Héctor Abad, "quiero pasar la página"

 Desde su publicación en 2005, El olvido que seremos se ha convertido en su mayor orgullo pero a la vez en su mayor estigma. Según Él, sus otros libros le tienen celos y ya quiere cambiar de tema.
Héctor Abad, "quiero pasar la página"

Mientras repica el teléfono, repaso al personaje de la otra orilla. De un lado está el hombre hermético y pudoroso que, como los grandes cuadros de museo, tiene su propia raya en el piso para atajar a los que se acercan demasiado. Pero también está, el otro, el que sonríe y devuelve con gracia las palabras que le sirvan como en un amable partido de tenis.

Último timbre y no sé con qué Abad quedarme, hasta que se oye su voz no tan pausada, como siempre, dispuesta a recibirme en su refugio en Medellín.

–¿Hacía mucho que estabas llamando? No oí el teléfono, es que estaba nadando mis 60 piscinas.

Primera sorpresa de un escritor con 51 años que imaginaba sumergido en humos de bohemia, desorden y papeles revueltos, y no en una alberca de agua azulosa, con pantaloneta Speedo y brazos como aspas sincronizadas.

–Mire, lo mejor es que me llame cuando vaya a venir, para que yo le explique al chofer, porque por la dirección es imposible.

Le paso al taxista para que entre ellos se entiendan. Hablan de algo por Los Balsos y la Inferior. Por fin llegamos a nuestro destino. Se trata de un reposado conjunto residencial, en una de las arandelas de la atosigada montaña de la que se prende El Poblado de Medellín, como un pesado y excesivo bordado de luces y empinados edificios. Cuando el ascensor abre en el piso 8, un escaparate de libros hasta el techo da la alerta de lo que hace el vecino de puerta blanca del 802.

La puerta está abierta y lo que se ve adentro son más libros, como si todos hicieran parte de una fiesta y los del corredor ya estuvieran de salida. En la antesala, por encima de un sofá carmesí , se ve un pedazo de Medellín con montaña verde y cielo azul, como servida en bandeja, desde un balcón generoso. Abajo, una piscina salpica de qué Abad quedarme, hasta que se oye su voz no tan pausada, como siempre, dispuesta a recibirme en su refugio en Medellín.

Con un pantalón de pana, una camisa de rayas y zapatos cafés de suela gruesa como de biólogo, la primera sensación es la de un buen anfitrión… pero en el momento que acompaña a la visita a la salida. La conversación tiene el ímpetu y la tensión de ser siempre el principio de una despedida. Emana calidez pero también impaciencia. Su mirada da confianza pero también recomienda prudencia. Él mismo acepta ser malgeniado. Sin embargo, es un “neura” que cumple sus promesas. Y esta entrevista es una de ellas.

Releyendo su libro El olvido que seremos, pescando frases como aquella que dice “Yo amaba a mi papá con un amor animal” y volviendo sobre ese amor obsesivo, ¿cómo lo ve ahora con la distancia de los años?

En realidad yo ya no quisiera hablar más de este libro mío… Pero bueno, todo el mundo insiste, entonces te contesto: lo que pasa es que en esa parte de la que estás hablando yo hablo del amor infantil, ese era el amor que yo sentía de niño. Ojalá a los 28 años –que era lo que yo tenía cuando a él lo mataron– hubiera podido conservar ese mismo amor. Si ese amor infantil, casi enfermizo, lo hubiera conservado, seguramente yo hubiera hecho mucho más cosas para que no lo mataran. Ese amor se atenuó mucho, hasta el punto en que me siento casi culpable indirecto de su muerte por no haberlo obligado a salir del país, como sí se pudieron ir Alberto Aguirre y Carlos Gaviria, y se salvaron.

Específicamente, ¿qué le ronda la cabeza acerca de lo que pudo haber hecho y no hizo?

Estaban matando a toda la gente a su alrededor, había una lista con su nombre. Es falta de amor no obligarlo a esconderse, falta de amor no preocuparse hasta el punto de, no sé, amarrarlo para que no salga, siquiera cambiar de casa, es decir, es un descuido imperdonable y el descuido es un sinónimo del desamor, uno deja de cuidar a la gente cuando no la quiere lo suficiente.

¿Cómo era el Héctor Abad con el papá vivo, y cómo es el Héctor Abad con el papá asesinado?

