en su papel de Anestesia, en la serie El Cartel, los escucha en silencio, sin mirarlos siquiera, y comienza a caer en la cuenta del tamaño del proyecto en el que se ha metido: personificar al jefe del Cartel de Medellín, que asoló a Colombia durante buena parte de la historia reciente, pero que aún hoy, 18 años después de muerto, sigue despertando sentimientos encontrados en las barriadas de Medellín, donde Escobar reinó como un padrino bondadoso al que había que querer a la fuerza.

Eso me lo comentará después, mientras conversamos al borde de la carretera que conduce al Alto de Santa Elena, donde se prepara para grabar algunas secuencias en carro que narran los primeros años de delincuencia de Escobar, como contrabandista en la frontera con Ecuador. En una banca de madera, masca el tallo de una flor silvestre al tiempo que intenta encontrar las palabras exactas para explicar, sin desvirtuar, el sentido de su personificación. “A veces hay momentos en que quisiera salir corriendo. Yo no sé qué pensar cuando la gente se acerca con el deseo de tomarse una foto con El Patrón; no conmigo, con el actor, sino con El Patrón. Hasta ahora no me he ganado ni un madrazo, todos quieren acercarse a Escobar, quieren tocarlo, sentir su presencia. Hasta en Miami los policías pedían en inglés una foto esposándolo: ¡Tenaz!”.

Andrés completa ya tres meses de concentración en Medellín, los Llanos Orientales y Girardot, maquillado a la perfección como Escobar, como si él naturalmente lo fuera, con una peluca que marca el sello inconfundible del capo, los crespos rebeldes amansados sin éxito con una peinilla, el bigote recio de charro mexicano cubriéndole el labio superior... Y esa mirada de hielo que, según él, simplemente le sale porque ya tiene interiorizado al personaje.

Hay que contar lo que pasó

Desde las primeras conversaciones con Juana Uribe, vicepresidenta de Caracol Televisión y productora de la serie Escobar, el patrón del mal, a Andrés Parra le quedó claro que el compromiso era no contar la historia de Escobar como tal, sino dibujar una radiografía de todo lo que ocurrió en los años aciagos en los que el capo puso en jaque al país a punta de terrorismo indiscriminado y asesinatos aleves. Pero ni él ni Juana, ni ninguna de las cientos de personas involucradas en el proyecto, saben en realidad qué va a ocurrir cuando la serie salga al aire. “Es como una flecha que uno lanza en una dirección –dice Parra–, pero en el trayecto puede pasar de todo: cambia el viento, cambia la temperatura, se atraviesan obstáculos… uno no sabe exactamente si la flecha va a caer donde uno quiere. Lo único que sé es que yo ya la lancé”, sentencia. Luego saca de su maleta un cuaderno con el retrato de Pablo Escobar pegado en la carátula: la foto del capo con el número de registro de la primera vez que fue reseñado en prisión, muchos años antes de que se entregara en La Catedral. “Mire, aquí está todo lo que sustenta mi trabajo”. Es un cuaderno de colegial escrito a mano con todos los apuntes que le permitieron darle vida a Escobar, decenas de hojas donde están anotadas una minuciosa biografía extractada del libro La parábola de Pablo, de Alonso Salazar, las características sicológicas del personaje, sus manías, sus frases, su forma de actuar… junto con algunas fotos, recortes de prensa y hasta facsímiles de cartas escritas y firmadas por Escobar. Ni más ni menos, el punto de partida desde donde lanzó la flecha.

Semejante saeta, capaz de quemar si uno quiere atraparla con la mano, fue concebida hace aproximadamente tres años en los cerebros de Juana Uribe y Camilo Cano. Después de darle vueltas al asunto, llegaron a la conclusión de que el país estaba maduro para enfrentar esa historia, la de una Colombia que, después de Escobar, ya no fue la misma. Ambos, Juana y Camilo, fueron víctimas directas de esa guerra atroz desatada por Escobar. Juana es hija de Maruja Pachón, secuestrada por el capo para presionar la inconstitucionalidad de la extradición, y sobrina política de Luis Carlos Galán, el líder asesinado en la plaza de Soacha, en Bogotá, cuando era candidato presidencial. Camilo es hijo de Guillermo Cano, el director de El Espectador asesinado por los sicarios de Escobar por la férrea posición moral del periódico frente a la mafia del narcotráfico. Ambos, en consecuencia, eran conscientes de lo delicado que era construir una historia que no fuera una apología. El compromiso fue, en cambio, contar la verdad teniendo en cuenta a las víctimas, de quienes entregaron su vida enfrentándolo.

