Los poetas del Bronx

Hernán, Germán y Max son los sobrevivientes de un grupo de artistas del Cartucho que encontraron en la poesía un aliciente para vivir entre la droga y la muerte.
Los poetas del Bronx

Hernán no ha perdido la disciplina de escribir. A veces la inspiración le llega en la madrugada mientras hace una pipa, entonces deja a un lado su trabajo, busca un papel y suelta el verso. Después de guardar muchos papelitos, transcribe, ordena, pule. Cuando cree que está listo, lo pasa a limpio y lo guarda en una carpeta de poemas terminados. A pesar de vivir en la calle del Bronx, considerada la olla más peligrosa de Bogotá, este hombre de 38 años, barba incipiente y apenas un par de dientes que cuelgan milagrosamente de su mandíbula, lleva una vida ordenada, con ciertos lujos: tiene un cuarto de 2 metros por 2, cama ataviada con sábanas, cobijas y colchón, televisor, grabadora, adornos, muñecos de felpa, una colección de gorras, una alacena con algo de comida y medicinas para curar un dolor de muela o suturar la herida de algún vecino caído en desgracia. 

De los 20 años que lleva viviendo en la calle, los últimos 16 los ha dedicado de manera intermitente a escribir. Cree que ha hecho unos 700 poemas, ahora solo tiene 70. Los demás se han ido perdiendo en la azarosa vida de indigente: en un bolsillo, destrozados por un aguacero, abandonados en una pieza que no alcanzó a pagar porque le pudieron más las ganas de un “pipazo” de bazuco o porque fue a parar a la cárcel. Gracias a esos poemas es alguien en ese mundo del delito, de droga y muerte, donde la vida no vale ni una bicha (un gramo de bazuco) de 1.500 pesos. 

Al comienzo lo buscaban para que escribiera un poema que lograra conquistar a una enamorada retrechera, regresar a la novia engañada o arreglar un matrimonio roto. Le resultaba fácil, era solo recordar sus épocas de colegio cuando descubrió que tenía facilidad para las letras y descrestaba a los profesores con notas muy superiores con las que impedía que lo echaran por ser el niño problema (bebía, se drogaba y andaba empandillado).  

Después, ya viviendo en El Cartucho, sus versos lo llevaron a ganarse un lugar en Ediciones El Volante, un proyecto de poetas de la calle que imprimían sus poemas para venderlos a cambio de monedas en los buses o a la salida de los cines. El Científico, un arquitecto con apellido presidencial, un hombre lúcido y culto que llegó a la olla después de buscar una cura a su adicción en Suiza, Francia y Estados Unidos, fue el promotor del grupo en 1994.  

El Científico abrió una casa en pleno Cartucho donde enseñaba a declamar, a componer y hasta cómo consumir el bazuco de manera segura. Se convirtió en el guía intelectual y espiritual de varios artistas. Luego se encontró con Alberto y Marcela Torres, dos hermanos que estaban promoviendo la Fundación Ponte en mi Lugar y que los reunió con músicos, raperos y pintores de la calle para dar recitales en las universidades.  

Gracias a él, Hernán llegó a la Casa de Poesía Silva, donde fue reconocido oficialmente como poeta y quedó en tercer lugar en un concurso, junto al Costeño; y dio recitales en las universidades. Con él, Hernán dejó de robar y aprendió a ganarse la plata para comer y drogarse declamando en los buses. Pero la vida en la calle cambió. Había mucha competencia para vender en el transporte urbano y El Cartucho se calentó. Una banda llamada Los Gomelos les declaró la guerra y Hernán empezó a huirle a la muerte. El grupo terminó de desintegrarse con la muerte de varios de los poetas, incluido el Científico. Hernán volvió a robar y volvió a la cárcel. 

