El infiltrado que burló a las Farc

El soldado que estuvo a punto de liberar a óscar tulio lizcano, le contó a cromos cómo logró entrar a las fauces del enemigo y cómo se mantuvo casi tres años conviviendo dentro del grupo subversivo para lograr, entre otras cosas, la deserción de muchos guerrilleros.
El infiltrado que burló a las Farc

Tiene apenas 30 años y dice que le gusta el riesgo, que adora la sensación de engañar, de encarnar personas distintas a él sin importar si un día es sicario, traficante de armas o un pillo de poca monta. Asegura que nació para eso y que, no es por echarse flores, pero tiene capacidad de convencimiento.

Lleva nueve años como soldado profesional, de los cuales ha empleado seis en afinar su técnica como miembro del B2, dependencia del ejército que se encarga de labores de inteligencia. Entró allí por casualidad, pero en pocos días sus superiores notaron la habilidad de este manizaleño y lo encausaron por la que él considera su vocación: hacerse pasar por quien no es.

Su última misión, y sin duda la más riesgosa, fue infiltrar el frente Aurelio Rodríguez de las Farc para ubicar y neutralizar a su comandante, Rubín Morro, y de paso localizar y planear el rescate del ex congresista Óscar Tulio Lizcano, secuestrado por ese grupo el 5 de agosto de 2000.

Su plan era perfecto. En la cárcel enamoró a Doris, una guerrillera que era compañera sentimental de uno de los mandos medios del frente llamado Manolo, se hizo pasar por su primo y con habilidad se convirtió en uno de los enlaces del frente con la vida civil. “El desdoblamiento se hizo como en tres meses, cuando logré que ella cambiara de forma de pensar y trabajara de este lado”, afirma el soldado.

Ya llevaba tres años haciendo tareas de inteligencia urbana en Pereira, había ayudado a capturar y “dar de baja” a varios milicianos, evitando acciones armadas de las Farc y del Ejército Revolucionario Guevarista (Erg). Durante este tiempo Mauricio creó personajes, fabricó libretos y actuó como delincuente. Vivía solo en un apartamento en Pereira, no volvió al Batallón. Creó con sus jefes un sistema de comunicación que le permitía llevar una vida de fachada que le diera respaldo a las mil historias que inventaba.

De tal forma que cuando conoció a Doris, no le fue difícil crear una más. Cuando se había ganado su confianza a punta de visitas en la cárcel, de llevarle ropa, implementos de aseo, chocolates y comida, le lanzó la propuesta de que le ayudara a contactar a Manolo. En marzo de 2004 le dictó una carta en la que ella le renovaba sus votos de amor al guerrillero y le pedía que confiara en su primo Mauricio (nombre ficticio del soldado) para comunicarse.

Desde ese día Mauricio quedó bautizado con el alias de ‘El Primo’. Ese primer contacto fue uno de los más difíciles porque el soldado se encontraría frente a frente con uno de los guerrilleros más sanguinarios que había pasado por la región en límites entre Chocó y Risaralda. Manolo tenía fama no sólo de ser hombre de confianza de Morro para manejar las finanzas y bienes del frente, sino de ser un guerrero huidizo y desconfiado. Por la zona rondaban los rumores de que a la menor sospecha este joven asesinaba a los forasteros, les sacaba la lengua y los botaba al río.

Así que Mauricio se aseguró de que Doris se aprendiera el libreto, escribiera la nota y llamara a Manolo para corroborar la historia. Se fue a San Antonio del Chamí, en el municipio de Mistrató (Risaralda) y buscó al guerrillero. Superados los nervios del primer encuentro, el soldado le contó a su enemigo que estampaba camisetas. Ese mismo día el subversivo le hizo el primer pedido, de tal manera que en las siguientes semanas con cada mensaje de amor que intercambiaban los enamorados, entraba camisetas y pañoletas para los frentes 34, 57 y Aurelio Rodríguez.