Antes de eso los problemas chiquitos podían tener una dimensión grave: que se pierda un cheque o que le roben a uno el carro podía ser una calamidad. Después, todo es una bobada. Antes yo tenía esa confianza de la juventud y de la felicidad y de la vida más o menos tranquila que lo hace volver a uno arrogante y superficial. Era más feliz pero era más tonto. La violencia cercana crea una gran ruptura en la vida, salvo para algunas personas que tienen una gran fe religiosa, y todo lo aceptan pasivamente, como la voluntad de Dios; o personas que tienen un gran compromiso político y aceptan el martirio como un mal necesario en aras de una causa justa. Yo no tengo ni el consuelo político –no me parece que la causa de mi papá justificara su martirio porque además no sirvió para nada–, y tampoco tengo el consuelo religioso, y en ese sentido yo pasé muchos años de estupor, como de inacción, de hecho postergué mucho tiempo la escritura, que era mi pasión, porque el dolor interrumpe todo.

Y adelantándonos en el tiempo ¿usted sufre otro cambio cuando publica el libro?

El libro me dio una gran serenidad porque era el único libro obligatorio para mí. Después he sentido una gran libertad de hacer lo que quiero, porque quedan muchas cuentas saldadas, no sé, creo que a partir de ahí hay una posibilidad mucho más clara de reconstruir la vida de uno sin lamentarse por el pasado. Queda una cicatriz muy fea, pero está sana.

¿La historia ya escrita, de alguna manera deja de acosar al que la escribe?

Sí, yo creo que sí, es un tema del que ya salí, es decir esta misma entrevista me parece insistir un poco sobre cosas viejas porque de todo esto ya he hablado hasta la saciedad y me toca a veces repetirlo por las traducciones, entonces voy a otros sitios y vuelven y me preguntan… Lo raro es que me lo vuelva a preguntar usted, porque lo que yo quiero es pasar la página.

¿Su amor más reciente?

Lo que pasa es que el amor es pudoroso, el amor reciente es más pudoroso todavía, no declaro mi amor en público porque los dioses que no existen son envidiosos; uno no debe declarar en público ni su amor ni su felicidad, porque alguien se los destruye.

¿Y su odio más reciente?

El odio es una cosa que siento muy poquito porque envenena profundamente y te hace serle muy fiel a la persona odiada. Siempre me ha sorprendido la fidelidad que tienen hacia mí las personas que me odian: son mucho más fieles conmigo que nadie que me haya amado. Entonces ese odio que puedo sentir momentáneamente lo saco de mí. Como un monje bueno evita pensar en mujeres empelota, así mismo me evito pensar en las personas que odio como una disciplina que me impongo y consigo mantener.

¿Cómo siente hoy el éxito de su libro El olvido que seremos?

Tengo que sentirme muy satisfecho de que un libro mío haya sido adoptado por tanta gente como un libro que les gusta, como un libro que de alguna manera representa la violencia injusta que mucho gente ha sufrido en Colombia. Entonces, a pesar de que mis otros libros le tienen muchos celos a éste, de todas maneras tengo que agradecer que al menos un libro mío haya sido tan leído.

¿Usted lo considera un best seller? Lo digo porque usted ha sido muy escéptico con los best sellers, ¿o no?

Si la definición de best seller es el más vendido, a mí me pasó eso en el año 2007. Pero no, yo en realidad no tengo ese prejuicio contra los libros populares. Me parece que en el siglo XX ha habido libros extraordinarios que se vendieron muchísimo; por ejemplo Lolita, Cien años de soledad o El nombre de la rosa, grandes best sellers y grandes libros. Yo no tengo ese prejuicio, lo que pasa es que también hay muchos best sellers malos, como los de Paulo Coelho.

¿Cómo ve su libro ahora escrito en alemán?

Es muy reconfortante, sé algunas palabritas en alemán y me gusta seguir su rastro. Hace poco, cuando mi editor y yo estuvimos presentándolo en varias ciudades alemanas, allá la costumbre es que haya un lector que generalmente es un actor y uno lee un pedacito en español y él repite el mismo pedacito en alemán. Suena un poco más largo y suena mucho más serio en alemán, como si no fuera un libro tan sencillo como el mío.