Tres condenas consecutivas, que sumaron 36 meses, le hicieron jurar que no volvería a quitarle nada a nadie. Desde los 13 años había empezado el “curso” –como él lo llama– de las drogas. Como la mayoría, empezó con marihuana hasta que terminó en el pegante, el alcohol antiséptico y el bazuco. Ahí se graduó. Drogarse fue la forma de escapar del maltrato de sus compañeros de colegio (hoy se le diría víctima del matoneo), que lo excluían por ser muy “campeche”, por venir del campo y no conocer la ciudad. Fue la puerta de entrada al grupo de los fuertes, de los que no se dejaban de nadie y, por ahí derechito, entró al infierno.  

Tras ese largo canazo, en 2003 decidió que se organizaría y que trabajaría para vivir bien. Ahora paga una pieza en la que recibe al que necesita ayuda: al apuñalado, al enfermo, al que no tiene para comer. Puede dejar de fumarse una dosis de bazuco para auxiliar a alguien. Vende pipas que fabrica con material reciclable: tubos de PVC, inhaladores, esferos, monedas y ganchos de plástico. Las vende en 300 pesos.  

Su día empieza a eso de las dos de la tarde, con su primer pipazo. Alimenta a su gata, Navidad, y se va con las pipas que hizo la noche anterior para la calle. Todo el día y parte de la noche tiene que librar una batalla para vender sus pipas en el Bronx. Antes, cuando la olla era de los ñeros, como él dice, podía tener su sitio en el andén, pero ahora que es “una olla estrato 6” ya no hay espacio para los indigentes. 

De hecho, el Bronx es un callejón en el que no hay espacio para caminar. Los andenes se llenaron de tenderetes donde se venden artículos robados –los cachivaches– y todo tipo de drogas en un infame mercado persa. Cada calle tiene su dueño –de los que es mejor no hablar– y su propia ley. En ella se confunden indigentes, estudiantes, comerciantes, niños, adolescentes, una caravana incesante de consumidores –en un día pueden pasar por allí 7.000 personas entre ñeros y población flotante– que pueden disponer de cómodos sofás (con pulgas incluidas) o de sillas hechas de tabla, una rockola para amenizar la “traba” y la seguridad que proporcionan hombres armados que vigilan en medio de una pesada nube de humo.  

Como los carteles se tomaron las calles, cada vez es más difícil para un indigente como Hernán vender las 100 pipas al día que necesita para cubrir sus gastos: 8.000 pesos que le cuesta la pieza, más su comida y su “traba”, más el alimento de Navidad. Cuando no le alcanza, acepta la ayuda de su mamá, que lo busca y le da dinero y un celular para estar pendiente de su salud. Hernán dice que no sueña con volver a su casa ni extraña su vida pasada de comodidades en un barrio al norte de Bogotá. Sabe que no tiene voluntad para dejar el vicio.Es paradójico porque no le gusta salir del Bronx. Dice que no soporta el ambiente agresivo que hay afuera. De hecho, es en su cuarto donde nos presenta a Germán, compañero de aventuras, versos y trabas. El Paisa, el último de los poetas sobrevivientes, nunca llegó la cita.  

****Germán no tiene noción del tiempo. No sabe qué día es, tampoco recuerda la fecha en la que abandonó su hogar, una esposa y cinco hijos. No tiene claro cuántas veces ha estado en la cárcel ni cuándo estuvo por última vez muerto en vida en una celda. No sabe qué día Álex, su hijo mayor, llegó a la calle como él y murió después de atracar un bus para sostener su adicción al alcohol antiséptico. En su cabeza están claros los hechos pero no cuándo ocurrieron. 

Por eso no sabe cuándo tuvo que abandonar El Cartucho, por cuenta de la decisión de un gobernante que de un plumazo ordenó que un barrio completo –20 hectáreas, más de 600 predios– tenía que ser demolido para dar paso a la modernidad hecha parque, con nombre rimbombante de Tercer Milenio. Lo cierto es que ese día del que no tiene memoria, la policía provocó un incendio en el inquilinato donde malvivía con unos 50 olvidados y luego una retroexcavadora, la “tumbacartuchos”, terminó de enterrar lo único que le daba sentido a su existencia: los cuadernos con sus poemas. 

