Edmar Castañeda, el arpista colombiano que triunfa en Nueva York

Vio el arpa por primera vez a los 13 años, en su clase de baile de joropo, y se enamoró perdidamente de ella. Desde entonces, lleva 20 años tocándola hasta la obsesión. Luego de pasar su propia temporada en el infierno, su pasión enfermiza se convirtió en un show único con alma de jazz en Nueva York. Un gran músico en lo alto.
Edmar Castañeda, el arpista colombiano que triunfa en Nueva York

Veo sus manos y no sé dónde ponerlas. Abro el baúl donde tratamos de clasificarlas por tamaños, temperatura, colores y, sobre todo, por capricho, y no encuentro un sitio para ellas. No encajan junto a las muy frías de los cirujanos; mucho menos con las extremadamente largas de los pianistas.

Tampoco se parecen a las arañas pesadas de los boxeadores, ni a las demasiado arregladas de los juristas. No tienen el color oscuro de las de los mecánicos, ni el rojo de las de los ebanistas. No son calientes como las de los curas, ni ligeras como las de las modistas, ni ásperas como las de las floristas. Tal vez, en algo se asemejen con las gordas y cortas de los joyeros, pero definitivamente no cuadran por esas uñas que terminan en punta.

Esas manos sobre una rama pueden pasar perfectamente por las de un recolector de café, o por las de un entrenador de gallos de pelea, junto a unas espuelas, o por las de un asesino en serie sobre el cuello de su víctima. Y, sin embargo, todas estas pistas son erradas.

Contra todos los pronósticos, esas manos feas son las de un arpista que ya lleva 20 años afilándolas en el oficio, de sus 33 cortos de vida. Manos que estuvieron condenadas por varios años en Nueva York a interpretar una cadena infinita de veces Bésame mucho, Cielito lindo y Guantanamera, en la normalidad tediosa de su oficio de músico de restaurantes, antes de escapar con su propia música a grandes escenarios.

Edmar Castañeda se salió con la suya al ir metiendo, entre bolero y bolero de comedor, sus experimentos con las cuerdas, como quien cava con sus manos su propio túnel de huida. Lejos ya de los hombres que aplauden por inercia y con indiferencia al músico que intenta tocar sobre un bullicio de cubiertos, hoy a este bogotano lo quieren oír los grandes especialistas del jazz; y hasta una prestigiosa casa de arpas se tomó el trabajo de diseñarle una que lleva su nombre.

Su obsesión por ser un virtuoso no fue en vano, ni el sacrificio de su esposa, que muchas veces se sintió atacada de repente, en medio de la noche, por las manos de su esposo que ni dormido dejaba de tocar el arpa sobre su espalda. Verlo es un espectáculo. Ni siquiera los irlandeses, grandes maestros en el oficio, saben cómo lo hace. Acaba de llegar de Tokio, donde tocó su arpa en el Hall de Yamaha y deslumbró a los japoneses. Lo suyo es algo nuevo en los escenarios.

 

Si su mamá le pregunta: "Mijo, ¿usted que música toca?" ¿Qué le respondería?

No sé cómo llamarlo, es una música de raíz colombiana con influencias neoyorkinas de jazz, clásica, Piazzolla y Paco de Lucía.

¿Hay muchos arpistas en el jazz?

Muy pocos. A veces es difícil con festivales europeos. Me acuerdo del Marciac, que es el más grande de Francia, y del Umbria Jazz Festival, en Italia, porque ellos preguntan: “¿qué tocan?”. Y cuando uno responde: “el arpa”, se imaginan música para dormir, música para ángeles o algo por el estilo. Ya cuando ven cómo es la cosa, cambian de opinión.

Como artista, ¿cómo se cataloga?

Ahí está el rollo porque no me puedo catalogar como un arpista llanero, porque no interpreto música llanera,  y tampoco me puedo considerar clásico, porque no interpreto música clásica. Este estilo mío, que se creó en los restaurantes, es algo nuevo. Por estar tocando solo, hice todo lo que puede haber en una banda con dos manos y un arpa. El instrumento suena como dos o tres instrumentos a la vez.

¿Usted es el padre de un nuevo género con el arpa?

No me gusta pensar en eso.

¿Cuál es su fantasía como arpista?

Del instrumento tengo una fantasía que creo que nunca se dará. No sé si lo van a entender… Fantaseo con un arpa cromática. Esta, por ejemplo, es un arpa diatónica que viene a tener algo así como las “teclas blancas del piano”. Y para tener las “teclas negras del piano”, tendría que ser un arpa grandísima y con otro diseño. Para que se comprenda lo que estoy diciendo, quiero el piano completo en el arpa.

