Roméo Langlois antes de ser liberado

En medio de la confusión sobre el paradero del periodista francés, y mientras se creaban comisiones diplomáticas para liberarlo, dos corresponsales internacionales no tuvieron problema para internarse en las selvas del Caquetá y entrevistarlo aún cautivo.
Roméo Langlois antes de ser liberado

El fotógrafo Carlos Villalón cuenta la odisea que vivió y destapa la historia detrás de la retención del comunicador. Imágenes y declaraciones inéditas en www.cromos.com.co

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"La primera noticia que me llegó de  Roméo fue el sábado 28 de abril: se decía que estaba muerto. Con su socio y amigo Simone Bruno, averiguamos con los militares y supimos que estaba perdido. Había dos opciones: o estaba muerto o lo tenían los guerrilleros. Cuando se supo de un extraño comunicado que el Frente 15 hizo llegar a una emisora, en el que lo declaraban prisionero de guerra, decidimos con mi amigo Karl Penhaul buscar a las Farc. Queríamos decirles que  Roméo era periodista, estábamos seguros de que así todo se aclararía.

El jueves 3 de mayo partimos a algún lugar en el Caquetá. Nos fuimos en el carro de Karl, que es bueno para transitar por trochas. Nos encontramos, después de una década de victorias y derrotas en el conflicto, con viejos conocidos, altos mandos del Bloque Sur de las Farc. Les aclaré que Roméo era mi amigo, que era francés y que ya había hecho trabajos con la guerrilla, que había entrevistado a Raúl Reyes y había hecho contactos con ellos en el Cauca y en Antioquia. Se mostraron sorprendidos y dijeron que esa situación cambiaba el estatus de  Roméo, que ellos pensaban que era gringo o israelí y que era de la DEA.

En ese momento, expedieron un comunicado, que se conoció el domingo 6 de mayo, en el que aceptaron que  Roméo sí era periodista. Le mandamos a él la razón de que queríamos verlo.

Yo sabía que podía tener interlocución con los comandantes guerrilleros porque desde que llegué a Colombia en tiempos del proceso de paz del Caguán, hice contactos con las Farc y ellos conocían mi trabajo. Desde mi llegada me impresionó mucho que en esa zona la pasta de coca fuera utilizada como dinero. Así que obtuve permisos de Fabián Ramírez y Sonia para entrar a esos pueblos y corroborarlo. Publiqué reportajes en The New York Times, Boston Globe, San Francisco Chronicle y varias revistas en Europa. Al final hice una historia general que se publicó en julio de 2004 en National Geographic. La portada llevaba por título Cocaine Country, y en español, Cocaína.

Les pedimos a los comandantes que, si ya estaba clara la situación de Roméo, lo dejaran libre; nosotros lo llevaríamos a Florencia. Uno de ellos estuvo de acuerdo, pero advirtió que ya era tarde. Explicó que cuando los gobiernos francés y colombiano se metieron a hacer declaraciones, enredaron todo. Estaban molestos porque había declaraciones en contra de ellos diciendo que habían incumplido su promesa de no secuestrar. Según él, Roméo nunca estuvo secuestrado. Simplemente, dijo, estaban investigando a un combatiente que se había entregado a sus tropas en el campo de batalla; además, estaban obligados a curarle las heridas y ponerlo en lugar seguro, mientras determinaban quién era. Aclaró que el tema ya estaba en manos del Secretariado y que cualquier decisión se tomaría muy lentamente. ‘Roméo no se puede ir con ustedes’, concluyó.

Quedamos frustrados. Volvimos a Caquetá el 15 de mayo. Hicimos una entrevista a Colacho, uno de los comandantes del Frente 15, uno de los que dirigió el combate en el que cayó  retenido Roméo. Nuestra idea era desentrañar lo que había pasado, porque había mucha confusión. El general Navas había dicho que eran 15 los policías muertos, luego que eran cuatro; la guerrilla dijo que fueron 17 y luego que 22. No parecía ser cierto eso de que en el laboratorio que destruyeron había 400 kilos de cocaína.

