Historia del caracol hecho negocio

  De cómo una familia convirtió una plaga en un exitoso negocio de exportación y hoy procesa cuatro toneladas de carne de caracol al mes, el equivalente a 200.000 caracoles.   ?  
Historia del caracol hecho negocio
A veces la naturaleza se viste de tragedia. Y a veces las tragedias son oportunidades. Esta es una historia contada en dos tiempos: cara y sello del destino.¡Ahí viene la plaga! En marzo de 2005, después de 36 años de carrera laboral, Mariela Forero y Armando Rey han llegado al momento del retiro. Los balances financieros propios de su profesión de contadores ceden espacio a tareas más lúdicas y amables. Su vida se instala ahora en una finca apacible ubicada en Fómeque, a hora y media de Bogotá. Con una temperatura de 22°C y a una altura de 1.400 metros sobre el nivel del mar, el clima no podría ser el mejor para vivir sus años de jubilación. Una piscina imponente y un pequeño campo de golf circundan una casa de dos plantas levantada en ladrillo. ¡Un paraíso!, si se quiere. Hasta que advierten que esas condiciones climáticas, tan saludables y acogedoras para la vida humana, conforman también un sempiterno refugio de caracoles. En principio, Mariela y Armando vieron los caracoles como una plaga. Pero la verdad es otra: los caracoles son los dueños y señores de la región. Al baygon de unas cuantas manos que los fumigan, ellos oponen su ubicuidad. ¡Brotan como legiones! Como si la naturaleza lo hiciera adrede. Así avanza la convivencia del hombre con el animal: en un permanente desencuentro. La textura babosa del caracol hace resbalar a Mariela; la obstinada baba del animal se aferra a las sábanas y acompaña el sueño de Armando.. “Los anaqueles y muebles siempre poblados de caracoles”, así recuerda Mariela los primeros años en la finca. La felicidad de pasar los años de retiro en medio de la naturaleza, contrastaba con la amenaza de vivir en conflicto con la naturaleza misma.  Pasaron dos años de desconcierto antes de que Armando tomara distancia de la situación y pudiera leer los signos de la naturaleza. ¿La expectativa? Utilizar la plaga de caracoles a su favor. Así, en agosto de 2007,  comenzó un negocio inédito y productivo: la exportación de "escargots". Nace la industria No fue fácil, desde luego. Nadie lo había hecho en Colombia. Sin embargo, la idea ya había echado semilla: cultivar y comercializar carne de caracol. “Pero si en el país no exportamos ni carne de res, ¿cómo se les ocurre exportar carne de caracol?”, les endilgaban sus amigos. En parte tenían razón, no existía el mercado, ni mucho menos una cultura de consumo masivo de “escargots”. Tampoco tenían idea alguna de lo sensibles y delicados que son estos animales cuando se les manipula: un cambio ligero en la humedad del ambiente los deshidrata; una variación abrupta de la luz en el cultivo los estresa; una sutil modificación en su dieta alimenticia los enferma o les inhibe el desove. Un obstáculo tras otro pero,  en contrapeso, la obstinación de los esposos Rey por perseverar. Sus padres, en el campo, habían enseñado a Mariela y Armando cuando eran niños a “sortear los caprichos de la naturaleza”. ¿Por qué no, ahora en la madurez, tomarse la vida por asalto, intentarlo de nuevo? En la región, el SENA de Villeta había hecho un estudio previo sobre la viabilidad de proyectos de helicicultura (así se le llama al cultivo de caracoles), avalado por investigaciones de la Universidad Complutense de Madrid. A la familia Rey le sonó la idea. Se trataba de un producto muy apetecido en Francia, Italia, España y Estados Unidos por sus propiedades nutricionales, altas en proteínas y baja en niveles de grasa y colesterol. Así que se animaron a emprender un proyecto que en el transcurso de cinco años –con el apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo y la Gobernación de Cundinamarca– pasó de utilizar cajas plegadas y fabricadas a mano, a servirse de una planta de cultivo industrial de caracoles con todas las de la ley, y que en su máxima capacidad puede producir cuatro toneladas de carne al mes, el equivalente a 200.000 caracoles. La Universidad Nacional jugó un rol fundamental en la alimentación de cada ejemplar, la cual incide en la textura de la carne y el crecimiento del animal que en su fase adulta llega a pesar 15 g; mientras que Proexport propició el camino para participar en ruedas de negocios e integrarlos en su portafolio de Exportaciones No Tradicionales. “Las exportaciones colombianas no minero-energéticas muestran una tendencia a la alza en los últimos años y la helicicultura hace parte de este proceso”, afirmó María Claudia Lacouture, presidenta de Proexport. No en vano, el país exportó el año pasado 48 millones de dólares en el sector de “carnes y despojos comestibles”, según cifras del DANE. Con la rueda andando, los Rey ya no se podían echar para atrás, ni siquiera a pesar del vértigo que suponía una escala de negocio que desbordaba sus posibilidades financieras del momento. Llegó entonces el diseño de paneles verticales para la fase de cría; la implementación de nebulizadores y de mangueras especializadas para mantener las condiciones de humedad; la asesoría de ingenieros de alimentos para diseñar un planta en donde el flujo de insumos y alimentos no se devuelve en ninguna fase del proceso, y donde unos sensores monitorean permanentemente las temperaturas de los cuartos fríos para garantizar la calidad del producto. Los avances en el conocimiento del negocio, no obstante, se vieron enfrentados a un nuevo traspié: en Colombia no existía legislación en la materia. Armando y Mariela tuvieron por su cuenta que hacer parte del equipo técnico y de lobby para desarrollar la regulación de la helicicultura en el país. Fueron ellos los grandes gestores de la normativa del Ministerio de Agricultura que rige el cultivo y la comercialización de caracoles. Han pasado nueve años. Hoy, Inversiones Carey exporta caracol en la forma de ceviche, escargot a la bourguignon y caviar a Europa, y se encuentra en la fase inicial de la fabricación de baba de caracol para la industria cosmética en Canadá. Aprender a cultivar, comerciar la carne de caracol, gestionar la normativa que regula el sector y, en ocasiones, afrontar problemas de seguridad y boleteo en la región... Vista en retrospectiva, esta historia es un elogio de la dificultad.