¿De dónde sale su nombre: Edmar?

No le he preguntado a mi padre de dónde sacó ese nombre.

¿Qué hace su papá?

Mi padre es pianista y arpista. Se llama Pavelid Castañeda... Tal vez de ahí viene mi nombre. En mi familia hay nombres raros. Tengo una niña llamada Zeudi y un niño que se llama Zamir.

¿Y qué quieren decir?

Zeudi es una composición que hice hace diez años. Siempre dije: “si algún día tengo una niña quiero ponerle así”. En el caso de mi hijo, Zamir lo saqué de la biblia porque en hebreo a la gente que canta bonito le dicen “zamir”.

¿Quiere que sus hijos sigan su oficio?

Ellos deben seguir lo que quieran. Hasta ahorita ambos tocan y cantan. A la niña le gusta el arpa.

¿De dónde viene la tradición musical?

A pesar de que nunca vivimos juntos, viene directamente de mi padre. Yo sabía que él tocaba instrumentos. Mi padre empezó con el piano y luego, cuando llegó a Estados Unidos, sin dejar de lado las teclas, empezó a tocar el arpa en la universidad.

¿Por qué nunca vivieron juntos?

Mis papás se separaron cuando yo tenía tres años. Aprendí por mi cuenta; después me junté con mi padre y ahora tocamos juntos. Él era mi ídolo, cuando nos veíamos era increíble. Nos veíamos en los ensayos de su orquesta de salsa, llamada “Alta temperatura”, en Bogotá.

¿Qué edad tenía usted cuando iba a los ensayos?

Me acuerdo que a los nueve años hice mi viaje de iniciación. En un pueblito me dijeron: “súbete a tocar las claves”. Sucedió en un escenario mientras mi papá estaba en el piano; desde entonces me sobran ánimos para seguir con la música. De mis 33,  llevo 20 años tocando el arpa.

¿Cuál es la enfermedad del arpista?

Hay desgaste en la espalda por estar siempre en la misma posición.

Para usted, ¿qué significa el arpa?

Es un instrumento que hace parte de mi vida. Para mí es un regalo de Dios, es una extensión de mi cuerpo. El arpa se apoya en mí y yo en ella. Hacemos una suerte de abrazo. Uso el arpa para dar amor a la gente a través de las cuerdas.

¿Qué debe tener una buena arpa?

Debe tener un sonido acústico grande, además de afinación. En el arpa, como en la mayoría de instrumentos, todo debe estar calculado. Los espacios entre cuerda y cuerda deben ser precisos para que se pueda afinar. Un arpa buena no debe ser pesada y debe estar hecha en cedro.

¿Dónde se hacen las mejores arpas?

En Paraguay, Colombia, Venezuela, México, Francia e Irlanda.

¿Cuál es la mejor marca de arpas?

Hace poco Camac Harps, una empresa francesa, sacó una línea de arpas que ayudé a diseñar. Son arpas clásicas que van con mi estilo.

¿Cómo se conecta usted con la fábrica?

Al dueño de la fábrica –que me llevó a un festival francés porque me escuchó– le propuse que elaboráramos un arpa colombiana. Hace meses salió la última de siete prototipos que hicimos. Ya se han vendido muchas.

¿Cuál fue el primer contacto con el mundo del arpa?

En Bogotá hay academias grandísimas y a los siete años mi madre, que se llama Elsa, decidió que mi hermana y yo teníamos que aprender a bailar joropo porque mi tía Edilma estaba en clases. Entonces nos pusieron a bailar y ahí fue cuando conocí el arpa. Ya con 13 años empecé a estudiarla por medio de Óscar Cubillos, un amigo profesor que rentó tres meses un cuarto en mi casa. Me regaló clases a lo largo de varias semanas.

¿El arpa le ganó al baile del joropo?

Desde que la vi sentí que quería tocarla. Fue amor a primera vista. Recuerdo que había una niña a la que no le gustaba tocar el arpa, pero el papá le pegaba para que lo hiciera. Yo me paraba al lado de ella para mirarle los dedos y yo le decía: “¿cómo haces eso?”. La niña no me ponía bolas, pero yo grababa todo lo que iba haciendo. Siempre miré de la misma manera en los sitios donde tocaban instrumentos. En el caso del arpa, lo hice hasta que ya pude tener clases con Óscar Cubillos, y hasta que mi tía me dio mi primera arpa a los 13 años. Esa arpa todavía la conservo.

