El Reinado de Carranza

Cromos estuvo al lado de don Víctor, el multimillonario 'zar' de las esmeraldas, cuando regresó en el año 2006 a Muzo –donde construyó su imperio– para presidir un reinado junto a sus antiguos enemigos.
El Reinado de Carranza

"Paz. Dios ve todo”, predica un monumental letrero en el cerro que resguarda a Muzo. En el reino esmeraldero, a ocho horas de Bogotá y sembrado en plena cordillera Oriental, Víctor Manuel Carranza es Dios. Una exageración que comprobaron los asistentes al Reinado de la Esmeralda.

Antes de que llegara, Muzo era un caos... desorden, bullicio, música distorsionada, camionetas 4x4 de un lado a otro, escoltas que se confundían con los patrones. Pero cuando apareció Víctor Carranza, el municipio entero se paralizó. Todos querían verlo. Mientras se desplazaba por las calles, como una estatua milagrosa, una procesión lo seguía.

Algunos se acercaron para pedirle favores, otros tan sólo para sentir el influjo de su poder. Entre ver a Carranza caminar por el pueblo y cruzar un par de palabras con él, se interponen más de 20 escoltas que siempre lo custodian.

Esconde muy bien sus 71 años, es ágil, salta obstáculos con facilidad y se monta al caballo sin titubear. Es callado, sencillo, siempre aparece con sombrero de caballista y mulera sobre el hombro. No carga cadenas ni anillos, sólo un reloj poco ostentoso. ‘El Perro’, sin embargo, nunca se sienta en su mesa.

El sábado 19 de agosto, cuando Carranza se apareció por el pueblo, el cielo despejado de esa mañana contrastaba con el clima del día anterior, que había pasado por agua el desfile de las candidatas al III Reinado Nacional de la Esmeralda.

El sol evaporaba el agua y la humedad se hacía insoportable. Unos 25 grados. Alcaldes, esmeralderos, sacerdotes, comandantes de la Policía y líderes del occidente de Boyacá se reunían en el Instituto Educativo San Marcos para desayunar y recibir a las reinas que serían homenajeadas con las llaves de la ciudad.

En 15 minutos el colegio se atiborró de Toyotas Land Cruiser. Los redoblantes y trompetas de la banda del colegio sonaron para recibir a los invitados. Sólo quedaba una silla vacía. “No se sabe a qué horas llegará don Víctor”, decían en voz baja los invitados, mientras servían una tajada de papaya coronada con queso rallado.

No importa lo que tardara, no se podía empezar sin él. Los primeros en notar su presencia fueron los niños de la banda. Habían visto a Víctor Carranza, que los saludaba antes de entrar al salón mientras repetían la misma canción, posiblemente la única que conocían.

“Esta es la Señorita Tolima, ella es Villavicencio...”, Saludó a cada una de las reinas que le presentaban y ante la insistencia se vio obligado a decir unas palabras: “El reinado hay que verlo como un reconocimiento al proceso de paz. En el primero no nos fue tan bien, en el segundo nos fue mejor, y ahora estamos buscando que se llegue a nivel internacional, porque de aquí salen las esmeraldas que se consumen en todo el mundo”. Se percibía que no era su escenario natural y prefiere evitarlo al máximo. Pero estaba acorralado. Tenía que hablar.

Le volvieron a pedir que hablara sobre un tema más complicado: Paz Viva, la ONG creada hace seis años. “Les tengo miedo a los micrófonos y a las cámaras”, hizo una pausa habitual en él para buscar las palabras correctas. “Hicimos la ONG con el ánimo de buscar la solución al problema social que vive la región. Quisimos que con la ONG se llamara la atención del gobierno departamental y del gobierno nacional, y a través de ellos recoger recursos. Desafortunadamente no funcionó, con todo el respeto de las personas que han estado enfrente de la ONG, puede que se molesten un poquito, ¡pero lo que se hizo fue nada!”.

Después del dardo, su intervención duró menos de cinco minutos. Lo único que se movía mientras “don Víctor” hablaba eran las hojas que le servían de abanico a los oyentes. El calor húmedo se había tomado el coliseo del colegio. Las últimas palabras de Carranza fueron: “La pobreza la tiene que solucionar el Estado colombiano”. Aplausos.

Su salida fue una repetición de todas sus salidas. Los escoltas muy cerca, la gente tratando de llegar a él para despedirse y muchos curiosos. Un trayecto de un minuto a pie tardó veinte. A la multitud se sumaron dos niños que le abrieron la puerta de su Toyota Hilux esperando una propina. “Don Víctor” sacó un fajo de billetes y le dio diez mil pesos a cada uno. Un anciano le pidió que le regalara para un mercado… “yo les doy y ustedes me joden a mí porque se acostumbran a hacer eso”. Salió disparado. Siempre es el último en llegar y el primero en irse.

