Silvia Tcherassi: para todos los gustos

Armamos un rompecabezas muy personal de la diseñadora barranquillera.  Ella, por partes, en este artículo publicado en nuestra edición 4729 sobre la inspiración que verán en nuestra próxima edición.
Silvia Tcherassi: para todos los gustos

Hay tantas Silvias como pedazos de su propio rompecabezas. Pretender armarla con todo es imposible. Lo mejor es tomar lo que ella misma ponga en evidencia y quedarnos con la pieza que más nos guste… la más transparente, la más oscura, la más cara, la más ingenua o la más secreta. Hay para todos los gustos.¿Qué tal Silvia, la hija de familia barranquillera, la que viajaba mucho a Aruba para Navidad y regresaba con maletas llenas de vestidos de baño y cosas para venderles a sus amigas; la que le encantaba visitar, en esa isla, una tienda famosa llamada Aquarios con diseños de grandes diseñadores, y en la que vendió por primera vez su propia ropa? El dueño le vio una camiseta que tenía puesta con retazos de cuero y sin más le hizo un gran pedido. 

Claro que hay una Silvia más bullanguera, la de los 20 años, la que confiesa haber quedado marcada con el privilegio de ser en 1986 la reina del Carnaval de Barranquilla, la que perdió la pena a punta de bailar, subida en una tarima, el congo grande, la danza del torito y el garabato. Desde entonces se le quitó el miedo al público. Y lo comprobó la semana pasada con su pasarela en Medellín, organizada por la Gobernación de Antioquia, ante 10.000 personas. En su carrera es la primera vez que se presentaba frente a tanta gente y en una plaza de toros, la de la Macarena.  

Y qué decir de la Silvia Tcherassi como un tatuaje sobre una pared blanca en el aviso sobrio de su atelier situado en Coral Gables, en la calle 4101 Ponce de León, frente al exclusivo Centro Comercial Village of Merrick Park, donde también tiene un almacén con su nombre. En su entrada aparecen imponentes sus novias como su propio ejército terracota, vestidas de blanco con diseños que fácilmente superan los 10.000 dólares. Un espacio sin puertas, holgado y minimalista –así se imagina ella el cielo– por donde desfilan personalidades del jet set como la reina Noor de Jordania y Sophia Vari-Botero, top models como Claudia Schiffer y Valeria Mazza y celebridades como Shakira, Cecilia Bolocco y Gloria Estefan, a la que le acaba de diseñar todo el vestuario para su más reciente gira internacional. 

Hay, sin embargo, otra Silvia, la ocupada, la perseguida por el tiempo. La que le encanta lo que hace pero a veces le atormenta lo que hace. La que no para, no puede parar. La que hace dos colecciones al año. La que apenas saca la colección primavera-verano y, en una semana, ya está trabajando otoño-invierno. La que va a Europa cuatro veces al año a mirar tejidos. La que cuando esos tejidos llegan ya está trabajando en otra colección y tiene que recuperar el rumbo y aclarar sus días negros. La que trabaja sobre el cuerpo de su modelo, la que trabaja con sus manos como una escultora que no descansa hasta que puede ver la belleza de su ropa en pleno movimiento en una pasarela.  

Para los que prefieren una mujer menos perfecta está Silvia la que se equivoca. La que admite no oír y creerse la dueña de las cosas. La terca. Una Leo a cabalidad. La que se le mete una idea y no hay nadie que se la saque, la que le dicen que no crea en alguien y sigue confiando, contra viento y marea, sin importar que al final termine defraudada.  

Silvia, Silvia, Silvia, también hay la perfumista, la que guarda de su vida los aromas. El olor a la guayaba de su infancia junto a sus tres hermanos (María Lucía, quien gerencia sus tiendas en Miami; Samuel, el industrial, y la apoya en la labor comercial; y Vera Judith, la pintora). Un aire de almendras y Opium en la adolescencia. Halston Z-14 a los 20. Acqua di Parma a los 30 y el imborrable olor de un libro abierto, de papel y tinta, fragancia dulce y seca de sus felices 40 en Miami.

