Martha Corrales: "fui a Japón a prostituirme y me esclavizaron"

El impactante testimonio de Martha Corrales, una bogotana que viajó a Japón consciente y decidida a hacer plata con su cuerpo pero terminó esclavizada por la mafia.
Martha Corrales: "fui a Japón a prostituirme y me esclavizaron"

Contrario a muchas otras mujeres, ella sí viajó a Japón consciente y decidida a hacer plata con su cuerpo. Lo que nunca imaginó es que tuviera que hacerlo esclavizada en la oscuridad de un teatro, viviendo su propia temporada en el infierno. Su cuerpo resistió seis meses antes de quebrarse por el abuso sexual. Lo paradójico es que su enfermedad coincidió con un allanamiento, su deportación y la libertad. Ella tuvo una segunda oportunidad. Hoy tiene un esposo y un hijo que abrazan su triste historia. Si hoy confiesa su dolor es para que no se repita.

Veinte años guardó silencio por vergüenza, hasta que conoció a Marcela Loaiza, la autora y protagonista del libro Atrapada por la mafia Yakuza. Lo que ella escribió en más de 200 páginas había ocurrido mucho después de su propia experiencia."Si hubiera contado mi historia a tiempo, –pensó– quizás muchas "Marcelas" se habrían salvado de descender, como ella lo hizo, al mismísimo infierno". No estarían contando lo que Loaiza cuenta entre líneas dolorosas. No tendrían que recordar, en palabras de otras, ese lugar nefasto, ese pedazo de oscuridad, esa tumba sin sol donde Martha Corrales sintió la muerte y el desprecio, esos teatros de prostitución donde ella fue tan solo una sombra debajo de muchas sombras, una inquilina de su propia desgracia.

Sus días de vestirse como muñeca de la mafia, con un nombre y un color de pelo falsos, ya pasaron. Hoy, Martha, gracias a las Hermanas Adoratrices, tiene la paz de tener un oficio, una familia y una causa por la cual levantarse todos los días. Además de ser esposa, mamá y especialista en bordado industrial, es una de las mujeres que participa en una campaña de prevención sobre trata de personas de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito y, además, forma parte del elenco que actúa en Cinco mujeres, un mismo trato, todas sobrevivientes de este delito, considerado como la esclavitud del siglo XXI. La obra estará de gira por Cali, Bucaramanga, Medellín, Pereira y Cartagena, entre mayo y julio, con la dirección de Alejandra Borrero y Camilo Carvajal y el apoyo de la Fundación Marcela Loaiza. Hoy Martha nos espera en una pequeña oficina de Naciones Unidas. Quiere hablar. Se empeña en tocar el tema, así a su cuerpo por momentos le duela recordar y se recoja, volviéndola mucho más pequeña a la hora de contar su tragedia. Sentimientos cautivos, palabras liberadas.¿Usted cree que contando su historia tiene la esperanza de que otra gente no caiga?

Sí, por eso la cuento, porque sé que alguien en este momento puede retroceder al escuchar mi historia.

Cuando viajó, ¿qué imagen tenía de Japón?

Un país que era muy lejano, una tierra de karatecas. Mi situación económica era precaria y eso alimentó las ganas de irme.

¿Usted qué estudiaba en ese entonces?

Yo no había estudiado, siempre me he autoeducado en la calle.

¿Cuál era su hogar en ese momento?

Yo tenía una familia, pero estaba en una situación terrible. No era unida. Los hermanos vivíamos juntos, pero cada quien hacía lo que quería. Éramos siete, yo soy la cuarta.

¿Sus papás qué hacían?

Mi papá era contratista de pintura y mi madre era ama de casa.

¿Cuál era su idea de familia en ese momento?

No había familia, no había lo que yo deseaba, porque salí de mi casa a los diez años y regresé cuando tenía 23. Entonces, ¿qué encontré? Nada.

¿Usted era una extraña en su familia?

