Jaime Bayly: "Si tuviera un mínimo de dignidad, me retiraría de la televisión"

Tiene 47 años, una esposa de 23 y acaba de lanzar una novela que, más que una obra mayor, es otro de sus caprichos.
Jaime Bayly: "Si tuviera un mínimo de dignidad, me retiraría de la televisión"

Un año sabático. Jaime Bayly quiere tomarse un año sabático. ¿De literatura?, se emocionarán algunos. No, de televisión: “El próximo año no dejo que me maquillen ni una sola puta vez”.  

Parece una broma. A lo mejor es el agotamiento. Lleva dos días seguidos concediendo entrevistas a los medios colombianos con motivo de la presentación del final de su trilogía Morirás mañana, en la que sublima con la pluma lo que la realidad prohibe: eliminar, uno por uno, a todo aquel que le ha hecho la vida imposible, el último acto de honor de un escritor frustrado que está condenado a morir. Dos días contestando las mismas preguntas y ofreciendo las mismas respuestas. Y él con unas ganas enormes (al punto de querer adelantar el vuelo de regreso a Miami) de ver a su hija Zoe, de un año de nacida, fruto de su reciente unión con la escritora Silvia Núñez, 23 años menor que él, que ya tiene 47 y ya no le importa abjurar de la profesión que lo dio a conocer. “Si pudiera, suprimiría todo, no tengo ninguna duda, todo lo que he hecho en televisión me parece prescindible”, dice con una seriedad pasmosa. Y luego suelta una risa contenida que se acerca mucho a la burla, una risa quizás condescendiente con el joven que le tocó ser y del cual siente algo de piedad, ahora que puede.  

A los 18 años, Jaime Bayly se volvió famoso de la noche a la mañana por conducir un programa de entrevistas en el que aparecía muy serio moderando discusiones entre personajes de la vida política peruana que le doblaban la edad pero que lo trataban como uno de sus pares. Era un adulto con cara de niño, o mejor, un niño con ínfulas de adulto. Hoy, probablemente, quiera invertir la ecuación, valiéndose de su soberano derecho de vivir la vida en desorden: “Empecé siendo adulto y ahora quiero ser niño. Cuando me tocó ser joven, era un viejo, y ahora que me toca ser viejo, trato de darme aires de niño terrible”. 

El que peca por la pagaLa televisión es un medio tan vertiginoso que cuando te atrapa no te deja ir. Y Bayly fue tan exitoso que ya no hubo manera de echarse para atrás, aunque su ambición profesional fuera realmente la literatura. “Era una manera de ganarse la vida. Por eso lo hice y lo sigo haciendo: la televisión paga mejor que la literatura. Seguí esa carrera pero estoy absolutamente insatisfecho con ella”. 

Viéndolo en retrospectiva, uno puede entender mejor el estilo desinhibido y hasta insolente con el que entrevistó a toda suerte de personajes iberoamericanos de la farándula y de la política para sacarlos de su zona de confort y confrontarlos con sus propias vidas. Ahora es obvio: no los tomaba en serio. O al menos no tan en serio como los invitados querían que los tomara. Ese fue el sello que marcó su carrera y el motivo por el cual todos siguen sus programas sin permanecer indiferentes: “Cuando uno va a entrevistar, no conviene dejarse impresionar demasiado por la fama del otro, siempre es mejor preguntar sin complejos, sin miedos, no hay que dejarse atropellar, a veces los famosos son muy envanecidos y lo que quieren es que te repliegues y te sometas, es una cosa autoritaria instintiva, pero la entrevista es más rica cuando es un diálogo entre iguales”. 

Ahora que lo admite, es comprensible: si él mismo no consideraba trascendentales sus entrevistas, de alguna manera buscaba transmitírselo a sus entrevistados, como si con sus preguntas y sus opiniones quisiera decirles: “no eres tan importante, eres un ser humano más, eres vanidoso, sientes el mismo temor a estar haciendo el ridículo, tú también tienes tus debilidades”.  

