Yuri Buenaventura, "al músico mentiroso no lo soporto"

Este hombre de Buenaventura lleva media vida cantando con músicos tan disímiles como Ibrahim Ferrer, Ray Charles y Roberto Alagna. Un loco muy afinado.
Yuri Buenaventura, "al músico mentiroso no lo soporto"

Lo suyo es cerrar los ojos. Pero no por indiferencia o desgano, al contrario, es su manera de coger algo por una manga y retenerlo. Mientras todos los abren como ventanales para que la vida pase por su calle, él más los aprieta como húmedos algodones flotando en el aire. Este hombre en silencio es otro silencio más, preso en un cuerpo pequeño. No tiene aires de monumento ni ínfulas de piedra tallada por Miguel Ángel. Es la sombra de un blanco sembrada en la sombra de un negro. Es del arroyo la fuerza de su murmullo. Y de su vida, la fuerza de cerrar los ojos para ir como un niño detrás de un rayo de sol, una palabra extraviada y, sobre todo, de algún sonido puro como un hilo eterno de filigrana. Cuando caen sus párpados es porque atrapó algo con sus manos invisibles de hombre sensible, de músico privilegiado. Lo suyo es cerrar los ojos. Lo hace desde pequeño, cuando el viento de Buenaventura, con su aroma de jazmín, se le metía en las narices de regreso de la escuela con mucha hambre y esa fragancia le cantaba al oído que la cocina de su casa estaba muy cerca. Más tarde dejaría de ver su país por irse a los 18 años a estudiar finanzas en la Sorbona de París. Un impulso que le duró hasta que volvió a cerrar los ojos para sentir que en el fondo de todas las teorías económicas faltaba el corazón de los hombres y que la clave para llegar a él, no era la hacienda, sino la música. De la mano de su bongó se internó en las calles parisinas, pero esta vez cerró tanto sus ojos que pasó de largo y se quedó del otro lado. Vivió su propia locura en la indigencia hasta que despertó y vio el rostro blanco de su mamá que le mostraba el camino de salida. Desde entonces su alma de artesano de la música, con su voz y su salsa, atrae gente del mundo entero, como un  exquisito instrumento en manos de un virtuoso. Ha cantado ante multitudes en el Valle de las Rosas, en el Sahara Marroquí, en Tahití, en Bora Bora y en el mítico Teatro de la Ópera del Palacio de Versalles, en Francia. Con su música han gozado como niños personajes de la talla de Almodóvar, Jean Paul Gaultier y Brigitte Bardot. Lo suyo es cerrar los ojos para reteñir lo que es: un golpe de tambor antiguo, un niño de 45 años con nombre de astronauta que todavía no sabe con seguridad cuándo es su fiesta de cumpleaños. Manuel, su papá, dice que nació un 19 de marzo; Nery, su mamá, que un 19 de mayo; su registro civil, que un 11 de junio, y Wikipedia afirma que fue el 12 de abril, el día que salió el primer hombre al espacio y que por eso quisieron llamarlo Yuri, como el cosmonauta ruso Yuri Gagarin. La gran paradoja de este gran cantante que hace fiestas todos los días es que el único día que nadie le hace la fiesta es en su fecha de cumpleaños... incierta incluso para él.

Nos recibió en su apartamento vacío en Bogotá, el primero de un hombre nómada que ya piensa en una casa. Entre estas paredes y él no hay nada, ni una silla, solo estas palabras.

Este nuevo apartamento en Bogotá ¿qué significado tiene en su vida?

Presté servicio militar aquí en Bogotá, una ciudad fría. Bogotá es la que me reventó las orejas. Tener un espacio aquí es tener un pie en la ciudad. Es tener un pedazo de corazón en la capital y la posibilidad de hacer proyectos en Colombia como el de Juana Uribe con la serie Pablo Escobar, el Patrón del Mal. Yo nunca he hecho música aquí en Colombia, espero que esta ciudad sea una embajada de la música.

¿El músico andariego comienza a querer una casa?

No. La casa es el mundo. La casa es el corazón de la gente.

¿Cuántas casas tiene?

En París, en Cali y en Buenaventura. Pero lo que yo sí quiero es una cabaña de madera, muy sencilla, con hamacas, junto al Pacífico, donde se puedan ver a las ballenas brincar.

Un recuerdo de su nacimiento.

Tambor y marimba, ¡tum!, ¡tum! Porque cuando un niño va a nacer a uno le tocan, la gente toca. Es una fiesta, eso es la africanía. Yo nací en Cascajal, una isla que es el centro de Buenaventura, donde están los barcos y los pescadores artesanales.

