Juan Andrés Gaitán, un obstinado en Berlín

Curioso, políticamente incorrecto, admirador de la obra de Caravaggio y ávido lector de Coetzee. Así es este colombiano, el primer latinoamericano en ser nombrado curador de la Bienal de Berlín, una de las vitrinas artísticas más importantes del mundo.
Juan Andrés Gaitán, un obstinado en Berlín

Desde 1998, la Bienal de Arte Contemporáneo de Berlín había sido dirigida por reconocidos curadores con apellidos impronunciables, como Subotnick, Szymczyk o Mijewski. Los europeos eran los amos y señores de este evento, que en sus 14 años de historia se ha convertido en una magnífica plataforma para el arte y sus nuevos creadores. Sin embargo, hace un mes una persona con un nombre familiar –y fácil de decir– acabó con la tradición: Juan Andrés Gaitán fue nombrado director artístico de la Bienal.

Aunque Gaitán nació en Canadá (1973), detrás de su apariencia tosca y de su espesa barba negra se esconde un colombiano afable que llegó al país a los tres años y se quedó hasta cumplir veintiséis. Se fue cuando se sintió perdido en un país que hizo a un lado la educación y el campo para centrar su atención en la economía y la guerra. “Mi relación con Colombia es compleja –cuenta Gaitán–. Toda mi juventud estuvo marcada por el campo pues mi abuelo se dedicaba a desarrollar proyectos para el sector agrario. Cuando llegaron los años 80, se generalizó la idea de que el campo era arcaico y el futuro estaba en Estados Unidos, en la industrialización, la banca y los lujos… Ya en los 90 me tuve que ir cuando vi que Miami se materializó en Colombia con la llegada del centro comercial Atlantis”.Gaitán escapó en busca de otros lugares que le parecían tan desmesurados y fascinantes como Colombia, y se convirtió en la oveja descarriada de su familia: en un mismo mes puede viajar de San Francisco a Bogotá, luego pasar por Estambul, Senegal y Berlín para terminar su recorrido en Ciudad de México, donde residía antes de su reciente nombramiento.

Estas correrías por el mundo solo han sido posibles gracias a su exitosa carrera en el campo artístico, que empezó en Vancouver en el Instituto de Arte y Diseño Emily Carr, donde estudió Arte para no darle gusto a una sociedad que le exigía que se dedicara a la economía o a la administración para triunfar. “Tomé el camino menos tecnocrático que pude, porque es importante considerar la posibilidad y el potencial de pensar por fuera de los parámetros que establecen la economía y la política actuales. El arte insiste en esto y además tiene una función crítica”. Luego, interesado en la relación del arte con la historia y la política, hizo un doctorado en Historia del Arte y Teoría Estética en la Universidad de British Columbia. Así, fue trazando su camino como curador, profesor y ensayista. Durante una década ha trabajado de manera independiente en todo el mundo, de Cali a Alejandría pasando por Dakar; ha enseñado en San Francisco, Vancouver, Salzburgo y Bogotá, y sus escritos han sido publicados en revistas como Afterall, Arte al día y Art Nexus. La curiosidad de Gaitán y su interés por cruzar fronteras le permitieron dar a conocer su trabajo en todos los rincones del planeta, además, lo llevaron a Berlín, donde el comité de la Bienal, compuesto por seis expertos, lo eligió para ser el curador en 2014. Desde el nombramiento Gaitán empezó a trabajar: ya tiene un apartamento en la ciudad y está conformando un equipo para luego definir el enfoque que tendrá el evento, que en 2012 giró en torno a aquello que podía hacer el arte para propiciar un cambio político. El colombiano será quien elegirá los artistas invitados, que pueden llegar a ser 100 en total. “Aunque no sea de la envergadura de la bienal de Venecia, ni tenga la historia de la de São Paulo, la de Berlín es una bienal joven y muy dinámica que está enfocada en el desarrollo de propuestas artísticas y curatoriales novedosas”.

Gaitán está convencido de que los mejores proyectos surgen de la complicidad entre curadores, artistas y pensadores, así que se siente afortunado de tener amigos talentosos con los que disfruta trabajar. Pero este colombo-canadiense –que quisiera tener en su casa obras de Beatriz González, Mira Schendel y Helio Oiticica, y que podría pasar horas viendo cualquier obra de Caravaggio– no llegó a Berlín simplemente por sus amistades, sino por su manía a estar enterado de todo, por su deseo de conocer el mundo, por haberse obsesionado con Coetzee, por estar dispuesto a repetir Las mil y una noches hasta el hastío, por alimentar su mente sin descanso y por esa obstinación por salirse de los moldes.