Los nuevos ojos de Dios

Ante la tecnología portátil y la permisividad de la sociedad, la vida privada ha dejado de existir… pero además porque ya nadie quiere una vida privada.

Por los mismos días en que una cámara grabó en el baño de un bar en el Distrito Federal de México los alegatos de borrachos y las amenazas de machos que terminaron con una bala en la cabeza del futbolista Salvador Cabañas, por esos mismos días los astrónomos europeos habían descubierto una nebulosa planetaria tan parecida al Ojo de Dios, al que siempre hemos temido, que resolvieron bautizarla con ese mismo nombre.

Pocos supieron de ese hallazgo cósmico. Y quienes lo supieron lo ignoraron porque las angustias estaban sobre el cerebro de Cabañas y el morbo estaba sobre el qué pasó, qué hacían en el baño, quién era la brasileña que acompañaba a los agresores del goleador. Y etcétera. Esas preguntas –y las demás incluidas en el etcétera– las respondía un ojo de Dios tecnológico, tan imperceptible como el ojo del Dios divino, que captaba hasta la respiración de lo que sucedía en el antro mexicano.

Porque es ahora verdad que Dios está en todas partes. Está en aquel baño envuelto en humos en donde Cabañas se hizo un autogol; está en la cámara que pilló el exceso de champaña de Kate Moss en una de sus rupturas sentimentales; estaba también en el ojo que le siguió cuando se sobreactuó con cocaína en un vestuario antes de un desfile; estuvo mirando los registros de los pornográficos mensajes de texto con los que Tiger Woods dio a conocer que es un ser humano común y silvestre, y está también en la constelación de Acuario a 700 años luz de la Tierra, en esa nebulosa planetaria que lleva su nombre y de la que ya dije.

Lo que pasa es que Dios ha tomado otras formas, te habrás dado cuenta. Ya no es sólo el observador silente de todo movimiento, que lo sigue siendo y al que un tercio del planeta le sigue temiendo, sino que ahora es un gran ojo y unas grandes orejas inventadas por la humanidad para escudriñar a la humanidad y entrar sin tocar a la vida privada de la gente porque toda la gente en sí misma es una espía del resto de la gente.

Vida privada que ya no existe, también te habrás dado cuenta. Y no sólo por el advenimiento de sensores ópticos y de micrófonos y de cámaras que cada quien carga en su teléfono para perpetuar lo efímero, sino porque se ha perdido el pudor y el misterio que durante milenios existió a manera de blindaje contra los mirones. Antes, mucho antes, la vida privada se preservaba hasta con estrategias militares. Los castillos medievales fueron eso: construcciones inexpugnables con fosos y cocodrilos; con puentes levadizos, baluartes, leones rondando por los jardines, lanzas-arqueros-artilleros y en fin, dispuestos a proteger el poder económico y político del amo, pero también su intimidad y las de las doncellas que reclutaba.

La vida privada, después, mucho después, se volvió derecho humano. Y todos los abogados que en el mundo existen se dieron a la tarea de redactar normas de necesario cumplimiento de acuerdo con la legislación de cada país. Hay una estructura jurídica y unos tribunales que reciben demandas y definen multas y demás sanciones tras haber legislado sobre qué es intimidad y sobre el legítimo interés del público de saber cómo son aquellos personajes que van por la vida perseguidos por las miradas y por las habladurías.

Quizá la larga historia de los pleitos de esos tribunales haya terminado. Y ni cuenta nos dimos. Quizá la última gran querella se dio en el Tribunal Constitucional alemán y en la Corte Europea a la que acudió durante cinco años Carolina de Mónaco, una de las preferidas de los ya casi innecesarios paparazis, quien alegó la necesaria protección para que a sus hijos les fuera respetado el fuero íntimo. El asunto se zanjó con un fallo claroscuro y aquellos tribunales no tienen ya entre manos muchas más denuncias sobre las qué ocuparse porque la vida privada ha concluido.

Y no existe porque no sólo toda la tecnología –los nuevos ojos de Dios– anda por ahí rondando, sino porque a la gente ya no le importa tener vida privada. Quienes integran el núcleo de personalidades públicas cada vez tienen más competencia y por eso cada vez deben exponerse más a los medios. Sin pudores. Sobresalir en la jungla del espectáculo ya no es posible con el talento sino con el escándalo. Y sobresalir en la vida común y normal tampoco es posible sin el exhibicionismo ramplón de las llamadas redes sociales, donde cada segundo millones de personas cuentan sus cuitas sin que les importe que su breve núcleo de conocidos sepa de qué color prefiere los calzones los viernes.

Y en la política ni se diga. Ya no son tiempos de amores rosas como los de Bolívar y Manuelita cuyo testimonio son apenas unas cartas tiernas. Ahora, desde Clinton y desde los ingleses tan promiscuos y desde la esposa del primer ministro de Irlanda, la nueva señoquerella se dio en el Tribunal Constitucional alemán y en la Corte Europea a la que acudió durante cinco años Carolina de Mónaco, una de las preferidas de los ya casi innecesarios paparazis, quien alegó la necesaria protección para que a sus hijos les fuera respetado el fuero íntimo. El asunto se zanjó con un fallo claroscuro y aquellos tribunales no tienen ya entre manos muchas más denuncias sobre las qué ocuparse porque la vida privada ha concluido.

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