El otro Búnker de Felipe Muñoz

La literatura le ayuda al nuevo director del DAS a desconectarse cuando los temas calientes lo agobian. lejos de la alta seguridad de su oficina, se refugia en Una pequeña librería bogotana para disfrutar a sus anchas de una vieja pasión.
El otro Búnker de Felipe Muñoz

A Felipe Muñoz pocas cosas le producen tanto placer como perderse en la maraña de libros de su librería favorita. Allí, además de alimentar un hábito que tiene desde la infancia, le gusta rodearse de autores como si fueran amigos de toda la vida. Eso le ocurre cada vez que entra a San Librario, un pequeño sitio dedicado a la venta de textos en su mayoría usados, en los que se encuentran ejemplares fuera de lo comercial.

En ese lugar del barrio Quinta Camacho, los estantes ocupan las paredes de piso a techo y algunos armarios guardan la más variada colección literaria universal, primeras ediciones y libros agotados que para los cazadores de rarezas, son verdaderas joyas bibliográficas.

Cuando Felipe llega allí con la avidez de un lector empedernido, se deja llevar por el instinto y por la asesoría de su viejo amigo y propietario de San Librario, Álvaro Castillo, un experto vendedor de libros a quien conoce desde hace 13 años cuando administraba una librería en la calle 72, sector donde se desempeñaba en el área financiera. Desde ese momento se decidió firmemente a aunar una buena colección que ha ido consolidando de acuerdo con sus gustos y preferencias. "Hubo una época en que sólo leía cuentos, luego solamente novela latinoamericana. Otras veces comienzo con un autor y trato de ahondar más en su obra".

Dice que cuando llega, muchas veces no tiene claro lo que está buscando: "Lo mío es un poco una búsqueda adolescente". En ese momento aparece su librero de cabecera para recomendarle según su estado de ánimo o actualizarlo en términos de ejemplares que ha conseguido últimamente. Aunque reconoce que no es experto en el tema académico literario, dice que con los años ha ido afinando el gusto y el olfato y que algún día le gustaría hacer un curso de literatura para ordenar sus conocimientos.

Esa manía por adentrarse en historias y vidas de otros es la mejor manera de equilibrar la vida laboral que lo fue llevando, sin darse cuenta, por el camino público. Primero, trabajó durante la administración de Enrique Peñalosa, luego con Juan Manuel Santos en el Ministerio de Hacienda y más tarde estuvo al mando de la Superintendencia de Vigilancia, cargo en el que estuvo dos años y medio antes de ser nombrado director del DAS, en enero pasado. En todo ese tiempo como funcionario del gobierno, con un perfil hacia afuera, la literatura es el espacio ideal para la soledad, para ser un poco egoísta y disfrutar en silencio de esas tramas paralelas a la realidad.

Una trayectoria de libros y de labor que lo fue convenciendo más de su vocación pública: "Descubrí que el tema público me apasiona, me siento feliz de ser funcionario estatal". Y por eso confiesa que desde ahí es desde donde quiere trabajar y construir una carrera que en el futuro lo lleve por senderos políticos. Por ahora su mayor reto es enfocarse en una misión nada fácil: recuperar la confianza de una entidad con más de 6 mil empleados encargada de la extranjería en Colombia y que en el último periodo ha sido cuestionada como una de las instituciones más corruptas del Estado.

Su nuevo reto no lo asusta. Reconoce que no se las sabe todas pero que los temas de seguridad a los que se vio enfrentado durante su paso por la Superintendencia junto al presidente Uribe le dieron herramientas para dirigir y revertir la grave crisis por la que pasa el DAS.

La literatura siempre está ahí en un lugar privilegiado, no importa cuántas obligaciones y temas estresantes ocupen su cabeza: "Precisamente la literatura me da la posibilidad de meterme en otras historias". Es una manera de equilibrar la vida pública con su individualidad y además, un libro siempre lo acompaña a la hora de ir a la cama: "Para mí leer es absolutamente vital. Aunque sea leo tres páginas antes de dormir".

Antes de irse de la librería a la que por razones de tiempo no puede ir tanto como quisiera, aprovecha para llevarse unos cuantos libros. Algunas páginas amarillentas y con olor a viejo no son impedimento para escoger Todo fluye, de Vasili Grossman, y El gran arte, de Rubem Fonseca. Al contrario, son un atractivo más de esos aliados silenciosos que le ayudan a escapar de la rutina y descubrir en cada historia lo insondable de las vidas humanas.