Santiago Cruz: “Estuve a punto de creer que yo no servía para esto”

Acabándose los noventa se fue sin dinero a España a grabar el disco de su vida. Fue un sueño azaroso que soportó hasta que, por fin, todo comenzó a encajar y la gente pudo escuchar la música que llevaba encerrada tanto tiempo en su alma y que ya confundía con la locura.
Santiago Cruz: “Estuve a punto de creer que yo no servía para esto”

Estuvo a punto de decir “No más” y ahora canta su victoria. Un Santiago con final feliz.

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Lo vi durante muchos amaneceres como el rey de la noche, o por lo menos de su pedazo de noche en un lugar emblemático de la parranda bogotana, llamado El Sitio, al norte de la ciudad, por los lares del parque de la 93. Cantaba como muchos cantantes y con eso prendía la fiesta de mesas, meseros, mujeres bellas, algarabía y propinas. Desde entonces su pinta no ha variado mucho ni su cara colorada puesta tan arriba en el cuerpo grande de un niño bueno. Luego lo dejé de ver. Había abandonado, literalmente, su “sitio”, para embarcarse en un viaje en busca de su propia voz.

Santiago Cruz quería romper con todas sus fuerzas esa mole de piedra que lo mostraba como un empresario de la rumba, para tallar ahí mismo su alma de artista. Después de muchos golpes finalmente lo logró y hoy sus canciones están en la memoria y en el corazón de más gente de la que él se imagina. Volver a verlo hoy en un cuarto de hotel, ya con otras angustias, no las de quedarse por fuera de su propio sueño sino la de tener la fuerza de llevarlo puesto sin morir en el intento, mientras su nombre crece y se mete como yerba imparable entre los titulares de la prensa con su nuevo disco A quien corresponda.

Tiene la facha de un hombre predecible, que no se sale de la línea y atrae las buenas maneras, pero con un poco de tiempo y paciencia se revela y se rebela como alguien que no pudo tener la inconstancia de la adolescencia. Debe ser por eso su saga de tatuajes, trazos, palabras y figuras de todos los estilos en todo su cuerpo.

Lo que nunca hubiera imaginado era encontrarme con un Obregón, de la serie “Cóndores”, cubriendo todo su omoplato izquierdo y parte de su espalda. Me cuenta que con el tatuador fueron hasta donde estaba el original, para que su reproducción fuera exacta. ¡Lástima que su pasión “obregoniana” no hubiera coincidido con sus impetuosas barracudas!

Como sea, ahí está. El niño de Ibagué, de 1.95 metros de altura y 108 kilos, que tan sólo tuvo papá por dos años, después de reencontrarlo ya adulto. El niño que puso de moda Baja la guardia y que sobrevivió a la devoción enfermiza de creer tener un altar y no un simple escenario de catarsis nocturnas. El niño que calza 47 y anda a gusto en su propio viacrucis de conciertos, giras y entrevistas.

¿Como quién cantó antes de hacerlo como Santiago Cruz?

¡Uy! ¡Yo canté mucho como Andrés Cepeda! En algún momento como Alejandro Sanz y seguramente también como Francisco Céspedes.

¿Cantar como otros mortifica?

Claro, sobre todo cuando yo ya estaba haciendo mis canciones y no las podía expresar en vivo porque el bar, El Sitio, me pedía otra cosa.

¿Cuándo fue que se paró en el espejo y dijo “ya canto como Santiago Cruz”?

Cuando grabamos Baja la guardia, la primera canción de Cruce de caminos. Hombre, yo creo que en eso tuvo mucho que ver Nacho Mañó. Él fue el productor del disco y de las sesiones de grabación de voz en el estudio. Fue muy cuidadoso conmigo, me sacó de los lugares equivocados en la cantada, me ayudó en medio de las voces ajenas a encontrar mi propia voz.

¿Un detalle que identifique su propia voz ya madura?

Soy muy concreto cantando, no soy una persona que adorne las canciones con figuras vocales muy elaboradas. Soy un tipo concreto cantando. Yo canto lo que es y punto. No soy tremendista de la voz para nada.

