Los secretos de la cumbre de magnates

El menú del almuerzo de bienvenida estaba listo con un mes de anticipación. En su restaurante del norte de Bogotá, el chef Harry Sasson invitó a un reducido grupo de la familia Santo Domingo a probar los platillos que ofrecería a los casi 60 invitados.

La cumbre fue muy discreta y sobria, no hubo fiestas ni derroche. El objetivo de los magnates era reflexionar sobre su futuro y el aporte de su riqueza al desarrollo del continente. A ello se dedicaron el lunes en la noche y todo el martes. Sólo interrumpieron sus deliberaciones para un almuerzo en el Museo Naval con el presidente Álvaro Uribe y la alcaldesa Judith Pinedo y para una cena en el Baluarte ofrecida por los invitados internacionales. Entre tanto, las señoras y los hijos pasearon por el centro histórico de la ciudad.

Las autoridades conformaron un cordón de seguridad alrededor de dos manzanas en la ciudad amurallada para permitir que los visitantes transitaran libremente entre los hoteles Santa Clara y Santa Teresa y el Teatro Heredia, el Museo Naval y la casa de los Santo Domingo. Eso les permitió a acceder sin problemas a tiendas como las de Silvia y Vicky Tcherassi y Hernán Zajar y a los restaurantes de la Plaza San Pedro o La Vitrola.

Como cualquier turista, los millonarios y sus acompañantes tomaron fotos y caminaron desprevenidos por las apacibles calles. Fue así como los fotógrafos de las agencias internacionales y uno que otro parroquiano pudieron acercarse a tomar sus gráficas bajo la mirada celosa pero prudente de decenas de guardaespaldas vestidos de civil. Nunca se conoció una lista oficial de los asistentes, pero trascendieron nombres como los del mexicano Carlos Slim, el venezolano Gustavo Cisneros, los argentinos Paolo Rocca, Federico Braun, Juan Francisco Scalesciani y Alfredo Román, los chilenos Salvador Said, Andrónico Luksic y Álvaro Saieh, los brasileños Joao Roberto Marinho, David Feffer y Antonio Moreira Salles y el panameño Stanley Motta. Por Colombia estaban los anfitriones Luis Carlos Sarmiento, Carlos Ardila Lülle, Jaime Gilinski y Julio Mario Santo Domingo, y como invitados los hermanos Andrés y Gabriel Echavarría.

El miércoles, muy temprano en la mañana, el nutrido grupo se trasladó en lanchas a la isla de Barú, donde está ubicada la casa de playa de la familia Santo Domingo. Allí, en el muelle, los recibieron varias palenqueras que les ofrecieron a los millonarios y sus familias variedad de frutas, carimañolas, empanadas y dulces costeños, y los siguieron hasta El Tambo, una casita de madera ubicada en la playa, que los albergó mientras nadaban y tomaban el sol. A la una en punto Harry Sasson volvió a deleitar a los invitados. Los sorprendió con un variado barbecue con punta de anca, pollo, carne negra en posta, arroz con coco, papas asadas y de postre cocaditas y dulces costeños.

Ante la inminencia de un fuerte mar de leva y la amenaza de tener que devolverse por la trocha de Pasacaballos, los invitados abordaron a las dos y media de la tarde las lanchas que los llevarían de vuelta a sus aviones privados. Con el compromiso de rebajar sus ganancias para no sacrificar a sus miles de empleados en medio de la crisis económica, los magnates volvieron a sus oficinas y a su rutinaria tarea de hacer crecer sus fortunas. Así fue la visita de una veintena de empresarios latinoamericanos y sus herederos que se reunieron para debatir el futuro de sus emporios en medio de la crisis económica. Un encuentro familiar con toque caribeño.