Y qué me dice cuando sea un libro electrónico. ¿Cómo ve eso?

A mí me encanta. Ahora que tengo esta pantalla grandísima del computador, bajo muchas cosas, sobre todo libros en inglés. Pongo la letra grande, que para la presbicia que acosa es algo muy conveniente, y tengo el diccionario a un clic en cada palabra. A mí me gusta mucho el libro electrónico a pesar de todos los libros que tengo, del amor por el objeto-libro y por los libros antiguos y las primeras ediciones. Los conservo porque a lo mejor algún día hay una lluvia radiactiva o explota una supernova y nos quedamos absolutamente sin electrónica y entonces nos tocará volver a estos vejestorios de papel. Pero mientras no haya ese problema, el libro virtual a mí me fascina.

Y no le hace falta el olor del libro viejo.

Yo tenía esa costumbre de oler los libros viejos, hasta que un neumólogo me la desaconsejó. Es peligroso olerlos porque tienen hongos que se te bajan a los pulmones y son muy difíciles de sacar.

¿Ya compró su libro electrónico?

Todavía no lo he comprado, espero a que todos los gomosos lo ensayen y el precio baje y ahí sí lo compro. Por ahora leo en la pantalla del computador.

Héctor, ¿cuándo se hizo escritor?

Creo que me volví escritor desde muy temprano, en la primera adolescencia. Y me volví escritor gracias a un amigo mío, mi mejor amigo de adolescencia en el barrio Laureles, que se llamaba Daniel Echavarría, un apasionado por la poesía y un enfermo de insomnio. Él tenía 14 y yo unos 12 años y leíamos muchísima poesía. Él no dormía por la noche, hasta las cinco de la mañana escribía y escribía poemas sin parar. Esa fiebre por las palabras, ese deseo de comunicarse a través de los versos, fue algo que él me transmitió. Y que me remachó y dejó completamente enfermo y obsesionado esa mañana en que resolvió pegarse un tiro, a los 16 años. Yo siempre sentí que debía seguir el oficio de Daniel, si no el de poeta, por lo menos el de la escritura.

Pero empezó con los versos.

También arranqué con la poesía y eso tal vez era lo que nos unía, aunque él escribía treinta poemas por noche y yo escribía si mucho un poemita a la semana y en general muy malo.

Recuerda algún verso suyo de esos de los 13 años.

Pues yo me acuerdo de que el primer poema que escribí cuando tenía 12 años terminaba con unos versos muy malos, pero siempre me acuerdo de ellos porque era consciente de que ese era el momento en que empezaba yo a escribir, y terminaba diciendo: “y mi aparente paz, hoy mismo, estalla en guerra”.

¿Cuándo deja el verso y coge la prosa?

Tenía 19 años cuando me fui a vivir a México con mi papá, y allá asistí a unos talleres –muy importantes para mi formación, en la Casa del Lago de la UNAM–, dos de cuento y uno de poesía. En esos talleres me di cuenta por los comentarios de mis compañeros y de los maestros de que tenía más talento para la narrativa que para el verso.

¿Y se acuerda de su primera prosa?

Tal vez sí, en cuarto de bachillerato en el colegio, el Gimnasio Los Alcázares, existía el círculo literario en la clase de español que nos daba un profesor que se llamaba Jorge Pino, y él nos ponía mucho unos ejercicios de escritura y mis ejercicios eran más bien como columnas de opinión muy críticas. A don Jorge Pino le gustaba lo que yo escribía.

¿Y cuál fue el tema, se acuerda de lo que escribía en esos círculos literarios?

Era sobre todo la descripción de otros profesores, por ejemplo del profesor de inglés, que era muy desagradable, que sabía muy poquito inglés y que, precisamente por su ignorancia del inglés, era un personaje muy arrogante. Ese retrato fue exitoso porque lo veían ahí muy bien pintado.

¿Y no tenían consecuencias?

No, porque Jorge Pino no nos “sapiaba”. Tenía el círculo literario como algo íntimo y secreto. Él me decía: “Menos mal que aquí no vienen otros profesores o directivos del colegio porque si no a usted lo echan”. Era un profesor que me tenía rosca y aceptaba todo lo que yo escribía. Por ahí me contaron que se volvió mafioso, pero yo eso nunca lo he creído.

¿Después del colegio qué más estudió?