“Todo lo que estamos viviendo hoy viene del fenómeno del Cartel de Medellín, fue algo que nos marcó para siempre”, afirma Camilo mientras le sirven un té en la cafetería en la que nos pusimos cita para hablar del tema. “Por eso, antes que echarle tierra, toca contarlo como fue, con la responsabilidad que eso implica: la verdad, aunque la serie no sea documental sino ficción”. Camilo habla como si estuviera reviviendo momentos durísimos, con la voz triste de quien remueve recuerdos que aún le cuesta trabajo pronunciar. “A mí, en particular, la serie me sirvió para poder decirle a mi papá todo eso que nunca le dije cuando estaba vivo, cuando nadie imaginaba que lo fueran a matar”. Se refiere a una carta que en la serie, en la ficción, lee la nieta de Guillermo Cano la noche en que lo matan a la salida del periódico, y que reproduce todo lo que sienten por él sus seres queridos.

Camilo se queda un rato en silencio, y continúa: “En realidad es un poco atrevido narrar lo que pasó con el Palacio de Justicia, lo que pasó con Galán, con mi papá, con Lara Bonilla… nombrándolos con nombres propios, pero era la única forma de enfrentar la historia como fue: un recuerdo nacional imperecedero”.Juana, por su parte, se encargó de enrumbar el proyecto. Entre las toneladas de volúmenes sobre el tema, se decidió por uno: La parábola de Pablo, escrito por Alonso Salazar. A su modo de ver, era un libro periodístico serio, equilibrado, sobre el que no ha habido discusión jurídica alguna. “Tenía la objetividad para reunir la información que se necesitaba para la serie”. Sin embargo, se trata de una versión libre, alimentada también de artículos de prensa, revistas y publicaciones de otros medios de comunicación.

El reto no solo era convencer a Caracol de que se le midiera a la producción, sino a muchos de los protagonistas de la vida nacional para que pudieran aparecer sin cambiarles el nombre. Finalmente las familias de Galán, de Cano y de Lara Bonilla ofrecieron su aprobación, al igual que los expresidentes César Gaviria y Andrés Pastrana y la familia de Alfonso López. “Es positivo que los colombianos no tengamos pudor de contar esa historia –afirma Juana–. Hemos visto en televisión historias glamurosas de capos menos conocidos. En esas series se hablaba, por ejemplo, de un periodista o un candidato presidencial que se enfrentaban a un narcotraficante, pero faltaban los rostros, no tenían nombre. Espero que los jóvenes que vean la serie sepan por qué murieron esas personas y vean cómo el narcotráfico permeó la sociedad”.

Un antisocial agresivo sádico

Ni siquiera Andrés Parra lo tenía muy claro. Él era apenas un niño cuando la sombra de Escobar comenzó a cubrir la vida de los colombianos. Tenía 10 u 11 años cuando sufrió en carne propia el terrorismo, una madrugada en el barrio Pasadena, de Bogotá, donde estalló una bomba que él no sintió. “Me despertó la empleada de la casa para preguntarme si estaba bien. Luego vi que la ventana de mi cuarto estaba rota y la cortina me había protegido de los vidrios. Salí corriendo a la calle 100 a ver los destrozos, pero nunca escuché nada”. El otro recuerdo vívido es el del asesinato de Galán. “Estábamos de paseo en Honda, un viernes en la noche, cuando nos enteramos de su muerte. Recuerdo muy bien el silencio sepulcral que invadió la sala durante varios minutos”. Solo cuando empezó a estudiar el personaje, el año pasado, se enteró de las dimensiones de lo que había ocurrido con Escobar. Y lo que es más triste: “Me di cuenta ahora de que el país no aprendió nada”.

En su afán por encontrar los hombres perfectos para encarnar a todos los protagonistas de la serie, empezando por Escobar, Juana Uribe removió cielo y tierra: “Prácticamente pasaron por el casting todos los actores hombres entre los 30 y 50 años”. Parra, mientras tanto, andaba grabando La bruja y, a pesar de los rumores sobre su solvencia para interpretar a Escobar, prefirió no ponerle muchas bolas al asunto. Aun así, decidió investigar un poco para que el ofrecimiento no lo cogiera con los pantalones abajo. En julio del año pasado recibió la invitación para el casting, pero de entrada las cosas no funcionaron. “Yo estaba muy gordo y cuando Juana me vio, lo primero que dijo fue: Usted lo único que sirve es para el Escobar del tejado”. Sin embargo, cuando le tocó interpretarlo frente a las cámaras, con las declaraciones públicas de Escobar como libreto, la sensación de Juana comenzó a cambiar. “Usted puede hacerlo, pero le va a tocar rebajar peso en tiempo récord”.Así lo hizo, en escasas semanas bajó de 110 kilos a 93, y de todas maneras, en algunas escenas le ha tocado usar una faja.

