"Un cuarto de hora es ese momento en el que todos comienzan a hablar de ti" Carolina Cuervo

La actriz y escritora es la columnista invitada en esta edición para compartir con los lectores esa experiencia de vivir el famoso 'cuarto de hora'.
"Un cuarto de hora es ese momento en el que todos comienzan a hablar de ti" Carolina Cuervo

Desde pequeños nos han enseñado que hay que alcanzar el éxito para ser alguien en la vida. Pero jamás nos explicaron en qué consiste o de qué está hecho; jamás nos enseñaron una fórmula. Entonces mientras crecemos y entendemos —también— de qué se trata vivir, inventamos lo que creemos que es el éxito. Y empiezan a llegar pistas de algún lugar que inmediatamente asociamos con esa búsqueda, como cuando alguien dice: “le llegó su cuarto de hora”. No sé si lo que uno busque sea un “cuarto de hora” cuando se va detrás de un sueño... pero ah carajo lo que sirve ese empujoncito. Un cuarto de hora podría definirse como ese momento específico en el que, de repente, todos comienzan a hablar de ti; cuando comienzas a parecer perfecto para todos los papeles de todas la películas, series u obras de teatro; todos te aclaman, todos te quieren en su proyecto. Las portadas de las revistas te sacan todas en un día y empiezas a notar que la gente se sabe tu nombre y no solo el de tus personajes o alguno de tus rasgos físicos –¿cuál es él? ¿El pelirrojo que hace de malo en la novela?–. En ese momento, sabrás que has comenzado a ser reconocido y que tu “momento” se acerca.Ese “momento” es quizá uno de los más importantes para un artista. Es –en esta carrera ingrata– una de las pocas veces en las que se siente que se han hecho bien las cosas y que ha valido la pena haber tomado la decisión de seguir con seriedad y entrega esta profesión que por momentos parece más una competencia. Por eso, más allá de generarle a uno dinero o reconocimiento –que tampoco está tan mal–, ese “momento” es la mejor manera de autoconfortarse y recompensarse para batallar con el autoestima que a veces, en este oficio, es más un enemigo que un aliado. Es haber seguido el corazón y la intuición para ganarles la pelea a quienes creen que el arte no sirve para nada. A lo largo de los años hemos visto actores y actrices a los que, sin pesarlo, los arroya la fama; y otros, que la han estado persiguiendo, a los que jamás les llega. Porque por desgracia o por algún motivo que jamás sabremos, llámese suerte o estrella, para ser el actor del momento no solo hay que valerse de la calidad del trabajo, sino también de una sumatoria de factores externos que poco o nada tienen que ver con el talento. En esto, como en todo lo demás, también hay que estar en el lugar preciso, en la hora precisa y con la gente precisa. Si recordamos algunos de los nuestros que han tenido esos momentos de reconocimiento, sabrán de qué les hablo: el que puso a bailar a todos en las fiestas con la mano en el oído, un Miguel Varoni que supo bajarse de su pose de galán para convertirse en un antigalán; igual que Víctor Mallarino que, a pesar de hacer suspirar a todas las mujeres, quiso engrasarse el pelo y bajarse de modales para meterse aún más en los corazones, ya no solo de las mujeres, sino de cualquier hombre; los dientes y labios seductores de Flora Martínez, que nos enredaron de la manera más dulce en una historia sobre vidas pasadas, y una Margarita Rosa que no ha dejado de ser la Niña Mencha –o más tarde la Gaviota– para paralizar a cualquiera frente a un televisor; también Ana María Orozco, a la que por su talento el cuarto de hora se le convirtió en la hora completa; Enrique Carriazo, hombre brillante a quien su buen humor supo catapultarlo a la fama; Cristina Umaña, a la que todavía algunos llaman Paquita Gallego, y, más recientemente, Andrés Parra, para contarnos una historia que pocos querían recordar.Y estos son apenas algunos de los muchos nombres que podríamos citar aquí. Actores y actrices que para bien o para mal han tenido la suerte de tener su “momento”, su “cuarto de hora”, pero que también pasaron por el desasosiego de interpretar un papel con la intención de impresionar a un público para auto convencerse de que “esta vez sí fue”, que por fin les había llegado ese personaje que los haría pasar a la historia, pero que al fin y al cabo, terminó yéndose, como tantos otros, sin pena ni gloria. En esa lucha nos la pasamos los actores –lo confiesen o no. Intentamos hacer el trabajo de la mejor manera posible para un público que de un día para otro nos lleva del infierno a la gloria –y viceversa– gracias a sus estados ciclotímicos convertidos en un verdadero poder. Porque vivimos para la aceptación; porque ser actor no es completo sin una audiencia, sin un público, sin el aplauso. Al final, son los televidentes quienes deciden, y para nosotros, todo es un albur… una tremenda casualidad, algo inesperado. El caso es, como decía mi maestro de actuación, que no importa qué día llegue ese “momento”, solo hay que asegurarse de estar lo suficientemente preparado para enfrentar el trabajo que le toca y no hacer el ridículo; que si llega la oportunidad de su vida, no la arruine. El trabajo, el arduo y juicioso trabajo, es lo único que salva y lo único que lo va a llevar aún más lejos de lo que imagina.Y así hay muchos que lo han hecho. Se han preparado para cuando llegue. Y entonces, habrá que disfrutarlo, gozarlo, y saberlo administrar. Entender que es importante, que no hay que sabotearlo, que no hay que tener vergüenza de ser un actor al que la gente le cree y respeta y que por eso ahora quiere verlo en todo… que su trabajo lo ha llevado hasta ahí; que con el tiempo se le ha hecho el seguimiento y que al final todo ha valido la pena. Que gracias a su oficio –este respetable y valiente que es el de ser actor–, es que ahora puede sonreír y decir con orgullo que lo es. Que agarre ese “momento”, porque como algunos dicen, “se pasa volando”.