Sandra Morelli "nunca he sido una depredadora"

Estudiosa, rigurosa y de cabeza fría, es también amante de la caza, una afición que le inculcó su padre y que solían practicar juntos en varios pueblos de la Sabana.
Sandra Morelli "nunca he sido una depredadora"

La fachada de la casa donde vive Sandra Morelli está llena de verde. Por todas partes sobresalen una cantidad de enredaderas y flores de color naranja que, con el tiempo, han terminado confundiéndose con la puerta, las ventanas, el techo y la reja de entrada. El lugar podría pasar inadvertido, de no ser por la gran cantidad de soldados y policías que van de aquí para allá enseñando sus armas.

Una vez cruzamos el portón de la vieja casona, se revela, de inmediato, la afición de la contralora: la cacería. A la izquierda se ve un halcón disecado desplegando sus alas; un poco más allá, en la pared, cuelga una piel de serpiente; en el pequeño estudio donde nos recibe, mientras termina una breve reunión con el contralor de Santa Marta, se alcanzan a observar una babilla y un águila pequeña, ambas disecadas, y un caparazón de tortuga que adorna la pared. 

–Pantera –dice Morelli, y de inmediato se acerca un hombre moreno, bajito–. Préndanos el acuario mientras termino aquí.

Se excusa un momento para acabar una terapia de rodilla, pues unos días atrás, mientras montaba en bicicleta con su hijo, se cayó y se hizo una herida grande en la pierna. Apenas sale, se enciende la luz de un acuario grande que rodea el salón.

Mientras espero, le echo un vistazo a la biblioteca: hay decenas de libros sobre temas jurídicos, algunos títulos de literatura (Novelas ejemplares, de Cervantes, El Principito y El otoño del patriarca), y uno que otro manual de caza, afición que heredó de su padre, Gian Franco Morelli, un italiano que por cosas de la vida llegó a Colombia cuando era joven y terminó quedándose. Fue él quien le inculcó una pasión que más de uno mira con recelo, y quien varias veces la llevó a la Sabana de Bogotá detrás de la becada, un pájaro de origen canadiense que está dibujado en uno de los cuadros que adornan la sala del segundo piso.

Cuando regresa, Morelli no tiene problema en hablar del tema. “Mi papá se volvió cazador ya entrado en años y yo lo acompañé durante mucho tiempo. Hacíamos caminatas muy largas, conocíamos los páramos. La cacería tiene un contacto muy interesante con el campo y con los animales mismos, pues tienes que estar pendiente, por ejemplo, de cómo trabaja el perro que va contigo”.

Arriba, en una de las dos salas que tienen vista a un parque del norte, hay una pared en donde están exhibidas varias cabezas de venado.  “Esas nos las regalaron –aclara–. Nosotros nunca cazamos pelo, básicamente porque nos impresionaba”.

Hoy dice que no le queda tiempo y por eso desde hace algunos años ha dejado de cazar. Lo mismo que el tiro al plato, otra de sus antiguas aficiones. Ante las críticas despliega esa sinceridad que tanto la caracteriza, y que, ella misma reconoce, le viene de su sangre italiana: “Yo nunca he sido una depredadora ni he incurrido en conductas ilegales o ilícitas. En Colombia la caza no está prohibida, pero tampoco reglamentada, lo cual es lamentable. El cazador no es sinónimo de antiecología; de hecho, en los países donde hay caza la gente paga para que eso se mantenga regulado. Mire: cosas como acabar con la especie animal, abusar de ella o cazar más de lo que uno puede comer, son malas, claro. Yo creo que sería bueno una reglamentación clara, obligar a pagar algún tributo para conservar ciertas especies y hacer una vigilancia ecológica”.

Arriba de su silla, en la pared, una cabeza de venado parece vigilarnos con la mirada perdida al frente.

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Si algo sorprende de Morelli es su impecable desempeño académico: cinco años con la beca de honor en el Externado, mención Summa Cum Laude en su tesis, una beca más para adelantar estudios de posgrado en Bolonia, Italia, y otras dos para completar sus estudios en Montpellier y La Sorbona, en Francia. No parece extraño, pues, que esta disciplina con que ha regido su vida la aplique ahora en uno de los cargos más complejos del sector público; un cargo en el que, como ella misma dijo cuando salió elegida por una abrumadora mayoría, no le ha temblado la mano para perseguir a cualquiera que esté involucrado en casos de corrupción, y que le ha valido también más de un enemigo (no son pocos los que dicen que es oportunista y tiene afán de protagonismo).

Ella, sin embargo, no lo ve así. “Siempre que hay una decisión de la Contraloría lo primero que hacen es descalificarla, pero las medidas que nosotros tomamos se aferran mucho al tema probatorio. Yo al final tengo una satisfacción subjetiva y es que los jueces de la República, que son los que con autoridad definen la legalidad de nuestras decisiones, las han avalado, y además no hay resentimiento personal de los investigados. A mí ya me ha pasado varias veces que me dicen: tenemos que reconocer que aquí hubo transparencia y ecuanimidad”.

Pero más allá del trabajo –que le quita casi todo su tiempo– hay también otras aficiones que Morelli procura no dejar de lado: la cocina, la lectura, su amor por los animales (sólo en casa tiene tres gatos, tres perros, peces, un montón de pájaros) y, cómo no, el pasar tiempo con su hijo. Quienes la conocen aseguran que es una gran cocinera de pasta (“no la compro hecha sino que amaso y lo hago todo”, cuenta), y ella misma lo confirma mientras le afloran, otra vez, sus raíces italianas. Porque parece que Italia, la tierra de su padre, al final la persigue: “Bolonia es una ciudad que realmente me emociona –dice–. Me gusta mucho el color del cielo, su historia, su gastronomía. Además allí se abrió la primera facultad de Derecho en el mundo”.

Por ahora Morelli continuará pisando callos en la Contraloría sin preocuparse demasiado por lo que venga en el futuro. “No sé qué voy a hacer cuando sea grande –dice y ríe–. Mentiras: me veo haciendo mi actividad profesional con muchos impedimentos y seguramente con pocos amores que quieran que yo esté en este mundo laboral. Pero espero que después me reciban en el ámbito internacional, creo que ahí voy a estar”.

Quizás entonces le quede más tiempo para salir otra vez de caza.