El último tango de Buenos Aires

A propósito de la serie 'La Selección' tomamos de nuestro archivo CROMOS del año 93 esta crónica realizada por nuestro enviado especial a Buenos Aires, Fernando Araújo Vélez, que relata el partido en el que Colombia le ganó a Argentina 5-0. Fotos: Guillermo Torres*.*
El último tango de Buenos Aires

El partido del siglo para Colombia, antes y después de los cinco  goles. Las supersticiones de los argentinos, los cánticos de las barras bravas, los consejos de Maturana. El fútbol detrás del fútbol.

En Boca, barrio de pueblo y tango, donde el fútbol es vida y la vida se paga a plazos, todavía debe haber un aliento amargo. A bronca. Por allí, por el puerto del Río de la Plata, llegó el fútbol. A Argentina hace más de 100 años. Lo llevaron los ingleses, dicen. Boca lo transformó en una religión.Sus calles, calles con olor a sebo y sabor a vino tinto, sólo saben de fútbol. Y de tango. Del tango de arrabal, del tango apache. Sensual y melancólico. De ese mismo tango que el domingo en la noche era silencio. Porque Boca, igual que todo Buenos Aires, quedó marcado de dolor.Y de voces populares, heridas y humilladas. Voces que muy tarde, casi de madrugada, aún intentaban desahogar toda la bronca reprimida. Hacia Basile, Ruggeri. Goycochea, Medina Bello… Voces que a grito ronco llamaban a Maradona, ídolo boquense para toda la vida. Personaje ausente y presente en este hoy argentino.En Boca todavía debe haber aliento a bronca. En el señor que cuida la puerta de la Bombonera (en realidad, estadio Camilo Cichero, construido en 1940) y que el sábado bromeaba con algunos colombianos "Mañana les hacemos cinco ¿eh?", decía, malicioso y canchero.

_MG_3903640El gol que empezó a desequilibrar el partido. Freddy Rincón y la pelota en la red. Algo que ha comenzado a convertirse en costumbre. El pase de Valderrama, generador eterno de las opciones de gol, la gambeta corta de Rincón hacia su derecha y la definición perfecta. Con clase y contundencia.

 

Bronca en el viejo que todos los días sale a "Caminito" a tocar su bandoneón para ganarse 20 pesos. El, que vio jugar a D'Stéfano, Sanfilippo, a Boyé, a Maschio, a Pedernera, a Sívori y a Moreno, no deja de recordarlos. Ni deja de preguntarse por qué dejaron por fuera a Diego Maradona.Y bronca en los amigos de su barra, que cada tres días van al cementerio de Chacarita a visitar a Carlos Gardel. A encenderle un cigarro y a pedirle un milagro. La semana pasada, ellos y el viejo del bandoneón cambiaron la rutina y fueron todos los días a hablarle. ¡Como si Gardel supiera de fútbol! Pero ni Gardel con su cigarro ni Maradona, sentado en la platea de Núñez, con la franela número 10 que lo llevó al título mundial del 8 6, pudieron hacer el milagro. El domingo, en la cancha de River Plate (principal enemigo de Boca Juniors), Argentina sufrió la peor derrota de su historia en Buenos Aires.

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La pelota ya está adentro. Faustino Asprilla corre a celebrar con la banca de Colombia. Fue la puñalada para el cuadro argentino, que intentaba empatar el juego. Y la reivindicación para Asprilla, que llegó de Italia como la gran figura y sólo al fina de las eliminatorias pudo mostrar su clase.

 

Comparada por los memoriosos sólo con aquel 6-1 que le metió Checoslovaquia en el Mundial de Suecia, 1958. La historia no miente, y aquel cuadro de Carrizo (el que jugó en Millonarios), Angelillo y Dellacha murió sin nacer. A este ya se le vino la noche encima. Y le va a costar recuperarse.La intimidad colombianaPara Colombia, todo este cuento bonaerense, que parece de hadas, y que superó todo lo anterior (incluidos el 4-4 con Rusia en Chile-62, y el 1-1 contra Alemania en Italia-90), comenzó el viernes en la tarde. Ese día, el equipo llegó al Caesar Park, en el exclusivo barrio de la Recoleta, a unas cuantas cuadras de la Avenida 9 de Julio.Desde ese instante, el operativo policial dispuesto para proteger al grupo, empezó a trabajar: Los curiosos, argentinos o colombianos, no importa, sólo podían estar en la acera del frente. Lejos del lobby del hotel (un lugar con todos los lujos, al mejor estilo francés), y lejos, por supuesto, de los futbolistas.