Sí, era una extraña que hizo quedar mal a la familia en todas partes. Sin embargo, ellos me volvieron a recibir; yo no tenía nada claro. Mi oportunidad fue viajar a Japón.

¿Con qué país se encontró?

Me llamó la atención su orden, pero detrás de eso se escondían muchas cosas. Conocí otra realidad cuando me entregaron a la mafia.

¿Qué hizo una vez arribó a Japón?

Nos llevaron a Osaka y después a Tokio. Nos hospedaron en un teatro en donde posteriormente nos entregaron a la mafia.

¿Cuántas personas iban con usted?

Conmigo iban mi hermana menor, yo tenía 24 años y ella 20, y los que me llevaban: una colombiana y un japonés. Después me dejaron sola.

¿Cuál fue su mala decisión?

Haberme ido por allá, haber creído en esa fantasía de tener dinero, casa, ese sueño de sacar a mi familia adelante sin importar cómo lo iba a hacer. Creí que vendiendo mi cuerpo lo iba a lograr y fue algo muy equivocado.

¿Y en esa época qué pensaba del sexo?

Yo había sido violada, entonces le tenía recelo al sexo. Le tenía miedo, pero tenía que afrontar la verdad de lo que iba a ser.

Usted quería hacer dinero.

Sí, yo necesitaba plata. Pero me esclavizaron. Después de que me entregaron al teatro ya no pude hacer nada. Quedé a merced de ellos, ahí perdí mi identidad, me pintaron el cabello de rubio. Yo jamás me había pintado. Mi nombre también fue cambiado.

¿Qué nombre le pusieron?

Mary Carmen. Fue horrible porque también tuve que ponerme ropa de striptease, cosa que yo jamás había hecho. Le comenté a Carlos Andrés Pérez, uno de los abogados de la Oficina de Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito, que cuando en la serie La promesa empiezan a desvestir a las mujeres raptadas, yo huyo despavorida del televisor. No quiero verlo porque vuelvo al pasado.

¿Qué le decían sus captores?

¡Tiene que hacer striptease! ¡Tiene que bailar con ropa muy pequeña! ¡Tiene que moverse de esta manera! ¡Tiene que bailar estas canciones!

¿Cuántos discos tuvo que bailar al día?

Tenía que bailar tres discos y después hacía la parte más cruel: me tenía que desnudar para tener sexo delante de muchas personas con alguien del público. Ese es el estilo de Japón y no sé hoy en día cómo sea. En ese entonces varios hacían fila para estar conmigo frente a todos. Es muy cruel para uno, recuerdo que quise devolver el tiempo y gritar, quise retroceder y no pude porque me amenazaron.

¿Todo esto sucedió a cuántos días de llegar a Japón?

Al día siguiente, en la noche, después de un viaje de cinco días.

¿Y eso había que hacerlo todos los días?

Todos los días nos tocaba hacer cinco shows, y a veces los sábados nos ponían siete, sin derecho a decir me cansé, tengo sed, nada. Fue muy cruel.

¿Y luego las encerraban?

Estábamos dentro del teatro, no hubo libertad. Y tampoco había lugar a dónde ir, uno se siente frenado por el idioma. Psicológicamente, uno se encierra y ellos de por sí lo tienen a uno ahí. Cada diez días nos trasladaban a diferentes ciudades y pueblos. Siempre hubo rotación. 

¿Cuáles fueron las ciudades por las que la llevaron?

Cada diez días nos rotaban, me llevaron a teatros con auditorios y escenarios en Yokosuka, Ekibocuro, Kusikaya, Yokohama y Osaka.

¿Durante esos encierros tuvo algún acto de libertad?

Sí, hubo días que pude salir, pero siempre me pregunté por mi hermana. Yo quería escapar, quería que alguien me sacara y al mismo tiempo volvía la pregunta: ¿dónde estaba mi hermana? Sabía que si me iba dejaba algo muy importante.

La gente que la mantuvo cautiva en esos seis meses, ¿era gente japonesa?

Sí, japoneses de todas las edades y una sola colombiana que de vez en cuando se dejaba ver.