Llevábamos varias semanas buscando a Germán con ayuda de la Fundación Ponte en mi Lugar y Hernán. Cuando por fin lo encontramos, acababa de cumplir 57 años. Casi todos en la calle. Muy joven, se escapaba de su casa a viajar por el país como hippie y probó todas las drogas que tenía a su alcance: marihuana, cacao sabanero, ácidos, hongos, pastillas, coca. Fue a la cárcel por portar estupefacientes y luego intentó formar un hogar. Alcanzó a tener cinco hijos y una ebanistería para mantenerlos, pero nunca pudo dejar su adicción y terminó viviendo en la calle. “Un día me di cuenta de que mi vicio le causaba daño a mi familia. Preferí dejar que ellos vivieran su propia vida, sin estar pendientes de buscarme cada vez que me perdía”. 

Después de volver a la cárcel varias veces, de pasar por la enorme vergüenza de que sus hijos lo vieran en la indigencia, de enterarse por una pandilla de ladrones que su hijo mayor había muerto en la calle, empezó a escribir. Ya había conocido al grupo de poetas de la calle que lo invitó a dejar de robar y subirse a los buses a leer, a cambio de monedas, los versos que el grupo imprimía en Ediciones El Volante. Pero Germán decidió que él podía hacer sus propios versos sobre lo que sentía y lo que veía en la calle. Eran demasiadas historias dignas de contar: “La poesía me encontró, yo no la busqué”.  

Con ellos fue a los recitales en las universidades del centro de Bogotá y recibía aplausos en lugar de monedas. “Me gustaba ver a los muchachos que disfrutaban de la poesía, nos escuchaban y al final les decíamos que nosotros éramos el ejemplo que no debían seguir, hablamos con sinceridad para que no cayeran en el mismo error”.  

Alcanzó a soñar con un libro que recogiera sus escritos. Algún día se encontró con un editor que leyó sus versos y le pidió que se los dejara publicar. Emocionado, Germán le dijo que le diera un par de días para pulirlos. Pero esa tarde, cuando regresó a su cambuche, lo encontró en ruinas, quemado y tumbado por un buldózer. Hasta ahí le llegaron las ganas de escribir.  

Ahora consume bazuco, pero no sabe cuántas veces al día. Vive en la calle del Bronx en una modalidad que resulta provechosa para los habitantes de la calle como él: una olla o expendio de droga le da un cuarto a cambio de que consuma el bazuco allí. Para comer y comprar droga en otras taquillas (expendios) que ofrecen el polvo de mejor calidad, sale a reciclar o a parar taxis en San Victorino. Dice que ya no roba. Su rutina no incluye el trasnocho porque sabe que no dormir lo conduciría a la locura, de tal manera que se alimenta y duerme en los horarios habituales. Así logra mantenerse ligeramente lúcido.  

“Yo llevo como cuarenta años tratando de trabarme y no lo logro”. Suelta un suspiro que se confunde con una ligera sonrisa, se frota las manos y se apura a despedirse: “¡Uy, hace rato no me pego un pipazo!”. Sale y se pierde en esa calle donde la miseria humana confluye con el negocio.  

****Apenas una cuadra más al oriente del Bronx, en la avenida Caracas, está Max Hainz, el Gitano. Su figura impacta. No encaja en la imagen de un indigente. Está limpio. Viste jeans, botas, camisa negra, un chaleco de cuero café, arete dorado en la oreja izquierda. Una pañoleta, un sombrero de vaquero y su inseparable guitarra, completan un ajuar salido de otro mundo, uno diferente al de la suciedad, al de las caras desdentadas y desfiguradas por el bazuco. 