Lo paradójico, sin embargo, es que siga empeñado en seguir apareciendo en televisión, a pesar de que se haya peleado con sus jefes, aun cuando piense que su próximo programa va a ser el último, aunque asegure que está hastiado de esa farsa en la que él mismo ha participado una y otra vez con sus procacidades y sus provocaciones políticas, intelectuales y hasta sexuales. Cada intervención suya parece un grito desesperado para que no lo vuelvan a contratar más. Y lo contratan: “Lo que pasa es que yo he tenido una relación muy mercenaria con la televisión; yo me siento como una vieja prostituta que quiere retirarse para montar una peluquería, quiere caminar por el barrio y que los vecinos digan: esa señora era puta pero ya se gana la vida dignamente. Yo creo que cuando te has prostituido toda la vida, ya todo tiene un precio, una tarifa, todo se negocia. A veces viene un cliente y entonces uno, débil, consiente. Y sí, aquí estamos, sigo haciendo televisión, tengo un programa en Miami, pero si tuviera un mínimo sentido de la dignidad me retiraría; por ahora, todavía no”.Warhol con alma de BukowskiTal vez sea por vanidad, por esa extraña sensación de disfrutar el hecho de estar permanentemente en medio de un huracán mediático de pasiones enfrentadas: las de quienes lo quieren y lo respetan incluso como escritor, y las de quienes no lo resisten y despotrican de sus libros y de sus liviandades. Bayly es una mezcla extraña entre Truman Capote y Andy Warhol, aunque de pronto él mismo soñó alguna vez con semejarse a Bukowski, ese poeta estadounidense que convirtió en oro su alcoholismo y su resuelto modo de vivir sin límites. 

De niño, la tentación por las letras era demasiado irresistible como para ignorarla. Pero en un hogar rígidamente católico, con un padre estricto y conservador y una madre del Opus Dei, las tentaciones eran el anuncio del pecado, el fuego que debía ser apagado a la fuerza. Al niño inquieto no le quedó más remedio que aplazar su rebeldía hasta ser capaz de expresarla, primero negándose a hacer la confirmación, y más tarde por medio de novelas que detonaron como un volador en la mano en su familia; novelas que hablaban, para empezar, de su bisexualidad y de sus gustos libertinos. Bukowski, claro estaba, era su faro y su guía, la esperanza de que rebelarse no solo era posible sino indispensable para asentarse en el mundo. 

Bayly, así no lo crean sus detractores y los críticos literarios, tenía que ser escritor, como su sangre se lo pedía, y no el desvergonzado que terminó vendiéndose a la televisión por azar, porque, como él mismo lo afirma, “uno no es lo que quiere ser, sino lo que a duras penas puede ser”.Es sabido que en sus ansias de convertirse en novelista tuvo que ver mucho la intermediación de Mario Vargas Llosa (a quien Bayly apoyó en la candidatura presidencial del escritor en 1990). Pero luego fue el propio Bayly el que labró el camino hasta ser lo que es hoy. “Ser escritor es la identidad que me he forjado, el destino que he tratado de trazar para mí, pero no soy un buen escritor, creo que soy un escritor mediocre. Escribir es como bajar a una mina, tienes que meterte a ese socavón, excavar y ver qué hay; es un descenso turbio, te ensucias, sabes que vas a salir tiznado, pero no sabes qué vas a encontrar. Yo he bajado, y oro no he encontrado, menos piedras preciosas, pero uno saca lo que puede: plata, plomo, cobre, zinc. La misión es seguir bajando con la esperanza o la quimera de encontrar, algún día, oro”.La tentación de la peluqueríaSemejante honestidad contrasta con su insistencia en construir, paralela a sus sueños literarios, una vida de estrella que lo convenció incluso de que podía ser candidato presidencial en las pasadas elecciones peruanas. “No sé cómo terminé en la política. Por tonto, por la exhibición pública, por la televisión. Y sí, ahí estaba el cosquilleo de la vanidad, pero en el fondo yo sabía que no me convenía porque yo no nací para presidir nada. De pronto lo que me tentó fue querer ser un candidato insolente”.  

Hoy esa contradicción de la que reniega no lo deja en paz. Jaime Bayly sigue debatiéndose entre sus deseos de retirarse de la vida pública para sumergirse definitivamente en los socavones de su literatura, y las oportunidades de seguir exhibiéndose en pantalla. A un lado, la caverna del escritor, el silencio de la vida íntima. Por el otro, las luces de la televisión, el estruendo de la vida pública. Y el debate, sin resolver.“¡Un año sin maquillaje, sin televisión, sin reflectores!, dejándome crecer la barba, convirtiéndome en un ermitaño… Algo bueno podría salir de eso, por lo menos para escribir. Pero ese sabático no va a ocurrir porque, como dije antes, yo no voy a abrir la peluquería, voy a morir en el burdel”.

Temas relacionados