¿Y antes, más joven?

Al principio uno quiere demostrar que canta, si escribe quiere demostrar que escribe, si toca quiere demostrar que toca, y muchas veces se queda en tratar de demostrar.

¿Con 36 años ya se siente viejo?

No. No me siento viejo pero sí he caminado bastante. Yo salí de mi casa hace 20 años, cuando me fui al ejército.

Prestó servicio militar...

En el Batallón de Apoyo y Servicios para el Combate número 6, Francisco Antonio Zea, de Ibagué, del 7 de diciembre de 1992 al 7 de diciembre de 1993. Yo entré ahí con 16, pronto a cumplir 17, y fue un año de un aprendizaje tremendo. Me acuerdo mucho que cuando nos entregaron el uniforme, uno de mis compañeros me dijo: “Yo nunca he estrenado nada en mi vida, el uniforme es lo primero nuevo que me voy a poner”. Entonces, cuando tú vienes de un buen colegio, con una familia más o menos bien, esa frase es una lección rotunda.

Lo más cerca que estuvo de arriesgar el pellejo como recluta.

La vez que me tocó lanzar una granada en un entrenamiento. La verdad tener un arma de esas en la mano es acojonante.

¿Salir del El Sitio fue una decisión difícil?

En su momento fue difícil irme del bar por la costumbre y por el temor de enfrentar lo desconocido. Ganaba bien. Cuando uno se acomoda es distinto a sentirse cómodo. Ahora me siento cómodo con el artista que soy, pero no estoy acomodado en el artista que soy. Y en El Sitio me acomodé y dejé de retarme. Por eso me fui y esa decisión ahora la agradezco muchísimo. Cuando en alguna nota salía: “el músico y empresario Santiago Cruz”, ¡me provocaba tirarme a que me atropellara un bus!

¿Cuánto duró su relación con El Sitio?

Ocho años y medio.

¿Hizo buena plata?

Sí.

¿Se puede vivir muy bien de la rumba?

Sí, claro, la gente es muy rumbera en Colombia y toma mucho trago.

¿Por qué decide entonces abandonar el negocio?

Porque estaba empezando esa reconstrucción mía, y sentía que ese ambiente ya no me estaba aportando lo que necesitaba para crecer. El Sitio ya me había hecho crecer, de hecho me puso en un punto del panorama. Me permitió tener un fogueo permanente con el público. Gracias a cantar cinco noches a la semana ahora en los conciertos me siento superentrenado. Pero también llegó un momento en el que me sentí atrapado y que para hacer lo que realmente quería hacer de la música,  tenía que irme de ahí.

Todos sueñan con dar conciertos a diestra y siniestra, pero cuando el sueño se cumple, ¿es tan rosa y tan cómodo como se lo imaginaba?

El sueño ni siquiera logra acercarse a la realidad del concierto en donde la gente canta tus canciones. Pero la previa, o sea, el viaje, el hotel, el intermedio entre los shows, es dura, es muy exigente físicamente, y evidentemente nada glamoroso ni cómodo ni rosa. Ahora, ya en el escenario hay una transmisión energética impresionante con el público. Yo, sin haber levitado nunca en la vida, así me siento. Como si estuviera algunos centímetros más arriba del piso.

¿Y cómo es la aterrizada?

A mí me pasa una cosa muy curiosa y es que yo me bajo del escenario físicamente pero el espíritu sigue allá arriba. Entonces, cuando por fin el espíritu se baja es como si te cayera un piano encima, ¡paaaaa!

Y ahí es cuando llegan los problemas.

Yo tengo un problema y es que no importa lo maravilloso que haya sido el concierto, muchas veces lo primero o lo segundo que digo es: la última canción nos salió mal, aquí me equivoqué, ¿qué pasó con el sonido en esta? Soy muy autocrítico cuando me bajo de un concierto, y mi madre me dice: “pero eso solamente lo sentiste tú, la gente no se dio cuenta”. Y yo le digo que sí, que lo grave es que, precisamente, lo sentí yo. A veces me pasa que la camisa en el show tiene una manchita que no se nota, pero sé que está ahí.

