Vuelve la hípica

El Rosal abrió sus puertas para todos los amantes de las carreras de caballos.
Vuelve la hípica

Estuvimos en el nuevo hipódromo bogotano de El Rosal, que abrió sus puertas el 4 de mayo. Promete abonar una nueva afición y traer a la pista los mejores ejemplares y jockeys de Suramérica, como en su tiempo lo hizo el hipódromo de Techo y el de los Andes. ¿Lo conseguirá? ¡Afición pura sangre!

 

IMG_4122

 

“Vaya optimista y derecho, al Hipódromo de Techo”. A inicios de los años sesenta, ese copy publicitario marcó la época dorada de una costumbre que hizo carrera en Colombia desde la fundación del hipódromo en 1953, y que llegó a devoción, antes de prácticamente desaparecer.Era la época de Guillermo León Valencia. Los años en que existían en Bogotá cerca de 40 criaderos de caballos, con una tasa de 500 a 550 neonatos al año. La época en que el mítico “5 y 6” (apuesta que consistía en acertar 5 o 6 válidas señaladas de antemano) se convirtió en un rubro más de la canasta familiar; sellado, como mínimo, a 2 pesos con 50 centavos.Quizá ajena para las nuevas generaciones, esta historia no pasaría de ser una remembranza más de no ser por la apertura, el pasado 4 de mayo, del nuevo hipódromo en el municipio El Rosal. Tras el auge y caída del hipódromo de Techo y el posterior relevo del de los Andes y Villa de Leyva, se trata de una iniciativa para rescatar la costumbre. “Queremos ver renacer la hípica en Colombia y abonar una nueva afición”, afirma Jaime Mejía, uno de los gestores del hipódromo. Con 14 jinetes de Colombia y Venezuela, 120 ejemplares Pura Sangre Inglesa provenientes de todas las regiones del país, y válidas todos los sábados, se perfila un nuevo punto de encuentro para los amantes de la hípica.

 

En el paddock

 

IMG_4079

 

Es medio día de un sábado de julio. Momentos previos al inicio de la primera válida, los caballos, con petos distintivos, desfilan en círculo de la mano de los palafreneros, mientras los aficionados los miran en detalle… La magia comienza. Por un lado están los hípicos, o aficionados expertos, para quienes la hípica es una ciencia que se debe estudiar con rigor. Son ellos los que conocen el retrospecto y estadísticas del ejemplar, las distancias y pistas corridas, el talante del jockey, el cubrimiento de zancada… Los hay incluso que conocen al herrero del animal y las herraduras que porta el caballo; el entrenador y la rutina de los días previos… ellos son, como dirían las nuevas generaciones, ñoños de corazón. En contrapartida, están los aficionados legos, no por ello menos certeros en sus apuestas. Para ellos el caballo no es un dato técnico sino superstición de alto vuelo: una sensibilidad ante las promesas del azar. Basta con que el caballo guiñe un ojo mientras camina en el paddock, o con que levante su remo derecho, para que el aficionado vea ahí la revelación del caballo ganador.

IMG_3904 

Más que un stage, el paddock es una ceremonia durante la cual no solo se resuelven las apuestas, sino donde los jinetes, en medio de sus atavíos, también dejan ver cómo funciona el engranaje jockey-caballo: “Es empatía pura, el caballo siente el ritmo de tu corazón, él sabe quién sabe montarlo y quién no”, comenta Danilo Grisales, quien en la primera carrera cabalgará al castaño Ulises en la salida número 7. Con una complexión de 56 kg, Grisales es pura ingravidez. Una pirueta con la fusta en su mano derecha lo hace lucir más etéreo.Desde el partidor