Estudié Medicina y Filosofía, y antes esos talleres cuando viví en México, y ya después terminé Literatura en Italia. Fui a la de Antioquia un semestre de Periodismo pero después mi novia se iba a vivir a Italia, y me fui detrás de ella a los 22 años.

¿Cuál fue su experiencia como estudiante de Medicina?

En primer semestre nos llevaron a conocer un manicomio cerca de Bogotá, yo estudiaba en la Javeriana. Era un pabellón con unas treinta o cuarenta mujeres desnudas y muy sucias. Uno entraba a ese pabellón y olía igual que en el zoológico de Santa Fe en Medellín, era un olor animal. Yo iba de batica blanca, un estudiante de medicina de 19 años, y una de esas mujeres me confundió no sé si con un hijo, y me cogió esta señora grande y me cargó. Me dio un ataque de vómito. Ahí dije: no soy capaz de aguantar.

Una escena para el escritor.

Sí, todas las experiencias son buenas para alimentar a un escritor. Esa es la ventaja. Cuando estoy en una situación muy desagradable o muy aburrida me consuela el hecho de que por lo menos voy a poder escribirla.

Pero eso también puede ser una actitud obsesiva.

De alguna manera uno se vuelve espectador de sí mismo y de los demás, de todo lo que le pasa porque en algún momento cualquier situación vital le va a servir para un libro. Claro que, por fortuna, a veces me olvido y vivo solamente y no estoy escribiendo mientras vivo.

***

A mano izquierda, el resplandor de una ventana pinta de amarillo un comedor con un banquete de libros, de donde sobresale una pequeña mujer iluminada por la pantalla blanca de su computador. Su nombre es María Isabel. Ella, desde hace 10 días, es la encargada de organizarle los libros a Héctor Abad Faciolince por géneros y orden alfabético. Hace tres años que Héctor se trasteó a este apartamento donde antes vivía su mamá, doña Cecilia, y sin embargo todavía hay cajas.

Si Daniel fue la chispa en su vocación poética, ¿quien finalmente le mostró el camino?

Daniel fue el impulso adolescente, pero hablamos también del trauma que significó el asesinato de mi papá. Yo después de eso quedé absolutamente perplejo. Y una vez que Alberto Aguirre fue a Turín a visitarme, yo le entregué los borradores de todos mis cuentos. Me acuerdo que se encerró en el comedor a leerlos y yo me fui para el cuarto a esperar el veredicto. Alberto me llamó cuando terminó de leer y me dijo “te jodiste, vos sos escritor y lo más grave de todo es que no servís para ninguna otra cosa”. Ese fue como el bautismo. Yo creo que si Aguirre en ese entonces hubiera dado un veredicto contrario, yo hubiera optado por otra vida, me hubiera dedicado a la vida académica o a lo que se dedican muchos escritores que no escriben… a enseñar Literatura.

Una palabra que le guste, que sea hermosa para usted.

Siesta, aunque no hago siesta.

¿Cómo escribe, a qué hora, en dónde escribe?

Cuando estoy en mi casa escribo en la biblioteca, en este computador, y fuera de eso tengo libretas siempre en el bolsillo. Libretas para los viajes o para la calle porque tengo mala memoria. A veces se me ocurren frases o ideas y las apunto ahí mismo, ya sea la frase o la combinación de palabras o el tema para un artículo, para un capítulo o alguien me dice algo o lo que oigo por ahí. Es muy importante vivir pendiente de lo que dicen los demás. Las ideas están por ahí, en el aire. Uno no se puede limitar a lo que se le ocurre porque lo que a uno se le ocurre es muy poquita cosa, hay que tener las antenas siempre alertas para lo que dicen y piensan los otros.

¿Prefiere escribir en las mañanas o en las tardes?

En cualquier momento, cuando siento que tengo ganas; no me esfuerzo, no tengo una disciplina de que todas las mañanas o todas las tardes o todas la noches voy a escribir, no. Escribo cuando me dan ganas, así como tomo agua cuando me da sed, y nunca ha dejado de darme sed de escribir.

¿Y tiene un lugar ideal para escribir, así como William Faulkner prefería los lupanares?

