Mario Hernández revela sus facetas desconocidas

Este empresario santandereano decidió revelar facetas poco conocidas: su admiración por la cultura China, el gusto por la cocina y el placer que le produce jugar golf.
Mario Hernández revela sus facetas desconocidas

La puerta del ascensor se abre en la sala del apartamento en el que Mario Hernández, el empresario que ha dedicado su vida a trabajar el cuero, pasa sus días al norte de Bogotá. La entrada está usualmente custodiada por Toro, un perro raza sharpei de siete años que divide sus atenciones entre esta cálida vivienda y la casa ubicada en Altos de Yerbabuena, en las afueras de la capital, a la que Hernández asiste religiosamente con su esposa Olga cada fin de semana que se encuentra en el país.

La primera impresión que deja Mario Hernández es que se está frente a un hombre sencillo. Sensación que se explica por cuenta de su origen humilde: desde que abrió su primera tienda, en 1972, este santandereano ha trabajado sin descanso para construir la gran empresa que hoy tiene. En la actualidad, Hernández emplea a más de 200 artesanos, exporta el 60% de su producción y cuenta con tiendas en Aruba, México, Panamá y Venezuela.

Mario Hernández, el cerebro detrás de la empresa que durante mucho tiempo se conoció como Marroquinera, es un hombre apasionado por la cultura china. Una afición que delata la decoración de su apartamento, lleno de objetos pertenecientes al país que, desde que visitó por primera vez en 1992, no ha parado de obsesionarlo: un jarrón de jade de muchos colores ubicado en la sala; dos figuras orientales, en madera, colgadas en las paredes, una frente a otra; un biombo que está junto al corredor; platos chinos con minuciosos dibujos hechos a mano en las estanterías de la biblioteca, y varios libros sobre cocina, historia y geografía asiática.

“Por cuenta de mi negocio he tenido que viajar a muchos países, pero China siempre ha sido mi destino predilecto. No sé si fui chino en una vida pasada –dice entre risas– pero me encanta su cultura, su crecimiento económico y ese sistema de gobierno que, sin lugar a dudas, es mucho más equitativo y competitivo que el nuestro”.

El país asiático le encanta, en parte, debido a otra de sus grandes pasiones: la cocina. Tan grande es su afición que desde hace quince años se reúne todos los jueves, sin falta, a cocinar con un grupo de amigos. A manera de confidencia, cuenta: “Alquilamos la cocina del chef Nacho Cajiao y cada semana nos turnamos para preparar el menú”.

La vena gastronómica le brotó gracias a esa feroz inquietud que lo caracteriza y que aplica de manera constante en su trabajo; algo que lo ha llevado a ser uno de los empresarios más innovadores en el sector del cuero y, en general, en el mundo del diseño. “Hoy en día hay que saber lo que pasa para poder innovar –dice con un tono de voz afable–. Uno no puede quedarse quieto ni copiar porque si no está muerto. Con la cocina pasa lo mismo que en los negocios: hay que probar nuevas cosas, usar los mejores ingredientes, ir tú mismo a buscarlos para garantizar la calidad”.

Fruto de esa curiosidad nacieron platos que ha venido perfeccionando con el tiempo y la práctica. Como la paella valenciana (que considera su especialidad) y a la que le agrega pollo, cerdo y azafrán. “Mario es muy buen cocinero –asegura Olga, su segunda esposa y madre de su tercer hijo–, todo le queda rico y le encanta preparar platos con los ingredientes que tiene a la mano. Le gusta mejorar las recetas y como ha viajado tanto puede hacer cosas muy variadas”.

Para demostrarlo, Hernández se pone manos a la obra: va hasta la amplia cocina de su apartamento, se viste con la chaqueta blanca típica de los chefs y luego se calza unos zapatos de goma sin cordones. La cocina es grande y espaciosa, con un mesón en el que tiene listos todos los ingredientes del desayuno que preparará: huevos a la yerbabuena, una receta que, explica, prepara con los huevos de las gallinas que tiene en su finca y que alimenta sólo con maíz. A su lado hay salchichas pequeñas, aceite de oliva, una mantequilla especial a la que le ha quitado la grasa, una sal refinada comprada en París y un té traído de la China.

“No como demasiado –explica mientras bate los huevos–. Me gusta que los sabores sean distintos y por eso es que puedo comer y tomar de todo, desde una buena champaña hasta un refajo”.

A medida que pone los ingredientes en la sartén, Mario habla del golf, una afición que le brotó de manera inesperada. “Al principio pensaba que era un deporte para viejitos –confiesa–, pero hace años, cuando fui socio fundador de un club que se llama La Sabana, comencé a practicarlo y me envicié. El golf se te vuelve un reto porque es complicadísimo. Y resulta una delicia: cuando menos te das cuenta ya has caminado unos seis kilómetros”.

Hernández asegura que no juega para competir sino por pura y simple diversión; quizá por eso todos los sábados empaca sus palos y sale a recorrer el campo con un grupo de amigos. “Quisiera poder jugar un poco más entre semana, pero cuando uno es el general del negocio le toca estar al frente”, dice.

Mientras sirve los huevos acompañados de pandebono, salchichas, mogollas y fruta, Mario Hernández asegura que, a pesar del éxito cosechado, nunca ha pensado en retirarse: “El día en que uno se salga se muere. Además, yo no monté empresa para quedarme sin puesto”, afirma con un toque de ironía. Pero más allá de la pasión que lo empuja a seguir adelante en su trabajo, Mario tiene una visión muy clara de la vida: “El gran premio de esta vaina no es la plata, sino el buen nombre; ser alguien honesto, transparente y trabajador. El dinero se acaba, pero lo que tienes en la cabeza no te lo pueden quitar”, asegura. Al final reflexiona y, llevándose la comida a la boca, remata: “El éxito para mí no es otra cosa que poder andar tranquilo por la calle, con la frente en alto”.

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