 

_MG_3905640El centro atrás de Leonel Álvarez le llegó perfecto a Rincón. Y la bolea del volante se metió mordida contra el poste derecho de Sergio Goycochea. Nunca antes el arquero argentino había recibido tantos goles. Jamás había salido tan humillado de una cancha de fútbol.

 

El sábado hubo una práctica ligera en la cancha de Independiente, en Avellaneda, y una rueda de prensa. Hacia las siete de la noche, algunos jugadores bajaron a saludar a los amigos y familiares. Estaban tranquilos. Hasta con buen ánimo para coquetear con las mujeres que la Policía dejaba ingresar. Después, algunos cánticos para molestar y bocinazos: la costumbre argentina cuando hay un partido difícil. Y el domingo, esta historia que todo el país conoce de memoria, pero que quiere escuchar una y mil veces. Colombia arribó al estadio de River a las cuatro de la tarde, en medio de gritos hostiles y gestos amenazantes.Cuarenta minutos después salió a reconocer el terreno. Parecía que el estadio se caía de tanto silbido. Pero eso a los colombianos poco les importó. Córdoba saludó a la tribuna, como si nada, y Rincón se animó a hacer bromas con " Barrabás". Como si nada. A los 10 minutos se devolvieron al vestuario.Y allá adentro iniciaron esa mística rutina de vendajes, ungüentos, masajes y ruegos que anteceden al fútbol. Esa tensa rutina en la que comienzan a decidirse los resultados. Ese día, Maturana les recordó a los jugadores que ya habían cumplido, que salieran tranquilos a la cancha. Les habló con afecto, más que nunca. Afuera, la tribuna no cesaba de cantar, siempre dirigida por las barras ubicadas detrás de los arcos. De cuando en cuando, se metía con algún colombiano que mostraba su bandera, y de vez en vez le dedicaba algún estribillo insultante. A esa hora, aquello parecía más el circo romano que un estadio de fútbol.

_MG_3906640Faustino Asprilla otra vez. Como durante todo el partido, fue una pesadilla para los defensores argentinos. Se robó la pelota en tres cuartos de cancha y arrancó, con decisión. Cuando enfrentó a Goycochea definió como los grandes. Con el empeine de su pie derecho, suave, y por encima del portero.

 

 

La ovación de las barras bravas Y a esa hora, las calles de Buenos Aires y de todo el resto del país estaban vacías. Había llegado el momento esperado. Las cábalas, tan aferradas al sentir argentino, iniciaban su camino. Y el pueblo, su sufrimiento. Por dos horas, dejó de importar que la inflación hubiese registrado cero puntos (hacía 60 años no ocurría).Y que un café o una a Coca-Cola costara dos dólares. Por dos horas, Argentina se olvidó de la represión que ha comenzado a implantar el presidente Carlos Menem. Por dos horas dejó de interesarle todo. Sólo había espacio para el fútbol, para los colores celeste y blanco, para el miedo por tener enfrente a Colombia. Y para hacer fuerza. Todos juntos. Los barras brava de Boca, de Temperley, de All Boys, de San Lorenzo, de Chicago, de Racing… "Vamos, vamos, Argentina, vamos, vamos a ganar, que esta barra, patotera, no te deja, no te deja de alentar". Unidos por un mismo sentimiento, olvidaban, como dice Serrat, que cada uno es cada quien. "Patoteros" que meten miedo. Muchachos y viejos con los ojos inyectados de odio hacia una sociedad de la cual se han marginado. Y que ha terminado por marginarlos a ellos. Pandilleros que en el fútbol han encontrado una razón para vivir. Y para no pensar, también. "Te quiero, te quiero Argentina, oeh, oeh". Cantaban y cantaban.A las ocho de la noche ellos, los barras bravas, y todos los otros hinchas, no menos bravos, se levantaron para regalarle una ovación a Colombia. Y ojalá no se olvide el gesto, porque en Argentina, aplaudir a un rival es cosa que ocurre cada mucho tiempo: Y quiere decir, ni más ni menos: "ese fútbol, el de ustedes, es el que deseamos para Argentina".

_MG_3907640El final de la fiesta inolvidable. Adolfo Valencia, faltaba su gol, y su remate para decretar el 5-0.  El 'tren' fue determinante cuando se le necesitó, tanto en Barranquilla como en Buenos Aires. Y para el mundial, seguro, será una de las cartas decisivas de Colombia en el ataque.

 

Los colombianos retornaron al hotel hacia las nueve. Llamadas telefónicas, mensajes, muchas felicitaciones, sonrisas… Sobre la medianoche se fueron a celebrar. De dos en dos, de tres en tres. A un bar, a un boliche (discoteca), a un restaurante. Ese 5 de septiembre quedó como el día en que Colombia se tomó a Buenos Aires. Y la obligó a un gesto de nobleza.