Dayana Mendoza: “en Miss Universo no gana la más bella”

Detrás de sus vivaces ojos verdes, miss universo esconde un alma arrolladora y cristalina. dice que está viviendo más que un cuento de hadas y que no entiende por qué en Colombia hay tanta polémica con el nuevo look de Michelle Rouillard...frente a los ojos del reinólogo edwin martínez.

La gente piensa que Miss Universo es la mujer más bella del planeta, pero se equivocan. Dayana Mendoza, la venezolana que el año pasado dejó a los colombianos con las ganas de llevarse la corona, no sólo es una mujer bella. Es simplemente arrolladora. Habla con sus inmensos ojos verdes, coquetea con su hermosa cabellera y se mueve a un ritmo que enloquece al más cuerdo.  

Tiene un cuerpo perfecto y sano, 1.77 de estatura y las envidiables medidas 90-60-90. Su sonrisa es amplia y sus dientes brillan como si los acabara de estrenar. Pero tal vez lo que más impacta al estar frente a esta mujer es esa simpatía y esa sencillez que parecen incompatibles con su corona y su título. Dayana es una reina en toda la extensión de la palabra.

Y lo puedo afirmar después de haber conversado con soberanas como Irene Sáez (1981), Deborah Carthy (1985), Bárbara Palacios (1986), Lupita Jones (1991), Dayanara Torres (1993), Brooke Mahealani Lee (1997), Wendy Fitzwilliam (1998), Mpule Kwelagove (1999), Lara Dutta (2000), Denise Quiñones (2001), Amelia Vega (2003) y Zuleyka Rivera (2006). La actual Miss Universo, a quien un agente de modelos descubrió en una parada de autobuses cuando apenas tenía 16 años, es de lejos la mejor.

En su lujoso apartamento en Nueva York, Miss Universo habló con CROMOS con la confianza y la frescura con la que charla con los amigos. A fin de cuentas, como ella misma dice, con corona y sin corona, es la misma persona. Puede que sea una frase de cajón, pero a ella se le nota sincera.

Dayana pasó de su modesta casa en Caracas, donde compartía el cuarto con su hermana menor, al penthouse de la Trump Tower. Allí en pleno corazón de Manhattan, en la Quinta Avenida, comparte un amplísimo apartamento con Miss Estados Unidos y Miss Teen, las otras dos soberanas que obedecen los dictámenes del multimillonario Donald Trump, quien en 1991 adquirió las franquicias de estos concursos.

Nadie que no sea ella, sus compañeras o sus ayudantes puede entrar al apartamento. Miss Universo atiende en una oficina contigua, acompañada siempre de su agente de relaciones públicas. Pero no se siente vigilada y habla como si estuviera sola. La linda caraqueña nos abrió el corazón y contó cómo han sido estos ocho meses desde que bailó de felicidad en el escenario de Vietnam, cuando le ganó a Taliana Vargas. Nos habló del cuento de hadas que es Miss Universo y confesó que ha usado su título no sólo para desfilar en eventos sociales y ver los estrenos de grandes películas sin pagar un solo centavo, sino para hacer lo que hoy la deja irse tranquila a la cama: trabajar por una causa y no ser un simple maniquí.

Miss Universo aseguró que suda la gota gorda en el verdadero trabajo para el que fue contratada por la organización de Trump: luchar contra el virus del VIH a través de campañas de educación por todo el mundo. Volando de aquí para allá, la venezolana, quien el próximo 1º de junio cumplirá 23 años, les habla sin tapujos a los jóvenes sobre la importancia de aprender a tener sexo con responsabilidad, promueve el uso del condón, le pide a la gente que se haga la prueba del VIH y le declara la guerra total al machismo.

A sus oídos también llegó la polémica que se armó en enero cuando la Señorita Colombia Michelle Rouillard decidió cambiar de look. No sólo defendió la actitud de la rebelde caucana –quien el 30 de agosto cuando se realice Miss Universo en Bahamas demostrará si su estrategia le sirvió–, sino que aseguró que tiene todo para alcanzar el sueño que el año pasado estuvo a un pelo de lograr Taliana.

“En vez de estar criticando si ella tiene el pelo largo o corto, deberían darle gracias a Dios porque tienen una reina tan linda”, fue el mensaje que la venezolana les envió a los colombianos, además de un beso enorme con el que, para envidia de muchos, me quedé yo.

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