Juan Carlos Ortíz, ejecutivo con alma de creador

El arte le ha servido a Juan Carlos Ortiz para alimentar su insaciable curiosidad. Desde muy joven sintió atracción por las diferentes manifestaciones artísticas e incluso hubo un momento que se volvió una esponja: "Me nació una avidez por leer, ver películas, viajar... quería llenarme de conocimiento".
Juan Carlos Ortíz, ejecutivo con alma de creador

En ese recorrido, como él mismo dice, ‘tragó mucha información’ y se convenció de que el proceso de creación es un músculo que toma elementos ya existentes para mezclarlos después de una forma original.

Antes de graduarse como comunicador social de la Universidad Javeriana, se fue a Cuba a estudiar cine y dirección en San Antonio de los Baños. Al regresar, comenzó su carrera como copy publicitario y sin darse cuenta todos esos referentes comenzaron a trabajar en su cabeza. Se inició como creativo en la agencia Leo Burnett, donde se destacó con campañas creativas y comerciales de publicidad que poco a poco lo llevaron a trabajar fuera del país y más tarde a ocupar la presidencia de la agencia para Colombia. En 2000 recibió el León de Oro de Cannes con el comercial del hombre adicto que huele la caspa de un pasajero en un bus. “Ese fue uno de los momentos más emocionantes de mi carrera”.

Su afición por el arte plástico se le convirtió en un pasatiempo serio. En sus viajes aprovechaba para visitar museos y en Colombia comenzó a rastrear nuevos artistas colombianos: “Quería tener una obra representativa”. En su oficio descubrió a René Magritte, un pintor que se convirtió en su artista favorito: “Es, sin que él lo hubiera sabido, el gran maestro de la publicidad moderna. Tenía un poder único de generar conceptos”.

Del encanto por el surrealismo y sus principales figuras, Ortiz pasó al dadaísmo y a la fascinación por Marcel Duchamp, otro gran conceptualizador: “Me encanta esa generación de conceptos porque la siento muy cercana a lo que hago yo en mi vida”.

En su casa, los espacios albergan fotografías experimentales, pinturas de aire pop y esculturas tan inquietantes como las del artista Miller Lagos, quien trabaja con la ambigüedad de materiales y acabados. Pero no solamente el arte plástico ha sido su inquietud. Escribir es una de sus grandes pasiones: “Esa ha sido mi herramienta. Es lo que hago todo el tiempo aunque sea una campaña o la columna de El Espectador”, dice, y ha alimentado su hábito con dosis de literatura universal, entre ellas algunos clásicos del simbolismo francés como Verlaine, Rimbaud y específicamente Baudelaire, y la Generación del 98 española de Antonio Machado y Miguel de Unamuno.

Ahora enfrentado a sus múltiples ocupaciones como presidente de DDB Latina, la entidad encargada de manejar los mercados de Estados unidos, Latinoamérica y España, el tiempo no le sobra tanto como quisiera.

Aunque los viajes hacen parte de su rutina semanal, cada vez que puede aprovecha para perderse por las ciudades y alimentar su curiosidad de animal creativo, ese que lo llevó a escalar posiciones antes nunca alcanzadas por un profesional de su formación: “Mi esencia es creativa, si no fuera así no estaría donde estoy. Yo sé que hay miles de administradores mucho mejores que yo; el valor que le he dado a mi trabajo es venir desde la perspectiva creativa, para darle a la dirección y a la forma de hacer los negocios un espíritu creativo”. Ese que le gusta rastrear en los artistas colombianos y el que, ahora desde la distancia –hace cinco años vive en Estados Unidos–le gusta explotar como un valor agregado de los colombianos: “Yo me he convertido en un embajador del país”.

El publicista, único latinoamericano en recibir el AAF (American Advertising Federation), algo así como el hall de la fama de la publicidad en Estados Unidos, se prepara para lo que será su próximo reto: ser jurado del festival de Cannes de publicidad. Un desafío que, como tantos otros, no le quedará grande al gran creativo.

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