¿Qué es Buenaventura para Yuri?

Buenaventura es realismo mítico, no mágico. Nuestros mitos son nuestra realidad. El negro entiende distinto el pasado, el presente y el futuro.  El ser humano occidental no entiende el tiempo.

¿Qué claridad tienen los del Pacífico que nos falta a nosotros?

Nosotros corremos detrás de cosas y ellos corren detrás de la vida. Por eso el negro no permitió que donde están las ballenas hicieran un puerto, porque para el negro es más importante que esa ballena esté ahí a que un puerto traiga mucho dinero.

De Buenaventura, ciudad negra, a París, ciudad luz.

La historia de la ciudad luz puede ser más negra que la del Pacífico. París está bañada en sangre por la Revolución Francesa, por las comunas, por la colonización de los franceses en África. Entonces, cuando yo llego, creo que solamente me voy a encontrar con la luz, pero me encuentro con una historia que está ligada a la esclavitud. Ellos saben que tienen unas cuentas con la negritud... y yo soy de Buenaventura y negro. Y eso me fraternizó mucho con los de Senegal, con los de Malí, con los de Cabo Verde, Togo, Nigeria, Etiopía,  Gabón, Guinea, con la gente africana.

¿Entonces eso lo hizo más africano que francés?

Sí. Africano, yo ya era. (Suelta una risotada). Me equilibró y me hizo entender que mi etnia no es mi raza. Mi etnia es mi mestizo latinoamericano y mi pensamiento viene de Occidente porque somos formados por la cultura occidental. Yo viví tres años de indigente y me metía a los museos a pasar los fríos, pero también a admirar las obras. Eso también me alimentó mucho.

Tres años de indigente. Las desventajas son muchas: frío, hambre, sueño, inseguridad. Pero, ¿hubo alguna ventaja en esos tres años?

Tener una lectura desde las entrañas de la sociedad parisina, seis metros bajo tierra. Y ahora lleno sitios. He tocado en el Olympia, en el Senado, en el Jardín de Luxemburgo, en el Congreso, en los canales de televisión, en los palacios, en donde sea. Yo toqué con Roberto Alagna en el Teatro de la Ópera de Versalles, que fue el que construyó María Antonieta para el rey. Yo tengo la lectura del comportamiento de la gente, desde su solidaridad, su fraternidad, su libertad y su igualdad, que son los valores de la república francesa.

¿Cómo vivió eso como indigente?

Un policía me iba a hacer un control y los otros ciudadanos se paraban a oír qué me iba a decir, para apoyarme, para proteger mi dignidad. Una vaina impresionante. Hay un sistema en la ciudad que es muy hermoso; la gente  va comiéndose un sándwich, por ejemplo, y ya no quiere más, entonces no lo bota, lo pone en un murito y lo deja presentable, envuelto en una servilleta. El indigente pasa y lo coge porque es un regalo de alguien que se lo dejó a uno. No es basura. Yo fui uno de los beneficiados con esos actos.

¿Y la música lo acompañaba?

Yo salía de tocar de un sitio y al bongó siempre se le reventaba la piel  y costaba ciento cincuenta francos en esa época. Eso era lo que me ganaba en una semana. Como a la cuarta o quinta vez que eso se rompió, pensé muy seriamente que yo estaba trabajando para ese bongó. No comía, no dormía y yo estaba viviendo para la música, aunque ésta me estaba dando golpes duros. Hasta que un día me paré en un puente del río Sena y grité: “¡Dios, ¿vos qué querés de mí?! ¡Mátame si querés”. Y me tiré al río.

¿Intentó suicidarse?

Yo no digo que me intenté suicidar. Yo me suicidé. Me fui pero volví. Algo me regresó. Alcancé a ver la luz que uno ve en las películas.

¿Qué edad tenía?

Tenía 22 años, porque llegué allá a los 18 años. Desde ahí empezó otra relación con la música. Ella vio que me iba a matar si me seguía tratando así. Llegué a un punto extremo con ella y ahora solo me abraza. Es una relación de amor, de pareja, de amada, y sólo me pide que le sea fiel.

¿De la calle viene su diploma de músico?

Yo creo que de la calle viene. No solamente en la calle está el diablo. Buscar que tu música sea absolutamente comercial, que cargue mentiras y no lleve un mensaje, ese puede ser el infierno. De pronto es muy utópico, es muy soñador lo que uno dice. Pero de pronto eso es lo que hace que los otros músicos lo respeten a uno. En el gremio de los músicos hay un tratado que respeto y por eso hago esto. Intento que mi música sea limpia. Hay otros diplomas que nos han dado en Cuba otros músicos, en son cubano, en bolero, con músicos clásicos. Pero el de salsero lo da la calle...