Su próxima aparición fue en el hotel Kolina Kampestre, para el desfile en traje de baño, y mientras pasaba por la piscina, el presentador gritaba a todo pulmón con el micrófono pegado a la boca: “¡Y ahí pasa don Víctor Carranza, el zar de las esmeraldas! Es un gusto tenerlo acá”. Junto a él aparecieron el actor Óscar Borda, el periodista Santiago Giraldo y Andrés Monsalve, jurados del evento. El desfile fue un banquete, sobre todo para los escoltas, que miraban emocionados a las 20 candidatas.

 

El domingo fue el día más pesado

Desde las siete de la mañana, Carranza debía recibir a las reinas en Puerto Arturo, la mina de donde salen las esmeraldas más finas del mundo. Fotos, un abrazo, otra foto, una contribución.

Como un rayo tomó el ascensor de la mina y bajó 150 metros donde estaban trabajando los mineros, y sólo volvió a salir una hora después completamente embarrado. Traían una bolsa con candado. Las reinas también salían a la superficie con pepitas verdes.

Carranza lucía más vivo que nunca, más alegre, más joven. Para todos, la suciedad era intolerable, a él no parecía inquietarle. Es un minero y no intenta ocultarlo.

Nació el 8 de diciembre de 1935 en Guateque (oriente de Boyacá), pero desde muy niño se dedicó a guaquear en el occidente del departamento. Sobrevivió a la guerra de los setenta, ochenta y noventa contra otros esmeralderos, se enfrentó a Gonzalo Rodríguez Gacha, que quería apoderarse de las minas para lavar dinero, salió limpio de ser acusado de organizar y promover grupos de autodefensas en Boyacá, la Costa Atlántica y los Llanos.

Superó el escándalo de 1989 cuando en una de sus fincas, La 60, se encontró una fosa común. Hace 16 años empezó a hacer la paz con sus enemigos. Se sentó con Leonidas Vargas y Luis Murcia, entre otros jefes de 10 familias esmeralderas, y lideró un proceso de paz, del que hoy se enorgullece. A inicios de los noventa apareció en la revista Forbes como uno de los pocos hombres que habían superado los mil millones de dólares.

‘El Perro’ lavaba las piedras y su jefe entre risas le decía “¡Pilas!, ‘Perro’, yo le tengo a eso tres miradas”. Carranza terminó de lavarlas y un ayudante las empacó. Cuando vio que una se quedó por fuera, la levantó y la enfrentó a la luz, luego se la dio al ‘Gordo’ Ariel Osorio, y le dijo “¿le gusta? Es suya, no es de nadie, se quedó por fuera”. No esperaba que le dieran las gracias, ni tenía planeado regalar una esmeralda. Sólo se la entregó y se fue. Por la tarde demostró por las calles de Muzo sus dotes de chalán.

Luego de unos treinta minutos acompañado por un grupo grande, se sentó a tomarse unos tragos en un restaurante. “Tráigame un aguardiente bien frío. Los demás, no sé qué quieren tomar”. Una multitud lo rodeó mientras tomaba en una copa de plástico. Cuando le sirvieron la tercera, sin pedirla, le dijo al mesero: “¿Me quiere emborrachar?, emborráchese usted y verá como es de feo”, y terminó con “hay mucho niño por acá y esto no es para menores de edad”. Se retiró.

Sólo hasta la madrugada comenzó la ceremonia de elección y coronación. El ‘Viejo’, como le dicen sus amigos más cercanos, bailaba con su acompañante. Mauricio Bermúdez, gerente general del reinado y uno de sus asesores, corría de un lado a otro para que el ingreso de más de mil personas se hiciera en orden.

Yadira Pineda, hija de unos de los esmeralderos, controlaba los bastidores. Cuando quedaban siete finalistas Víctor Carranza subió a las 2:30 de la mañana al escenario. “No me quito el sombrero porque se me cae la cabeza...” Risas. Hizo silencio por unos segundos y prosiguió. “No nos vean como personas violentas, nosotros tuvimos la berraquera de sentarnos a hacer un territorio de paz”. Se despidió levantando el sombrero a manera de saludo.

A las 3:00 a.m. se nombró a la ganadora. La Señorita Macanal, Leidy Paola Latorre. La virreina, para tristeza de la gran mayoría, fue la Señorita Muzo, Jéssica Alejandra Quimbayo, y la primera princesa fue la Señorita Tolima, Paloma Andrea Cardozo. Los premios para las tres finalistas ascienden a cien millones de pesos, divididos en premios en efectivo, esmeraldas, una cirugía plástica, diseño de sonrisa, Spa por un año, un curso de modelaje, taller de actuación...

Carranza logró salir media hora después y le reiteró a Cromos: “¡Perdónenme, perdónenme! No tenemos infraestructura, tenemos sentimiento. No queremos que nos sigan viendo como caníbales. ¿Qué pasó este fin de semana? Nada. Estamos trabajando por la paz, pero como siempre, nosotros acá, y el Estado... –levantó sus brazos y miró hacia el cielo– el Estado es un paisaje”.

(Tomado del Archivo de Cromos de agosto de 2006)