Seth Bloom y Christina Gelsone, dos payasos enamorados

Seth Bloom y Christina Gelsone llegaron a la payasería por rutas diferentes y luego se encontraron en Afganistán. Entre ellos surgió una colaboración artística que viajó por el mundo y terminó en matrimonio. Una payasada muy bien administrada.  
Seth Bloom y Christina Gelsone, dos payasos enamorados

Son un equipo de payasos, pero no son de los que tienen nariz roja, zapatos largos y maquillaje que les exagera los ojos y la boca. Son payasos de comedia del arte, un género con raíces en Italia, en el siglo XVI, basado en la improvisación y el humor físico. Estos payasos se ponen máscaras y hacen reír a la gente con movimientos pronunciados. Es el género del Arlequín. Seth Bloom y Christina Gelsone son los Acrobuffos. Tienen cuatro espectáculos que presentan en el escenario Big Apple Circus, en Nueva York. Antes de llegar a esta ciudad, el dúo cómico viajó por el mundo haciendo reír a públicos en más de 15 países. Y fue durante ese tour cuando, sin querer, se enamoraron y se casaron como solo lo pueden hacer un par de payasos.Cuando Christina estudiaba en Princeton, entraba a su dormitorio por la ventana. En su niñez había sido bailarina y, en consecuencia, había desarrollado la fuerza y la agilidad que necesitaba para treparse. Después se dedicó a escalar montañas rocosas, y eso la llevó a las acrobacias. “Yo era fenomenalmente fuerte para mi tamaño, desde muy joven,” explica Christina. Con los años aprendió a hacer la cuerda floja humana, un truco en el que ella se balancea acostada sobre dos sillas, los pies en una y la cabeza en la otra, de tal manera que su cuerpo queda suspendido en el aire, mientras que otra persona se le para encima. Perfeccionó la hazaña hasta poder aguantar un hombre que pesa 135 kg y hasta a su hermana saltando lazo.Un payaso combina la interpretación, las acrobacias y el atletismo, y como Christina ya tenía las tres, decidió meterse en eso. Entró a una compañía de teatro que viaja por el mundo llevándo humor a las víctimas de conflictos armados. En Afganistán, Christina conoció a Seth.A diferencia de Christina, Seth siempre supo que quería ser payaso. Los malabares los aprendió de niño. Cuando llegó a la edad de decidir qué iba hacer con su vida, se matriculó a una universidad de payasería. “Me atraía la idea ganarme la vida haciendo reír a la gente con un disfraz de colores y unos zapatos torpes”, dice Seth. Ya egresado, un amigo lo invitó a Afganistán para enseñarle a la gente a caminar en zancos, a montar en monociclo y a hacer reír a la gente.Además de ser payasos en Afganistán, ambos se dieron cuenta de que también compartían un interés especial por la comedia del arte. Así, la sociedad se armó casi de inmediato. Transitaron por Europa y Asia con su tropa ambulante, fieles a la tradición. Sin haberle coqueteado, sin haberla invitado a salir, y con todo y que no le había dado ni un beso, Seth decidió que quería vivir el resto de su vida con Christina. Se lo dijo así, casualmente, de la misma manera que tomó la decisión.A Christina le gustó la idea. Se fueron a China y allá se casaron. Ochenta payasos atendieron el matrimonio. Seth se puso un vestido rojo con una chaqueta amplia con un dragón estampado en el pecho. El vestido blanco de Christina estaba confeccionado de bombas blancas. “Para nosotros fue normal –cuenta Seth– pero a la vez totalmente descabellado”. Como quien dice, una payasada. Y están orgullosos de ello.