Immaculée Ilbagiza "sobreviví para contarlo"

Pasó 91 días encerrada en el baño de una iglesia con otras 6 mujeres, mientras oían cómo asesinaban a machetazos a sus familiares. Immaculée Ilibagiza asegura que sobrevivió para enseñarle al mundo sobre el amor y la fe.
Immaculée Ilbagiza "sobreviví para contarlo"

Los gritos de sus vecinos eran aterradores. Niños, mujeres, hombres, ancianos, todos corrían en busca de un lugar para esconderse de los hutus que caminaban las calles con machetes en las manos. En medio del caos, una voz logró calmar el llanto de Immaculée (24 años).Era la de su padre que mientras le ponía un rosario en el cuello, le decía que fuera a la casa del pastor, se escondiera ahí, y se encomendara a Dios que todo saldría bien.

No había alcanzado a responderle cuando su padre la empujó para que corriera. Con las manos temblorosas logró llegar a la casa del pastor quien a pesar de ser un hutu (etnia de régimen extremista), no dudó en ayudarla. Fue así como Immaculée terminó escondida en un baño con otras seis mujeres de la etnia tutsi. Apoyadas de espalda contra las paredes, podían oír cómo sus familiares y amigos rogaban por sus vidas. Era tal el susto de que las encontraran que no se atrevían a llorar.No se hablaban, solo se tomaban turnos para sentarse en el piso. “Nunca había estado tan asustada en toda mi vida, podía oírlos diciendo mi nombre y diciendo que tenía que morir, pensé que en cualquier momento podían abrir la puerta”. Pero fue en ese momento que las últimas palabras que le dijo su padre se convirtieron en su guía y en cierta forma, en un escudo protector. ¿De qué otra forma explicar que en una oportunidad los rebeldes entraron en la casa, movieron la manilla de la puerta del baño, pero nunca la abrieron?

Desde ese momento Immaculée se dedicó a rezar. Con ayuda de un diccionario, y aprovechando los pocos momentos de luz que entraba por la ventana del baño, se puso a leer la Biblia en inglés. “Era una manera de alimentar mi mente y mi espíritu”. Así se mantuvo 91 días. Cuando entró a ese baño pesaba 56 kilogramos, cuando pudo salir –después de que los hutus abandonaran el territorio– pesaba tan solo 29. Y aunque perdió peso, no perdió la fe. Tanto así que desde que pudo sentir el sol de nuevo en su cara no se le ha oído decir ninguna mala palabra, ningún insulto para o sobre los rebeldes que mataron a sus padres y a sus dos hermanos a punta de machete.

Por el contrario, ella ya los perdonó. Y no de labios para afuera como muchos pensarían. Cuatro años después del genocidio de Ruanda, en 1994, en el que en 100 días murieron más de 800.000 tutsis a manos de los hutus, Immaculée fue a la cárcel a visitar a los asesinos de su familia, y una vez los tuvo en frente, les dijo “los perdono”. Desde ese momento se ha dedicado a impartir este mensaje de amor y reconciliación por el mundo. Sin proponérselo, su historia se ha convertido en fuente de inspiración para cientos de personas que ven en ella un ejemplo de vida. “Fue después de hablar con mis colegas en las Naciones Unidas –donde trabaja desde 1998– que me convencieron de escribir mi historia y volverla un libro”.

Lo más difícil no fue transformar su dolor en palabras. Para su sorpresa, todo fluyó rápidamente, al punto de que tres días después había terminado. El verdadero reto fue poder traducir su tristeza al inglés, idioma que en el momento no dominaba del todo. “Mi segunda lengua es el francés, pero como ya vivía en Estados Unidos tenía que poderlo hacer en inglés, entonces decidí que escribiría como si le estuviera contando la historia a un amigo”. Así, lo que arrancó como un desahogo, terminó siendo uno de los libros más vendidos del 2006 según el New York Times, con un total de 250.000 copias. Sobrevivir para contarlo: descubriendo a Dios en medio del holocausto de Ruanda, fue solo el primer paso en lo que ella misma denomina misión.

“Desde que salí de ese baño y me di cuenta de que tenía que seguir mi vida sin mi familia, entendí que no podía desaprovechar el regalo que Dios me había dado. Si mi historia ayuda a otras personas a no perder la fe, a no vivir con rencor, pues la contaré las veces que sean necesarias”. Charlas, documentales, entrevistas, foros, hacen parte de su agenda. Ilibagiza no descansa. Desde África hasta Nueva York, pasando por Inglaterra y países del sur de Europa, ella está dispuesta a recorrer el mundo si es necesario. Su compromiso no ha pasado desapercibido. Galardonada con el Premio Internacional Mahatma Gandhi por la Reconciliación y la Paz 2007; finalista como la persona más inspiradora del año 2006 de los premios Belief.com.

Y aunque los reconocimientos los recibe con felicidad, procura no tomárselos muy en serio porque como ella dice, “hay personas como Nelson Mandela que sufrieron más que yo y también perdonaron, así que no puedo considerarme especial”. Pero lo quiera aceptar o no, sí lo es.Sin importarle que la gente la critique y juzgue su capacidad de perdonar –incluidas dos de las mujeres con las que estuvo escondida en el baño– Immaculée no ha retrocedido. A ella el perdonar le sirvió para seguir adelante, y aunque algunos piensen que es oportunista, ella tiene solo un propósito: demostrar que sin perdón no hay futuro. “Como me dijo mi papá, encomiéndate a Dios que todo saldrá bien”.