La fuerza de atracción del nuevo papa

Con su manera de ser, Francisco ha enviado varios mensajes para llevar a la práctica su discurso de humildad y servicio a los pobres. Desde su trabajo como sacerdote jesuita en Argentina hasta hoy como el líder de millones de católicos, sigue siendo el padre Jorge.
La fuerza de atracción del nuevo papa

Desde su primera aparición en el balcón de la basílica de San Pedro, hasta su asunción como nuevo papa, Francisco ha enviado mensajes contundentes para dejar en claro el sello personal que le imprimirá a su pontificado. Y fueron dos los detalles en ese corto saludo, después de que el cardenal Jean-Louis Tauran anunciara su nombre, los que mostraron su talante: prefirió usar un cristo de plata, en lugar del tradicional crucifijo tallado en oro y piedras preciosas; antes de dar la bendición Urbi et Orbi, pidió ser bendecido por los 100.000 fieles que lo ovacionaban en la plaza.

Sutiles, pero claras. Estas primeras señales pudieron pasar inadvertidas para los escépticos, pero en estos primeros días de pontificado, Francisco no ha hecho más que remarcar sus intenciones. Convencido, tal vez, de que la sencillez y la humildad no se traslucen en el discurso, el primer día como papa rechazó el carro oficial, un lujoso Sedan blindado, y se montó al bus con los demás cardenales que lo acababan de elegir. Para rematar la jornada, pagó de su bolsillo la cuenta de su alojamiento en el hotel donde se hospedaron los electores.

Al día siguiente, los medios de comunicación empezaron a revelar las historias personales de Jorge Bergoglio que demostrarían que estos primeros actos no eran simple demagogia: como cardenal de Buenos Aires rechazó el carro oficial con chofer y montaba en metro; prefería que lo llamaran cura, no cardenal; y no aceptó la cómoda vivienda en el Palacio Arzobispal ni el despacho de la Curia, en plena Plaza de Mayo. Tal vez quienes le conocieron antes de ser papa sí entendieron el llamado que hizo a sus paisanos: “No vengan a Roma, donen ese dinero a los pobres”. Aun así, las calles y plazas del Vaticano han estado abarrotadas de argentinos.

Y mientras se conocían estas historias y su deseo de una iglesia pobre y para los pobres, Su Santidad seguía dando de qué hablar. Volvió a aparecer con sus zapatos viejos y, restándole importancia a sus hábitos, se negó a ir adonde el sastre al día siguiente de su elección, porque tenía pendiente ir a la gruta de Santa María Maggiore: “La ropa puede esperar; la Virgen, no”, les dijo a sus colaboradores.

Se llegó a especular que el día de su asunción, el 19 de marzo pasado, Bergoglio no podría escapar a la suntuosidad y derroche propios de estas celebraciones en el Vaticano. Pero él volvió a sorprender. No se apareció en el famoso papamóvil y se montó en un campero sencillo que le permitió acercarse a la gente antes de la misa; eligió un Anillo de Pescador en plata dorada y descartó el de oro;  y remató dirigiendo una cortísima homilía en la que lanzó varios mensajes a los más poderosos. “El verdadero poder es el servicio… Sobre todo el servicio hacia los más débiles”, les dijo. Más adelante, los llamó a no tener miedo de la bondad ni de la ternura.

Bergoglio volvía, así, por sus fueros. Como lo hizo en 2002, en vísperas de la crisis argentina cuando, como cardenal, se negó a recibir una visita oficial del Fondo Monetario Internacional; en cambio, se la pasó en los parques de los barrios populares celebrando misas con cartoneros y prostitutas; y eligió enfermos de sida y presos para lavarles los pies durante las celebraciones del Jueves Santo.

Eso no significa que se dedique a denostar a los poderosos. Bastaba verlo rodeado de 150 delegaciones oficiales con los principales líderes del mundo –monarcas y reyes– saludándolo en la plaza de San Pedro durante su asunción. Francisco se sabe mover en los entretelones de la política, pero lo hace desde la distancia crítica. Eso explica que hubiera recibido en primer lugar a la presidenta argentina Cristina Fernández, a pesar de que ella se había negado en casi una decena de veces a recibirlo en su propio país.

El mismo talante lo demostró con su acercamiento a otras religiones. Fue muy significativo el abrazo durante el saludo de la paz con el patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I (cabeza de más de 300 millones de cristianos ortodoxos), quien pasará a la historia como el primero que participa en la misa de inicio de un pontificado desde el Gran Cisma de Oriente de 1.054. Ya en Buenos Aires, Bergoglio se había dedicado a unas provechosas tertulias teológicas con el rabino Abraham Skorka. Las conversaciones sobre Dios, el Diablo, la política, el poder, la dictadura militar y el divorcio quedaron plasmadas en el libro Sobre el cielo y la tierra.

Ese afán incluyente también se vio reflejado en el hecho de que Francisco oficiara la misa en latín, leyera su homilía en italiano y dispusiera que las lecturas se distribuyeran así: la primera en inglés, el salmo cantado por un niño en italiano y la segunda lectura en español. La oración de los fieles fue leída en ruso, francés, árabe, swahili y chino.

Los escépticos siguen preguntándose, mientras tanto, si los símbolos y los discursos del nuevo papa continuarán por la misma línea cuando tenga que enfrentar los escándalos que llevaron a la crisis que desembocó en la renuncia de Benedicto XVI.