Del domador de yeguas al contertulio de Mesa de Yeguas

Salvo en la ambición que los ocupa por dentro, nada en ellos es semejante. Nada.
Del domador de yeguas al contertulio de Mesa de Yeguas

Por eso es difícil con ellos el juego de las siete semejanzas porque no la encontrarás en el peinado (Uribe se lo parte a la manera se sacristán de parroquia de tierra fría; Santos se lo desliza hacia atrás para tapar una calvicie que se ve venir); no la encontrarás en los ojos protegidos con gafas nerdas de Uribe y pequeñitos sin lentes de Santos; ni la hallarás en el menudo cuerpo de Uribe, ligero, de atleta doméstico disciplinado frente al de Santos, sedentario, que ha perdido cintura.

La semejanza va, pues, por dentro. Los dos están poseídos por el deseo de mandar desde chiquitos, aunque cada uno hubiera arrancado desde un partidor distinto: Uribe pregonaba como niñería que quería ser presidente; Santos se sobreactuaba sabiendo que iba a ser presidente. Bestial diferencia.

Disparidades que se fueron ampliando y se fueron ampliando hasta ahora cuando vistos en dos planos paralelos es fácil hallar en ellos más de las siete diferencias del entretenimiento aquel en las que había algunas de bulto: el reloj que marcaba horas disímiles; la biblioteca que contenía el hueco de un libro y etcétera, pero casi siempre al final había una, había dos, cuyo camuflaje triunfaba sobre mi paciencia. Me pasaba.

Con Santos y Uribe no me pasa. Su diferencia de origen, total, deja venir en cascada todas las otras. Uribe, aunque nació en Medellín, es de Salgar, un pueblo cafetero de la hoya del río Cauca, famoso por absolutamente nada. Santos, aunque nació en Bogotá, es de Londres, ciudad capital de un antiguo Imperio en el que jamás que ponía el sol.

Por eso Uribe es el Ubérrimo y Santos es Anapoima. Uribe, domador y herrero de yeguas bravías; Santos, contertulio habitual y de tiro largo de Mesa de Yeguas Country Club. Uribe, si acaso, juega parqués y tute con baraja española seducido por el caballo de espadas; Santos es un diestro jugador de póquer cautivado por sus 52 cartas inglesas. En sus vacaciones de juventud, Uribe cabalgaba a pelo por las trochas del Penderisco y enlazaba terneros para caparlos; Santos conducía un Lamborghini por Pas de Calais y recogía a dos autoespotistas holandesas que iban para París.

Esas diferencias –y, a partir de esas, las que quieras—se sentirán en un estilo de gobernar que ya empezó. Se sentirían de todas maneras, desde luego y en cualquier caso, porque ocho años de un lenguaje y de una manera de ser y de hacer, contrastarían con quien llegara. Con quien quiera que llegara. Pero más entre el ciento por ciento paisa que se fue (porque Uribe es antioqueño sin declives, ejerce de antioqueño y morirá siéndolo) y el ciento por ciento de bogotano que llega (porque a pesar de su vida europea y de su noción de mundo, Santos es Santos muy Santos).

Pasaremos de un primario rural de reacciones casi energúmenas, a un secundario urbano de reacciones consensuadas. De un hombre de acción, híper, y por híper bastante cercano al éxito y bastante cercano al fracaso, a un hombre de pensamiento de decisiones más frías, que puede llegar a ser un rumiante indeseable frente a un país que requiere de un dinamismo al punto diabólico.

Pero con todo y sus diferencias de estilo, no habrá sobresaltos porque con la gran semejanza que los cobija, la de la ambición por el poder, la de su contramarca de políticos, les basta y les sobra. Aunque sus distinciones hagan bulla, al final, entre ellos, entre los políticos, no hay desavenencias. No hay discrepancias. Qué va a haber desacuerdos.