Juan Carlos Henao, "No le como cuento al poder"

Renunció a la presidencia de la Corte Constitucional para dirigir la universidad que durante casi cinco décadas presidió su maestro, Fernando Hinestrosa. Este caleño de pura cepa, amante de la salsa y viajero incansable, es un liberal al que no le da pena confesar que el poder no lo trasnocha.
Juan Carlos Henao, "No le como cuento al poder"

Fernando Hinestrosa falleció el segundo sábado de marzo, a los 80 años, luego de casi cinco décadas al frente de la Universidad Externado de Colombia. Tres días antes de su muerte, Juan Carlos Henao, su discípulo y más cercano amigo, recibió una llamada al celular. “Contesté y escuché la voz de su hija –recuerda ahora, rodeado de libros, desde la oficina de su apartamento–. Me dijo que fuera rápido a su casa, que Hinestrosa quería verme”. Salió corriendo, pero sólo cuando pudo verlo entendió lo que vendría.

—Maestro querido –le dijo–. ¿Usted siente que ya llegó la hora? Hinestrosa abrió los ojos, lo agarró de las manos.—Sí, Juanca –respondió–. Llegó.

“Yo ahí lo único que le dije fue: maestro, lo quiero mucho, váyase tranquilo, descanse en paz que aquí seguimos. Ese día estuvimos más de una hora juntos, pero casi no hablamos; él me agarraba la mano y me decía: Juanca, Juanca. Fue un momento muy duro porque cuando la gente se muere así es como ver una velita que se va apagando. Pero fue lindo, ¿sabés? Poderme despedir después de que tuvimos una relación tan profunda, tan rica. Él fue mi maestro, y creo que el humanista más grande que ha tenido este país. A mí me marcó profundamente en la forma de concebir el mundo; no en la manera de ser, porque éramos muy distintos, y por eso a veces la gente no entendía nuestra relación. Pero él fue una persona muy humana y así mismo era nuestra amistad, que duró más de treinta años”. No podía ser otro, entonces, quien terminara reemplazando a Hinestrosa en el Externado. Por eso renunció a la presidencia de la Corte Suprema de Justicia –donde se destacó por sacar adelante polémicas sentencias–, y desde principios de mayo es el nuevo rector de la universidad. “No quiero sonar pretencioso –dice– pero creo que el maestro estaría contento de verme aquí ahora. O bueno: al menos estaría tranquilo”.***Para llegar al apartamento de Henao es preciso subir en el ascensor hasta el cuarto piso de un edificio de ladrillos y, una vez allí, hacer un último recorrido a pie hasta el quinto. La escalera de entrada está separada por una reja que mantiene el apartamento aislado. El lugar ocupa el piso completo y tiene una terraza grande que divide la sala del estudio donde su esposa, la artista Vicky Neuman, realiza sus pinturas. Al costado de la entrada hay unas escaleras en forma de espiral que conducen a su oficina, una habitación rodeada de libros con un gran ventanal que da hacia los cerros bogotanos. Justamente allí nos recibe, sentado detrás de su escritorio, con un cigarrillo en la mano. “Sigan –dice–. Me cogieron recién levantado de la siesta”. (Más adelante confesará que es una vieja costumbre, y que no pasa un día en que no duerma al menos una hora después de almuerzo).

De entrada se intuye que Henao es un gran conversador. Habla con gran lucidez sobre cualquier tema pero, a diferencia de muchos, escucha con atención lo que tiene que decir su interlocutor. No se sienta en la palabra; entiende, como aprendió en Francia –donde entre ires y venires ha vivido varios años–, que en una conversación provechosa no deben imponerse certezas sino, más bien, hacer surgir preguntas. De ahí su pensamiento liberal sobre temas que le trajeron más de un problema cuando estuvo en la Corte: el matrimonio homosexual y el aborto, por citar apenas dos ejemplos.

“Es muy chistoso porque los periodistas sólo publican lo que tiene que ver con gays y esos rollos. Pero yo te digo una cosa: esos temas pueden ser de los más sencillos que sacamos ahí porque vos ya tenés claro lo que pensás: estás a favor o en contra, y listo: votemos. En la corte hemos tomado decisiones mucho más difíciles, que nos ocupan todo un día, como una de hace poco sobre concesiones viales. Y nada de eso sale en la prensa”. Puede que en la academia Henao no vaya a tener el mismo poder de decisión que ostentaba en la Corte, pero sí podrá dedicarse a un tema que lo ha apasionado siempre: la educación. “Lo que en Colombia deberíamos hacer se resume en traer a Descartes a pasear a Macondo –dice–. Mejor dicho: combinar la creatividad nuestra con el respeto por el conocimiento y el rigor metodológico que tienen los franceses”.

El poder, sin embargo, es un tema que lo tiene sin cuidado. “Yo no le como cuento porque es pasajero, y eso lo tiene que saber uno cuando está arriba porque si no se infla. Mirá: parece mentira decirlo tan tonto pero el poder para lo único que debería servir es para hacer el bien; el problema es que acá la gente busca el beneficio propio. Y, ¿sabés? Yo no entiendo la necesidad que tienen de acumular. ¿Para qué? Obviamente es cierta la frase esa de que es mejor ser rico que pobre, pero la pregunta es, ¿qué tan rico? ¿Necesita cinco carros o con uno le basta? La felicidad en la vida no consiste en acumular patrimonio, sino experiencias. Vos ves mi casa y sí, yo no voy a decir que pobrecito, pero tampoco necesito más. Tengo este apartamento hace 18 años y de aquí me sacan con las patas pa’delante. Acá se han sentado desde ministros hasta presidentes de banco, pero yo jamás tuve una secretaria, ni una carta de presentación siquiera. Yo parto de que cuando a uno lo quieren encontrar, lo encuentran”.

Así es, a grandes rasgos, este caleño amante de la salsa ‘dura’ que todas las mañanas se encarga de poner la música en casa, y que puede apasionarse por igual con Mozart o Camarón de la Isla. Un docente de espíritu que ama el conocimiento y a quien no le gusta –ni jamás le ha gustado– planear el futuro. “Vivo la vida como se va presentando; la certeza y la seguridad nunca han sido importantes para mí pues parto de la base de que todo se puede destruir”, dice. (Prueba de ello es que hace unos años, cuando se desempeñaba con éxito como abogado litigante, lo dejó todo para irse a vivir a Francia con su esposa y sus hijas).

“Sólo en el desprendimiento está la libertad –concluye–. La gente necesita adquirir una cantidad de seguridades, saber que va a estar tanto tiempo en un lado o que se va a casar para toda la vida, y qué va, mentira: todo puede pasar. Lo importante es que uno tenga una entereza individual que le permita sobrevivir en los momentos difíciles. Porque, al final, eso es lo que lo define a uno en la vida, lo único que lo cura frente a todo lo demás”.