48 horas con Margaret Thatcher

La ex primera ministra británica, que murió este lunes a causa de un ataque de apoplejía, fue siempre elegante, enérgica y a su vez femenina. Cromos la acompañó en una visita histórica a España en 1988.
48 horas con Margaret Thatcher

(Tomado del Archivo de Cromos de marzo de 1988)

Causa polémica a su paso. Parece un volcán a punto de estallar, pero jamás pierde la calma como buena inglesa. Mitterand, el reelegido presidente de Francia, dijo de ella: “Tiene los ojos de Calígula y la boca de Marilyn Monroe”. Valery Giscard, al perder las elecciones afirmó: “El único lado positivo de mi derrota es no tener que volver a encontrarme con esa mujer”.

Con Felipe González, presidente de gobierno de España, también ha tenido sus diferencias. Especialmente en el asunto del Peñón de Gibraltar que los ingleses no quieren entregar a España por su envidiable posición estratégica en el Mediterrráneo. Por no hacerlo, se aferran al Tratado de Utrecht de 1713, que dio lugar al establecimiento de la colonia británica sin límite de tiempo, y que a su vez señala que en caso de que el Reino Unido quiera enajenar la Roca, ésta deberá ser devuelta necesariamente a España.

Sin embargo, la Thatcher, con su tono salomónico, volvió a contestarle a los periodistas en Madrid, en una rueda de prensa conjunta con Felipe González: “No tenemos fórmula alguna para disolver lo firmado en ese tratado, en donde se acordó que Gibraltar era británico y si cesara de serlo, sería de España. Esto eliminó su plena independencia”.

Estas declaraciones, que no gustaron en España, no fueron impedimento para que Felipe González paseara con su huésped de honor por los jardines del Palacio de la Moncloa “como si estuvieran en luna de miel” según la ironía popular. “Diplomacía blanda”, calificó Diario-16 el comportamiento del presidente González frente a la "dama de hierro": “Ha bailado al son que ha tocado la experimentada invitada inglesa”.

De las verduras al poder

A Margaret Thatcher no le preocupa el qué dirán. Tan femenina como decidida. Personas cercanas a ella afirman que “divide al mundo en dos partes: Los representantes del bien y los del mal. Ella y Ronald Reagan encabezan las huestes del bien. De ahí su gran amistad”.

Siempre enérgica. Durante una rueda de prensa en Londres, un periodista, conocedor del tema del IRA, le increpaba en tono alto no haber censurado la actitud del grupo de élite del Servicio Aéreo Espacial, que según testigos eliminó a quemarropa y sin una orden de alto a tres miembros del clandestino Ejército Republicano Irlandés. Suavemente la Thatcher se levantó y le increpó: “Vine a contestar preguntas, no a recibir insultos”. Inmediatamente abandonó el recinto.

Ella seguía campante. Moviéndose como pez en el agua. Conquistando. Protegida por 30 hombres de la Policía Nacional Española que vestidos de civil formaban círculos de seguridad. Un helicóptero, que sirvió de apoyo durante las 48 horas que duró su visita, sobrevolaba el sector con agentes secretos provistos de potentes binóculos, normales de día y con luz infraroja de noche para detectar cualquier peligro.

En tierra seis agentes británicos con metralletas ocultas en maletines de ejecutivos, que sin necesidad de abrirlos disparan automáticamente en caso de reacción inmediata, estaban dispuestos a perder la vida a cambio de salvar a la primera ministra. Medidas similares se habían adoptado solo con el presidente Reagan cuando estuvo en Madrid. Con la Thatcher no era nada fácil.

En la Universidad de Oxford, donde estudió química hasta doctorarse en 1947, se le conocía como Margaret Hilda Roberts, hija de un vendedor de verduras que llegó a ser alcalde de su pueblo. Fanático metodista, siempre con la Biblia bajo el brazo.

