Ramiro Bejarano, de terapia con los Beatles

Ácido, polémico y crítico. Así es el abogado y columnista Ramiro Bejarano, quien cada sábado usa un original método para bajarle al estrés: encerrarse en un salón de su apartamento a escuchar a los Beatles.
Ramiro Bejarano, de terapia con los Beatles

Lado A (Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band)

“Voy a confesarle una cosa –dice Ramiro Bejarano, abogado, profesor, columnista, ex director del DAS durante el gobierno de Ernesto Samper–: hace unos meses, por cuenta de una enfermedad coronaria, el médico me recomendó bajarle al estrés. Desde entonces cambié los noticieros radiales por música y eso me da un alivio gigantesco. Mi mejor terapia es escuchar a los Beatles; todos los sábados por la mañana me encierro aquí –un pequeño salón con escritorio, equipo de sonido, muchos discos– y hago mi terapia solo. Eso me relaja”.

Más allá se ve una sala grande rodeada por varios estantes con libros. Hay de todo: literatura, textos de derecho, diccionarios y enciclopedias. Bejarano se sienta en un sofá y cruza las piernas. Es, a simple vista, un hombre de hablar pausado y buenas maneras. “El gusto por los Beatles me viene de la universidad, de haber vivido en Francia (hizo una especialización en la Sorbona), y de lo que ellos representaron. Esas canciones que le cantan al amor y a la paz por fuera de las formas tradicionales, no podían pasar indiferentes para una persona de mi torrente sanguíneo”, dice.

Y entonces, encerrado, disfruta con Yesterday, Let it be, Hey Jude. “Los Beatles eran unos predicadores –dice–. Yo sufrí mucho con el asesinato de Lennon. He ido muchas veces al lugar donde lo mataron en Nueva York, pero nunca he estado en Liverpool, a pesar de que he viajado en varias oportunidades a Inglaterra. Eso sí: ¡No me voy a morir sin conocerla!”.

Al final no es sólo el cuarteto de Liverpool el que lo relaja. Asegura que le encanta la música de los años sesenta, que sintió mucho la muerte de Óscar Golden y que, por su origen, siente gran inclinación por la salsa. “Me gustan Joe Arroyo, Rubén Blades, Willie Colón y Héctor Lavoe. La última vez que fui a un concierto fue al de Eddie Palmieri”, cuenta. Y como buen bugueño, baila bien. Pero la realidad es que poco pueden hacer los demás grupos contra los Beatles; al final, su terapia no falla: “Me encanta Let it be; cada vez que la oigo me fijo en esa cadencia, en la letra. Es espectacular”.

Y el estrés baja.

Lado B (Lucy in the sky with diamonds)

Ramiro Bejarano llega a la cita a las 12 y 15. Entra al edificio donde vive, en Bogotá, saluda a una mujer que está sentada en el lobby y va hasta el ascensor. Cuando las puertas se abren se ve el apartamento: dos salas enormes, libros, sofás, una ventana al fondo. Y entonces se olvida por un momento de la política y habla de su faceta como profesor, de sus gustos literarios y de viajes.

“Los profesores somos estudiantes viejos –dice–. Para mí ser docente significa estar en contacto con el sector más transparente y honesto de cualquier cultura: los estudiantes. También sirve para mantenerse joven y estar estudiando de manera permanente”.

Bejarano sabe lo que dice. No en vano lleva más de 35 años enseñando en la Universidad Externado de Colombia (de la que es egresado), y más de 20 en Los Andes. “La relación con los alumnos es un cordón umbilical que nunca se rompe –cuenta–. Sé que muchos consideran que soy estricto, de repente ‘cuchilla’, pero creo que tienen la seguridad de que no soy una persona injusta o perseguidora”.

Su profesión, por supuesto, le exige leer mucho. Pero Bejarano no lo hace por obligación: le encantan la historia y la literatura. De la primera, devora libros de historia colombiana y francesa; de la segunda, en cambio, asegura que conoce con solvencia a José Saramago; que Orhan Pahmuk –el Nobel turco– le parece fascinante, y que admira la inteligencia y el humor negro de Oscar Wilde. De la primera le apasiona la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas; de la segunda, consulta permanentemente El Quijote (“son magníficas las cosas tan sensatas que dice Sancho sobre el buen gobierno”), y que últimamente le ha dado por releer.

“Estoy leyendo otra vez Rayuela, de Cortázar, que ya se me había perdido en la cabeza. Releer es magnífico porque, aunque el libro es el mismo, uno ha cambiado y lo ve diferente”. Algo similar sucede con los lugares: cada vez que regresa a Francia, donde vivió, ve las cosas distintas. “A veces pienso que me gustaría volver a vivir en París –dice con nostalgia–, pero ya es imposible: tengo una familia, dos hijas, y estoy seguro de que ni en este gobierno ni en los que vienen me van a nombrar embajador”. Y suelta la carcajada.

De Francia le quedó, entre otras cosas, el gusto por los placeres gratos: la comida y el buen vino. “Siempre que cualquier amigo viaja le pido que me traiga una mostaza muy popular que venden en todos los supermercados. Me fascina”. También cuenta que le encanta el fondue, el lomito a la provenzal y los escargots. “En Bogotá hay dos buenos restaurantes de comida francesa: Napoleón, que queda al frente del Palacio de Justicia, y Donde Gilles, que tiene chef suizo pero prepara muy buenos platos”.

Bonus track (Yellow Submarine)

Pese a que dejó el Valle hace años, Bejarano trata de no desconectarse. Por eso, quizás, conserva una columna de opinión en el diario El País, de Cali; deja escapar de vez en cuando su acento valluno y dice que le encanta la gastronomía de esa región. “Esa comida es la más deliciosa con los nombres más horribles: chancaca, aborrajado, atollado, marranitas y el champús”.

Luego mira el computador para revisar su cuenta de Twitter, que abrió hace poco por recomendación de sus hijas y en la que tiene más de mil seguidores. Su nivel de vida, parece, es acelerado. Quizás por eso durante toda la semana espera con ansia el día en que pueda encerrarse en el salón a escuchar la voz de Lennon.

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