¡El Germán Vargas Lleras que usted no se imagina!

Al mirar cómo es por dentro el Ministro del Interior, nos llevamos varias sorpresas. Tuvo una de las minitecas más exitosas de Bogotá, se vanagloria de su risotto de calamares y no teme bailar como John Travolta con tal de ver feliz a su hija. Retrato informal del más formal del gobierno Santos.
¡El Germán Vargas Lleras que usted no se imagina!

Sólo quienes han visto a Germán Vargas Lleras haciendo “el pasito del reloj” pueden decir que lo conocen bien. Los demás solo flotan en la superficie de este amante del mar que se mueve en tan íntimo baile como las manecillas del reloj, mirándose un pie, y tratando de emular a John Travolta, solo, como dice, “para alegrar a mi hija Clemencia y mortificar a Luz María, mi esposa”. Clemencia, que es experta bailarina, le pide a su padre ministro-presidenciable que haga el “pasito del reloj” para reírse, porque ella sabe que semejante maroma bochornosa es la máxima prueba de amor que puede rendirle un hombre que tiene en ceros el umbral de la vergüenza, y que prefiere perder votos a desgastar el amor propio haciendo lo que todos los políticos saben que hay que hacer en plaza pública para ganar: el ridículo. 

El nieto ministro de Carlos Lleras Restrepo nunca aprendió a bailar. No existe contacto alguno entre su oído y los pies, pero es una autoridad en Bee-Gees, Donna Summer, Diana Ross, Barry White y toda la onda de finales de los 70 y comienzos de los 80, que fue cuando, recién llegado de estudiar en los Estados Unidos, montó una de las primeras minitecas exitosas de Bogotá. El joven Vargas logró, a través del montaje de luces y sonido, afincar dos capitales: el económico, porque había poca competencia en ese entonces, y el femenino, pues al buen mozo disc jockey de sonoros apellidos pocas se le resistían. La llegada a la universidad le clausuró los trasnochos y para el primer día de clases en el Rosario ya tenía las estroboscópicas, los amplificadores y la bola de espejos vendidos a Miguel de Narváez. El feliz nuevo dueño de la MiniTK –que así se llamaba– terminaría convirtiéndose en exitoso publicista y en autor de varios jingles de las campañas de Vargas.

No pudieron la universidad ni los rigores del ejercicio político, sin embargo, acabarle el gusto por la buena música y las mujeres bonitas. Para asegurar lo primero, siendo senador, se valió de su paso como panelista de Hora 20, pues como la ley le impedía cobro alguno por acompañar a Néstor Morales en los debates, le pidió a Caracol Radio que le permitieran llevar a casa discos de la colección de la cadena para hacer copias personales que hoy reposan en su Ipod. En cuanto a lo segundo, para, literalmente, no descuidar la pasión por las mujeres bellas, está hoy casado con Luz María Zapata.

A Luz María la conoció, como un hombre conoce a una mujer, cuando ella se “quemó” para el Concejo por un puñado de votos, en años en que era muy cercana a la Fundación Buen Gobierno de Juan Manuel Santos. Dirigente gremial, politóloga y ex presentadora de Panorama, fue su compañera durante nueve años que finalizaron cuando él se quemó en las presidenciales. Vargas asegura que el matrimonio en la corte de Coral Gables, Miami, vino después de campaña, en ceremonia íntima y lejana del mundillo social, porque no quería convertir el hecho conyugal en una impostura con propósitos políticos. Para la demora de casi una década tiene otra explicación: “Cuando comencé a salir con Luz María, ella me dijo que debía tener siempre presente tres cosas: no me gusta la institución del matrimonio, no quiero tener hijos y odio las joyas”. Desde entonces, se casó con ella, le ha regalado algunas joyas (con la argolla de matrimonio él golpea la mesa cuando quiere llamar la atención de alguien) y únicamente le ha cumplido lo de los hijos. Él, en eso, parece que ya hizo lo suyo en esta vida.

Clemencia, la bailarina, la apasionada del “pasito del reloj”, vive desde los seis años en el exterior, obligada, no como otros, por las cosas que sus padres hacen en el país sino por las cosas que su padre ha hecho por el país. El exilio de ella es el precio que él ha tenido que pagar por su éxito en la política. La bella Clemencia es generosa en carácter, como su padre, y, dicen quienes la conocen, que suele exhibir ese temperamento heredado. Viene poco y, por aquello de que Vargas es el único ministro del Interior ‘bien plantado’ que ha tenido este país, algunos creen, cuando los ven por la calle, que es un viejo verde. Alguna vez él le pegó a ella un cartel en la espalda que decía “voy con mi papi”.

Papi fuma no menos de un paquete de Marlboro (a veces Pielroja) al día y la obsesión con el humo es tanta que hay quienes lo han visto abrir la pesada puerta del carro blindado para encender uno y, lo reconoce, una vez fumó en la cocina del avión presidencial: “Pero el presidente no estaba a bordo”, declara con inocultable molestia cuando se le recuerda el episodio. Se aplica alrededor de 30 tintos sin azúcar en un día, como bien podría no confirmarlo Leonor Bogotá. Leonor no lo confirmaría porque es su secretaria de toda la vida, la que maneja la agenda y la chequera, y persona de una prudencia tal que jamás cometería una indiscreción con los secretos de su jefe. No diría, por ejemplo, que en una ocasión Vargas aprovechó una fiesta al aire libre para lanzarse al ruedo y cantar con mariachis, o que es capaz de saltar del blindado en una carretera para examinar un caucho o una palma.