Según los pobladores de la zona, para producir un kilo de base de coca se necesitan 50 arrobas (568 kilos) de hoja de coca. Para producir esos 400 kilos reportados, se habrían necesitado más de 227 toneladas de hoja, lo cual dejaba dos conclusiones: o Roméo había aterrizado en un megacomplejo de cocaína o las cifras oficiales no cuadraban.

Siguiendo indicaciones de los mandos guerrilleros, transitamos durante dos días por caminos de herradura que conectaban caseríos que no figuraban en ningún mapa. Un olor particular permeaba las calles. La pobreza era tal que muchas veces resultaba más fácil conseguir un gramo de coca que un billete de cinco o diez mil pesos. En los últimos años, los lugareños han intentado subsistir con el queso fabricado con la leche de vacas raquíticas. La tala de la selva para alimentar a los cocainómanos del mundo ha producido estragos y las lluvias torrenciales convierten los caminos en trampas naturales.

Salimos en busca de Roméo. Cuando se acabaron las trochas, caminamos y luego continuamos en mulas. De fondo, el ruido ocasional de helicópteros militares. Ya era 25 de mayo. Fue emocionante verlo. Estaba más flaco de lo que lo vi días antes de su secuestro en un café de La Macarena. Aseguró que no sabía en calidad de qué estaba allá, porque le habían pedido disculpas y le habían dicho que era invitado. Hablamos durante horas sobre el combate y sus apreciaciones sobre la lucha antidrogas. Grabamos una entrevista y un mensaje en francés para su familia. Mencionó su conversion religiosa que duró escasos cinco segundos y de los dos eternos instantes en los que decidió quitarse el chaleco antibalas y rendirse ante un grupo de jóvenes guerrilleros.  La entrevista fue maravillosa, fue una reflexión muy personal. Acordamos que la publicaríamos cuando él estuviera libre.

Poco antes del anochecer, la guerrilla nos informó que tenían que irse con nuestro amigo. ‘Macondiano, esto es loco, muy colombiano’, dijo Roméo sacudiendo su cabeza.

Después de la entrevista, fuimos a recuperar el carro porque se había quedado enterrado en uno de esos caminos. Yo nunca en mi vida había visto algo semejante. He viajado mucho por los lugares más apartados de este continente, pero esos caminos que tuvimos que recorrer no son carreteras, no son trochas, no son nada, no tienen nombre. Como a las diez de la noche logramos recuperarlo. En el camino a Florencia nos enterramos otras cinco veces, teníamos que buscar palos y piedras para hacer palancas. Fue una odisea increíble.

Supimos que la intención de la guerrila era liberar a Roméo el 27 de mayo, día del 48 aniversario de las Farc, pero nos informaron que para esa fecha no alcanzaban a sacrificar las vacas e invitar a las delegaciones. La nueva fecha era 30 de mayo. Sería en San Isidro, así que resolvimos devolvernos.

Salimos de Florencia a las cuatro de la tarde y llegamos a la una de la mañana. Entre Unión Peneya y San Isidro hay 17 kilómetros y nos demoramos más de cuatro horas. Fue agotador.

El pueblo tiene una sola calle de 300 metros bordeada por unas 50 casas de madera y se notaba que algo iba a pasar. Había mucho movimiento, una excitación general. En la escuela estaban construyendo una tarima, ya habían matado cuatro vacas y venían dos más en camino; los campesinos decían que llegarían dos mil personas. Ya era 29 de mayo. Pasadas las seis de la tarde, hora en que oficialmente se suspendían las operaciones militares, empezó a llegar la guerrilla.

