Los cuadros del secuestro

Prefiere las imágenes a las palabras, las pinceladas a la letra impresa. Consuelo González no escribirá ningún libro, tan sólo un relato que quedará guardado en la intimidad de su familia.

 Dejará, sin embargo, que sea su buen amigo Mario Ayerbe, quien trace con su pincel los rasgos principales del secuestro, una serie pictórica que transmita los sentimientos que la embargaron durante sus seis años y siete meses de pesadilla. Con ello pretenden sensibilizar a las gentes de este país, y de otros que acojan la exposición, sobre el drama del encierro que ella padeció y que aún afecta a muchos inocentes.

Ambos nacieron en Pitalito, se conocen de toda la vida, pero para completar esta obra la ex congresista y el pintor han iniciado una serie de encuentros entrañables, al calor de unos tragos, como los viejos amigos que son. En el luminoso estudio que Ayerbe tiene en su casa abierto al jardín, Consuelo ha ido desgranando detalles de lo vivido en la selva. No sólo rememoró los dolores del alma que sufre un cautivo, sino los momentos bellos que también existen en la terrible agonía del secuestro.

“El reto para mí fue entrar en el oscurantismo que tiene la selva, un claustro verde donde de vez en cuando se abren espacios de luz”, comenta Ayerbe. Para un pintor de colores vivos, alegres, tropicales, propios de alguien que ha pasado su existencia rodeado de la exuberancia de los bellísimos paisajes de Pitalito, reflejar la negritud de un secuestro en una serie que acogerá entre trece y quince lienzos, supone darle un giro radical a su estilo. Unos no comprenderán ese cambio que él justifica por causas tan sencillas como que un artista es todo menos un ser encorsetado, temeroso de adentrarse en nuevos mundos, o que es una forma de acercarse a las entrañas del calvario de su amiga y de miles de compatriotas.

“Sufro un poco en los momentos que pinto, pensando en ellos, en Consuelo, en sus seis años largos sin programa que hacer, olvidados del mundo, ausente la familia”.

Al contemplar los cinco lienzos que ya tiene acabados, uno siente angustia, tristeza, pero también esperanza.

“Consuelo me habla de guacamayas que veían, de micos que les tiraban frutas; son escenas de color en medio de la negrura”, indica. En una de las pinturas se aprecia una figura humana emprendiendo la huida. Unos verán en ese cuadro la esperanza de la libertad y otros, un personaje agitado, por temor a ser descubierto. En otro, una luna llena inunda la selva, como queriendo enviar un mensaje a los rehenes. Para Consuelo significaba una forma de conectarse con sus hijas, las imaginaba contemplando el mismo cielo, admirando el resplandor del astro. Y en un cuadro más, vemos una lancha surcando un río, navegando hacia un lugar más espeso, un viaje sin salida.

“Quisiera producir el efecto de miedo, de claustrofobia, como cuando a uno lo meten al infierno, y también de esperanza, pero yo sólo soy quien interpreto lo que ocurrió, quien lo vivió fue ella. A veces toca adivinar, ser intuitivo para saber qué estaba pasando. Si la colección no produce ningún efecto en el espectador, habrá sido un fracaso”.

Sólo en un lienzo, aún sin pintar, será evidente Consuelo. Es el momento en que sus captores la llevan al primer campo de concentración y esa visión de sus compañeros enjaulados la estremece. En todos los demás los cautivos son figuras sin identidad, apenas perceptible el género, y los guerrilleros, sombras amenazantes.

La obra realizada ha contado con el beneplácito de la ex rehén. Sólo tuvieron una pequeña discrepancia cuando Ayerbe representó una partida de ajedrez entre dos cautivos y se resistió a encadenar a los personajes porque le parecía que la escena de dos hombres rodeados de soledad, atrapados en la selva, ya reflejaba suficiente crueldad. Pero la tozuda realidad que le transmitió Consuelo le obligó a dibujar la cadena que los amarraba. Y es que a pesar de la violencia que ha conocido en Pitalito, que logró inmunizar muchos corazones, a él lo conmueven los episodios de guerra y le cuesta trasladarlos a sus obras.

La carrera pictórica de Ayerbe comenzó de niño, por casualidad y por genes. Desde pequeño tuvo gran habilidad para el dibujo. Nieto de un hombre “que manejaba cosas muy bellas en la ebanistería”, pronto se aficionó a las artes plásticas. Pero también un pequeño incidente en su colegio le ayudó a encaminar sus pasos. “Me consagró una profesora cuando le pidió al salón que dibujara un indio piel roja. Cuando vio el mío llamó a otros profesores”. Las exclamaciones de admiración de los docentes convencieron al niño de que lo suyo no serían los muebles del negocio familiar.

“Es quijotesco vivir del arte, pero lo logré”, señala con timidez.

Estudió en la Jorge Tadeo Lozano de Bogotá y en la Complutense de Madrid, para regresar después a su tierra tras un periplo por Venezuela. No soportaba la bulla ni los afanes de la gran ciudad. Se instaló en Pitalito y desde allí se lanzó a conquistar otras plazas.

Puede presumir de tener obras colgadas en el Museo de Arte Contemporáneo del Huila, en el de Arte Moderno de Bogotá, entre otros. Pero quizá este último proyecto es el que más satisfacciones le produzcan. No sólo por exhibir su obra en otras naciones adonde irá la exposición, sino por contribuir a difundir el absurdo del conflicto y la necesidad de la reconciliación.