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Su gran afición, el agua, incluidas las largas duchas. Los deportes marinos le ocupan buena parte del alma, llegando a extremos tan poco convencionales como la pesca “correteada”, donde el pescador se amarra al bote y, cuando el pez pica, suelta y tensiona la cuerda hasta que el animal se rinde del cansancio. Es ávido lector de aventuras en el mar, firmadas por Conrad, Defoe, O’Brian y Salgari, por lo que está convencido de que el hombre más valiente que jamás haya existido –sin haber existido– es Emilio de Ventigimilia, señor de Roccabruna y Valpenta, mejor conocido como el Corsario Negro.

Vargas Lleras es un tipo de una sola pieza que varias veces ha estado en riesgo de partirse en muchas. En el atentado que le hicieron con un libro bomba, perdió dos dedos y medio de la mano izquierda y quedó quemado y pelado en cara, cuello y pecho. Nunca ha ocultado que le falten los dedos y el protector que usa en lo que le quedó de uno de ellos es sólo porque algunos roces le fastidian. Todo lo que podía hacer antes del atentado, incluyendo las altas votaciones a contravía de las encuestas, lo ha podido repetir con cierta soltura. Lo único que de verdad le costó fue volver a jugar golf, pero reacomodó el swing y hoy en día lo practica cuando los compromisos del ministerio se lo permiten. Es decir, nunca.

En 2005 vino el carro bomba saliendo de Caracol Radio, con 50 kilos de explosivos que volaron por los aires las camionetas de sus escoltas. Salvó la vida, pero le quedó el sinsabor de muchos pasajes oscuros en el atentado, algunos de los cuales habrían ido aclarándose luego de que se revelara que en los computadores del ‘Mono Jojoy’ reposaba un correo donde ‘Carlos Antonio Lozada’ ordenaba atentar contra él. El descubrimiento no lo consuela, pues sabe que es objetivo militar de la guerrilla desde sus acalorados debates sobre la inutilidad de la zona de despeje en el Caguán.

El mismo año del libro bomba, 2002, se accidentó gravemente en la isla de St. Martin, cuando una corriente lo arrastró y un golpe hizo que se le desprendiera la cara del cráneo. Su cabeza, además de ideas, está llena de hierros y tornillos, y uno de ellos en alguna ocasión rompió la piel y asomó al exterior. Las cirugías se notan poco, dice, porque tiene una virtud que envidiarían mucho políticos: cicatriza muy bien, como dicen las señoras.

El hombre de la envidiable cicatrización ha dejado que cierren todas sus heridas, porque antes de ir a la guerra hay que asegurar la victoria y la suya en el ministerio depende de que los parlamentarios le caminen a las iniciativas de gobierno, con o sin el cariño de los uribistas purasangre que darían los dedos de una mano (de ellos) por ver correr la sangre de Vargas Lleras. Al más publicitado de esos ataques, protagonizado por Francisco Santos, que lo acusó de traición al uribismo y lo comparó con una rata hambrienta, le dio entierro de tercera cuando aceptó acompañarlo en su primer día al aire como sucesor de Juan Gossaín. No es oyente de Santos; lo suyo es Caracol, La W y La FM y, cuando no quiere noticias, está La X, que encuentra relajantemente ochentera.

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Vargas Lleras es un hombre de grandes apetitos, no solo en lo político, y tiene un paladar educado desde niño por su madre, Clemencia, fundadora de Picaflor, que es precisamente lo que muchos dicen que ha sido él toda la vida. Seducido por los helados de pistacho de mamá, fue con los años desarrollando una pasión por la buena mesa. Libro en mano, cocina con ingredientes de primera que él mismo selecciona y afirma que su arroz negro de calamares no está nada mal. Por las noches, por tarde que sea, no perdona una sopa, aunque todas deben de saberle igual, porque abusa de la pimienta y de la salsa Worcestershire. La verdad es que abusa de todo, pues es un hombre de excesos y sumamente controlador, que sabe perfectamente qué hace su hija en Estados Unidos, dónde está su esposa, en qué anda un viceministro, quién está hablando de él en el Congreso y si ya vacunaron a Rex y Urcos, sus dos pastores alemanes. A él, que es teniente de la reserva del Ejército, hay que marcharle como si fuera general.

No cree en horóscopos. No lee ningún discurso como se lo escriben sus asesores. No deja que nadie diferente de él siembre árboles en su finca de la Sabana de Bogotá. No aprendió a escribir nunca de manera legible. No se altera por las cifras de siete ceros, pero se escandaliza por el precio de una lechuga. No le gusta la imitación que de él hacen en La Luciérnaga. No entiende por qué gana la tercera parte de lo que un representante y menos de la mitad de lo que devenga un concejal de Bogotá. No conversa hace dos años con Álvaro Uribe. No le atrae volar. No lo privan los carros. No le gusta reconocer que su mujer le bautizó a su caballo preferido con el nombre de Arrogante. No iba a cine desde hacía quince años, pero rompió la abstinencia para ver Avatar en 3D. No disfruta comprando ropa ni visitando tiendas. No habla con su tío Carlos Lleras de la Fuente ni afloja prenda sobre la fuente de la discordia. No es posible conversar con él sin que use sus dos muletillas favoritas: “mire” y “en tratándose”. No, no y no.

Sí quiere ser presidente, como lo quiso toda la vida Juan Manuel Santos, a quien dejará cuando consolide los proyectos en el Congreso y tenga marchando el Ministerio de Justicia. Respaldará a Santos hasta el final, dice con educación, pero no hay que leerle la mente para saber que quisiera que ese respaldo fuera por cuatro y no ocho años. Habrá que ver si Vargas Lleras logrará, como el actor Martin Sheen en West Wing, una de sus series favoritas, llegar a la Presidencia. Tomársela a punta de votos, porque la idea es que el Corsario Negro entre a Palacio. Pero el de verdad.

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