No veíamos esa imagen desde el Caguán: los guerrilleros caminando por las calles, conviviendo con los civiles, comiendo helado. No se veía mucha sorpresa en los campesinos. Por el contrario, aseguraban: ‘El Gobierno solo viene a echarnos veneno (glifosato) y plomo, no han hecho las carreteras ni las arreglan, nos están matando de hambre. Nuestro gobierno es la guerrilla’. También es claro que en estos pueblos del Caquetá viven muchas personas que son familiares de guerrilleros.  La gente vive de la coca, ¿qué más pueden sacar por esos caminos?

Ese fue un tema recurrente. Los otros periodistas que llegaron a la liberación, de AP, AFP, Telesur, todos hablaban de la tortura de transitar por esas trochas.

Para la liberación llegaron muchas camionetas con civiles. Supongo que las Farc invitaron gente de las veredas; lo cierto es que la carne de las seis vacas no alcanzó para todos. Según ellos, había más de 2.000 personas. La única panadería del caserío se quedó sin pan, ya no había comida.

Roméo apareció como a las tres de la tarde, con una cámara de video que le había prestado la guerrilla. Ya llevábamos varias horas de discursos, después del himno de Colombia y del himno de las Farc. Lo sentaron en una mesa con Piedad Córdoba y el delegado de la Cruz Roja, y enseguida se puso a filmar.

Habló la mamá de un guerrillero que murió en el enfrentamiento donde cayó  Roméo. Fue muy emotivo porque ella decía que sentía lo mismo que la madre de los soldados que mueren en los combates. También habló el campesino dueño del laboratorio de procesamiento que fue quemado antes del combate y contó que era una pequeña cocina y que no tenía cómo procesar 400 kilos de base, y menos cocaína. Fueron casi cinco horas. Todo terminó cuando Roméo se subió a los carros de la Cruz Roja.

Las Farc aprovecharon la entrega de Roméo para dar a conocer su postura frente al conflicto. Llevaban más de 10 años metidos en el monte sin dar una declaración. No se sabe qué piensan, el país no entiende qué pasa con ellos. Querían aprovechar ese acontecimiento para mandar un mensaje. Hablaron de su aniversario, le pidieron perdón a Roméo y Jairo Martínez habló de la paz. Cuando hay un conflicto la gente usa los medios para enviar su mensaje, todos lo hacen, los gobiernos, los políticos. Creo que la principal crítica para las Farc no es el show que hicieron ese día. Hay cosas realmente más graves.

Es la primera vez que la víctima es un amigo mío, un colega. Yo me preguntaba: si uno va a África y le hace fotos a la gente que muere de hambre, o en un conflicto cualquiera toma fotos después de una bomba o habla del sufrimiento de la gente, ¿por qué uno no lo puede hacer con un colega? ¿Cuál es la diferencia? No lo sé. Lo cierto es que este trabajo hizo que me confrontara mucho sobre lo que debía hacer. Hasta ahora nadie ha visto la entrevista, pero yo estoy muy satisfecho porque logré mi meta, llegué a la persona que todo el mundo quería ver”.

El reportero de esta odisea

Carlos Villalón Es: Fotógrafo Edad: 46 años Nacionalidad: Chileno

Lleva 12 años viviendo entre Colombia y Nueva York. Llegó al país a cubrir los diálogos de paz del Caguán como corresponsal de Getty Images, pero se interesó en el tema de la coca al ver que muchos pueblos caqueteños usaban la base como medio de pago. Ha publicado estos trabajos en The New York Times, Boston Globe, San Francisco Chronicle, National Geographic, Newsweek, The Guardian, The London Times, entre otros. “Me he dedicado a la problemática de la coca y la cocaína, y he viajado por América Latina para comprobar cómo esa planta, sagrada para algunas culturas, ha marcado la historia de este continente. La leyenda indígena dice que Dios les quita la hoja a ellos y se la da al hombre blanco y que eso traerá ríos de sangre”. En los últimos años ha viajado a México, Bolivia, Perú, Chile. Dentro de sus planes está hacer un libro y abrir la discusión sobre el narcotráfico y la legalización en América Latina.

www.villalonsantamaria.com  

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