...Y de la calle pasó a cantar en el Olympia. ¿En qué época?

Hasta el 2005 porque esa sala fue comprada por Universal Music y ahora hay una programación de solo mega estrellas. Yo alcancé a estar cuando el  teatro era de la ciudad, cuando era cultural. El público en ese sitio tiene bisturí y te cortan la cabeza. Te dicen "te metiste al Olympia, ¡vamos a ver!" Madonna tocó hace poquito y le tiraron botellas. Le pegué un puño a la conga y el Olympia me dijo: "¡aquí no!" Tus traumas, tu lucha de negro, Colombia, tu batalla, ¡aquí no!" A la cuarta canción cambié la marcha. La música es  fuerza y no agresión. Y esa fuerza de la tarima está ligada al amor.

Y le sonó la flauta.

Me sonó la flauta pero musical. La otra flauta, la de las ventas de discos, me sonó con el primer disco de oro de un latino americano en Francia, Herencia africana. Pasamos del millón de copias. El segundo disco de oro fue Yo soy, con la banda original del film Salsa, de Joyce Buñuel, nieta de Luis Buñuel.

¿Cuándo se volvió visible?

Yo sigo siendo invisible. Yo sentiré eso cuando mi música esté en las entrañas de la gente. Como una canción, como por ejemplo, (comienza a cantar) “me contaron los abuelos que hace tiempo…”.

¿Cuándo decide irse a París?, descríbame ese momento.

Más que la atravesada, fue la llegada. Me  fui en avión. Yo vendí una bicicleta, vendí una moto, camisetas a los amigos y vecinos. Vendí lo que tenía y, cuando aterricé, el aeropuerto era inmenso. Estaba en invierno y parecía la luna.

¿Cómo es eso de que se fue a París a estudiar Economía en la Sorbona?

Es que mi papá es pescador. Entonces, el presidente de la Asociación de Pescadores les robó plata. Yo estaba estudiando Biología Marina en Buenaventura, llevaba como dos años, y yo dije: "la vaina no es con la biología. La vaina es con economía".

¿Y qué pasó?

Me fui y llegué a París, me inscribí en la universidad y en las charlas de epistemología y ciencias económicas los manes hablaban de una cantidad de teorías, pero no hablaban de la nuestra: de la del negro, de cómo vive y de cómo intercambia. De cómo un barco llega con carga y la comunidad ayuda a descargar y no le cobran un peso porque es una vida en comunidad. Entonces yo entendí que el problema no es la economía, es el corazón de los hombres. Podés tener 10 panes y si tu corazón no los quiere compartir, dejás podrir 7 y comercializas el resto.

¿Hasta ahí llegó la economía?

Sí, decidí hacer música. Bueno, seguí tocando música porque para poder estudiar ya tocaba en el metro. La diferencia la noté al instante en que entré a un vagón y había un chino, un africano, un hindú, un inglés, un colombiano, un alemán y yo tocaba la música y los veía conectados a todos. Entonces dije: "la música es más potente que la economía", y me salí de la universidad.

¿Cuánto estuvo en la Soborna?

Tres años y en París casi 22.

No me lo imagino a usted sumando, tranquilo y con calma.

La música es un poquito así. Es medida. Es una matemática, pero para regalar. Nada de intereses.

Más allá de la Sorbona ¿No hay otra razón para salir de Buenaventura a Europa?

Me cansó la violencia. Me cansé de ver cómo a mis amigos y a mucha gente la estaban matando porque sí. Me sentí frágil. Por eso me fui a Francia y no a Estados Unidos. Por lo de la luz, por lo de la poesía, los Derechos Humanos. Mi alma fue a buscar eso.

¿Cuánto tiempo lleva viajando de aquí para allá?

Veinte años. Antes era menos seguido. Ahora estoy acá cada diez días. Una semana allá, otra acá.

¿Qué lo hizo regresar con más frecuencia?

Mi mamá y mi hermana, Rocío, una vez me contaron un chiste y me dijeron: si usted no entiende ese chiste usted ya no es de aquí. Y yo no me reí y se pusieron a llorar, me dijeron: ya usted no es de aquí, y cuando ellas me dijeron eso fue que yo comencé a venir seguido a Colombia. Yo no me puedo perder. Yo no salí a perderme como colombiano. Ahora, cada vez que tengo un hueco de una semana en un concierto, me devuelvo para acá.

¿Cuál era el chiste?

No lo recuerdo.

Si usted no se hubiera ido a estudiar a París después de prestar servicio militar ¿Por dónde habría cogido su camino en Colombia?