La labor de maquillaje fue asombrosa. Fady Flórez, un artista plástico que llegó a la televisión casi por casualidad, asumió el desafío de lograr un rostro idéntico sin que resultara una caricatura. Tras varios meses de ensayo/error, descubrió por internet la técnica de un artista que intervenía fotografías con acuarela, y se inventó un maquillaje soluble en agua gracias al cual pudo reproducir en el rostro de Parra las características propias de Escobar: las bolsas de los ojos, la frunción del ceño, determinadas arrugas en los gestos, los pómulos hinchados, la papada… “Todos creen que Parra es igualito, pero el secreto es un maquillaje muy bien elaborado”, afirma Flórez.

La mayor dificultad fue el pelo, no tanto porque Flórez no supiera cómo peinarlo, sino porque en Colombia no había nadie capaz de hacer una peluca que dejara ver el cuero cabelludo. “Tocó mandarla a hacer en Los Ángeles, donde hay verdaderos expertos. Y además fueron dos, por el trajín que exigía la serie. Cada una costó 1.500 dólares”. La barba poblada y canosa que luce Escobar en sus últimos días, y que costó 800 dólares, también fue obra de artesanos californianos.Pero nada de eso supera la interpretación de Parra, gracias a la cual Escobar parece redivivo. Nada fue dejado al azar, entre otras cosas porque este ha sido el primer personaje sobre el que Parra no tiene la libertad de darse licencias. “Cada personaje uno lo va creando y le agrega cosas propias para componerlo y hacerlo creíble, pero con Escobar no había manera de impostar nada” –afirma el actor–. Cada noche, en su casa, escuchaba con audífonos las declaraciones del capo para apropiarse de su manera de hablar, de su respiración, de su acento. Veía videos por internet y se quedaba dormido acostado en la cama con el computador en el pecho. “Durante un mes soñé con él, lo veía sentado en una silla de congresista, hablándome. Siempre el mismo sueño. Hasta que un día tuve la sensación de que algo de él me había conectado. Yo no creo en esas vainas sobrenaturales, pero siento que algo pasó ahí. Hasta ahora me he sentido bien, porque estamos grabando los comienzos. Pero no quiero imaginar qué sucederá cuando me toque interpretar al Escobar endemoniado”.

En su cuaderno de investigación hay una sección dedicada a la psicología del personaje, que Parra pudo componer con ayuda de un amigo sicólogo. Y en una página está escrita una especie de diagnóstico que le sirve de guía: “Antisocial-agresivo-sádico”. Y más adelante, anota: “Se relaciona con los otros de manera intimidatoria, no conoce el remordimiento, es frío, calculador, pero no calcula el riesgo de sus actos y no muestra sensibilidad ante el dolor o el castigo”. “Personalidad perturbada. Alta crítica durante el desarrollo. Notoria falta de afecto”. “Sociópata: incapacidad para experimentar culpa, desarrolla sus propias reglas”. “Obsesivo con su imagen”. “De El padrino adoptó el hermetismo, los modales lentos y los largos silencios. De El siciliano, su vocación social”.

Andrés todavía no ha logrado entender ese contraste tan brutal entre el ser bondadoso, entregado a la familia y a la clase humilde (su fama primigenia de Robin Hood) y el despiadado ser que no tenía compasión con sus enemigos, vinieran de donde vinieren, surgidos del hampa, de las instituciones estatales o de la opinión pública. “Hay un libro muy bueno de Harold Bloom que se llama La invención de lo humano, en el que Bloom dice que William Shakespeare se inventó las emociones. Y yo he reflexionado mucho sobre eso ahora, y a veces pienso que si Shakespeare se inventó las emociones, Escobar se encargó de experimentarlas todas sin límites, las malas y las buenas, de una manera desbordada”.

Una producción como ninguna

Y sin embargo, el Escobar de Parra es apenas una pieza del engranaje colosal de una producción que se ha desbordado en presupuesto para hacer la historia creíble. No solo por el vestuario, por las locaciones, todas en exteriores, por la dirección de arte que permite reproducir la época a la perfección, sino en la acción propiamente dicha: “En el canal nos vamos a graduar en efectos especiales –señala Juana–, porque aparte de las balaceras, en posproducción estamos aprendiendo a hacer las explosiones reales para no tergiversar la crueldad de los hechos; por supuesto, con el respeto fundamental por las víctimas. Todo lo hemos medido con una enorme meticulosidad para honrar su memoria. Por otra parte, nos estamos basando en hechos reales, periodísticos, no nos estamos inventando la maldad de los malos. Esa maldad está documentada y mal haríamos en salir a decir que eso no pasó. Sin embargo, hay cosas de una atrocidad tal que no nos atrevemos a mostrar en pantalla”.