Sí, eso decía, y García Márquez lo aplicó literalmente al principio de su carrera cuando escribía en un burdel de Barranquilla. ¡Noooo! A mí eso me parece que son boutades (palabra francesa que es algo así como frases para escandalizar). Lo que yo creo es que el sitio mejor para escribir es la casa de uno. Tengo una finquita en La Ceja con mucho silencio. Es un buen sitio para no estar distraído por internet, que es una bendición y una maldición para un adicto a la red como yo.

¿Qué se la pasa haciendo en la red?

No tengo facebock, alguna vez abrí uno y me pareció una invasión de la intimidad, no sólo mía sino la de los demás. Uso a veces el chat para comunicarme con amigos o skype para hablar con mis hijos. Pero sobre todo, estoy viendo periódicos de otras partes y eso tiene que ver con mi trabajo en El Espectador. Me parece que debo alimentar con ideas al periódico y para eso tengo que estar actualizado, viendo cuáles son los temas, los sucesos más importantes y, fuera de eso, pues también bajo libros, bajo información de las enciclopedias y leo, leo en la pantalla, como decía, cómodamente y con diccionarios y traductores virtuales en cualquier lengua.

¿Es verdad que escribe dos libros al mismo tiempo, que intercala estados de ánimos, que pasa de lo serio a lo relajado?

Sí, eso me pasaba siempre. Escribía un libro serio y otro ligero. Es una manera que descubrí inconscientemente para dominar la autocrítica. La autocrítica puede ser lo más paralizante del mundo, entonces si me sentía muy serio, insoportablemente serio, me iba al otro libro y si después me sentía insoportablemente frívolo me iba al libro serio. Y en ese péndulo soportaba todo lo que mi conciencia me iba diciendo que era una porquería. Pero ahora que ya soy una persona supuestamente más madura, creo que voy a ser capaz de escribir un solo libro a la vez.

¿Y qué está escribiendo?

Acabo de entregar un libro que es una cola, un apéndice que le salió a El olvido que seremos, sobre el poema que mi papá llevaba en el bolsillo cuando lo mataron, con otros dos relatos autobiográficos, y al mismo tiempo que terminaba este libro empecé a hacer las entrevistas y la documentación que necesito para la otra novela que estoy estudiando y que ya estoy escribiendo.

¿Y los dos también oscilan en ese péndulo?

No, en realidad estos no; son muy distintos. Este que terminé es sobre todo una investigación sobre un poema, no tiene nada de ficción, y el que estoy escribiendo tiene que ver con un cura amigo mío que conocí en los años 80 y 90, es un libro sobre él.

¿La rutina de escribir difiere si el menester ya no es la literatura sino el periodismo o la columna para El Espectador?

No. Es muy parecido: también hay computador, libretas, lo mismo, igual.

¿Y también escribe para El Nacional de Caracas?

Bueno, antes tenía una columna quincenal en El Nacional, pero después de que Sergio Dahbar dejó de ser director perdí el contacto. Ahora escribo con cierta frecuencia para un periódico suizo que se llama NZZ, el Neue Zürcher Zeitung.

¿Y qué les escribe uno a los suizos?

Ellos me encargan la cosa, escogen el tema; es algo que no ocurre con una frecuencia establecida sino que de vez en cuando recibo una carta del redactor, el señor Breitenstein, y me pide algo, no sé, me puede pedir un cuento, me puede pedir un artículo sobre la crisis con Venezuela o sobre la visa gringa.

¿En tiempos de Chávez alcanzó a escribir?

Sí, sí, me tocó Chávez, pero no escribía mucho de política para Venezuela, escribía más de otras cosas.

Lo que quería saber es: entre Uribe y Chávez, ¿cuál es para usted, como crítico de los dos, el más intolerante?

Con la prensa es más intolerante Chávez, y eso es mucho decir, pero ambos tienen talantes autoritarios parecidos: un coronel y un ganadero.

Volviendo a la intolerancia, ¿cómo es eso que por un artículo lo echaron de la Universidad Pontificia Bolivariana?

Lo he contado tantas veces que ya no sé si me lo inventé. Teníamos un periódico que se llamaba Paredón y el artículo por el que nos echaron se llamaba “La metida del Papa”, una diatriba contra el sumo pontífice, en ese entonces el recién nombrado Juan Pablo II. Fue una decisión del cardenal López Trujillo, él directamente dio la orden, ni siquiera el rector de la Universidad nos quería expulsar, pero el cardenal le dio la orden de que nos echara y nos expulsaron. Más que una expulsión fue un suicidio: escribir contra el Papa en una universidad pontificia… hay que estar loco o tener la ingenuidad de los 20 años.