Hablemos de esa soledad cuando todavía no se es nada ni nadie.

Es una soledad que raya como en la locura. Uno dice: ¿Sí es por acá? ¿O estoy loco? Pero mi mánager también lo cree. Entonces, ¿también ella está loca?. Así fueron las cosas antes de Cruce de caminos: muy duras en muchos sentidos.

¿Lo atormentaba esa soledad?

Lo malo que me pasó durante esos ratos de soledad es que empecé a buscar culpables afuera. Esa fue para mí la parte más complicada. En lugar de concentrarme en lo que me faltaba a mí para llegar a lo que quería llegar, me concentré en lo que estaban dejando de hacer los demás. Cuando dejé de echarles la culpa a los demás, se organizó mi vida.

¿A quiénes les echaba la culpa?

A los directores de emisoras, a las compañías disqueras... Uno está a veces muy enceguecido. Esa soledad coincidió con un momento muy tormentoso para mí. Entonces una cosa se alimentaba de la otra.

¿Cuál era su tormento?

Tuve que ser un niño serio y responsable desde muy chiquito. Yo me acuerdo a los ocho años, con las llaves de mi casa, andando en bus y haciendo vueltas de banco de mi mamá que trabajaba en el día y estudiaba en la noche. Digamos que yo era como el hombre de la casa. Luego nació mi hermana María Paula, yo tenía 10 años y cuidaba mucho de ella. Me faltó quemar mi etapa de adolescencia y en un momento de mi vida, deslumbrado por muchas cosas, me fui en la noche.

¿Hasta dónde llegó en ese descontrol?

Cada uno tiene sus límites y sus fondos y yo llegué a los míos.

¿Estamos hablando de droga?

Estamos hablando de alcohol y drogas, sí. Afortunadamente hubo opción de parar. Y el apoyo de mi familia fue fundamental.

¿Tocó fondo antes de empezar a encontrar el reconocimiento como cantante?

Sí, exactamente. Toqué fondo y empecé mi reconstrucción que coincidió con todo este momento que te digo de dejar de echarles la culpa a los demás, ¡de concentrarme en Santiago! Pero no en ese Santiago que yo veía en el espejo, sino en el real. Esa reconstrucción fue muy bonita y me permitió concentrarme en mi música.

¿Qué dejó atrás?

Ese tirano absolutamente déspota y destructivo conmigo mismo. Él siempre está. Lo que pasa es que ya no tiene control absoluto sobre mí, ya generé un diálogo con el tirano y soy capaz de manejarlo.

¿Y algo bueno de esa soledad anónima?

Como nadie me ponía atención pude moldear, realmente, el artista que yo quería ser. Nunca quise hacer la música que se vendiera, porque hubiera hecho en aquel entonces algo de tropi-pop o, de pronto, hubiera hecho algo urbano. No tengo absolutamente nada en contra de esos géneros pero simplemente no era lo que quería hacer. Yo quería ser otro tipo de cosas. Estamos hablando de finales de los 90 y principios del 2000.

Pasa del mundo de la rumba al mundo del baladista.

Nunca fui otra cosa. Lo que pasa es que mi energía la enfoqué entonces en crear y no en destruirme.

¿Cuándo estuvo a punto de desistir en su empeño de ser cantante?

Antes de Cruce de caminos. Ahí yo digo: esto está muy tenaz. Porque me había salido de mi bar con alguna plata, y esa plata ya se había acabado y buscaba hacer mil cosas para pagar el arriendo, para almorzar, lo que fuera, y nada salía. Seguían saliendo canciones pero no había nada claro en el panorama. Ahí estuve muy cerquita de decir: de pronto estoy equivocado, de pronto no es por acá. De pronto mi vida es otra cosa.

¿Y qué pasó?

Me fui para España a grabar el disco. Eso fue en noviembre de 2008 y me fui con 500 dólares, 12 barras de cereal que compró mi mánager en el aeropuerto Eldorado por si la vaina se complicaba, y un plan de dormir en sofá camas de amigos. Y de pronto me vi que no iba poder hacer el disco. Ahí estuvo la cosa complicada. Afortunadamente después todo cambió.