¿Alguna vez la drogaron?

No, gracias a Dios no me dieron droga, pero yo sí fui consumidora, y gracias a Dios también lo superé. Yo tomaba whisky a escondidas para no sentir esa realidad, para escapar de eso, para buscar una evasión.

¿Qué imagen tiene de esos teatros?

Negro y rojo. Negro y rojo todo el tiempo.

¿Qué eran? ¿Los decorados?

No, las luces, casi siempre eran rojas en medio de la oscuridad. ¡Horrible! Es meterse en una oscuridad sucia y despiadada.

¿El sol se ve poco?

Conozco la oscuridad por eso, porque yo viví la oscuridad, me acostaba a las cinco de la mañana y me levantaba a las seis de la tarde. No ver el sol es triste. El día que lo volví a ver fui muy feliz.

¿Cuánto duró su pesadilla?

Duré seis meses porque, gracias a Dios, me enfermé. Estaba decaída físicamente, me dolía mucho la espalda y las piernas, y tenía hinchadas las manos. Recuerdo que no podía caminar y un día migración llegó al lugar y me rescató. Pronto me deportaron. Por orden de la Cruz Roja estuve en tránsito nueve horas en Los Ángeles. Me dejaron porque no pude seguir viajando. Luego de eso llegué a Colombia, todavía sin poder caminar. Duré varios meses sin pararme.

¿Todo el desgaste fue por el abuso sexual de su cuerpo?

Sí, eso fue lo que me causó mi enfermedad, porque mi cintura y mis caderas se inflamaron. Fue un dolor insoportable. Me tenían que bañar. Mi papá me recibió en su casa. Como a un niño chiquito, todo me lo tenían que hacer. Perdí la fuerza de mi cuerpo.

Sobre el tema de la trata de personas se han hecho películas, han salido artículos, ¿usted nunca vio nada de eso?

En ese entonces la llamaban trata de blancas, pero para mí eso era muy lejano.

¿Qué le faltó para no caer?

Conocimiento y haber tenido mejores oportunidades. Faltó alguien que me dijera: “Su vida puede tomar este rumbo, su vida puede ser mejor así, usted puede tener estas mejores oportunidades, de eso tan bueno no dan tanto”. Yo no tuve esa persona.

¿Cómo era su vida en ese momento?

Era como estar en un globo, no tenía un norte fijo, no tenía nada. Para mí fue un infierno, un infierno donde todo se pierde... (llora).

Pero lo está recuperando.

Ya lo recuperé, yo hoy me siento bien porque he encontrado personas lindas, oportunidades muy buenas, soy profesional, tengo mi trabajo.

¿Qué estudió?

Estudié técnico de bordado industrial donde las Hermanas Adoratrices. Ellas me recibieron cuando yo llegué, me dieron una oportunidad de formarme. También encontré la Fundación Marcela Loaiza y la ONU. Cuando yo vi a Marcela Loaiza (la autora y protagonista del libro Atrapada por la mafia Yakuza) por la televisión por primera vez, me emocionó escucharla, pero también me causó tristeza porque yo nunca me atreví a contar mi historia. Y ella vivió la misma odisea en Japón, incluso más tiempo que yo. Fue más cruel para ella. Cuando mostró su libro sobre esta mafia, para mí fue una alegría inmensa saber que había alguien que estaba hablando. Yo también quería hablar, pero no encontraba la manera de hacerlo.

Lo suyo fue 10 años antes de lo que le ocurrió a Marcela Loaiza. ¿Llegó a pensar que si se hubiera atrevido a hablar, muchas "Marcelas" no hubieran caído?

Hice daño sin pensarlo, se hace daño cuando uno guarda silencio de todo esto.

¿Y cómo fue ese contacto con Marcela?

Nos contactaron por medio de las Hermanas Adoratrices porque yo ya había hablado aquí en los medios, y también había sido invitada a España a una campaña para combatir la trata de personas.

¿Usted habló después de cuánto tiempo?

Ya habían pasado como veinte años.