Lo suyo no es la droga. Su vida depende de una botella de vodcka (y de un “pericazo” ocasional). Aparenta más de los 54 años que tiene y parece un gringo, dicen los de la calle. Su cabellera rubia y blanca por las canas, los ojos azules muy limpios y su cara afilada hablan mucho de su origen. Su mamá era alemana y su papá un chileno de ascendencia húngaro-polaca. El Gitano nació en Santiago de Chile, pero la familia se fue a Cali cuando él era un niño. Creció y estudió con los jesuitas. Viajó a Nueva Jersey a estudiar lingüística y regresó a Bogotá a trabajar como profesor de idiomas: sabía alemán, inglés y alcanzó a aprender italiano, ya en la calle. Practicó taekwondo y alcanzó a ganar un par de medallas.  

Su vida era más bien tranquila, hasta que la muerte de su mamá, hace 17 años, lo llevó a la pena moral. Se quería morir con ella, ni siquiera fue capaz de ir al entierro. Nunca más volvió a su casa y empezó a deambular de casa en casa, con amigos, una guitarra y una botella de trago. Durmió bajó los puentes y fue a parar, como todos, al Cartucho. Sin separarse de su guitarra, se dedicó a componer canciones y a cantar en los buses.  

En el Cartucho conoció a Marcela y Alberto y ellos lo vincularon al grupo de artistas de la calle. Así se conectó con los poetas de la calle y se unió a sus recitales ante universitarios, a la reflexión y crítica de la sociedad que les tocó en suerte. La destrucción del Cartucho lo llevó al barrio San Bernardo, una de las ollas que se estableció después de la construcción del parque Tercer Milenio. En este sector, ubicado entre las calles primera y sexta y la carrera décima y la avenida Caracas, se mueve y es reconocido. Da clases de inglés a las pocas familias que aún habitan entre estas cuatro manzanas.  

El inquilinato donde vive está a unos metros de una de las obras más ambiciosas de la ciudad, el deprimido de la calle 6 con carrera 10. La estructura amplia y moderna que hace parte de la recuperación del centro, contrasta con un callejón –la calle quinta, como la conocen los indigentes– más parecido al Cartucho, donde viven unos 3.000 habitantes de la calle.  

Max paga 5.000 pesos diarios para contar con un cuarto sin ventanas en el que apenas le cabe la cama, una mesa y una silla. Ahí duerme durante toda la mañana y luego sale a buscar un corrientazo de 2.500 pesos. Así prepara su estómago para recibir la descarga del vodka Ivanov que consigue en las distribuidoras del centro por 9.000. La tarde la pasa entre los buses, cantando baladas y canción protesta de Pablo Milanés, Silvio Rodríguez y Piero. “No quiero producir lástima. La gente sale cansada del trabajo y quiero alegrarles un poco la vida. Amo a mi público, me debo a ellos”.  

Es cierto, Max logra una conexión con su público. Sin discursos, suelta sus canciones. La gente se siente atraída por su voz ronca y su interpretación. Tiene que recoger más de 20.000 pesos al día para subsistir y disfrutar las empanadas con ají de la calle 19 con las que amortigua los rigores del alcohol. Le va bien. Si quisiera, podría extender sus horas de trabajo, pero no necesita más.  

Por eso rechazó las ofertas familiares de ir a un centro de rehabilitación en Colombia o en Estados Unidos, donde residen sus hermanos. Tampoco quiere saber de la herencia que tiene derecho a reclamar. Insiste en que en la calle, a pesar de ver la muerte y la miseria tan cerca, es feliz. “En la gente humilde he encontrado los amigos de verdad, los más auténticos”. Ya son casi las tres de la tarde. Nos avisa que es hora de terminar la visita en su cuarto y nos da un paseo por el inquilinato en el que los gatos y las ratas pelean por territorio en medio de desperdicios.  

Para salir de la casa hay que pasar por encima de una mujer que en medio de temblores prepara su pipazo de bazuco, acurrucada contra la pared. Es joven, pero no tiene dientes, está descalza y sus ropas están raídas. No se percata de que estamos allí ni de los disparos del fotógrafo, ella está en su propio mundo. Para nosotros es hora de salir .

Temas relacionados