¿La cosa cuándo mejora?

Fue muy chistoso porque toda esa tormenta fue hasta el 31 de diciembre de 2008. El 1º de enero de 2009, como si hubiera sido cosa realmente de calendario, el panorama cambió y a partir de ahí ha sido todo positivo.

La primera cosa positiva.

Cuando alguien dijo: “aquí hay un poquito de plata para hacer el disco”. Apareció un ángel de la guarda inversionista y ahí arrancamos, o mejor, continuamos haciendo el disco porque ya habíamos arrancado, pero nos había tocado parar porque no había cómo.

¿Y quién es ese ángel?

Una persona que quiero mucho que se llama Leonardo Ortegón, es un amigo de Ibagué que vive en España. A él le debo ese momento.

Siempre falta algo, ¿hoy qué le falta?

Hombre, la verdad, ser papá es una ilusión que tengo.

 ¿Y cómo va con eso?

Intentando. Por lo menos la parte de la concepción ahí va. Afortunadamente hay una mujer a mi lado muy chévere.

¿La conoció en un concierto?

Por ahí apareció. Digamos que se llama María Paz y ya.

¿Su ídolo de toda la vida?

Es mi vieja, Fabiola Vélez, una señora muy fuerte que me ha enseñado con su ejemplo lo que es la decencia, la honestidad y el estoicismo.

¿Y ese ídolo quería que usted fuera cantante?

No, al principio no, porque cuando le dije, a principios del 92, que quería estudiar música colombiana, estaba empezando Clásicos de la provincia y no había nada más. Hoy es distinto, ahora hay toda una escena musical colombiana que te sustenta en esa idea.

¿Y su mamá entonces qué quería que fuera?

Que estudiara algo serio y que luego hiciera lo que me diera la gana. Esa fue su respuesta. Entonces estudié algo muy serio y me gradué en Finanzas y Relaciones Internacionales.

¿Pero por qué Finanzas?

Había tres opciones: estaba Ingeniería industrial, en los Andes; Diseño industrial, en la Javeriana; y Finanzas y Relaciones Internacionales, en el Externado.

¿Y por qué esas tres opciones?, no entiendo.

La Javeriana, porque había un amigo de infancia y la mamá trabajaba en la Javeriana, entonces nos podía ayudar. Los Andes, porque uno siempre tira el disparo a ver si lo de los Andes pega. Y Finanzas, porque en su momento era la carrera de moda.

¿Para qué le ha servido estudiar Finanzas?

Para nada. Bueno, cuando logré cantar en el primer bar en Bogotá, los que fueron eran mis compañeros de semestre y de ahí se fue regando la voz, que un muchacho de segundo semestre de Finanzas cantaba en las noches, entonces en ese momento me dio audiencia.

Hemos hablado de su mamá, pero nada de su papá.

Bueno, es que ese es un tema tremendo. Mi papá es una presencia muy fuerte en mi vida pero por su ausencia. Mis papás se separaron cuando yo tenía dos años y él vivió una vida muy de él, muy como por su ley.

¿No ejerció como papá?

No, no ejerció. Tuvimos muchos años de vacío de comunicación y cuando la vida permitió que nos reencontráramos y darnos como la oportunidad en el año 2000, dos años después se mató en un accidente de avión.

¿Cómo se llamaba su papá?

Se llamaba Germán Cruz. Murió de 51 años.

¿Alcanzaron a ponerse al día?

Nos faltó, pero si no hubiéramos tenido esos dos años, yo creo que la ausencia sería mucho más complicada.

¿Qué frases recuerda de su papá en esos dos años?

Dos frases muy lindas. Una vez me dijo: “me alegra que usted hubiera salido tan terco como yo”. Resulta que mi abuelo era terrateniente y mi papá, su único varón de siete hijos, estaba destinado a manejar las tierras de los Cruz. Pero a él nunca le interesó porque lo suyo era la aviación. Esa frase me quedó muy grabada. La otra es: “a usted lo hicimos con tanto amor...” y cuando un papá dice eso, queda uno frito.

