María Mercedes Cuéllar: La coleccionista de chécheres

La presidenta de la Asobancaria guarda cuatro álbumes de estampillas colombianas que colecciona desde hace décadas.
María Mercedes Cuéllar: La coleccionista de chécheres

Se siente incómoda. Se nota que la cámara la intimida, que la grabadora no le gusta, que cuida sus palabras para no hablar más de la cuenta. Que la risa nerviosa con que acompaña las frases cortas, concisas, es un signo más de su reserva. A veces, sin embargo, María Mercedes Cuéllar, presidenta de la Asobancaria desde hace ya seis años, deja de lado su prudencia y sólo entonces se pueden ver algunos de los gustos que la ocupan cuando no está en el trabajo: la lectura de novelas y de historia, la política, los viajes, los cuatro álbumes de estampillas colombianas que colecciona desde que era niña, y las antigüedades (o “chécheres”, como ella los llama) que adornan todo el apartamento.

La sala donde nos recibe está rodeada de libros: las cuatro paredes son estanterías donde reposan ejemplares –viejos y nuevos– de historia, novela y arte. También hay muñecos de porcelana y marionetas por todas partes: un gato con botas vestido de blanco que compró en Venecia, dos marionetas de frac y sombrero negro que adquirió en República Checa, un Niño Jesús desnudo, un caballo negro con pelo de rayas amarillas, un San José y una Virgen. “Me gusta mucho leer –dice con voz ronca–. En novela me encantan los rusos, tipo Dostoievski y Tolstoi, pero también la literatura francesa y Shakespeare, que me fascina. En historia son más que todo los personajes, pero me gustan mucho las distintas épocas de la humanidad. He leído un montón sobre la Segunda Guerra Mundial; Churchill me parece un personaje fascinante e incluso Hitler es otro bastante curioso. Pero también la historia antigua: recientemente estaba leyendo sobre los vikingos y la forma como invadieron a Europa por allá en los años 700, 900. Eso también es fascinante”.

Un gusto que ha sabido combinar siempre con la carrera de Economía, que estudió en la Universidad de los Andes. “Me gusta porque creo que todo depende de la historia, aunque hay muchos economistas que sólo leen de economía –cuenta–. Si usted mira la evolución de los mapas, por ejemplo, se da cuenta de que toda guerra tiene una motivación detrás, y muchas veces es económica. Lo que hizo Hitler al principio de la guerra fue eso: necesitaba más tierras para tener materia prima y fortalecerse económicamente”. Es inevitable, pues, que hable de economía: lo que sabe, lo que le gusta. Que comente sobre la crisis actual y diga que hay una inconformidad grande de la gente por la forma como se están manejando los Estados, pues muchos no están respondiendo a las necesidades de las personas. Que la función del Estado es proteger a la población y no a quienes ostentan el poder, como sucede. Que hay un movimiento social importante dirigido al bienestar individual y que esa identidad del individuo es, para ella, uno de los aportes más importantes de la Constitución del 91 en Colombia. Y que, también, política y economía son la misma cosa. ***¿Cómo no iba a hacer política si le viene en la sangre? Sobrina del presidente Alfonso López Michelsen y nieta del dos veces presidente Alfonso López Pumarejo, María Mercedes coqueteó con una precandidatura a la Presidencia por el partido liberal en 1996, y luego con una aspiración al Senado. Pero esos tiempos ya quedaron atrás y la política, al menos por ahora, no está en su agenda. O eso dice. “A mí me parece fascinante, lo que pasa es que es un mundo muy duro. Me resulta tenaz que critiquen tanto a los políticos y que el Congreso tenga una imagen tan mala porque es una de las instituciones más importantes del país, la que protege la democracia. Sí, puede que algunos tengan problemas, pero es que no son todos. Eso pasa en cualquier parte; no todo el mundo es perfecto”. Por eso dice que, aunque admira los políticos y se declara liberal, por ahora no volvería a entrar de nuevo en esa arena. Y mientras lo cuenta aparece de repente un gato negro de ojos grandes que se recuesta contra sus piernas: es Nehrú, la mascota que heredó de una hija y que vive con ella hace varios años. “¡Es más consentido! Le encanta que le rasquen la espalda. Yo duermo con él y me habla, me protesta”, dice sobándole el lomo.

Luego se disculpa y sube por sus tesoros: cuatro álbumes de estampillas colombianas que colecciona desde que era una niña. Lo que comenzó como una afición espontánea terminó convirtiéndose en todo un hobby: con el tiempo no fue sólo el suyo sino que, con la excusa de hacérselo a sus hijas, comenzó a llenar otros tres álbumes. Hoy los tiene todos marcados, empastados, y llenos de estampillas colombianas de varias décadas atrás. “Lo chistoso es que mis hijas no le ponen bolas y yo soy la que los hago –advierte–. Todavía es fácil conseguirlas, y aunque ya nadie escribe cartas, el año pasado salieron una cantidad lo más bonitas”. Con los álbumes parece sentirse más cómoda, pero aun así sus frases siguen siendo medidas, breves, como si temiera que hablando más de la cuenta fuera a decir algo de lo que después pudiera arrepentirse. Lo mismo sucede con las fotos: no se ve del todo a gusto con la cámara. Se entiende: su mundo, al final, está en los números, las cifras, las estadísticas. Y a veces, en el tiempo libre, en algún pasaje de la historia universal.