Los "secretos de estado" de las primeras damas

Desde la Primera Dama, Martha Washington, hasta la actual, Michelle Obama, ser la esposa del presidente de E.U. ha sido un martirio para unas y un privilegio para otras.
Los "secretos de estado" de las primeras damas

La disyuntiva surgió de nuevo recientemente por la publicación de una biografía no autorizada sobre Carla Bruni, la esposa del presidente francés, Nicolas Sarkozy, que decía que Michelle Obama le confesó que vivir en la Casa Blanca era "un infierno".

Portavoces de la presidencia estadounidense y la Embajada de Francia en Washington negaron sus palabras de inmediato, igual que la propia Bruni en su visita posterior a Nueva York.

Para los expertos en la presidencia, sus supuestas frustraciones o las de sus antecesoras parecen legítimas, señala a Efe la historiadora de Primeras Damas, Myra G. Gutin, de la Universidad Rider (Nueva Jersey).

Y aún más justificadas desde que llegó la distinguida Jacqueline Kennedy (1929-1994) al hogar presidencial en los años sesenta y sedujo, muy a su pesar, a la prensa internacional que la persiguió hasta remover los secretos más inconfesables de su vida personal.

"Desde entonces viven una pérdida de privacidad y una dosis de escrutinio de la prensa incomparable a otros tiempos, más aún ahora con blogs y webs donde cualquiera puede escribir lo que quiera", sostiene Gutin.

La bella Jackie terminó "absolutamente deprimida" en su batalla con la prensa para proteger a sus hijos, explica, y como ella, muchas otras entraron a regañadientes en la gran mansión para la que la misma Kennedy necesitó un mapa porque se perdía.

Martha Washington, la esposa del primer presidente de la historia del país, se sentía "una prisionera de estado". Su sucesora, Abigail Adams, cuidaba sus palabras hasta el punto de que "sentía miedo" cada vez que abría la boca.

Y una malhumorada Elizabeth Truman hizo prometer a su marido, Harry Truman, que no volvería a aparecer en público después de sentirse humillada cuando una botella se le resistió a romperse en la botadura de un barco.

Hasta Elizabeth Ford, la esposa del ex presidente Gerald Ford que siguió a su marido en comités y clubes políticos a lo largo de su carrera, dejó claro que "nadie está preparado para la Casa Blanca", cita Gutin, quien la entrevistó para uno de sus libros. La adaptación a esa posición se ha sobrellevado en función del carácter de cada una. "Si Eleanor Roosevelt (esposa del ex presidente Franklin Delano Roosevelt) fue la más activa y la que cambió el significado del papel de la Primera Dama en la historia de EEUU, Elizabeth Truman fue la menos activa y tal vez la que más detestó aquel cargo", precisa.

Efectivamente los historiadores coinciden en señalar a Roosevelt como la "revolucionaria" de la Casa Blanca, aunque primero dijo que "nunca" quiso ser la esposa de un presidente y nada más entrar se rebeló a las normas de la institución al negarse a que agentes secretos guardaran sus espaldas cada vez que pisaba la calle.

Su obstinación fue, sin embargo, lo menos sorprendente. Una mujer conocida por su timidez demostró de repente ambición y carisma en público. Los historiadores relacionan esa transformación con el descubrimiento de la infidelidad de su marido con una secretaria personal.

Aquella nueva Roosevelt se entregó a una incansable vida pública desde mediados de los años treinta hasta incluso después de la muerte de su esposo, 1945, una época que el país intentaba ponerse en pie frente a la crisis económica y la Segunda Guerra Mundial.

Y no sólo sentó cátedra con su actitud, sino que pasó a la historia por ser la primera en comparecer en frecuentes ruedas de prensa, viajar por el país a mítines y actos políticos, y expresar sus opiniones con elegancia en su columna diaria "My Day" (Mi día), publicada en varios periódicos.

"Tan solo Hillary Clinton se ha implicado tanto en política y ha sido tan activa. Tal vez sea la segunda en este sentido después de Roosevelt", opina la historiadora que ha analizado discursos y campañas de Primeras Damas en su libro "The President's Partner" ("La compañera del presidente)".

Algunas se dedicaron a causas de gran trascendencia, como la reforma de salud de la que Clinton fue y es una firme defensora, o el "no a las drogas" de Nancy Reagan.

Otras han preferido encabezar campañas menos controvertidas como Laura Bush y su promoción de la lectura, o la propia Kennedy que se dedicó a renovar la Casa Blanca y abrió las nuevas y acogedoras estancias al público en unos paseos televisados por su interior.

MICHELLE OBAMA, “TODAVÍA EVOLUCIONANDO”. Para la historiadora, el papel de Obama, una exitosa abogada educada en la elitista Harvard, "está todavía evolucionando" mientras batalla contra la obesidad infantil.

De ella la historiadora esperaba más implicación tras involucrarse en la campaña electoral de su marido, pero cree que se ve todavía condicionada por "dos jóvenes muchachas", sus hijas, a las que cuida con celo, empeño y preocupación.

Y tal vez por eso sea comprensible un comentario como el desmentido, sobre todo tras el intrusismo de los medios de comunicación en sus vacaciones en España, que tanto revuelo causaron en EE. UU., o la obsesión y admiración de su fotografiado estilo a la hora de vestir.

¿Lo viviría igual un Primer Caballero? Gutin reconoce que lo duda, pero señala que para responder habrá todavía que esperar al menos unos cuantos años.