Yo creo que por la violencia. Porque no habían oportunidades en Buenaventura. Yo trabajaba en un taller de motos y en ese taller había mucha violencia. Yo no tenía otro espacio donde trabajar, yo limpiaba los piñones y todo eso. Cuando empezó la violencia, yo dije: "me voy de aquí. Yo no soy esto".

¿Yuri por el astronauta ruso?

Sí. Muy espacial. Yuri quiere decir, aparte de la cantante mexicana rubia, Jorge en ruso. Una vez en Buenaventura yo iba caminado y gritaban "¡Yuri!" Y yo volteaba. "¡Yuri!" Y yo volteaba. Y era una señora gritándole a su perro para que se entrara a la casa.

De alguna forma ese nombre lo puso a volar.

Eso es verdad, yo vuelo. La música me lleva y vuelo. Me descompongo, me disperso en un viaje cósmico.

¿Cuál ha sido su viaje más peligroso?

El alcohol es un elemento que en la noche te va cogiendo espacio. Yo casi caigo al alcoholismo por la economía, porque uno se toma una copa de diez euros, dos copas 20 euros, media botella 25 euros. Pero como uno siempre anda con alguien, una botella resulta siendo botella y media, y de ahí para la rumba. Con un vinito yo cogí un ritmo de vida sin salud. Yo llegué a beber 75 centímetros de whisky y dos botellas de vino todos los días. Cuando uno no piensa, bebe todos los días. Ese pudo haber sido el riesgo.

Y por esa época ¿qué decía su música?

Yo escribí un álbum que se llama Cita con la luz y dice (Cantando): “Otra vez me despierto, supongo que el día está hermoso, pero tú me haces falta y vuelvo a la oscuridad. Nosotros caminamos con dolores creados por nosotros mismos, sueños perdidos, bajas pasiones nos invitan a mentirnos. Buscando luces libertarias, vamos pateando nuestro entorno, vamos soñando florecer en un jardín de asfalto muerto. Nos alimentamos de la oscuridad, vamos hambrientos de ternura...". Ese álbum estaba lleno de ese mundo y eso pudo haber sido la trampita.

Eso del oído súper desarrollado de los músicos, ¿sí se da o es otro mito?

Hay el oído para las notas, pero hay otro oído, que es para la energía cuántica que va en la nota. Vos podés tener el oído absoluto para reconocer qué nota es esta, y no tener el oído para identificar si lo que viene adentro está muerto o no. Yo tengo ese oído. Sí, yo soy enfermo con eso.

¿Y cómo percibe que una nota está muerta?

La nota vibra distinto, la nota no es constante porque no viene con ese amor, no sale “taaaaa” sino que a veces llega un momento en el que ella hace “uoooo”. Y entonces yo miro y digo: Ese músico no es constante en la fuerza, no es sincero.

¿Sufre con el oído?

¡Claro! Llegar, por ejemplo, a comer a un sitio con mala música es horrible.

Yuri, un error que, a pesar de esforzarse, nunca haya podido corregir.

Me enojo cuando descubro que algo no es como me habían dicho.

¡Yuri dinamita!

Y soy muy duro con la gente cuando es así. Muy incisivo, pego ahí.

De las aguas mansas líbrame señor. ¿Le cae la frase?

Sobre todo en la música, el músico mentiroso ¡no lo soporto! El que está engañando a la música, a la gente, a la humanidad. La gente se alimenta de frutas, de animales, de información, de verdades o de mentiras. Yo soy vegetariano hace como veinte años, y creo que la música tiene que alimentar sanamente. A los músicos nos toca hacer sonidos que nutran, así sea sonidos chiquitos, no tiene que ser la gran sinfonía.

Entonces la música chatarra es la que lo saca de quicio

Están jugando con la salud de la gente. Cuando el tipo envía la nota, si no va con sus sentimientos, va mal.

Hay que ser consistente con la música.

Sí, para morir en paz. Yo no quiero morir con una pared llena de trofeos. Morir en paz es estar en una hamaca y mirar a los que están al lado mío y no sentir que me están reprochando nada. Sentir que uno no engañó.

¿Su papá fue seminarista jesuita y su mamá una monja carmelita?

Sí. Y todavía están en Buenaventura. Mi mamá, Nery, nació en Anserma, Valle, y sigue siendo una monja de claustro, porque todavía vive en la casa encerrada, es artesana, pinta y lee la biblia quince horas al día. Mi papá, Manuel, del Chocó, tiene la vocación sacerdotal todavía y hace obras sociales en Buenaventura con los pescadores.

¿Y cómo se conocieron?