¿Qué llegó a escribir para que un cardenal termine pidiendo la expulsión de la universidad de un estudiante de periodismo?

¡Ahhh! Era un artículo bastante vulgar, era un artículo de un adolescente que quiere hacer Mayo del 68 en Medellín, 10 años después, diciendo que el Papa no tenía relaciones sexuales y que entonces no se metiera a hablar de sexo, y que en cambio a nosotros, pecadores, el sexo nos encantaba.

¿De dónde más lo han echado?

También me echaron nada menos que de El Espectador. A finales de los 90 escribí una columna durante las elecciones presidenciales, no me acuerdo en cuáles, en las que participó C. Ll. de la F. Escribí una columna que se llamaba “Las uñas del candidato”, en la que hablaba de la longitud de las uñas de C. Ll. de la F. Parece que no le gustó mucho. C. Ll. de la F. tenía mucha ansiedad de ser presidente de algo, como el papá, y cuando lo nombran presidente de El Espectador, entonces C. Ll. de la F. lo primero que hace es despedir al columnista que había escrito sobre sus uñas.

Y la otra echada... ¿El desamor?

Sí, claro, cuando alguien se desenamora de uno lo echan, es terrible, es lo más doloroso que hay, pero eso está en otro territorio, del que prefiero no hablar. Como le digo, el amor es pudoroso.

¿Hijos?

Tengo dos. Daniela, de 23 años, que estudia Cine en Barcelona, y Simón, de 19, que vive en Verona.

¿Quiere ser tan amoroso como lo fue su papá? ¿Los quiere volver adictos a usted?

No, no hay peligro de que ellos se vuelvan adictos a mí. Lo que sí puedo decir es que a pesar del gran amor que sentí por mi padre, creo que incluso ese amor se queda chiquito comparado con el amor que se siente por los hijos. Yo creo que los padres quieren más a los hijos de lo que los hijos quieren a los padres. Abusamos incluso del amor de nuestros padres, pero los padres no sentimos nunca eso. Yo jamás sentiría que mis hijos abusan de mí, estoy en las manos de ellos, ellos pueden hacer lo que les dé la gana conmigo, antes me parece que son absolutamente moderados.

Su papá era cómplice suyo, lo entendía muy bien y dejaba que usted fuera como quería. ¿Usted aplica eso? ¿Es amigo de sus hijos?

La relación no es equivalente a la amistad porque de todas maneras hay unos límites muy grandes. Sobre todo los hijos no tienen absolutamente ningún interés, es más, les repugna la vida privada de sus padres. La vida sentimental y la vida sexual de los padres es algo muy desagradable, a mí nunca me interesó en absoluto esa parte de los míos y mis hijos detestan la mía, es más, creo que ellos creen que yo no tengo ninguna y puede que tengan razón. Sin embargo, cuando hay algún problema serio sí sé que lo hablan conmigo.

¿Hablan mucho?

Cuando mis hijos estaban chiquitos y vivían allá en Italia, yo los llamaba todos los días de mi vida. Trabajaba para pagar las cuentas del teléfono. Ahora que están grandes no quieren que los llame todos los días, lo hago por internet, pero tengo que controlarme para no hostigar, para no ser un padre intenso.

¿Se parecen a usted?

Afortunadamente no.

¿Héctor sueña?

Yo sueño mucho, pero no me acuerdo de lo que sueño.

¿No hay un sueño recurrente del que se acuerde?

Sé que hay un montón de imágenes, pero si a mí ya se me olvida la vigilia imagínese los sueños. Abro los ojos y mis sueños desaparecen.

¿Hombre de día o es hombre de noche?

Yo soy un antioqueño típico: me acuesto temprano y madrugo.

… y come en la casa.

Pues es que no sólo almuerzo en mi casa sino que trabajo en mi casa.

***

Señala su estudio, del otro lado de la pared del cuadro con una mujer salvaje de Germán Londoño, donde el escritor antioqueño se sienta frente a su nuevo computador Mac con un latifundio de pantalla. Desde allí escribe sus libros y sus columnas para El Espectador.

