Johan Barrios: "Me mortifica que mis cuadros gusten"

Con 30 años, este pintor atrae una ola de elogios y compradores en el mercado del arte. ¿Usted ya tiene un cuadro de Johan Barrios?
Johan Barrios: "Me mortifica que mis cuadros gusten"

Mientras me abría la verja de su casa alquilada en el campo, y su perro me ladraba anclado a una cadena, se me cruzaba la otra imagen en un piso alto en El Poblado, frente a un cuadro suyo, en la casa del escritor Héctor Abad Faciolince. Aparecía metido en su pintura, de espaldas, con un rodillo, escribiendo una frase que decía: “Libera el artista que hay dentro de ti”. Y lo hacía sobre una obra de Damien Hirst. Cómo no verlo ahí. ¡In fraganti! Sobre un universo de puntos de colores. Este cuadro tiene la audacia del grafiti y la lucidez de la fotografía. No hay duda de que se trata de una gran obra. Y su autor es Johan Barrios. Vive a las afueras de Medellín, tiene 30 años y, después de una llamada oportuna, me espera al día siguiente en su taller para mostrarme su trabajo antes de embalarlo para su segunda exposición en el exterior, esta vez es en Estados Unidos, La primera la hizo en Zúrich, Suiza, como estudiante de Artes Plásticas de la Universidad de Antioquia. Su perro no ha dejado de ladrar y él se preocupa por explicarme que, más que furioso, es cariñoso... pero a lo bestia, y que lo mejor es que siga sembrado, igual que sus silenciosas hortensias y bromelias. La camiseta que lleva puesta al recibirme lo hace ver como un monstruo con tres manos: las dos suyas, delicadas y morenas, y la estampada en negro sobre su pecho, muy ruda, empuñando una bolsa reciclada. Una bella metáfora de alguien especial, nacido en Soledad, Atlántico. Atrás quedan los tiempos en que vivía en familia, su mamá en el garaje con su peluquería, su papá con su carpintería en el patio, su hermano en el segundo piso con sus cuadros anodinos y él pintando en el altillo, en lo más alto, con la ilusión de todos de ponerlo en el cielo de los grandes maestros. Ya pasaron los malos tiempos de pintar por encargo. Ya tiene un espacio propio como artista, miles de veces más grande que esta casa campestre que hoy lo cobija. Un espacio muy personal que despierta respeto y reverencia igual que sus pinturas. Frente a un óleo con una escena de una película de los años 50, titulado Welcome, con un puño o, mejor, una trompada en escena entre dos hombres con gorrritos infantiles de fiesta, Johan deja de moverse y se decide a hablar. Habla como pinta, con mucha pausa y detalle, mientras su esposa, Susana, una ingeniera, arregla los últimos detalles con los señores encargados de enviar las obras a la Galería Fernando Luis Álvarez, en Stamford, Connecticut. Que sus cuadros gusten tanto le mortifica, y que se vayan lejos a él, le duele y le da tristeza.El primer dibujo que hizo. ¿Se acuerda? Sí, en la pared de mi casa. Creo que era una tortuga ninja. Me encantaban muchos los cómics. 

¿Qué edad tenía?No sé. ¡Lo único que sé es que mi mamá me pegó un regañón! 

¿Es el menor?No, el tercero de la familia. 

¿Por qué lo llamaron Johan?Porque todos éramos Johana, Yamile, Johan y Yoris. 

¿Y cómo se llama su papá?Wilman Barrios, carpintero de profesión. 

¿Y su mamá?Denys Escorcia, mamá de profesión. 

¿Viven?Sí, en Medellín. Se vinieron para acá con el tiempo. Mi papá era pintor, ¿sí sabías? 

¿Un carpintero pintor?Sí. Él tuvo un accidente y estuvo mucho tiempo incapacitado, entonces por las noches pintaba. 

¿Qué accidente tuvo?Yo recuerdo que se cayó. Él no cuenta mucho de eso. El único recuerdo que yo tengo es verlo a él pintando por la noche paisajes y bodegones. Todo con vinilos. Fue por eso que siempre se preocupó para que yo estudiara arte. Era una cosa muy linda que mi papá no me dejara ayudarle en la carpintería para que no me fuera a herir las manos. 

¿Nada que ver con Álvaro Barrios?No, soy de los de Soledad, Atlántico, no de los de Cartagena. 

¿Edad? Treinta años recién cumpliditos. 

¿Y de pintura?Quince años. Pero, formalmente, como diez. 

¿Cuándo llega usted a Medellín?En 2004, a los 24 años. 

¿En dónde vivió hasta los 24?En Malambo, al lado de Soledad, Atlántico. 

¿Qué pasó a sus 24 años para irse a vivir a Medellín?Estaba estudiando Artes en Barranquilla, y me quise cambiar de universidad. Estudiar en la Facultad de Arte de la Universidad de Atlántico no era tan bueno. Necesitaba más espacio y tomé la decisión. Me vine solo, de loco. 

¿No terminó la carrera?No. Allá hice siete semestres. 