Porque los curas comían donde las monjas y ella lo veía. Las monjas podían ver de adentro hacia afuera, y él jugaba fútbol, tocaba guitarra, basquetbol, estaba en teatro, estaba en todo. Mi mamá entró de quince años al convento y salió con mi papá de 25. Se fueron para la selva, al Pacífico, en 1963.

¿Y ellos siguen siendo su centro?

Son el centro. Mi mamá tiene 72 años y mi papá 71. El recuerdo de mi mamá me sacó de la calle en París. Yo era un “sdf” (sin domicilio fijo), así le dicen al indigente. La cárcel más tremenda para sacar a un ser humano es el cerebro. Si te metes allá adentro no te saca nadie. Y yo caí en la demencia.

¿Y cómo fue que salió de la calle y de su cabeza?

Yo comía de las calles. Tenía un estuche del bongó y ahí estaba la chaqueta o lo que fuera, esa era mi casa. Mi casa era un maletín. Entonces, cuando yo sacaba el bongó, entraba a mi casa. Recuerdo verme con un tipo, mirándole la cabeza, lo miraba y le decía: "no, ahí no veo nada". Y él me miraba también. Nos “despulgabamos”. Y ahí fue que vi la imagen de mi mamá, empecé a seguirla, a seguirla, y salí de allá.

¿Y allá qué era? ¿La calle? ¿Su encierro mental?

Cuando yo salgo llego otra vez a Colombia, veo a mi mamá y me doy cuenta de que yo estaba muy adentro, en un mundo desequilibrado, sin formas, multicolor. Eso es lo que hoy me permite ir y venir. Yo subo a la tarima y durante esas dos horas entro a ese mundo, pero también sé cómo salir.

¿Cómo era esa imagen de su mamá que lo sacó?

Era el rostro de ella, gordito y blanquito,  más bonito. Yo le digo mi “pandebonito”.

Con tanta tecnología y tanto experimento musical, ¿el tambor va a seguir siendo el tambor?

Cuando todo eso pase de moda, para mí la música va a volver a ser casi que una sola nota, como una nota cíclica. Tápese los oídos (se los tapa él). ¿Usted oye todos esos sonidos? La música va a llegar allá.

¿Lo que está diciendo es que de alguna manera se va a simplificar más la música?

Primero se podían hacer giras con bandas de veinte y pico músicos, después eran bandas de 12 o 13 músicos, y ahora girar con una banda de 12 músicos es un camello. Hoy en día, las bandas giran con cuartetos: batería, bajo, guitarra y un cantante. Que son los combos de jazz, los combos de pop o los combos de rock.

¿Algo que no entienda del mundo moderno?

Algo que no entiendo es cómo, habiendo tantos recursos y tanta información, sigamos aguantando hambre.

Algo que añore de la vida antigua

De la vida antigua añoro la música barroca. Claro que había peste y lepra y todo eso, pero me hubiese gustado caminar y sentir ese ambiente.

Volvamos a París, ¿qué cosas del puerto de Buenaventura le sirvieron para sobrevivir?

El “fus, fus” del swing.

De todos los públicos ¿cuál ha sido el más apasionado?

Cuando llegas a África dices tambor y besas la tierra. Estábamos en una ciudad en el norte de Marruecos y fue duro convencer con tambores al propio hombre del tambor. Eso fue un viernes, once de la noche. A las cinco de la mañana arrancamos hacia Dinamarca, llegamos a Copenhague a un festival. Había como 75.000 rubios ojiazules que no tenían nada que ver con África. Esa gente parecía que hubiera visto a Dios. Ahí yo desmitifiqué muchas vainas.

¿Por qué quisiera que la gente lo recordara?

Por haber sido honesto y limpio, y que no los engañé con la música

Un detalle de su vida bonito, que no quiere olvidar.

Jugar escondite en los manglares.

¿Dónde quedó Bedoya?

¿Yuri Bedoya? Yo no sé dónde quedó. Soy más Yuri Buenaventura que Yuri Bedoya, contrariamente a gente que es más la persona que el artista, yo soy más el artista. Una vez tocamos con un pianista que se llamaba Ray Charles, y yo me fui cayendo y me fui cayendo porque no podía estar de pie. Quedé acostado cantando en posición fetal, entonces podés hacer eso porque sos Yuri, el cantante, Buenaventura.

Los privilegios del superhéroe.

Yo creo que a Yuri Bedoya le estaban dando muchos golpes de niño, entonces dije: "yo te voy a volver otro man, te voy a dejar ser a vos dentro de un marco. ¿Qué marco? La música". Si Yuri Buenaventura no hace eso, el otro no hubiera vivido.