!Atrápame si puedes! Falsificadores de dinero

Un impresor bogotano es el único que ha logrado falsificar el dólar australiano, el billete más seguro del mundo. Ese es apenas uno de los hallazgos de los detectives especializados en perseguir este delito en el que los colombianos son expertos. Cuando el arte se vuelve crimen.
!Atrápame si puedes! Falsificadores de dinero

Entre 1998 y 2007, los detectives del DAS han capturado 169 delincuentes e incautado 548 millones de pesos, 75 millones de dólares y 7,8 millones de euros falsos.

Cuando los detectives del DAS empezaron a investigar, estaban convencidos de que se trataba de una compleja organización compuesta por 10 ó 15 curtidos delincuentes. Según sus cuentas, era la estructura necesaria para falsificar y poner en circulación cientos de dólares australianos, el único billete que hasta ese momento era considerado infalsificable. Pero después de casi dos años de pesquisas y seguimientos, descubrieron que los delincuentes eran en realidad dos personas que se salían de los perfiles criminales que los agentes habían construido tras más de ocho años de experiencia persiguiendo falsificadores.

No eran hombres con escasa formación académica, de estrato bajo, con conocimientos artesanales de impresión, que se mueven en el bajo mundo y que llevan una vida promiscua y caótica. Los responsables de lograr lo imposible eran un prestigioso profesional de estrato 6, muy adinerado, que oficiaba como financista y que llamaremos Carlos Andrés*; y un exitoso empresario de las artes gráficas, con gran bagaje técnico y conocimiento de su oficio, que hizo las veces de impresor y que aquí conoceremos como Óscar José.

Sus talleres de impresión no estaban ubicados en las barriadas del sur de Bogotá ni en los sórdidos recovecos del centro de la ciudad. Instalaron sus imprentas en un barrio residencial del norte de la capital y en una cómoda casa en Chía. No tenían contacto alguno con el mundo del crimen. Tampoco necesitaban dinero. Sólo querían superar un reto personal. Y fue el deseo de lograr una revancha el que los llevó, tras un trabajo persistente de más de dos años, a obtener un 96% de similitud con el billete genuino.

La historia comenzó cuando Carlos Andrés viajó a Australia con su novia y vivió una experiencia de discriminación y exclusión por su origen latino. Al regresar a Colombia, prometió vengarse y se propuso falsificar la moneda australiana, conocida por ser la única ciento por ciento segura e imposible de falsificar. Contactó a su amigo Óscar José y le propuso el negocio, en el que invirtió cerca de 150 millones de pesos.

Duraron más de un año tratando de conseguir el polímero, un plástico transparente en el que se imprime el billete. Después de infructuosos y costosos ensayos en Colombia, lo encargaron a un laboratorio de Miami, Estados Unidos. Al cabo de unas semanas, recibieron de vuelta el material con el calibre exacto que buscaban. El siguiente reto fue aún más difícil. ¿Cómo imprimir en un plástico, sin que se arrugue o se derrita en las máquinas de impresión hechas para trabajar sobre papel?

Óscar José, un hombre con un alto sentido de responsabilidad y perfeccionista hasta la médula, asumió el reto: con una paciencia admirable ajustó y adaptó la máquina, hasta obtener las condiciones de luz, temperatura y presión necesarias para trabajar sobre el polímero. El siguiente paso fue ajustar los colores para lograr la secuencia, que en el caso del polímero es más compleja que la del papel. Con la dedicación de un artista y la precisión de un relojero, el impresor corrigió uno a uno los errores hasta conseguir la perfección que tanto anhelaba. Sólo le faltaba lograr la impresión de la efigie y del número 100 cuando los detectives lo capturaron en su taller con papel e insumos suficientes para falsificar 10 millones de dólares australianos.

A estas alturas había logrado el 96% de similitud con el billete genuino, es decir, había superado los sistemas de seguridad de las prestigiosas empresas que producen polímero y de los bancos estatales de una docena de países que se consideraban a salvo de la falsificación. Óscar José y Carlos Andrés estaban esperando una impresora, avaluada en 300 millones de pesos, para terminar su trabajo, cuando fueron descubiertos.

El hallazgo de los detectives colombianos, que trabajaron de la mano con el servicio secreto de Estados Unidos y la policía australiana, era insólito, porque ni en ese momento –ni hoy– se había intentado falsificar el dólar australiano. El caso sigue siendo motivo de estudio entre los expertos en falsificación del mundo entero, que casi tres años después siguen llamando a Colombia a averiguar detalles técnicos. Otros escépticos lo hacen para comprobar que no se trata de un mito.

Al mejor estilo de Atrápame si puedes, la exitosa película de Steven Spielberg, que recreó la historia real de Frank Abagnale Jr. (personificado por Leonardo DiCaprio), el mejor falsificador de cheques en la historia de los Estados Unidos, el par de falsificadores colombianos, considerados como los mejores impresores de moneda falsa del país, terminaron de amigos de los agentes, quienes los consultan para descubrir las últimas técnicas utilizadas por los delincuentes criollos.

Los dos hombres ya pagaron su condena y están gozando de su libertad. Se arrepintieron del delito cometido y retomaron las actividades legales que tenían antes de semejante aventura criminal.