¿Qué le faltaba en Barranquilla? Actividad. Allá hay una gran capacidad técnica, una buena academia, pero no había exposiciones para ver en ese entonces. Y cuando llegué acá, los mismos profesores estaban exponiendo. A mí me tramó eso. Validé acá, hice la transferencia a la Universidad de Antioquia y me gradué de Artes Plásticas. 

Frente al lienzo en blanco, desde el principio y hasta hoy, ¿qué se plantea?Preguntas, siempre preguntas. Obedece siempre a un momento. Digamos, mi primera serie, Múltiplo común, donde aparecía mi papá mirando el espacio, era preguntarme sobre mí mismo, porque mirar a mi papá era como mirarme a mí. Era una versión mía. 

Y después de esa serie, ¿cuántas preguntas más frente al lienzo?Después de eso empezó la pregunta por el arte. ¿Por qué es tan esquivo e inaccesible? ¿Por qué sólo lo podía ver en los libros? Entonces me inventaba historias con las obras de arte. Por ejemplo, veía las obras de Jeff Koons que siempre me han gustado. Específicamente la pintura del perrito, y me imaginaba otro perrito más chiquito orinando. Esa serie se llamó Apropiaciones y otras cosas en ellas. Me inventaba más historias. 

¿Luego qué vino?Después de eso me empezó a pasar que todos querían tener una obra mía. En 2008 y 2009 había un boom del coleccionismo de mi obra, eso me llevó a seguir adelante... 

... pero esa fiebre de tener un Johan Barrios, como toda fiebre, tiene sus peligros.Es un terreno estable y peligroso. Es un piso que a la vez se puede convertir en arena movediza. Porque tú haces una obra, la analizas, la ejecutas y la haces con toda la sinceridad del mundo. Pero el mercado te pone trampas, entonces me decían: “Hey, por qué no me haces una obra como esa que hiciste”. La gente es así de frentera aquí en Colombia y en todas partes.  

¿Ese boom quién lo promocionó? Los mismos docentes se convertían en partners y me decían: “Hey, Johan, mira, tengo alguien interesado en comprar una obra tuya”. Eso fue una cadena que me llevó a la otra serie, Público, que hablaba más sobre el coleccionismo, sobre el objeto del deseo. Esta serie era mi mirada sobre la mirada de la obra. Entonces, siempre son como espectadores mirando obras. Luego llegaron los cuadros de la serie Superficies. Con esa serie en especial hay como un amor y un desamor. Porque, otra vez, todo el mundo quería algo de eso. 

 “¿Estoy pintando lo que quiero o lo que ellos quieren?”. ¿Ese era el dilema?Lo que pasó después fue que yo terminé la serie y la gente quería y quería ese estilo de obras y, muchas veces, se sentían con el atrevimiento de pedirle a uno algo. Eso puede ser válido para otros artista, pero no para mí. Para mí no. A mí me interesan esos brincos que doy y, también, cómo la gente sigue esos brincos. 

¿Cuál fue el siguiente brinco?Se llamó Sobrepuesto y empecé a interesarme por el collage. El collage me ha servido mucho como manera de hacer bocetos, de organizar ideas. Pero esta vez me dio ideas de ordenar y desordenar muchas cosas. Al final, lo que hacía era superponer imágenes. Empezaba como a jugar, a no tener todo controlado, a que el azar jugara un papel importante. 

¿De eso se trata la pintura, de jugar? Sí, me divierto, porque ¿cómo hacer algo bien chévere sin divertirse? 

¿Con qué juego podría comparar su pintura?Con el trompo no, porque eso da muchas vueltas. Puede ser algo más referido como a la fiesta, me gusta mucho como la piñata: no sabes lo que hay dentro y necesita un buen golpe para que se reviente y derrame un montón de cosas. Esa idea me gusta.  

Con esa idea expone ahora en septiembre en Estados Unidos.Sí, con mi serie Bad Party. 

¿Es su primera exposición afuera?No, mi segunda. La primera fue en Zúrich, Suiza, en 2008. Después de un parcial en la Universidad, me dio por escribirle a la Galería B 146, de ese país, a ver qué pasaba; les gustó mucho mi trabajo y me invitaron. 

Sus trazos son muy finos, muy elaborados, de una mano muy entrenada...Si hay que hacer algo, hay que hacerlo bien hecho. Me gusta mucho el oficio. 

Para usted ¿qué es el oficio?Es hacer, hacer y hacer. El carpintero pule su técnica simplemente haciendo y haciendo. Me gusta mucho más el oficio, la academia, el dibujo, como todos los elementos de la historia del arte, la nueva iconografía. La iconografía de hoy.  

¿Y la inspiración?La inspiración existe, pero hay que buscarla. Y se busca trabajando. Si uno lo ve en perspectiva, mi trabajo es del pasado, pero no es tan evidente como en otros artistas. 

Lo que usted plasma en sus cuadros es acción pura en imágenes congeladas.Sí, totalmente es así. Es que la pintura y el dibujo no son elementos estáticos. Si tú haces el recorrido visual de la línea, ella te hace un camino y tu mirada va y viene y se devuelve. Ese gesto tan primitivo es un dibujo. 