Después de ese primer profesor, ¿qué pasó con su aprendizaje?

De los 13 a los 15 estuve aprendiendo música llanera. Luego me fui a vivir a Medellín y allá conocí otra música. Empecé a tocar música bailable. Duré unos años y a los 16 me vine a vivir a Nueva York. Aquí conocí el jazz.

¿Cuál fue su sacrificio para hacerse músico?

Sacrifiqué un montón de cosas. Hubo un tiempo en que dejé el colegio para dedicarme al arpa. Sobre todo con mi madre discutí mucho, pero esa actitud irreverente me ayudó mucho. Hubo un momento que me dijo, al verme el amor que yo tenía por el instrumento, “haga lo que usted quiera”.

Antes de decidirse por el arpa, ¿quería hacer otra cosa?

Desde pequeño quise ser músico. Me acuerdo que mi padre tenía un cuarto lleno de instrumentos, los cuales yo tocaba como si fueran juguetes, sobre todo el piano y la guitarra.

¿Hubo alguien en la familia que lo quería ver haciendo otra cosa?

Yo sé que en Colombia la gente tiende a relacionar la música con la serenata y ya. En mi caso nunca trataron de cambiarme el destino. Antes del arpa yo pintaba paisajes y bodegones en óleo. Hubo un tiempo en que me tocó escoger entre la pintura y la música. Me fui por lo que más me jalaba.

¿Y dónde estudió?

Llegué aquí a Nueva York a los 16 años con algunas bases musicales. Sin hablar inglés, entré primero al High School a terminar el bachillerato en una escuela de blancos. No entendía nada, pero le seguí la corriente a la gente. A través de un grupo el jazz se me presentó como una revelación. Luego, tras cinco años de estudio, me gradué como trompetista en Fivetowns College, una escuela privada de música.

¿Y el arpa?

La estudié en restaurantes. Nadie enseña jazz con un arpa, entonces estudié trompeta y por ahí derecho me metí en el mundo del jazz, que es un género lleno de sentimiento. Cuando me gradué, colgué la trompeta porque hay muchos trompetistas. En cambio aún no hay arpistas que toquen jazz.

Tocar arpa mientras la gente come no es lo ideal.

Me duele que los comensales no determinen a los músicos. Pasé por eso al comienzo, cuando estaba estudiando la carrera. Yo salía con toda esa información de la escuela rumbo a los restaurantes. Estaba muy enfocado en lo que quería buscar. Mi pregunta siempre fue: ¿qué puedo crear en un espacio en donde se vende comida? Me metí tanto en el cuento que hasta me imaginé escenarios. Todo esto ocurrió en siete restaurantes distintos. Tocaba en uno cada día acá en Nueva York.

¿Y qué tocaba?

Como eran restaurantes españoles-mexicanos, siempre te piden Bésame mucho, Cielito lindo y Guantanamera. Es el infierno, una y otra vez las mismas canciones. Entonces yo tocaba esos temas y en la mitad yo hacía una locura, improvisaba, y luego volvía y les tocaba el pedacito que querían escuchar. Lo chistoso fue que ya al final eso se convirtió en una serie de conciertos para la gente.

¿Cómo se salió de la rutina de los restaurantes?

Empecé a ir a las discotecas aquí en Nueva York, en donde grupos de música cubana se presentaban en vivo. Todos se quedaban mirándome porque no es usual presentarse en esos lugares con un arpa. Una vez le pregunté a Nelson González, que es un músico que tocó con Marc Anthony, si me dejaba sentarme con los suyos y, un poco escéptico, me abrió las puertas. Me miró así, como preguntándose: ¿un arpa? Y yo le dije: “déjame subir, si no sirvo me voy”. Finalmente llegó el día, toqué en ese club y todo el mundo quedó sorprendido. Ya después me llamaron para tocar con varias agrupaciones los fines de semana.

Fue un gran salto…

Se regó la bola y empecé a conocer gente importante, como el saxofonista cubano Paquito D’Rivera, que es un padrino para mí. En unos premios latinos en los que estuvo Celia Cruz, él me vio tocar son cubano. Es una persona que me ha puesto en lugares claves. Él es muy importante en este medio.

 

 

Los músicos andan de fiesta. No creo que usted sea la excepción...

No soy fiestero. Me gusta compartir con músicos, pero nunca fui de grandes rumbas.

