Las divas de la historia

El cine, la televisión, la política y las revistas fueron plataformas que elevaron a muchas mujeres a la categoría de ídolos del estilo.
Las divas de la historia

París era la capital de la moda, lo había sido siempre. Las casas de alta costura francesas disciplinaban y hacían que sus mandatos apretaran cinturas y destaparan pantorrillas a su antojo en todas las latitudes. Pero eran los años 30, y Hollywood era ya ese espacio de fantasía que escapaba a su tiempo y creaba, entre luces y bellas, nuevas posibilidades para el vestido. Un emporio paralelo había nacido, y sin la aprobación del Sindicato Parisino de la Moda, convertía la pantalla grande en la vitrina que todas replicarían ahora sin refutar.

Un tiempo atrás, cuando el siglo XIX se aventuraba a su final, el diseñador alemán radicado en París, Charles Frederick Worth, había decidido poner sus vestidos en mujeres reales, dejando atrás las exhibiciones en maniquíes. El siglo XX parecía traer consigo unas nuevas hambres, y con el brillo del cine ya nadie quería maniquíes, ya nadie quería modelos con rostros anónimos. Los diseñadores soñaban ahora con que una de sus creaciones lograra conquistar el cuerpo de Greta Garbo, Katherine Hepburn, Marlene Dietrich o Rita Hayworth, y se colara por un segundo en una escena.

Sabían Christian Dior, Balenciaga y Coco Chanel que el cine estaba transformando el imaginario del público, y que las mujeres de la pantalla, esas de cinturas diminutas y hombros huesudos, de ojos grandes y ondas en el pelo, encarnaban el modelo estético. Intuyeron entonces que las otras mujeres, las de carnes de verdad, que lejos estaban de lucir como beldades de pantalla, iban a ver las películas en busca de un talismán, una pieza sagrada, podía ser un peinado, una joya, mejor un vestido, que pudieran comprar o replicar para estar de alguna forma en la piel de esa mujer que querían ser. Estas artistas se convirtieron en modelos para miles de mujeres que lideraron los sentidos estéticos de la sociedad antes de que las revistas Vogue y Harper’s Bazaar circularan ampliamente.

Así, vestidos icónicos de la moda, que hoy en el siglo XXI recogen los museos para celebrar su belleza y su memoria, fueron protagonistas vistiendo a Greta Garbo en películas como La Reina Cristina de Suecia (1933), Anna Karenina (1935), o Ninotchka (1939). Ya en los años 40, un vestido negro strapless, diseñado por Jean Louis y unos guantes que trepaban sobre el codo, inmortalizaron la belleza de Rita Hayworth en su papel de Gilda y trascendieron en la memoria femenina al punto de que casi cinco décadas después fueron subastados por una suma millonaria. Con la película Sabrina (1954) una nueva belleza, Audrey Hepburn, impondría los vestidos de corte en A y el escote inventado especialmente para ella, que siempre quería ocultar sus salientes clavículas. Protagonizaría después, en 1961. Desayuno en Tiffany’s y haría del ‘Little black dress’ (el vestido negro corto) un inmortal de todos los tiempos en el ropero femenino, un básico obligado en todas las colecciones de los diseñadores y la firma de su alianza con la marca Givenchy.

Sin embargo, el poder que absorbieron las divas de la pantalla grande las convirtió también en rebeldes capaces de retar las imposiciones de los consagrados diseñadores, capaces también de poner a tambalear con sus estilos y atrevimientos toda la moralidad social. Las actrices desafiaban la moda, no eran más unas seguidoras, querían inaugurar ellas mismas su propio estilo.

Marlene Dietrich, por ejemplo, amante profesa de la moda, pero reacia siempre a seguir sus mandatos, desdeñó muchas veces ofrecimientos en materia de estilo y prefirió más bien inmortalizar esa rebeldía que había vivido en los años 20 con las flappers y vestirse con un estilo andrógino que la hacía aparecer en la pantalla y fuera de ella con trajes masculinos. Se los compraba al sastre Knize, el mejor y más caro de Viena, que por supuesto ni en sueños pensó conquistar a las divas de Hollywood. Pero si un día Dietrich accedía a usar para una escena algún vestido de Balenciaga, no tenía ningún pudor en hacer severas modificaciones.

Pero el atrevimiento mayor ya lo había hecho Katherine Hepburn, quien sentó un precedente en plena filmación de Bringing up baby (1938), cuando intentó usar unos finos pantalones de tono masculino en la película. Nunca antes una mujer había osado usarlos en el cine. Los productores intentaron persuadirla para que prefiriera alguna de las bellas faldas que esperaban por ella en el guardarropa. Hepburn desfiló en ropa interior por todo el estudio hasta que cedieron a su capricho estilístico.