Algo que le guste mucho.Me gusta mucho la fotografía, la imagen. Soy un coleccionista de imágenes. Guardo y guardo, recorto cosas del mundo. Una imagen puede detonar un montón de cosas. 

Dígame una imagen de las que caza a diario.La manera como una boca come un helado y mirarlo de una manera pervertida. O un cómic que puede ser una imagen de deseo, si uno la mira desde otro punto de vista. 

En eso de ver imágenes, ¿todo entra por la cabeza y sale por el pincel?Claro. Sale ahí y lo empiezo a ordenar. También me tengo que alimentar de los nuevos medios. Por ejemplo, del computador, ahí empiezo a ordenar las imágenes, en Photoshop y todo eso, y obtengo el boceto. Ahí empieza la otra parte, que es superacadémica, con el lienzo, el pincel, los óleos y los acrílicos. 

¿No se demora más en un cuadro que en otro?Sí, hay unas piezas más complejas. Por ejemplo, mi nueva serie, Bad Party, tiene un poco más de caos, de acumulación de imágenes. En series pasadas, digamos, una sola imagen era la obra. En Bad Party, en algunas piezas hay un cúmulo de imágenes. No hay una composición. 

¿Son explosiones?Sí. Piñatas. A mí me interesa que las imágenes se crucen y empiecen a dialogar por sí solas. 

Explosiones, choque, deseo y curiosidad. ¿Hay un poco de morbo?Sí, seguro. Porque así tal cual miran la obra. Últimamente me está gustando eso. 

Hablamos de morbo y de una manera como usted mira las obra. ¿Cómo quiere que los demás miren sus obras?No me detengo en eso; si no, haría cosas para que la gente las mirara. Si quieren mirar lo que hay, que lo miren y ya. Por ejemplo, yo me pregunto: ¿Por qué a la gente le gusta mis obras? Entonces esa pregunta y su poética me llevan a la obra. Hablo sobre la mirada, entonces la obra puede tener un texto o una imagen que dice ¿Y tú qué miras? o ¿Qué me miras? Ese tipo de negociación entre el espectador y la obra es interesante. Para mí la manera como la ves tú y, digamos, esta conversación y la manera como miras mi trabajo, me dan ideas para otra pieza. Es redundante.  

¿Usted deja una palabra en el aire y de alguna manera el espectador la completa?Sí, podría completarla. Pero más que eso, la hace suya. Si la obra habla del deseo y tú no lo ves, está bien. Es subjetivo. 

La edad tambien es subjetiva. ¿Se siente viejo? Cuando cumplí 30, ¡sí! 

¿Qué se gana con los años en la pintura?Mayor disfrute. Cuando yo estudiaba y estaba más pelado, me angustiaba el qué dirían de mi obra, eso me angustiaba.  

Pero en el fondo ¿cuál era su angustia?No me quiero acordar.¡Exorcícela!Era no encajar. El ¿por qué yo no fui convocado a esta cosa? Eso me angustiaba. No estar presente en algunos ámbitos. Sobre todo en el tema curatorial. 

 ¿Le angustia todavía?Ya no. Cuando alguien viene aquí, ve mi trabajo y se complace como cuando yo me complazco haciéndolo, ya eso me hace feliz. Una apreciación sobre la obra y una sonrisa del que la mira, para mí es ganancia. Más allá de vender una pieza, lo que más me alimenta es eso. En serio. Tengo expectativas de vida económica y todo eso. Pero no se antepone a lo primero. 

¿Tiene una cuenta de sus cuadros, de cuántos ha pintado?No. Pero duele mucho cuando se van. Hay una pieza que no quisiera vender y toca. De cada serie hay una pieza importante y ya me he despedido como de doce. De esta serie hay una pieza superimportante.  

¿Cuál?La del tipo que es superartista saliéndose de la camisa. Un autorretrato con un manchón rosado, donde sale un tipo al fondo y un cráneo con un arcoíris y unos coffee delight volando. 

Pero igual todos los cuadros se van con alguien.Claro. Eso me ya me pone a pensar en la próxima serie. 

¿Cuál es el tema?El deseo. 

¿Dónde quiere exponer?En el MoMA de Nueva York. 

¿Hay un color difícil?El verde. Es complicado porque no es cálido como un amarillo, ni frío como el azul. Lo evito. 

¿El negro le gusta?Sí, me encanta. Porque simplifica. La imagen la ves más simple. Con otros colores la gente se enamora y se distrae. 

Algo que le hayan enseñado en la academia que para usted no sea tan cierto.Que el óleo y el acrílico no se mezclan. Que tuviera mucho cuidado, que uno servía para unas cosas y el otro para otras. Yo los mezclo pero cada uno respetando su espacio. 

¿Cuando no pinta cómo se siente?Desocupado.***En medio de su taller estrecho y alquilado, saca de un cajón unos papeles, son planos hechos con su propio puño del estudio que quiere construir cuando tenga un lote suyo. Sueña con un inmenso cubo blanco como un dado gastado junto a su casa. El único obstáculo para Johan Barrios es su propio éxito.  

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