IMG_4186

“Dale otra vueltica que ese dentra de último”, ordena José Roncancio. Ubicado en la parte posterior del partidor, donde se encarrilan uno a uno los caballos, él ajusta los últimos detalles del zaino Escocés, en la segunda carrera del día. Roncancio lleva 42 años en el oficio de entrenador de caballos, comenzó en la época del hipódromo de Techo. Desde 1971, a los caballos que tiene a cargo los camina, les habla y define su dieta: “El día de la carrera acostumbro a darles en el desayuno solo media ración a la que están acostumbrados”. Pasto, concentrado, cebada y chancada (avena partida) hacen parte de la alimentación.En el otro extremo del partidor, en la línea número 1, se encuentra Edirberto Giraldo, mejor conocido como “El Corcho”. Él también lleva 40 años en el mundo de los caballos, pero en el oficio de la herrería. Es el encargado de darle aplomo –equilibrio en las manos– al animal. “Al caballo hay que verlo caminar. Hay caballos caídos en sus manos que se pelan por atrás, entonces uno les ayuda con un puente soldado en la herradura y los levanta; hay otros caballos que se pelan porque al caminar cruzan sus manos (estivados), entonces hay que darle otro tratamiento a la herradura”.

En una suerte de ortopedia y artesanía, él ha desarrollado la maestría del oficio: ni cortar mucho el casco, ni dejarlo muy alto. Una vez un par suyo proveniente del Derby de Kentucky lo retó, pues allá usan podómetros electrónicos para aplomar el animal: el herraje de “El Corcho” resultó muy similar.

 

IMG_4122 

Alineados en el partidor, los siete caballos están listos para la válida. El juez de partida da la señal… a 1.600 metros está la meta.La recta de las emocionesLas apuestas van en alza. Es la tercera carrera de la tarde y la afición continúa llegando. Contrario a lo que cabría esperar de El Rosal, el frío es ténue.“¡Laaaargaron la carrera!”–exclama el narrador–. ¡Vamos Sortilegio, entierra la derecha… entierra la derecha! –grita una aficionado–. En las rectas los ejemplares pueden alcanzar los 60 kilómetros por hora, pero es en las curvas donde se contrapuntea la partida: “Los caballos necesitan buenos posteriores, pero la fuerza en la mano izquierda, por el giro de la pista de carreras, es fundamental”, explica Andrés Lorenzo Leaño, propietario de las caballerizas del hipódromo.

 

IMG_4051 

Es aquí, en la “recta de las emociones”, donde mejor se siente el golpeteo de los cascos sobre la arena. Tres caballos puntean en la última recta: Sortilegio, Juan Tenorio y Don Jaime. Azar o sapiensa suma, las apuestas se inclinaban por Sortilegio. Pero 50 metros antes del final, sus apostadores saborean un amargo desencanto... “¡Aquí no hay nada que hacer –vociferea el narrador–, anóntenlo, ganó el número 7, Don Jaime!”. “Sin jinete no hay caballo”, revira un aficionado. Confirmado el ganador, el aficionado que selló $2.000, recibe $5.500. Acto seguido lo traduce en una cerveza Póker.

IMG_4009 

--Restan 4 para completar las 7 carreras de la tarde. La afición ya se apresta para el remate…¿Logrará El Rosal cautivar a una nueva generación de aficionados? Jaime Mejía y Andrés Leaño, gestores del proyecto, piensan que sí. Como bien lo recuerdan, el hipódromo de Techo, a pesar de la afición abonada en los años treinta por los hipódromos de la 53 y la Magdalena, tuvo que arrancar en obra negra y forjar una afición a lo largo de los 28 años que duró activo, desde 1954 hasta 1982, y que tras la muerte de Jenaro Rico tomaría el relevo por los hipódromos de Los Andes y Villa de Leyva. En los próximos tres años, ellos esperan no solo traer a los mejores jinetes y caballos pura sangre de Suramérica, sino además hacer de las 40 hectáreas de instalaciones del hipódromo un centro de entretenimiento con teatro, restaurantes, parque de diversiones para niños (que llegará en agosto), pistas para carrera de galgos y un escenario para conciertos. La apuesta está hecha. Resta que en el tiempo los aficionados se dejen seducir.

 

 

 

Fotos: David SchwarzVideo: Javier Salguero