Cuando vio la oportunidad, el soldado y sus superiores planearon la captura de Manolo. Mauricio debía llamarlo a una cabina telefónica en un caserío y distraerlo para que unidades del ejército lo capturaran. El subversivo opuso resistencia, hirió a un soldado y terminó muerto en la acción.

La mayor demostración de osadía la tuvo el soldado dos días después, cuando se contactó con la guerrillera que reemplazó a Manolo, y con la mayor naturalidad le preguntó qué había pasado con su compañero.

–Parece que lo vendieron –respondió ella– pero ya sabemos quién fue.

Mauricio sintió que la sangre corría más rápido por su cuerpo y creyó que su respiración agitada lo delataría. Tomó aire y siguiendo su plan respondió con tranquilidad:

–Usted ya sabe que cuenta conmigo, ya sabe cómo son las vueltas.

A las pocas semanas, aparecieron dos hombres muertos, acusados de ser los causantes de la muerte de Manolo. Aunque sabía que eran inocentes, Mauricio sintió cierto alivio. Este episodio le dejó la tranquilidad suficiente para seguir avanzando en su tarea y entrar por fin a unemigo que estampaba camisetas. Ese mismo día el subversivo le hizo el primer pedido, de tal manera que en las siguientes semanas con cada mensaje de amor que intercambiaban los enamorados, entraba camisetas y pañoletas para los frentes 34, 57 y Aurelio Rodríguez.

Cuando vio la oportunidad, el soldado y sus superiores planearon la captura de Manolo. Mauricio debía llamarlo a una cabina telefónica en un caserío y distraerlo para que unidades del ejército lo capturaran. El subversivo opuso resistencia, hirió a un soldado y terminó muerto en la acción.

La mayor demostración de osadía la tuvo el soldado dos días después, cuando se contactó con la guerrillera que reemplazó a Manolo, y con la mayor naturalidad le preguntó qué había pasado con su compañero.

–Parece que lo vendieron –respondió ella– pero ya sabemos quién fue.

Mauricio sintió que la sangre corría más rápido por su cuerpo y creyó que su respiración agitada lo delataría. Tomó aire y siguiendo su plan respondió con tranquilidad:

–Usted ya sabe que cuenta conmigo, ya sabe cómo son las vueltas.

A las pocas semanas, aparecieron dos hombres muertos, acusados de ser los causantes de la muerte de Manolo. Aunque sabía que eran inocentes, Mauricio sintió cierto alivio. Este episodio le dejó la tranquilidad suficiente para seguir avanzando en su tarea y entrar por fin a un campamento, casi un año después. “No ingresé como guerrillero, pero podía quedarme 8 ó 15 días y salía para conseguir las cosas que me pedían. El ejército escuchaba que hablaban bien de mí en las comunicaciones que les interceptaban. Ya no había riesgo”.

Su labor fue tan encubierta que tuvo que engañar a sus propios compañeros en los retenes militares. Sólo así podía lograr su objetivo: llegar hasta Rubín Morro. El día que lo conoció, a finales de 2006, otra vez sus nervios estuvieron a prueba.

Había escuchado que Morro, uno de los consentidos de Manuel Marulanda por ser hijo de otro subversivo cofundador de las Farc, tenía un sexto sentido que le permitía, con sólo ver a un paisano, saber si era infiltrado del ejército. La comandante que lo llevó ante el jefe insurgente, lo presentó como ‘El Pillo’. Tras el estrechón de manos, Mauricio quedó paralizado con el comentario de su encarnado enemigo: “¡Uy, hermano, pero usted cara de pillo sí tiene!”.

La frase le ayudó para evadir, con una risita nerviosa, la tensión del momento. Mientras recibía un nuevo pedido de camisetas, calendarios y otros materiales de propaganda, Mauricio se dedicó a observar y analizar cada detalle de aquel sitio.