¿Cómo se puede vivir veinte años con eso adentro?

Horrible, hay amargura, tristeza, inseguridad, vergüenza, uno no se siente seguro de lo que está haciendo, y en el silencio uno se siente culpable. Es impresionante vivir con ese silencio, pero hoy me siento muy contenta de poder abrirme y contar una verdad que hace daño a la sociedad, no solo en nuestro país, porque esto es mundial.

Volviendo al tema, la gente que la engañó al principio, ¿era conocida o desconocida?

Conocidos, tristemente llamados “amigos”. Es que el más amigo y el más próximo es el que le está haciendo el camino a uno, y uno no alcanza a captar qué clase de camino. Nunca pensé que la ambición por el dinero me llevara a vivir esto.

¿Qué pasaba si se escapaba?

Si uno se iba lo mataban. Yo ya me sentía desarmada, especialmente por mi hermana. ¿Qué sería de ella en ese lugar? ¿Dónde estaba? Mí tortura psicológica fue pensar en mi hermana. No sabía dónde estaba, preguntaba y nadie me decía, apenas dos veces nos comunicamos en los seis meses.

¿Y qué le decía ella?

Que ella no sabía dónde estaba, solamente supo de Saporo y en otro lado me dijo: “Martha, estoy en un hotel". Ella duró dos años allá.

Y cuando a usted la liberan, ¿nunca se comunicó con ella?

Sí, ella nos llamó a Colombia en cuatro ocasiones.

¿Cómo salió ella?

Ella a lo último la dejaron libre, pero no tenía cómo conseguir dinero, ni nada, porque ella quedó mal también. La soltaron sin documentos a la calle. No tenía dónde dormir. Para conseguirse el tiquete a Colombia le tocó volver a prostituirse en la calle. Acá llegó en unas circunstancias terribles, era impresionante verla. Mi hermana no era mi hermana, llegó como un esqueleto con 22 años de edad.

¿Y ya hoy está bien?

Sí, gracias a Dios.

¿Cómo se llama?

Flor.

¿Usted qué ganó con esta experiencia?

Ya soy más precavida, busco mejores oportunidades, ya sé que las cosas se logran con esfuerzo.

¿Y qué perdió?

Perdí una parte de mi vida. Perdí dignidad, pero Dios se ha encargado de darme cosas mejores. Hoy tengo un hogar muy lindo. Mi hijo y mi marido me entienden, no me critican y me dan la oportunidad de seguir adelante.

¿Fue difícil compartir esta historia con su familia?

Con mi esposo no fue tan difícil porque desde el momento que nos conocimos le empecé a contar quién era yo. Él me acepta tal como soy y yo lo acepto tal cual es. Sin ninguna crítica y sin ningún juzgamiento. Pero fue difícil con mi hijo, porque ya tiene 14 años y en mi vida todo este pasado había quedado atrás. Yo no encontraba cómo decírselo, eso me encerró en una circunstancia en la que yo lloraba y lloraba... Pero cuando la hija de Marcela Loaiza nos envió el video mostrándonos cómo ella había recibido la noticia de su mamá, tomé la decisión y un día me senté con mi hijo y le dije: “Amor, le voy a mostrar un video, quiero que lo escuche y que lo vea y después de eso vamos a hablar los dos”, y lo vimos.

¿Y su hijo qué dijo?

Él quedó sorprendido de lo que la niña decía porque ella acepta a su mamá Marcela tal cual es. Él me dice: “Mami, pero ¿qué quiere decir esto?”. Y yo le digo: “Amor, es que lo que ella dice de su mamá, yo también lo viví”. Y mi hijo continuó: “Yo no sé mami, pero tú has sufrido mucho”. Y me abrazó. Esa fue su respuesta.

¿Si pudiera viajar al exterior lo volvería a hacer?

Hoy en día estoy dispuesta a ir, hay que exorcizar todo eso.

¿Su curación empezó en el momento en el que la recibieron las Hermanas Adoratrices?

