Bernardo Hoyos bajo la lupa

Tras la muerte del reconocido periodista cultural, Bernando Hoyos, a causa de complicaciones pulmonares que lo mantuvieron en una clínica del país durante 15 días, Cromos le hace un homenaje.
Bernardo Hoyos bajo la lupa

Texto tomado del archivo de Cromos, Octubre 18 de 2008

 Bernardo Hoyos entrevera en su infancia los primeros recuerdos que tiene de las bellas artes. Primero nombra a su mamá, “¡Una señora muy querida, cómo no!” que era costurera y que además tenía muy buen gusto. Luego a  su padre, el notario de Santa Rosa de Osos (Antioquia), el pueblo donde nació. De él aprendió el amor por la lectura, de ella heredó la sensibilidad estética, dos motores que han sido fundamentales a lo largo de toda su vida.

De niño su familia lo llevó a presenciar los oficios de Semana Santa. “Mi mamá, que tenía gran afición por la música, me acompañaba a ver las presentaciones del coro del seminario”, cuenta en relación con sus primeras experiencias musicales.

Cuando estudiaba bachillerato en Santa Rosa, conoció a Jorge Cárdenas, una de las personas que más influyó en su despertar estético. Cárdenas, reconocido pintor, lo habituó a leer una colección de libros de arte que iba comprando durante sus viajes a Medellín. En esos tomos Hoyos conoció a Miguel Ángel, a Tiziano y a Rembrant. “A partir de ahí inicié mis primeras lecturas especializadas sobre arte”.

A Fernando Botero lo vio por primera vez en la universidad. El artista se la pasaba dibujando en los descansos y a Bernardo le gustaba pedirle permiso para que lo dejara observar: “Siempre hablaba de Piero de la Francesca y de la pintura del Renacimiento italiano”, recuerda.

Mientras estudiaba Derecho, hizo sus pinitos en radio. Empezó como locutor y más tarde como director de la emisora de la Bolivariana, en la que armó una colección de música de avanzada en plenos años cincuenta. Con la ayuda del Centro Colombo Americano , trajo a Duke Ellington, Mark Bassey y lo más selecto del jazz moderno mundial.

Los recuerdos se atraviesan y Bernardo vuelve a su pasado remoto, a esa infancia que vivió en el pueblo que fue cuna de Porfirio Barba Jacob, a quien le rinde homenaje con un compilado que acaba de sacar con motivo de los 25 años de la emisora de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, de la que es director. En este proyecto, 27 voces colombianas del periodismo, las letras y las artes leen los poemas del ilustre antioqueño.

“Es que la niñez está innegablemente presente, yo hablo siempre de mi pueblo, de sus calles destapadas y sus paisajes de verde y muros de tapia. A él le debo mucho de mi formación, sobre todo porque tuve una infancia muy grata y feliz. Yo creo que por eso me gusta tanto Proust, porque gran parte de su obra habla sobre los recuerdos de su infancia y después va asociando el resto de su vida a lo que fueron sus primeros años”.

Dice que es su autor predilecto: “Yo leo y releo a Proust desde hace 50 años”. Incluso el francés que alcanzó a aprender en sus visitas a Francia le sirve para escucharlo en la colección completa de En búsqueda del tiempo perdido que tiene en 110 compactos. Además le ha tocado afinar el oído para la literatura, porque siendo muy joven tuvo un problema de visión. Estuvo diez años sin poder leer y durante ese tiempo se valió de la lectura de las personas que lo rodeaban. Durante una época tuvo como asistentes a Ana María Escallón y a Lina Botero, quienes le leían incluso en inglés. A través de Lina, Bernardo le envió la razón a Botero sobre el Barba Jacob que exhibe en su casa y que sirve de portada al CD conmemorativo. En el año 82 le dijo: “¿Por qué no le dices a tu papá que me haga un Barba Jacob bien bueno?”. Y el maestro se lo hizo.

De su amistad con el pintor guarda otra joya, un retrato de Marcel Proust en su lecho de muerte que Botero dibujó basado en una fotografía original de Man Ray. “Le dije: ‘Tú mereces pintar a Proust y él merece que tú lo pintes’ ”. Bernardo le envió la imagen a Medellín durante unas vacaciones que el pintor pasó en la ciudad y Botero tardó tres días en terminar el retrato. En una de las paredes de su estudio, el periodista guarda los dos dibujos como grandes tesoros: “Éstos se los dejaré a mi hijo de herencia, nunca he pensado en venderlos y espero que él tampoco”.

De su vida en Medellín le quedó el recuerdo de amistades imborrables como la que tiene con Alberto Aguirre, con quien fundó el cine club por allá en el año 55. Durante las reuniones nunca aprendió a tomar aguardiente pero sí ron con vinol, la gaseosa de la embotelladora Lux. Bailaba con los discos de Lucho Bermúdez y le quedó un gusto por la música popular que todavía permanece. Es admirador de Matilde Díaz, Shakira y Joe Arroyo, de quienes ha hablado en sus programas culturales en radio y televisión. Y aunque ni su acento ni sus maneras lo delatan, Bernardo sigue considerándose paisa: “Yo soy muy antioqueño, desayuno todos los días arepa con quesito y como frisoles cada quince días”.

A veces las molestias de salud lo obligan a quedarse en la casa. Dice que ya sus hábitos son cada vez más sencillos, lo que no ocurre con su curiosidad intelectual que continúa intacta. Entre la cabina de radio, el programa de cine en televisión y los últimos reconocimientos de estos días, Bernardo Hoyos busca un rincón para disfrutar de las pasiones que nunca lo han dejado quedarse quieto.

Desde hace 20 años lee con lupa y reconoce que cada vez le rinde menos, pero eso no lo detiene: “Sigo los suplementos culturales, estoy por empezar la última novela de William Ospina, El país de la canela, y sigo leyendo un libro sobre la memoria y el recuerdo que se llama Proust y la neurobiología. Tal vez en un intento por descifrar cómo funciona en su cerebro ese mecanismo que le permite guardar en la memoria tantos conocimientos de las bellas artes y tantos recuerdos de la vida.