Los dibujos del ermitaño José Antonio Suárez

Hace tres años, el Museo de Arte Moderno de Nueva York compró más de doscientas obras de este artista colombiano que ahora exhibe su trabajo en el Drawing Center, de la misma ciudad, y acaba de lanzar una joya editorial con Tragaluz Editores.
Los dibujos del ermitaño José Antonio Suárez

José Antonio Suárez Londoño dibuja todo el día. Su obra es su vida, por eso se apega tanto a ella y prefiere no venderla –seguramente le parece más valiosa que el dinero y por eso quienes lo conocen creen que cada venta es un acto de amistad–. No tiene correo electrónico ni computador, se mantiene alejado del caótico ritmo del mundo moderno, y disfruta el silencio y la soledad, como un monje. No busca el éxito y odiaría que lo reconocieran en la calle; huye de los medios. La reserva que lo caracteriza, su posición apática frente al mercado del arte y su obsesión por el trabajo le han permitido producir obras intimistas, delicadas y honestas que se destacan por su libertad creativa.

Aunque siempre ha intentado mantenerse aislado, en 2009 su talento se lo impidió: el Museo de Arte Moderno de Nueva York le compró una colección de más de 200 grabados, uno de sus libros (El diario dibujado) y 15 dibujos sueltos. Esta adquisición hizo que su nombre resonará en todo el mundo, pero él, en silencio, ya llevaba 30 años de paciente y metódico trabajo: había publicado varios libros; había ilustrado más de 200 ediciones del Magazín Dominical de El Espectador, entre 1989 y 1995; había participado en Art Basel Suiza, en la Bienal de São Paulo y en la Bienal de Mercosul en Porto Alegre; había exhibido su trabajo en el Museo de la Américas, en Washington; el Museo Reina Sofía, en Madrid; y el Museo Nacional de Jakarta, entre muchos otros, y había ilustrado docenas de libros de escritores como Darío Jaramillo Agudelo, Óscar Collazos, Juan Gustavo Cobo Borda y William Ospina.

Ahora, después de esta extensa trayectoria, Suárez vuelve a los medios por una feliz coincidencia: mientras que su obra se exhibe en el Drawing Center de Nueva York, un nuevo libro con sus dibujos llega a las librerías colombianas: Dibujos con renglones.

AyerEl Espectador ha sido el único medio que ha podido acceder a Suárez para publicar su historia. Lo logró a través de un vecino, Héctor Abad Faciolince, quien lo describió para CROMOS: “Suárez tiene ojos rapaces y manos grandes. Es agudo, con sentido del humor y bastante desconfiado de la gente, porque la conoce bien. No le interesa ser una vedette, le gusta la vida privada, serena, solitaria y quiere tener derecho a su intimidad. Es una persona austera y, aunque fue condiscípulo de Uribe y Fajardo en el colegio, ante todo quiere ser una figura opuesta a lo que es un político”.

Antes de escoger el camino del arte, Suárez –nacido en Medellín en 1955– estudió Biología durante tres años en la Universidad de Antioquia. Luego, entre 1978 y 1984, vivió en Suiza, donde hizo un pregrado y un posgrado en la Escuela Superior de Artes Visuales de Ginebra. Después, regresó a Colombia y empezó a crear ese mundo artístico que se ha apoyado principalmente en el dibujo y el grabado, y que ha logrado sobrevivir durante décadas sin desgastarse debido a su búsqueda permanente por la novedad. Para hablar de su obra, Suárez ha recurrido a esta cita de Degas: “Felizmente no he encontrado mi estilo, ¡cuánto me aburriría si lo hubiera hecho!”.

El trabajo de Suárez se ha caracterizado por su constancia: dibuja todos los días en libretas que funcionan como diarios en los que plasma lo que ve, oye, lee y piensa, como una forma de denuncia, juego, burla o reflexión. El docente y artista Orlando Martínez Vesga –quien ha estudiado de cerca la obra de Suárez– cree que tal vez por esta razón es tan reservado y cauteloso con su obra: “Los diarios íntimos se escriben en el silencio, en la soledad, se escriben para uno mismo, casi con la esperanza de que no se lean”.

Los dibujos de Suárez se destacan por su formato pequeño, su preciosismo, su minuciosidad y su ambigüedad. “Lo que hace tan particular su trabajo es la precisión y riqueza material de sus piezas conjugadas con la sofisticación y complejidad de sus significados, que nunca se reducen a una sola posibilidad de lectura” explica el curador, Jaime Cerón.

La galería Casas Riegner lo representa desde 2008 y su directora, Catalina Casas, asegura: “La influencia de José Antonio ya es palpable en artistas posteriores, como Nicolás París y Mateo López. Además, es muy generoso y desde hace muchos años hace talleres de retrato y grabado”.

HoyEste paisa meticuloso trabaja impulsado por proyectos específicos. En 1997, por ejemplo, empezó a hacer un dibujo diario inspirado en los libros que leía. Ahora, 15 años más tarde, cuenta con cientos de dibujos que han sido elegidos por la curadora Claire Gilman para ser exhibidos en el Drawing Center de Nueva York, uno de los más respetados centros artísticos de la ciudad. “Los dibujos de José Antonio son al mismo tiempo íntimos y delicados, audaces y feroces, dulces y divertidos y extraños –explica Gilman–. Fue un privilegio trabajar con él”.

Gilman se encontró por primera vez con Suárez en Nueva York y después visitó su estudio en Medellín. Así, surgió la exposición The Yearbooks (Los anuarios), que estará abierta hasta mediados de diciembre y que cuenta con dibujos sueltos, cuadernos exhibidos en vitrinas y un facsímil de uno de ellos para que los asistentes puedan ver página por página. Más de 40 libros inspiraron este trabajo, desde los diarios de Kafka, Klee y Eugene Delacroix, pasando por la poesía de Rimbaud y Cendrars, y continuando con Cartas a un joven poeta, de Reiner Maria Rilke, y Mi nombre es rojo, de Orhan Pamuk. 

Mientras trabajaba en este proyecto, uno nuevo surgió: el libro Dibujos con renglones.  “Un día José Antonio me llamó con ganas de hacer una publicación con una serie que había expuesto en la Galería Casas Riegner –dice Pilar Gutiérrez, directora de Tragaluz Editores–. Ya tenía una selección de los dibujos y su hermano, Miguel, había pensado en un diseño”.

Así, surgió un libro de 12 centímetros de ancho con 20 de largo –encuadernado manualmente–, que se cierra al envolverlo con un hilo delgado y queda guardado como una joya. Al abrirlo se encuentran parejas de dibujos cuyos mensajes se complementan entre sí. Se encuentran animales, hojas, flores, barcos, manos y líneas, muchas líneas. Se encuentran personas desnudas, disfrazadas o con trajes de otros tiempos. Se encuentran conjuntos de figuras perturbadoras que llevan a pensar en El jardín de las delicias de El Bosco.

Los trazos son delicados y pequeñísimos, así que obligan al lector a acercarse, mirar con detenimiento y esforzarse por entender. A veces, los ojos piden a gritos una lupa y entonces vale la pena recordar las palabras de Beatriz González sobre la obra de Suárez –en el libro Un asunto privado–: “La lupa sacia la ansiedad que producen las cosas diminutas. La ayuda de la lupa y el microscopio se traslada del campo de la biología al del espíritu: la imaginación poética de Suárez hace ver lo que nuestro espíritu corrompido por los medios de comunicación no logra percibir”.