Tres colombianos en Sudáfrica

Así vivieron trs colombianos el viaje que se ganaron a Sudáfrica por estar el día, en el sitio y tomando la cerveza adecuada.
Tres colombianos en Sudáfrica

Los colombianos vivimos al acecho de la suerte: le apostamos al chance con cifras agoreras; elegimos los números del Baloto para alterar a nuestro favor la probabilidad; llenamos los formularios de las rifas de las gasolineras; buscamos premios en las tapas. Todo eso lo vemos promocionar por televisión, pero es raro conocer a alguien que haya ganado algo. La suerte, en la mayoría de los casos, es esquiva.

No para Federico Hermida, Sebastián Posada y Federico Acosta, tres colombianos que, en una noche de rumba cualquiera, aceptaron el reto de un raspa y gana que les ofreció una promotora de Heineken en Bogotá, Cali y Barranquilla, respectivamente... ¡y ganaron! El premio era nada menos que un viaje a Sudáfrica, en particular a Ciudad del Cabo, una oferta imposible de rechazar.Una suerte similar corrieron los ganadores de veinte países más, entre ellos Rumania, Rusia, Camerún, Egipto, Zimbaue, Namibia, Mozambique, Marruecos, Italia, España, Costa Rica y México. ¿El objetivo? Disfrutar de la final de la Champions League de fútbol; no en Berlín, donde se jugó el partido, sino desde un lugar que fuera igual de atractivo para los cerveceros que gustan del fútbol como para los que no. Ciudad del Cabo resultó ser el sitio ideal: suficientemente remota para la curiosidad colombiana; suficientemente cercana por haber sido sede del último Mundial de Fútbol; y en definitiva, suficientemente atractiva como lugar de aventura, dada su condición de “ciudad bioceánica”, donde se juntan el Índico con el Atlántico y donde es posible nadar, entre otras especies, con el temible tiburón blanco.

¿Cómo se vive un viaje de estos? En primer lugar, la expectativa era enorme, aunque un poco menor que la ansiedad. A fin de cuentas, se trataba de un viaje sorpresivo a un sitio que ninguno de los colombianos imaginaba programar en sus vacaciones en muchos años. Pero pronto la ansiedad cedió a la ilusión, alimentada durante las 40 horas que, entre recorrido en el aire y trámites aeroportuarios, demora el viaje desde Bogotá a Ciudad del Cabo. Y una vez allí, la sorpresa: el paisaje desconocido, la ciudad frente al mar bordeada por Table Montain, la imponente meseta que es considerada una de las siete maravillas naturales del mundo. La extraña combinación de litoral y montaña, acompañada de esplendorosos atardeceres en el puerto, donde se comen algunos de los mejores mariscos de la región.

De bienvenida, los organizadores de Heineken tenían preparado a sus más de 200 invitados, un minicampeonato de fútbol en el Green Point, uno de los estadios construidos para el Mundial del Waka Waka. El ganador fue México y los otros participantes llevaron premios de consolación: camisetas y demás piezas de mercadeo de la cervecería holandesa. El estadio sigue como nuevo porque poco se usa; y entre sus curiosidades exhibe un sitio de celdas destinadas a los hinchas de mal comportamiento.

Luego hubo espacio para la rumba y, claro, para ver en directo la final de la Liga de Campeones entre el Bayern de Munich y el Chelsea, evento en el que Heineken era uno de los patrocinadores oficiales. Algunos invitados se concentraron en el partido, pero otros decidieron dedicar esos noventa minutos con alargue y penaltis, a relajarse jugando futbolito. El ambiente de fiesta era tan evidente que es probable que pocos se enteraran de que el Chelsea había obtenido el campeonato de clubes europeo.

Después del partido, los organizadores tenían preparada una rumba,  en el mismo sitio, en el City Hall, donde Nelson Mandela pronunció su discurso en 1990 tan solo horas después de salir de la cárcel tras 27 años de encierro infame. Para los invitados de Heineken había un montaje de lujo, con bailarinas como caídas del cielo, cerveza ilimitada y un DJ inspirado.

Lo bueno de ganarse un viaje con todo pago es que uno puede disfrutar de comodidades que tal vez nunca se puedan volver a repetir. Como alojarse en el hotel de seis estrellas African Pride 15 on Orange. Y saborear, también, el placer de sobrevolar la ciudad en helicóptero, un capricho por el que un turista común debe pagar 400 dólares.

Por eso valía la pena una inversión personal para extender el paseo, por su propia cuenta y riesgo, y con la mochila al hombro, unos días más. Y la valió porque hacía falta conocer Robben Island, la tristemente célebre cárcel donde estuvieron muchos presos políticos por cuenta de sus protestas contra el apartheid; hacía falta vivir un safari con todas las de la ley, e intentar, contra el pánico que produce, nadar al lado del gigantesco tiburón blanco en Gansbaai, conocida como la capital mundial del tiburón, a una hora de Ciudad del Cabo.

Quizás esa haya sido la experiencia más excitante. En la madrugada, en medio de un silencio que ensordece, zarpamos del puerto de Kleinbaai. Una vez mar adentro, pudimos ver a los tiburones alborotarse por cuenta de la carnada que arrojaban los guías turísticos expertos. Y justo en medio de esta inquietud, nos hundimos en la jaula protectora para cuadrarnos frente a frente con el enorme predador. Es probable que no haya un miedo mayor, pero también es probable que las imágenes sean imposibles de olvidar. ¡Y todo por una sorpresiva rifa!  

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