Fueron varias las ocasiones que tuvo para reunirse con Morro y ganarse su confianza. Un día logró avistar a un anciano barbado, con ropa raída y sucia, que se movía con dificultad al otro lado de un caudaloso caño. Era Óscar Tulio Lizcano. Según sus cálculos, un rescate a sangre y fuego era imposible: una incursión por tierra era demasiado arriesgada y le dejaría muchas bajas al ejército; un bombardeo significaría la muerte del rehén. Sólo quedaba una opción: la fuga.

Tras un par de visitas encontró, a finales de diciembre de ese año, la oportunidad perfecta para sacar del campamento a Lizcano. “Lo tenía todo planeado, cómo iba a salir, cuánto tiempo me gastaría. Ya conocía la zona, conocía la guardia y todos los movimientos del grupo. Ya sabía dónde dormía cada uno, cuántos guerrilleros estaban con él. Ya había calculado a quién le quitaría el fusil y las dos granadas que necesitaba y tenía una soga para pasarlo por el río. Sólo tenía que esperar el cambio de guardia para actuar”.

Lo que esperaba era que una guerrillera cercana a él tomara el turno de vigilancia para moverse en medio de la noche sin levantar sospechas, pero sucedió lo inesperado. En lugar de su amiga tomó la guardia otra guerrillera con la que no tenía muy buenas relaciones. La ansiedad que intentó calmar con rezos se convirtió en angustia y pronto en frustración. Tuvo que abortar el plan.

Al otro día se levantó enfermo. No había dormido y lo único que tenía en la cabeza era su obsesión por encontrar otra oportunidad similar. Sabía que era difícil porque cada vez se sentía con mayor intensidad la presión del ejército. De hecho, ese mismo día salió y nunca más pudo volver a tener contacto con esa comisión, porque cerca de 900 hombres de una Brigada Móvil Contraguerrilla entraron con el encargo de cortar las redes de abastecimientos, las rutas de movilidad y capturar a milicianos, guerrilleros y auxiliadores.

“No pude dar de baja a Morro, pero la misión fue exitosa porque logré que muchos guerrilleros se desmovilizaran y dar de baja a Jimmy y otros cinco terroristas. La tropa acorraló al frente Aurelio Rodríguez y lo diezmó; de más de 300 hombres que tenía cuando yo empecé a entrar, hoy no tiene más de 54”.

Mauricio intentó durante casi un año tener contacto con algún miembro del frente, pero las operaciones militares habían obligado a los guerrilleros a meterse en los sitios más recónditos de las selvas del Chocó, donde no entra ni la señal del celular.

Estaba en esas labores cuando fue sorprendido el 27 de octubre de 2008 con la noticia de que Isaza, un guerrillero de 28 años, se había fugado con Lizcano. “Quedé muy aburrido, sentía que yo podía vivir lo mismo que estaba viviendo él”.

A los pocos días intentó otra vez contactarse con Morro, pese a la advertencia que le hicieron sus superiores en el ejército de que ya estaba “quemado”. En cuestión de horas pudo corroborar la sospecha. Una desmovilizada le informó que el jefe guerrillero tenía una foto suya con uniforme del ejército. No pudo seguir con su misión.

“Acabar con las Farc es difícil. Después de la Operación Jaque y la baja de Reyes es más complicado infiltrar y penetrar al enemigo, pero no es imposible. Para un vivo siempre hay un vivo y medio y yo me siento capaz de hacerlo, no me doy por vencido”.

Mauricio fue trasladado y hoy participa en operaciones en otro lugar del país. Espera que le cumplan la promesa de enviarlo al Sinaí y sueña con el día que pueda “dar de baja” o capturar a un miembro del Secretariado.

Con naturalidad, le preguntó a la guerrillera qué había pasado con su compañero. Ella le contestó: “Lo vendieron, pero ya sabemos quién fue”. El soldado sintió que la sangre le corría más rápido y creyó que su respiración lo delataría.

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