Escrito en el corazón

Cuatro escritores rememoran amigos que ya no están a su lado y certifican que, como dice Ribeyro, cada amigo es dueño de una gaveta escondida en nuestro ser.
Escrito en el corazón

Ricardo Silva Romero sobre Germán Pardo

“Mi papá, que es físico pero también lee el tarot, que sabe que las energías nunca se terminan pero también tiene claro que nadie se le escapa a su destino, me advirtió el día del entierro de Germán que la gente que se muere no se va. Tenía toda la razón. Ya han pasado siete años desde que me enteré de la noticia. Y Germán, Germán Pardo García-Peña, mi amigo que en verdad era mi hermano, que llegó a entenderme este idioma que pocos me entienden sin que yo tuviera que decirle una sola palabra, que me insistió tanto en que fuera la persona que soy, me hizo sufrir los peores ataques de risa de los que puedo acordarme y me repitió hasta el cansancio que hay que apostarlo todo por la mujer que uno quiere, sigue sirviéndome de bastón y de conciencia día por día. Yo sé que todo va a estar bien, siempre que me hago la pregunta por el futuro, porque todavía puedo verlo convenciéndome de andar con vida”.

Carolina Sanín sobre N 

“N y yo nos vimos por última vez en un cementerio de Roma, hace siete años. Ella quería mostrarme las calles de la ciudad donde vivía, y yo me demoraba pretenciosa entre las tumbas. Ella se aburría fúnebremente mientras yo me ponía cada vez más locuaz y a la vez más distante. Nos despedimos a la salida. Desde entonces, olvido responder sus emails. Debe sentirse mal correspondida. No sabe que, aparte del mar, nada me separa de ella. No sabe que a menudo cuento que tengo una amiga que un día me volverá a hospedar en Roma, que nació en Chipre como Afrodita, que se parece a Audrey Hepburn y que me enseñó a mirar los caravaggios. N y yo nos conocimos en Connecticut y hablábamos en inglés, que no era su lengua ni la mía. Pero ella creía tanto en mí que pensaba que yo podía hablar italiano y que si no lo hacía era por un capricho similar al de visitar cementerios. Que su confianza alcance para que me crea que la quiero aunque sólo le escriba por este correo”.

Pilar Quintana sobre Mara

“Eran los primeros días de nuestro primer año en el colegio grande y todas las compañeras habíamos empezado a conocernos. Solo faltaba Mara que estaba de vacaciones en Disneyworld. Ella era todo un misterio para nuestra imaginación, la gran incógnita en la lista que la profesora tomaba todos los días. Nos la pasábamos hablando de Mara y Disneyworld.

Hasta que un día, por fin, llegó.

Mara tenía los ojos grises, el pelo negro y la piel muy blanca. Me dio lástima verla ahí parada, tan sola y desvalida en el inmenso salón de clases, frente a un auditorio de niñas ya curtidas. Para completar, tenía las cargaderas por fuera de la camisa. Las cargaderas, eso lo sabía yo mejor que nadie, se llevaban por dentro. En mi primer día, yo también las había traído por fuera para horror mío, pero más de la profesora que me tomó con su mano de uñas largas como garras y me arrastró al baño, donde me las cambió.

Tal vez a Mara tampoco le gustaron esas garras. Tal vez a su mamá le gustaron menos. Lo cierto es que a los pocos días la sacaron del colegio y no la volví a ver nunca. Han pasado más de treinta años desde entonces y todavía me descubro pensando en Mara y preguntándome en qué estará hoy”.

Alberto Salcedo Ramos sobre Jorge García Usta

“Mi amigo del alma Jorge García Usta, narrador y poeta, me regaló dos libros de Norman Mailer y uno de Thornton Wilder, me acercó por primera vez a la obra de Gay Talese, me obsequió un disco de porros de la Banda Bajera de San Pelayo, me trajo de La Paz dos bolsas de almojábanas, me presentó en una noche de tertulia al maestro Héctor Rojas Herazo, me corrigió con un lápiz implacable pero amoroso los primeros textos que escribí, me recordó que con la palabra se puede desarmar al verdugo como hizo Sherezada, y además escribió conmigo un libro de reportajes: Diez juglares en su patio. A su casa fui las veces que quise, a cualquier hora, sin necesidad de anunciarme antes. Y siempre fui recibido con cariño, siempre hubo para mí un vaso de jugo de níspero preparado por su mujer, La niña Rochi. Jorge murió en diciembre de 2005, debido a un accidente cerebro-vascular. Y desde entonces comprendí que, tal y como lo dijo García Márquez, la muerte no es un asunto relacionado con tumbas y gusanos, sino una cosa que te hace perder a los amigos”.