Willy Barreto, un circense con el corazón muy alto

Hace una década, el manizalita Willy Barreto llegó a Curazao para crear un circo que impulsa a decenas de niños y adolescentes de escasos recursos a reconciliarse con la vida para que así puedan volar.
Willy Barreto, un circense con el corazón muy alto

A tres metros del suelo, dos niñas se balancean en un aro suspendido en el aire. Solo tienen diez años, pero conocen su cuerpo a la perfección. Saben que sus extremidades son elásticas, que sus músculos son fuertes y que sus movimientos son hermosos.

Se alejan y se acercan, se dejan caer y se sostienen, y se balancean sutilmente al compás de la música. Construyen un ballet aéreo con el que se ganan los aplausos del eufórico público cartagenero, que las ve absorto durante el Festival de las Artes Escénicas del Caribe.

Estas bailarinas aéreas hacen parte de Danzartestudio, un grupo de 65 niños y jóvenes de Curazao que han encontrado en las artes escénicas una forma de expresión, una razón para aferrarse a la vida y una esperanza para encarar el futuro.

A la cabeza de este equipo de artistas está Willy Barreto, un colombiano que se considera hijo del Festival de Teatro de Manizales y que llegó a la isla hace trece años para darles a los pequeños de escasos recursos la posibilidad de progresar a través de la cultura.

Antes de su arribo a ese territorio exótico, que primero fue colonizado por españoles y después por holandeses, Barreto intentó vivir del arte en Colombia. “Recuerdo que mi vida en Manizales siempre fue muy agitada, en ese afán por sobrevivir”, cuenta ahora tranquilo desde Curazao.

Trabajó con diferentes grupos de teatro y danza, estudió música en la facultad de Bellas Artes de la Universidad de Caldas y ganó un concurso de baile que le permitió representar al país en Bolivia, Uruguay, Paraguay, Chile, Perú y Argentina, donde se le presentó la oportunidad de estudiar danza contemporánea.

En 2000, la recesión económica de Argentina lo presionó a huir y fue acogido por su familia en Curazao. Sería una estadía pasajera, pues no imaginaba su vida en esa pequeña isla del Caribe; sin embargo, allí se quedó. Cuando llegó empezó a trabajar en el sector cultural y a recibir una buena remuneración, así que en sus ratos libres daba clases a jóvenes de escasos recursos.

Poco a poco ese hobby cogió fuerza y, eventualmente, con el apoyo incondicional del arquitecto colombiano Bernardo Díaz, surgió Danzarte. “Creamos un espacio de inclusión en el que eran bienvenidos niños de todos los colores, religiones y niveles socioeconómicos”.  En los 472 km2 que conforman la isla habitan personas de 50 nacionalidades, que tienen todo tipo de creencias y hablan cuatro idiomas –holandés, inglés, español y papiamento–. Conciliar tantas diferencias no es una tarea fácil, por eso esta compañía de artes escénicas se funda sobre la base del respeto a la diversidad.

Niños desde los cuatro años van a clases toda la semana. Reciben educación técnica, que les ayuda a mejorar sus habilidades corporales, pero también hay un eje analítico que busca que sean artistas más humanos y conscientes de la realidad. Gracias a este complejo proceso formativo, dos alumnos de la escuela llegaron al circo de Codarts, en Roterdam, una está en Ámsterdam y otro más acaba de hacer una audición en la NSC de Montreal.

Así, la fundación se consolida como un trampolín para niños y adolescentes que, de no tener la escuela, podrían quedarse estancados en la miseria. “Danzarte es una plataforma para llegar a escuelas de alto nivel, pero para mí lo más satisfactorio es ver cómo a través del arte superan problemas emocionales y empiezan a amar la vida, eso, al final, es lo único que importa”.