¿Después de la columna enmarihuanada, lo para más la policía?

No, a mí nunca me para la policía, tengo mucha suerte.

¿Esa columna dio mucho de qué hablar?

Sí, fue una de las más leídas; hasta me arrepentí un poquito de ella y la semana pasada escribí una sin marihuana, para decir que si quieren fumar marihuana que sea solamente en lugares privados. Es la propuesta que tengo ahora, que debe despenalizarse el porte pero que debe prohibirse terminantemente el consumo de drogas en la calle, yo creo que con eso podríamos llegar a un acuerdo con los conservadores.

¿Y la otra columna sobre el Niño Dios? ¿No quiere al Niño Dios?

Eso es por falta de tema en diciembre, uno qué hace en diciembre, hay que escribir aunque sea en contra del Niño Dios. Yo paso bueno en Navidad, la Navidad en mi familia siempre ha sido bonita, con toda la parafernalia de pesebre y arbolito. Pero de eso se encargan mi mamá y mis hermanas, aunque en realidad lo que celebramos más en Navidad nosotros es que el 25 de diciembre cumple años mi mamá.

¿A su mamá no le gustó la columna?

Mi mamá es sabia y pasa por alto lo que no le gusta, se le olvida rápido.

¿Hay algo más peligroso que la fama para un escritor?

El fracaso debe ser incluso peor.

¿Le preocupa la vejez?

No me preocupa, pero no me agrada, pues yo preferiría que el plan divino hubiera sido más sensato: que nos dejara a todos de 33 años, así tuviéramos que morir a los 80.

¿Y el amor le preocupa?

El amor no me preocupa, más bien ruego por el amor. Uno de los poemas que más cito últimamente es Dónde, de Idea Vilariño, que dice:

Dónde el sueño cumplido

y dónde el loco amor

que todos

o que algunos

siempre

tras la serena máscara

pedimos de rodillas.

¿Y la plata?

Es un error despreciar la plata y otro error codiciarla. Hay que encontrar un equilibrio entre el cuidado para mantenerla, para conseguir unos medios de subsistencia mínimos que te permitan la libertad, y un desprendimiento para no dedicarse solamente a conseguir plata.

¿Y la salud?

Lo que más me preocupa es la salud mental porque la mente es el alma para mí, entonces en el momento en que yo pierda la mente por demencia o por olvido, eso me parecería lo mismo que la muerte.

Y finalmente, ¿el olvido?

Un cuerpo que no recuerda es igual a una piedra.

¿Y que lo olviden?

Que me olviden… eso es irremediable.

¿Estado civil?

Siempre he sido soltero. Aunque he tenido largas relaciones e hijos, siempre he sido soltero, nunca me he casado.

¿Afición aparte de la escritura?

Me gusta caminar, nadar, trotar, esos son los ejercicios que hago. Y me acompaña la música clásica.

¿Va al estadio?

Mi papá me llevaba a fútbol y se ponía a leer revistas mientras el partido transcurría. Llevaba la revista Time y la revista Newsweek; se ponía a leer mientras el DIM jugaba; no se emocionaba en lo más mínimo, le daba lo mismo que un equipo metiera gol o el otro, entonces yo era hincha de DIM y lo sigo siendo más por una fidelidad con mis primos, pero no estoy enterado nunca de si gana o pierde.

¿Usted es una persona de mal genio o de buen genio?

Digamos que disimulo mi mal genio con silencio, pero tengo mal genio.

¿Con los años usted se está pareciendo más a su papá?

La cosa es peor: cuando me miro en el espejo me parezco cada vez más a una hermana de mi papá, a la tía Merce.

***

Mientras devuelvo el baúl que pedí prestado para instalar mi grabadora, me cuenta que ahí guarda sus diarios y manuscritos. La herencia –dice– para sus hijos. Hay que llevarlo hasta su cuarto, donde oficia de mesita de noche. Un Borges alevoso y un Woody Allen nervioso, en blanco y negro, custodian la puerta. Nota mi interés en esas dos fotografías, sus consentidas, y sin esperar la pregunta, concluye:

“Me parece que tal vez lo posmoderno –esa palabra tan fea– es lograr mezclar el pudor victoriano de Jorge Luis Borges con la impudicia de finales del siglo XX de Woody Allen”.