El estilo sin moldes de la primera dama de Medellín

La esposa del Alcalde Aníbal Gaviria es dueña de un estilo sin moldes que le ha puesto sello a su gestión como primera dama. Quiere que la ciudad sea un hogar para la vida.
El estilo sin moldes de la primera dama de Medellín

El hogar de Claudia Márquez, primera dama de Medellín, es, como ella lo define, “una casa a prueba de niños”. Los espacios, amplios y cómodos, son ideales para que sus tres hijos disfruten a sus anchas. Un gran balcón y ventanales generosos dejan ver el bosque que rodea la vivienda ubicada en las lomas surorientales de la ciudad, y que ella reconoce como el lugar que más disfruta.

Un arreglo de flores antioqueñas del campo le da color a la sala y una planta de tomate se trepa hasta el techo junto al comedor:“¡Ya está dando frutos!”, cuenta emocionada. Los niños van y vienen y ella no pierde la calma. Dice que los muebles son para usarlos, que le gusta que sus hijos se apropien del lugar donde viven y que por eso no sufre en lo más mínimo con sus travesuras.

Como los protocolos no hacen parte de su vida, la etiqueta de primera dama no se ajusta tanto a lo que ha sido su experiencia como colaboradora pública. Dice que estos años en los que ha acompañado a su marido, siendo gobernador de Antioquia y ahora alcalde, han sido un reto lleno de satisfacciones. Su gestión se ha caracterizado por el apoyo a la niñez, las jornadas de salud y el intercambio de los campesinos con la ciudad a través del programa Mercados Campesinos. “La labor en este puesto ha sido un desafío porque no hay presupuestos asignados, sino que yo misma me he ido trazando metas. Es una gestión que inicia desde la pasión y que tiene que ver con las propias afinidades y sensibilidades”.

Su responsabilidad como acompañante de la alcaldía es una aventura que no tiene rutinas ni esquemas determinados. En su despacho trabajan tres personas y cuenta que todo el tiempo se enfrentan a temas distintos que hacen de su día a día un desafío permanente.

Se graduó de administradora de empresas en Eafit y dice que en la universidad aprendió a ser “todera”, a gerenciar, ¡claro!, pero también a levantar cajas y a hacer un acompañamiento uno a uno de los procesos. En su trabajo no le gusta marcar diferencias y se caracteriza por ser una jefa que se le mide a todo: “En parte eso hace que el equipo se cohesione más, que me sientan cercana. Tengo personalidad controladora y por eso me involucro en todo, desde el detalle más pequeño hasta lo más general”.

Un rincón de la sala está dedicado a una pasión escondida. Sobre una gran columna, Claudia armó, junto a sus hijos, un collage con las fotos familiares más especiales, de sus recorridos por Antioquia y Colombia, de paseos a la finca, de sus viajes y de los momentos inolvidables que han disfrutado juntos. Dice que la fotografía es fascinante porque congela instantes que quedan para el resto de la vida: “Es maravilloso volver a ver las fotos; recordar esos momentos es una experiencia única. Cuando ves una foto haces una película con los sabores, los olores y toda la descripción de ese momento. La fotografía es un método para no olvidar”. De cierta forma, la compara con la pintura, aunque la cámara facilita muchos pasos. Eso de poner en escena lo que el fotógrafo quiere le parece espectacular: “La fotografía tiene una cosa distinta al resto de las artes y es la facilidad. Le pones el corazón y hay un mensaje”. Dice que en algún momento sueña con tener tiempo para tomar unas clases profesionales.

Por ahora Claudia se enfoca en su labor de anfitriona de Medellín, una misión que ella cumple con el corazón porque dice que no le cuesta promocionar a la ciudad como su propia casa: “Medellín es mi hogar, tal vez por eso el eslogan de la alcaldía realmente nos representa. Porque es un hogar para la vida y eso es lo que quiero para mis hijos”. Hace énfasis en que, si bien es bueno que los jóvenes quieran viajar al extranjero para estudiar y aprender cosas nuevas, “ojalá regresen a compartir sus conocimientos”.

Cuando habla, Claudia agradece enormemente la experiencia de involucrarse con el servicio público. Sabe que las satisfacciones que esto le da son muy distintas a las de cualquier trabajo porque hay una oportunidad clara de cambiar la vida de la gente. Sin duda, ahora es más sensible con las realidades sociales y confiesa que le toca luchar para contener sentimientos que la emocionan hasta el llanto.

Recuerda una de esas jornadas de salud cuando era primera dama del departamento; en Nariño (Antioquia) conoció a Johnatan, un niño de 8 años que tenía un tumor en el estómago. En Medellín le descubrieron un cáncer que fue tratado hasta que el niño salió adelante. Logró estudiar y hacer la vida normal de un adolescente. Finalmente, cuando tenía 18 años, la enfermedad hizo metástasis y Johnatan se cansó de luchar. En 2010 murió, pero hasta hoy la familia Gaviria Márquez ha seguido en contacto con sus padres. “Al menos logramos que tuviera 10 años más de vida junto a sus seres queridos”, dice acongojada. Las historias son diversas. Se ha encontrado con unas muy duras y con otras llenas de esperanza que le demuestran que no hay que bajar la guardia, que hay que estar a favor de la vida y de la posibilidad de un futuro mejor para todos. Esa es su consigna.

Es una mujer generosa. Piensa en los detalles y explica que no son un asunto menor porque tanto el contenido como la forma son estratégicos para que los proyectos salgan adelante. Piensa en las flores, en las recetas tradicionales, en el diseño, en el bienestar de los niños, en sus queridos campesinos. Como una madre amorosa, tiene todo bajo control para que su casa esté perfecta. Sus esfuerzos están enfocados en eso: en que su hogar, Medellín, sea también la casa de todos.