Pasemos a otro lado. Uno siempre que llega a una parte que le costó sangre, se acuerda de los que se preocuparon de decirle a uno que NO servía para eso. Haga memoria.

Es que hubo muchas frases: “Su música no cumple con los estándares de calidad de la emisora”. Es una maravilla. También me dijeron: “si eso no tiene percusión tropical, no sirve”. Y qué tal esta joya: “si un disco no tiene una versión de reggaetón de alguna canción, no pasa nada”. Me acuerdo de una muy linda de un director de emisora: “si la canción dura más de 3:30 ni la oigo”. Con varios de ellos me cruzo todavía y nos acordamos con buena onda de esas frases.

Que se lo digan ahora causa risa, pero en su momento era una pesadilla.

Me acuerdo de uno que era muy chistoso y me decía: “usted como artista tiene que crear un personaje en el escenario que sea distinto a su persona”. Eso nunca lo entendí. Mejor dicho, lo entiendo porque lo veo. Yo no creo que Lady Gaga sea así en la casa.

¿Sus canciones de dónde salen?

Del alma. Componer para mí es como escribir un diario sentimental, la cosa es tremendamente terapéutica.

¿Lo que se dice se supera y se olvida?

Lo que se dice no sé si se supera o se olvida, pero se lleva de forma más liviana. Lo que no se dice pesa una tonelada y te hunde y te ahoga.

¿Se canta a alguien en especial o se dice al viento?

Se dice al viento, porque no hago canciones para alguien sino por alguien, por lo que esa persona generó en mi vida.

¿Una letra que no haya podido volver canción?

La relación con mi padre, he tratado, he tratado, y por ahí hay una canción, pero no me gusta un carajo y he tratado de darle la vuelta y me cuesta. Me cuesta ese tema.

¿Cuánto lleva intentando?

¡Uff! Como 12 años. Él muere en el 2002, pero hasta el 2000 fueron 10 años en los que no nos vimos. Esa canción está dando vueltas por mi cabeza como desde el 97, y nada.

¿Una canción suya que todavía lo haga llorar?

Hay una canción que se llama Paracaídas, de mi segundo disco, tremendamente gráfica por el momento que estaba pasando, de absoluto egoísmo, como un puerco espín, a la ofensiva todo el tiempo. Esa canción todavía me da muy duro.

¿La voz alguna vez lo ha dejado?

¿Que si me ha dejado? Creo que la he dejado a ella. Siempre ha estado conmigo pero la maltraté muchas veces.

¿Alguna vez una mujer lo ha dejado?

Sí.

 ¿Muchas?

Muchas, muchas veces.

¿Y eso está en el periódico de sus canciones?

Claro.

¿Una pesadilla que lo visite de vez en cuando?

No es que haya disfrutado el servicio militar, pero es algo que no fue traumático y, sin embargo, sueño a cada rato que me llevan y yo digo: pero si yo ya estuve. Y me dan el uniforme otra vez y las botas.

¿Cuántos conciertos hace?

¡Uy!, depende. Con Cruce de caminos, por ejemplo, mal contados fueron cerca de 160 conciertos en dos años y medio, eso es un numerito. El mes pasado hicimos cinco. Se viene septiembre y empieza nuestra gira Cartas abiertas, y nos va a llevar por lo menos a 17 ciudades en Colombia, y a cuatro o cinco países de Latinoamérica.

El destino más espectacular en donde haya cantado.

De espectacular te voy a dar dos lugares: el primero, la concha acústica de Ibagué que, además, era el parque donde uno iba a pelear porque quedaba en medio de los dos colegios rivales, el San Luis, que era el mío, y el Tolimense. El segundo escenario: el Luna Park de Buenos Aires. Esa vaina fue acojonante.

¿Y su escenario más modesto?

La primera vez que me pagaron por cantar fue en la inauguración de un puesto de perros calientes, en Ibagué. Se llamaba La suegra y funcionaba en el garaje de una casa.

¿Qué quería ser cuando pequeño?