A Margaret Thatcher le encanta recordar su origen humilde, pero contrario al medio donde creció, durante su gobierno “consagró la división económica en el país. Gales y norte de Inglaterrra pobres y un sur tremendamente rico”, según los analistas.

Atractiva y enamorada

Si alguien pensó ver en la Thatcher algo de amargura, se equivocó. Su rostro no tiene huellas de sufrimiento. Manos tersas y sin manchas. Sesenta y un años y apenas aparenta cincuenta. Tal vez el aspecto de sus ojos revelen la verdad. Lleva una argolla y su anillo de matrimonio tiene un diamante.

Uñas cortas y pintadas de esmalte transparente. Piel sonrosada. Absolutamente femenina. Siempre a la última moda. A las ocho en punto de la mañana, todos los días, dos peluqueros arreglan su cabello y tapan sus canas con un rubio color oro. El dinero para pagarles lo saca de los dos millones y medio de pesos que gana mensualmente.

A su esposo Denis, divorciado, diez años menor que ella, lo conoció cuando se lanzó por primera vez como candidata a elecciones parlamentarias en 1950 por el distrito de Bartfor, un núcleo industrial del condado de Kent. No las ganó pero se enamoraron. Pasaron la luna de miel en París, Lisboa y en las Islas Madeira. Desde entonces, hace 38 años, Margaret Hilda, convertida en esposa amantísima, cada mañana a las seis en punto le lleva a Denis el desayuno a la cama. Aún en ese momento es “el político más hábil del mundo occidental”.

Después de casada estudió derecho financiero y se propuso llegar al poder. Primero fue Ministra de Educación y se le llamó “la roba leche”, porque suprimió el reparto gratuito entre los alumnos de los colegios. “Soy demócrata pero también meritócrata. Es decir, todo se debe ganar por méritos. Nada se debe regalar”, dijo en Madrid.

Llegó a ser la primera ministra en 1979 gracias a los sindicatos, especialmente al de mineros, pero “los ha destrozado metódicamente durante los nueve años que lleva en el poder (elegida en tres ocasiones consecutivas) porque prohíbe las huelgas”, concluyen los analistas de su gobierno conservador.

Su primera decisión después de posesionarse como primera ministra fue prescindir de los asesores tradicionales del 'establishment' británico. Inmediatamente se rodeó de un grupo de amigos con dos características comunes: Pertenecer a los nuevos ricos por esfuerzo personal y ser judíos o metodistas.

Su espíritu decidido y enérgico no le impide ser siempre elegante. Durante las 48 horas que estuvo en Madrid lució diez vestidos sastres diferentes, sus preferidos, de colores vivos, con hombreras y botones. Lo mismo que dos trajes de gala para las cenas ofrecidas en su honor por el rey de España y el presidente de gobierno. Nunca faltó un collar de perlas.

Varias veces rompió el protocolo. Sonreía con picardía al darse cuenta que las personas encargadas de su seguridad corrían rápidamente para protegerla. Como sucedió en el trayecto del Museo del Prado al Congreso de Diputados. Estaba tan conteta de haber contemplado el arte de Picasso plasmado en el Guernica, que decidió caminar. Durante esos minutos dejó de ser la fría “dama de hierro” para saludar a los transeúntes y decirles en inglés: “Estoy muy contenta de estar aquí en España”. La gente la miraba sorprendida porque de todos es sabido que los españoles y los ingleses nunca se han llevado bien.

A ella le tiene sin cuidado el amor  o el desamor entre los países. Lo que importa en este momento  es la Unión Europea  Occidental (UEO) presidida en este momento por Gran Bretaña. La diplomacia es vital para el éxito de lo que considera “la gran aventura”. Por eso repite una y otra vez: “El arma más poderosa de la democracia es la persuasión”.

Finalmente, un primer ministro inglés pisa tierra española. Además de ser una visita histórica, no será fácil olvidar a la señora Thatcher.