El cine se convirtió así no sólo en vitrina masificadora de estilos, fue también un lugar privilegiado para que a través del vestido las mujeres anónimas, personificadas todas en las perfectas carnes de las estrellas, jugaran y consolidaran sus nuevos retos sociales. Los aires de rebelión emprendidos por las bellas cobraron más ímpetu cuando, a las puertas de la revolución sexual de los años 60, la seductora Bigitte Bardot protagonizó Y el hombre creó a la mujer (1956), y usó esa “bomba atómica” bautizada bikini, que hasta entonces solo Micheline Bernardini, una bailarina de striptease del casino de París, se había aventurado a usar en público. Un bikini de algodón y a cuadros convirtió a Bardot en una estrella inmortal, un bikini de algodón y a cuadros cambió el futuro de la belleza femenina e hizo de la semidesnudez un comodín de la industria de la imagen.

Las divas conquistan un nuevo territorio

El cine, esa vitrina dorada, había iniciado la función de masificar el estilo y la belleza. Había sido el lugar para visibilizar a la primera chica casi desnuda, para luego ser testigo de su poderío cuando el minúsculo modelito invadió todas las playas durante el verano. Pero para los años 60 el cine sería desbordado por el ascenso de las revistas de moda como adalides de la verdad en materia estilística y, sobre todo, por la popularización de la televisión. Por su parte, las diosas de pantalla gigante ya no serían las únicas en el reinado de las divas. Cuando la televisión y las revistas se metieron en los hogares, nuevas mujeres salieron a relucir.

Apareció, por ejemplo, Jackie Kennedy. Un ícono de la moda, un rostro inspirador, un modelo femenino que venía de un lugar tan insospechado como la política. En 1960, con la gran penetración de la televisión en las casas de familia, fue notoria la gran influencia que empezó a tener sobre los ciudadanos la apariencia física de los candidatos a la presidencia. Ahora, con la posibilidad de ver día y noche en medio de las escenas más cotidianas esos sujetos que debatían sobre el poder, no había detalle que descartar. Su pelo, sus gestos, su corbata eran determinantes para la consecución de votos, lo serían también sus esposas.

La joven Jackie, que encarnaba una belleza casi aristocrática y que a la vez lucía como la mujer que amaba a su marido y sabía cómo mantener junta a una familia, empezó a forjar los ideales femeninos con sastres de Chanel, vestidos de Pucci, trajes geométricos y lentes grandes. Generó una inspiración colectiva que reconocía en ella la gracia de mostrar su belleza pero a la vez lucir diligente, estudiada, útil a la sociedad, con la valentía de acompañar a su esposo en la gran proeza. Una vez más un ícono de la moda y de la belleza se convertía verdaderamente en una válvula de escape de lo que las mujeres eran y querían ser dentro de la sociedad.

Su estela fue ya indeleble, no sólo porque fueron inolvidables esos más de 300 vestidos que le diseñaron Oleg Cassini, Givenchy, Carolina Herrera, Dior, Chanel, Norman Norell y Joan Morse, o porque haya heredado para siempre a la moda el vestido tipo Jackie (de largo a la rodilla, sin mangas y ligeramente ceñido en la cintura), sino porque hizo que primeras damas y mujeres de la aristocracia europea hicieran parte de ese apetecido banquete de liderar el gusto mundial. Su estela se haría inmortal en Lady Di, Carolina de Mónaco y hasta en Carla Bruni.

Las mujeres, que serían retenidas en el imaginario colectivo como hermosas, deseables e imitables, tendrían desde entonces procedencias múltiples, ya no sólo el cine, la televisión y la política. Colonizar las portadas de algunas revistas prestigiosas sería ahora suficiente para convertirse en ícono. Así lo logró Twiggy, la primera top model de la historia y la que se atrevería a declarar que aquellas mujeres destinadas a lucir las últimas colecciones de la moda también tenían un rostro, un estilo propio y unas siluetas muy particulares. Ella abrió el camino para que luego, en los años 80, Claudia Schiffer, Linda Evangelista, Cindy Crawford y Naomi Campbell se convirtieran en modelos que protagonizaban los mandatos mismos de la moda, que inspiraban a las mujeres a ser más esbeltas y elegantes y que conjuraban una nueva silueta menos redonda y cada vez más delgada.

Con el transcurso del siglo XX los modelos de belleza fueron cambiando, las anatomías celebradas en los años 40 no necesariamente fueron reconocidas una décadas después, las redondeces del busto o los privilegios de los pelos rubios fueron luego puestos en entredicho por nuevas mujeres que eran capaces de revertir la norma. Los estilos en materia de moda y peinados fueron evolucionando también conforme las épocas. Sin embargo, nunca una década estuvo huérfana de divas, porque ellas, esas benditas a veces de vidas más bien aporreadas, sirvieron siempre y siguen sirviendo aún para elevar e inspirar el espíritu femenino.

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