Tenía tres opciones: ser Supermán, futbolista o músico.

¿Y jugaba bien?

No. Era muy tronco, siempre que hablamos de ese tema cito a Fontanarrosa que decía: “Yo para jugar fútbol tengo dos problemas básicos, la pierna izquierda y la pierna derecha”.

¿Qué hubiera sido de usted si no sale de Ibagué para Bogotá?

No sé. La palabra “hubiera” yo la borraría de cualquier frase, de cualquier diccionario, de cualquier contexto, porque no tiene ningún sentido. Hay una canción en el disco donde el coro dice: “no cambiaría nada de mi vida, no cambiaría nada, ni una coma, ni un tropiezo, ni una carcajada; cada paso que di tiene su cicatriz”.

¿Lo más difícil hoy de tener que cuidar una imagen?

La autocensura. Ahora, con el tema de las redes sociales, me encuentro autocensurándome... ¡y me da una rabia!

¿Cantar hasta cuándo?

Hasta que den permiso.

 ¿Vivir hasta cuándo?

Hasta que den permiso, pero sí voy para viejito.

¿Y morir por quién?

Por nadie.Uy, no, qué pereza morir por alguien, no, no, no. Uno no tiene que morir por nadie, uno tiene que morir por uno mismo, porque vivió y fue feliz viviendo y ya es hora de irse.

¿A quién se encomienda Santiago Cruz?

A los seres de luz. A Jesús, a los ángeles, a Dios. Yo creo que hay con nosotros seres de luz que nos están dando una mano permanentemente y a ellos me encomiendo.

¿Santiago tiene sus fines de semana mudos, como dice Bob Dylan?

No, fines de semana mudos, no. Alguna vez me tocó por obligación porque abusaba tanto de ella y la usaba tan mal que no me quedaba de otra que callarme.

¿Qué era eso, su temporada en el infierno?

Exacto, que es una maravilla, una frase fantástica que siempre me ha gustado, porque los artistas en algún momento caemos en la trampa de que el arte necesita de nuestra miseria. Lo dijo un cantautor que se llama Rufus Wainwright: “para hacer cierto tipo de música no hay que vivir en el infierno pero sí hay que haber pasado una temporada en él”.

¿Un lujo que se dé hoy en día?

Viajar y poder invitar a gente a que viaje conmigo. Acabo de llegar de una buena semanita por Seattle.

¿Y esos tatuajes?

Me voy tatuando cosas conmemorativas de mis discos o de situaciones especiales. Tengo 13 tatuajes.

¿Qué imágenes tiene?

Tengo desde una figura celta, supergeométrica, que significa prosperidad en las artes, hasta una réplica de un cóndor de Alejandro Obregón que me tatué en 2005

No lo veo muy orgulloso de ese cóndor.

No. ¡Es espectacular! Es una obra de arte. Lo sacamos de un Obregón original y el tatuador se fue conmigo hasta el lugar donde está el cuadro y pusimos el Obregón al lado y el tipo hizo su esténcil en mi espalda.

¿Su frase de batalla cuando no era nadie?

¡Este año sí!

¿Su frase de batalla ahora?

A través de la constancia encontrar el equilibrio y mantener la coherencia. De hecho, esas tres palabras las tengo tatuadas y son para mí unos pilares fundamentales en todo.

¿Hacia dónde va el negocio de la música?

No sé hacia dónde va. Sé hacia dónde quisiera que fuera, y puede sonar obvio, pero debería ir a las canciones que es, de verdad, lo importante de este negocio. Las canciones con algo de contenido. Canciones y artistas con sustancia.

¿Qué es la música para usted?

La música es un combustible tremendo. Yo oigo música desde que nací porque mi familia es muy musical y me he    sentido siempre muy afortunado de sentir la música a lo que diera la casetera de la casa o el tocadiscos.

¿Añora esa época en que oía discos con su mamá y sus tías?

Ese primer sonidito de la aguja contra el disco de acetato, eso era como “atención, ahora sí empieza lo bueno”, sonaba eso y uno decía: “¡arrancó esta vaina!”.