Y qué me dicen de la voyerista, la que le encanta observar la calle. La convencida de que el diseño se alimenta de la calle y la calle del diseñador. La que mira las manos de las personas. La que calca y fija en su memoria los cuerpos que despiertan la atención de sus ojos avellana, punzantes como alfileres. La que piensa que hay partes del cuerpo más difíciles para vestir. La que confiesa que las piernas son difíciles. La que recomienda hasta la insistencia: ¡O muestras arriba o muestras abajo pero es un error querer mostrar ambas partes! La que pontifica que a las mujeres a menudo se les olvida los brazos y los abrazos. 

Porque existe también la romántica. La que en 1990 acababa de salir de una relación y fue a un lugar recién inaugurado en Barranquilla, con la expectativa de reconciliarse con su ex y terminó conociendo al paisa Mauricio Espinosa. Él también estaba allí por casualidad. Un amor a primera vista que hoy suma 17 años de casados, dos hijos y una casa en Key Biscayne llena de abrazos y risas en la cama los domingos. 

Pero también existe Silvia la que dejó de hacer cosas para llegar adonde está. La que tuvo a Sofía y a Mauricio y a la semana y media ya estaba de vuelta trabajando. La que dejó de ser ama de casa y un poco la tradicional mamá barranquillera que va a reuniones del colegio, compra pan y ayuda con las tareas. Existe una Silvia a la que hace cinco días su hija Sofía, de 11 años, le escribió un ensayo en el colegio en el que le confiesa cómo, de verla armando sus maniquíes, ella quiere ser escritora y diseñadora y con la moda cambiar el mundo.  

Y para rematar, está Silvia la del Diccionario de la Moda que sale cada cinco años y en el que ella como diseñadora colombiana es la primera en aparecer en su edición de 2004. La que describen sus páginas como “Estilista colombiana, una bellísima rubia que recuerda a Grace Kelly y a Deborah Kerr, nacida en Barranquilla, ciudad industrial y portuaria, cerca del mar Caribe. Casada, con 2 hijos. Debutó en el Milano Moda Dona con la colección otoño-invierno 2003-2004. Ha desfilado en París, Washington, Miami. Es la nueva estrella de la moda y ha sido premiada por varias revistas, como Vogue. Le gustan los contrastes, es delicada como una bailarina y fuerte como una estrella de rock. Le encantan los tejidos y trabajar la tafeta y la piel del cocodrilo. En 1998 recibió por parte de su Gobierno un especial reconocimiento como una de las mujeres más influyentes de Colombia”.  

El rompecabezas no acaba. Qué decir de Silvia, la del cuadro que le regaló Andrés Pastrana, recostado sobre toda una pared en su atelier, un retrato que el pintor francés Jean François Detaille le hizo en siete minutos. Unos manchones de color donde ella se ve reflejada. O la otra Silvia a la que le encanta todo de un tono y sólo uno que contraste. La que no se pone más de una sola cosa importante. La Silvia con el último reloj Cartier y una aureola de diamantes levitando sobre su muñeca.  

O la estricta que llama para excusarse porque va dos minutos tarde. O la que le encanta mirarse en todos los espejos. O la niña de los prismacolors que jugaba a mezclar el azul, el verde y el amarillo. O a la que todavía le cruzan relámpagos de espontaneidad cuando confiesa que con Gloria Estefan, la primera artista que viste para una gira, aprendió que hay que hacer cinco veces el mismo vestido por si se daña durante el concierto. O la que se imagina el infierno barroco. O la que odia que la graben porque no le gusta como suena su voz y sólo lo dice, con mucha discreción, al final de la entrevista. Así es Silvia, sentada en su sillón preferido, blanco sobre blanco, mujer que se desvanece en el aire y nos toca sutil con su Annick Goutal...