Pero el mundo de la falsificación de moneda en Colombia es mucho más sórdido y oscuro. Más complejo y enrevesado. Con organizaciones que se han especializado, tecnificado y camuflado para evitar la persecución de las autoridades colombianas y de las agencias que les brindan apoyo técnico en Estados Unidos, Italia, Francia y España, entre ellas la Oficina de Lucha Anti Fraude de la Comunidad Europea (OLAF).

En sus ocho años de trabajo, el Grupo de Investigación Anti Falsificación de Moneda del DAS (GIAF) se ha encontrado con clanes familiares dedicados a este delito y cuyos miembros reinciden, amparados en penas bajas. Una costumbre que viene del Valle, donde nació esta próspera empresa criminal de la mano del narcotráfico, a finales de los 70. Allí, litógrafos y tipógrafos empezaron a imprimir documentos falsos a solicitud del cartel de Cali. Hacia 1985 se dieron a conocer los primeros indicios de falsificación de dólares norteamericanos.

Este delito tuvo su cúspide hacia 1990, como resultado de la desintegración de este cartel y la falta de empleo. En poco tiempo el mercado de Estados Unidos se inundó con dólares falsos provenientes de Cali, donde era común ver en el parque del barrio San Nicolás las tipografías imprimiendo dólares a la plena luz del día. Hacia 1998, alertado por esta situación, el Servicio Secreto norteamericano empezó a capacitar funcionarios colombianos y a establecer los mecanismos de cooperación que siguen vigentes y que significaron el nacimiento del GIAF en Cali, ese año.

Las organizaciones se desplazaron al Eje Cafetero y Bogotá. Varias de las cabezas de las redes que operan en la capital provienen del Valle, incluso algunos de ellos se expandieron a Venezuela y Perú.

Hoy se reconocen tres eslabones en el negocio: los financistas, que aportan el dinero para los insumos y las máquinas y que nunca se untan las manos de tinta; los impresores, que realizan su trabajo de manera casi artesanal, son los de más bajo estrato y los que se llevan la tajada más pequeña de la torta; los distribuidores nacionales, quienes se encargan de rotar moneda colombiana falsificada; y los distribuidores internacionales, que hacen parte de una intrincada red que saca la moneda a través de correos humanos y remesas a países de tránsito (Centro y Surámerica) y los de destino (Estados Unidos y Europa). Las rutas y el modus operandi son los mismos que utiliza el narcotráfico.

En cada uno de los eslabones de esta cadena, las autoridades ya tienen identificados a los más avezados delincuentes. Casi todos han estado ya en la cárcel y encargan a sus hijos, sobrinos y cuñados del negocio mientras cumplen sus penas. Algunos de los más grandes distribuidores e impresores de Bogotá cayeron en dos operaciones conjuntas (Greenday y Eurotree) que culminaron en mayo de 2007. Fue el más duro golpe a las bandas organizadas, que producían y comercializaban mensualmente más de cinco millones de dólares, euros y moneda colombiana falsa.

Por esa operación fueron a la cárcel Andrés Gómez, el distribuidor con los mejores contactos en el exterior y comprometido en el envío de más de 500.000 dólares falsos a Estados Unidos, a través de Venezuela y Costa Rica; Ricardo Corrales, el más grande impresor de Bogotá, con una gigantesca producción de euros, dólares, bolívares fuertes, soles, pesos y una red de taxistas que distribuyen moneda colombiana.

Más de 200 detectives, investigadores criminalísticos, peritos, funcionarios administrativos y observadores internacionales participaron en el desmantelamiento de 8 imprentas y 5 centros de almacenamiento, y en la incautación de 5 millones de dólares, 1 millón de euros, 62 millones de bolívares y 600 millones de pesos falsos.

Delegados de agencias internacionales llegaron a Colombia para conocer los detalles de esta operación. Los logros en el combate a este delito se reconocen más del exterior, donde es considerado una forma de financiación terrorista y se relaciona con otros ilícitos como el narcotráfico, la compra de armas y el pago de extorsiones y secuestros.

Colombia, entre tanto, ha ganado fama en el exterior por la calidad de los billetes falsos, pero más recientemente se ha destacado por la cantidad que produce. En julio de 2004 fue desmantelada en Colombia la primera imprenta de euros falsos en América. Dos años más tarde se incautó la mayor cantidad de euros falsos producida hasta ese momento en el mundo: más de seis millones hallados en una imprenta en el nororiente de Bogotá. Y casi de manera paralela a las operaciones Greenday y Eurotree, fueron desmanteladas en la Hormiga, Putumayo, tres imprentas, entre ellas la máquina más moderna hallada hasta ahora en el mundo, avaluada en 100 millones de pesos y de propiedad de un narcotraficante que pretendía falsificar más de 30 millones de dólares americanos. El golpe más reciente se dio a finales del año pasado, cuando cayó la organización de falsificación de moneda colombiana más grande de Bogotá, con más de 1.400 millones de pesos en su poder.

Mientras los falsificadores evolucionan y entran en la era digital, los detectives nacionales, emulando la película de Spielberg, seguirán asesorándose de dos de los mejores falsificadores que ha tenido el país, pues ya retirados, han resultado ser muy legales.

El deseo de superar un reto personal llevó a los falsificadores, tras un trabajo persistente de más de dos años, a obtener una similitud del 96% con el billete genuino.

Temas relacionados