Sí, las Hermanas Adoratrices.

¿Qué fue lo primero que usted recuerda de esa curación?

El sol tan radiante de ese lunes para mí fue inolvidable, amanecer libre y decir me voy a estudiar. Ahí empezó mi sanación.

¿Ahí mismo? ¿En el convento?

Es un colegio, una ciudadela grande de las Hermanas que queda en el barrio 20 de julio.

¿Cuánto estuvo con las hermanas?

Tres años y me volví profesional. Mi trabajo es hacer bordado industrial. Se hace con una máquina.

¿Qué hace actualmente?

Estoy con la ONU, con la fundación Marcela Loaiza, que nos apoya en esta obra de teatro (Cinco mujeres, un mismo trato), en la que se habla sobre las historias de cinco mujeres explotadas y sometidas y cómo logran salir de esa pesadilla.

¿Guarda algo de esa época oscura?

No, ya no, esto es una historia que pasó.

Allá tuvo otras compañeras, ¿hoy en día se habla con alguna de ellas?

¿De ese entonces? Sí, tengo dos grandes amigas que también superaron todo esto. Una estuvo en Japón y otra aquí en Colombia conmigo. Son mis amigas y siempre nos comunicamos.

¿En quién cree hoy en día?

En Dios, él es mi fortaleza.

¿Cómo andaba su fe en Dios en esa época, cuando fue atrapada por la mafia?

Estaba perdida, porque es que uno cree que es dueño de su libertad, pero uno nunca mide las consecuencias de lo que está haciendo. Cuando uno conoce a Dios, la vida cambia porque uno sabe que ya no se puede mandar solo.

Un consejo para esas mujeres que están pensando en aventurarse, como lo hizo usted, para que no caigan en la trampa.

No crean en ninguna forma de prostitución. Es un gran engaño. Ningún dinero del mundo compra la dignidad del ser humano.

¿Había algunas de sus compañeras que no tenían esa decisión de ir a prostituirse, sino que pensaban que iban a otra cosa?

Conocí niñas a las que les dijeron que iban de enfermeras. También se llevaron a una niña que iba a ser compañía de unos abuelos allá y, cuando llegó, fue vendida también.

¿Tiene pesadillas? 

No, ya me pasaron. Soñaba que me cogían y me apretaban, que me ahorcaban, soñaba que algo me apretaba el estómago, era terrible. Pasé noches sin dormir.

Hoy cuando se mira al espejo, ¿qué ve?

Una nueva persona, llena de oportunidades, de optimismo, de sueños, una mamá trabajadora, una mamá que es echada para adelante.

¿Hay alguien en la cárcel por lo que usted sufrió?

No. La cárcel tiene por un tiempo a las personas malas. Pero el peor castigo para los delincuentes es cuando se dan cuenta de que han hecho mucho daño. Su pena es su conciencia.

Dígame algo de su vida que antes no apreciaba, y que después de vivirlo lo aprecia con el alma.

Mi propia vida. Lo que soy hoy, las oportunidades y el amor a los demás, porque antes yo no tenía amor para nadie, y hoy sí tengo mucho amor para las personas.

¿Todavía siente miedo de lo que vivió?

Ya no siento miedo porque ya lo exorcicé, ya saqué esa situación psicológica que me ataba, que me amarraba. Me daba vergüenza mirar a las personas a los ojos.***Tan solo mide un metro con 49 centímetros y su cara se esconde tras una gafas grandes. Mientras nos despedimos, reacciona de improviso y casi que mete su pequeña cabeza dentro de su cartera inmensa, luego aparece de nuevo con un broche en forma de un corazon de color azul, que representa la tristeza de las víctimas de la trata de personas. Infortunadamente, por cada persona que confiesa su tragedia, veinte callan.***Si usted desea informarse para no ser víctima de este delito o si identifica un caso y quiere denunciarlo, puede llamar a la Línea Nacional Gratuita Contra la Trata de Personas : 01 8000 52 20 20, funciona 24 horas al día, los siete días de la semana.