Un presidente voraz

Mientras la orden de arresto del presidente de Sudán, Omar al-Bashir, por la Corte Penal Internacional de La Haya tiene conmocionado al mundo, su homólogo Robert Mugabe sigue aprovechando su cargo para hacer de las suyas. en pleno siglo XXI, gobierna a Zimbabue como en la edad media.
Un presidente voraz

Champaña, langosta y caviar hicieron parte del menú con el que el presidente de Zimbabue celebró su cumpleaños número 85, porque las 80 vacas, 70 cabras y 12 cerdos que se mandaron matar fueron sólo en señal de sacrificio de sus seguidores. Una fiesta que no resulta absurda por la cantidad de comida, sino porque a pocos metros del comedor hay 13 millones de zimbabuenses con hambre que dependen del Programa Alimentario Mundial para subsistir.

“Esta clase de celebración es obscena y una señal de un mandato insensible”, dijo el veterano analista político John Mukambe al diario The Herald. Y es que desde que subió al poder en 1980 después de ser uno de los líderes de la Unión Nacional Africana de Zimbabue que resistió y venció el apartheid, Robert Mugabe ha pasado de ser un héroe de la independencia a un dictador sin vergüenza.

La legitimidad de su gobierno es tal vez el mayor punto de discusión. Las condiciones dudosas de las elecciones en 2002 y en 2008 en las que resultó reelegido con un 56,2% de los votos, hicieron sospechar de un fraude en los conteos, pues era evidente que su opositor, Morgan Tsvangirai, del Movimiento Democrático de Cambio, contaba con el respaldo del pueblo zimbabuense, cansado de pasar hambre.

A finales de la década pasada, la economía del país se vino a pique después de que Mugabe decidiera rechazar la reforma agraria necesaria para rescatar la producción de tabaco, lo que ocasionó un irreparable bloqueo comercial. Tanto así que en 2008 la tasa de desempleo rondó el 80%, una cifra que a este antiguo profesor de primaria parece tenerle sin cuidado. Se levanta todos los días a las cuatro de la mañana a hacer su rutina de ejercicios para pasar el resto del día en compañía de su esposa Grace y sus tres hijos, con los que asiste a misa para ratificar su imagen de católico ferviente.

Pero su actitud no convence al pueblo zimbabuense, que no se explica cómo un buen católico es capaz de dejarlos morir de hambre, sobre todo si se tiene en cuenta que en Zimbabue los billetes fueron reemplazados por promesas de pago con caducidad, lo que los obligó a retomar el sistema de trueque.

El país se encuentra por debajo del nivel de pobreza, la expectativa de vida ha bajado a los 36 años y la mortalidad infantil a los 10.

Sin embargo, Mugabe no propone nada. En lugar de atender la crisis y luchar por su pueblo, lo considera un enemigo. Para él las demandas que los habitantes hacen buscando ayuda son un insulto imperdonable. Según el analista de la BBC Joseph Winter, el problema radica en que por encima de todo, Mugabe es un hombre orgulloso, lo que explica que en lugar de gobernar se haya dedicado durante casi tres décadas a someter a su pueblo.

Lo peor de esto es que a sus 85 años está decidido a quedarse, convencido de ser el pilar de la patria.

Para él los comentarios sobre el despilfarro de dinero en su fiesta de cumpleaños son una falta de respeto, y aseguró que los que no probaron el menú fue porque no lo merecían. “Algunos de ustedes piensan en sus estómagos y en sus hijos, cuando fueron ustedes quienes vendieron su propio país”, ha dicho a sus críticos.

Aparte de la escasez de alimentos y de la crisis económica, Zimbabue está afectado por una epidemia de cólera que ya cobró más de 3.800 muertos.

Todas estas cuentas no parecen muy dramáticas frente a los 300.000 muertos y 2,7 millones de desplazados por los que la Corte Penal Internacional de La Haya acaba de ordenar el arresto del presidente de Sudán, Omar al-Bashir, acusado de crímenes de guerra y de lesa humanidad. Pero reflejan la dramática realidad de un país que en pleno siglo XXI vive del trueque para no morir de hambre, mientras su presidente degusta tortas de 85 kilos. 

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