¿Nunca pasó su temporada en el infierno?

La pasé de otra manera, pero no de rumbero. Ni siquiera he fumado en mi vida. Me volví obsesivo con la música, llegó un momento en el que mi vida estuvo enfocada en ella nomás. No me dejó estar tranquilo, me afectó el matrimonio. Créame que uno no es feliz, uno puede tener toda la fama del mundo, pero no se justifica meterse tanto.

¿Y qué le decía su esposa?

Nada porque simplemente mi cabeza no estaba ahí. Pensaba todo el día en melodías y en conciertos. Un matrimonio necesita un montón de cosas que, en ese momento, pasé por alto. Ese tiempo que estuve encerrado fue bueno en términos creativos, pero, como te digo, a la vez me afectó mucho. Gracias a Dios me liberé, ya tengo otras prioridades.

¿Cuánto lleva de casado?

Llevo 8 años. Conocí a mi esposa en una tertulia, aquí, en Queens. Ella es de Medellín y es cantante. A los 20 días de conocernos nos casamos. Mi crisis fue en los dos primeros años. Dios nos ayudó a salir de esto.

¿Es usted muy creyente?

Lo soy desde antes de salir de la obsesión y se duplicó después.

¿Cuáles son las condiciones físicas de un buen arpista?

En Colombia, por ejemplo, utilizan todos los dedos y las uñas un poco más largas. En mi caso, uso solo cuatro dedos. Mucha gente dice que hay que tener manos grandes para ser buen arpista, pero yo, que tengo manos pequeñas, puedo asegurar que eso no es cierto. Lo único cierto es que hay que tener don de arpista.

¿Dónde lo toca la música cuando toca?

La siento en todo lado porque son vibraciones. Hablando estrictamente del arpa, la música me llega al hombro.

¿Qué dicen los puristas del jazz cuando lo ven con su armatoste?

Se inquietan y hasta se incomodan,  pero terminan sorprendidos. Cuando te digo que lo de las dos manos suena como una banda completa, es en serio.

¿Qué personajes lo han visto tocar su arpa?

Wynton Marsalis, el embajador del jazz en el mundo, recuerdo que me preguntó cómo se me había ocurrido esto.

Si usted tuviera aquí unos niños para explicarles qué es lo que usted hace, ¿qué les diría?

La semana pasada estuve en Escocia enseñando a arpistas clásicos. Todos muy buenos, pero no pueden hacer ciertas cosas que yo hago. Eso se me presentó como una revelación. Ahora me toca mirarme para poderles explicar lo que hago.

¿Ha tenido malas presentaciones?

En Noruega llegamos a un club que era decorado con palmeras; eso parecía una película de Hawái. Imagínate la escena: varios tipos tocando jazz en un lugar así. Parecía un show de Broadway.

¿Y una para enmarcar?

Una que tuvimos en Jerusalén en un teatro impresionante. Fue especial porque sentí a Dios muy cerca.

¿Hoy toca en una orquesta o solo, como lo hacía en los restaurantes?

Hago parte de un cuarteto en el que mi esposa es la cantante. El grupo se llama Edmar Castañeda.

¿Qué extraña de Colombia?

Extraño el olor, el paisaje, el calor de la gente.

¿Cuándo fue la última vez que lloró y por qué?

Lloré por agradecimiento de todo lo que tengo.

¿Qué colombiano le gustaría que lo oyera?

Mi sueño es tocar frente a Fernando Botero en Bogotá.

Esa imagen de los músicos del Titanic que no dejan de tocar ni en el naufragio es muy diciente.

Esa es la obsesión que le digo.

¿Siempre hay que tocar cueste lo que cueste? ¿Esa es la obsesión?

Esa es la obsesión, por eso hay que quitarse el miedo a perder. En mi caso yo decía: “si no practico voy a tocar menos”. Por andar pensando así me volví obsesivo. Cuando uno endiosa cualquier cosa, eso termina cayéndole encima. Tuve que poner en orden mi vida: Dios, familia y, por último, la música. A partir de ese orden floreció todo.

***

No soy original y le pido lo que siempre le piden, que toque un pedacito de su música. Sin embargo, el oído del músico se resiste rotundamente a tocar un arpa casera y desafinada. A cambio, nos invita al concierto que da esa tarde en el Museo de Ciencias Naturales, a un lado del Central Park. En una media luna, Edmar, poseído con su arpa, silencia sin problema un auditorio ruidoso de señoras y niños, campanas habituales de cualquier domingo.  

 

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