En Escobar, el patrón del mal está retratada la vida del capo y la de quienes tuvieron el valor de enfrentarlo, pero también la de una sociedad frágil que se dejó penetrar sin medir las consecuencias, y la de una institucionalidad política que sucumbió a sus propias debilidades morales, debilidades de las que todavía Colombia no se ha repuesto. Esa es su principal virtud, pero también su principal riesgo. Eso lo saben Andrés y también sus compañeros de reparto, cada uno de los cuales ha asumido un sincero compromiso con sus personajes. Lo saben los directores Carlos Moreno y Laura Mora, conscientes de que la consigna es la objetividad. Y eso también lo saben Camilo Cano y Juana Uribe. “Mi personaje depende del público, y cada quien verá cómo lo juzga, y cómo me juzga”, asegura Parra. “Al final es inevitable que cada uno de los televidentes se lleve el Escobar que cada uno quiso ver”, señala Laura. “El objetivo es contar cómo cambió el país con Escobar, pero no sabemos cómo terminará esto”, piensa Camilo.

Por eso el canal Caracol acompañará la serie con crónicas periodísticas en Noticias Caracol, dirigidas por Carlos Julio Betancur, y un documental llamado Los tiempos de Pablo, realizado por Alessandro Angulo y Felipe Zuleta: para analizar las huellas que dejó Escobar en el país y darles una lectura objetiva. Como bien concluye Juana Uribe: “Esta es la producción más costosa que se ha hecho. Espero que sirva para que seamos capaces de no negar lo que pasó y de entender a ciencia cierta qué fue lo que pasó”.

***

Andrés Parra se baja del Zastava en el que estuvo casi todo el día interpretando a Escobar. Está extenuado, quiere irse pronto al hotel a descansar y despojarse del personaje que lo ha tenido poseído en los últimos meses. Por fin, se quita con cuidado la peluca rizada y deja ver su cráneo rasurado, el de Andrés, el del actor que en unos minutos se aislará de todo y de todos debajo de sus auriculares, escuchando la música que le gusta. Ha vuelto a ser Andrés Parra, pero él intuye en el fondo que el fantasma de Escobar lo perseguirá quién sabe durante cuánto tiempo.

ALONSO SALAZAR/ AUTOR DEL LIBRO EN EL QUE SE BASA LA SERIE

Autor del libro en el que se basa la serie "Escobar, el patrón del mal" es una versión libre del extenso reportaje que el periodista y exalcalde de Medellín publicó en el 2000 titulado La parábola de Pablo. El libro, que le tomó cinco años de investigación, se convirtió en una de las biografías más completas que se ha escrito sobre el capo. “Hay una cosa que me gusta y es que hasta hoy no ha sido considerado como una apología de Escobar”, dice Alonso. Y aunque ha estado alejado de la elaboración de los libretos (cuando empezaron a trabajar en el proyecto ejercía como alcalde), sí ha colaborado con la producción facilitando contactos y material fotográfico. “Lo que me entusiasmó del tema es que tanto Juana Uribe como Camilo Cano son víctimas, y eso da una cercanía. Para Alonso ya ha pasado el tiempo suficiente y el país está preparado para conocer la vida de quien fuera el personaje más siniestro de su historia. “Es más –remata–: creo que lo necesitamos”. Y a pesar de que lleva años sin volver sobre el texto (nunca relee lo que escribe), sí considera que en esas páginas dejó escrito todo lo que quería decir sobre Escobar. “Yo quedé exprimido; ese libro fue mi exorcismo”, cuenta.

NICOLÁS MONTERO: "ASÍ ENCARNÉ A GALÁN"

Interpretar a Luis Carlos Galán fue una oportunidad y un desafío para Nicolás Montero. Dos meses previos al inicio de las grabaciones, el actor se afincó en casa para estudiar en detalle los discursos y documentales del caudillo. El gesto característico de su risa, la convicción que transmitía con su oratoria y el contagioso entusiasmo de su personalidad fueron los rasgos determinantes a la hora de encarnar el papel. Sin embargo, quizás el mayor reto fue dar vida a la esfera privada del político. Allí fueron claves las conversaciones abiertas y prolongadas con Juan Manuel Galán y Daniel Samper, quienes corroboraron su ternura y sentido del humor.“Galán es un personaje que marcó mi generación, despertaba mucha admiración”, dijo Montero.“Cuando lo mataron, en 1989, yo estaba en la universidad. Fue una época terriblemente convulsionada en la que asesinaban a los candidatos presidenciales”. Ese recuerdo no se borra de su mente cuando entra en grabación: “Uno desearía que él hubiera tenido la misma oportunidad de uno como actor cuando graba la escena y decir ‘¡Corte!’, así se hubiera podido detener la cadena de errores en su seguridad cuando estaba en su discurso en Soacha”.

 

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