Los hábitos de una mujer buena

Sin el más mínimo de los recursos, Clara Inés Rincón montó un hogar para niños pobres que hoy la llaman mamá.
Los hábitos de una mujer buena

La hermana Clarita sigue los dictados de su corazón. Ella sabe escucharlo, lo sigue, le cumple. Dejó la vida civil y mundana a una edad en la que normalmente las mujeres tienen matrimonios consumados y varios hijos. Tenía 36 años cuando decidió que ella no sería capaz de amar a un solo hombre. Ya había tenido novios, había amado y había sido amada, pero su existencia le pedía un compromiso más profundo con los enfermos y necesitados.

Ella lo empezó a presentir cuando dejaba a un lado los planes con los amigos y aquellos amores fugaces por escaparse cada fin de semana a cuidar enfermos de VIH sida o acompañar a las prostitutas del centro de Bogotá. Durante doce años trabajó como enfermera en un centro médico de cirugía estética, mientras se dejaba llevar por ese corazón suyo, algo terco, que la empujaba a una aventura tras otra. Por eso cuando el llamado llegó a su corazón, ella se dejó llevar tranquila y sumisa. Se fue a un retiro de silencio, sin creer que podría permanecer una semana callada, pero lo logró. El último día decidió ser monja.

Pero no quería ser una monja más. Otra vez su corazón le decía qué hacer. Quería dedicarse a los enfermos de sida, a los más pobres, a los niños. Buscó, preguntó, pero nada la convencía. Alguien le dijo que un sacerdote se dedicaba a ese trabajo que a ella tanto le gustaba. Cuando conoció al padre Ernesto Sardi de Lima no dudó en unirse a la tarea de fundar una nueva comunidad religiosa.

Así Clara Inés Rincón, nacida en Alvarado (Tolima), huérfana desde muy niña, estudiante aplicada del conservatorio y enfermera consagrada de la Universidad del Tolima, dejaba sus bienes, su trabajo, su familia y amigos y hasta su vanidad, por irse a vivir con absoluta lealtad los votos de pobreza. Fundó en 1992 la comunidad Hermanas de Cristo Maestro y hoy dirige un hogar en el suroriente de Bogotá que atiende más de un centenar de niños y a sus familias.

“Yo recibo a los niños problema, los que no quieren estudiar, los terribles, los indisciplinados, los que se portan mal en su casa, los que echan de los colegios, los que tienen mañas”. Se ríe. Su voz es dulce y suave, parece un murmullo. Habla con ternura de los 110 niños que atiende a diario, de las 14 niñas que le arrebata a la pobreza de lunes a viernes. Refiere con pasión sus convicciones y con una fuerza incontenible demuestra que nada es imposible.

Si no tuviera esa firme convicción de que puede lograr lo que se propone no habría cometido la locura de ocupar una casa abandonada en el barrio Vitelma, en el suroriente de Bogotá. Era una estructura de seis pisos que fue construida para ser un colegio pero que por problemas legales terminó embargada y convertida en una “olla”, un expendio de estupefacientes y nido de ladrones y drogadictos.

La hermana Clarita llegó allí en noviembre de 2002 por sugerencia de un secuestre, buscando una sede para su comunidad, compuesta por ella y cinco monjitas más. La casa estaba inhabitable, no tenía servicios públicos ni pisos ni puertas y albergaba toneladas de basura. Pero una vez más su corazón le hizo el guiño y ella le obedeció.

Al día siguiente, 6 de noviembre, la ocupó, pero por poco se queda sola. Cuatro monjitas abandonaron la comunidad porque no soportaron las condiciones en las que tenían que vivir. Así que ella, junto a otra hermana, empezó a limpiar y darle forma a la que sería su casa. Un vecino le extendió un pedazo de cable para prender un bombillo y otros más le suministraron agua por una manguera. Con materiales regalados puso una ventana allí, una puerta acá, un par de baldosas y un sanitario.

“No es cuestión de aguantar, es amor, es pasión”, explica con su susurro de voz dulzona. Los ojos le brillan mientras cuenta que tenía que sacar la basura con una pala y que el último piso, donde ahora funciona una modesta capillita, estaba habitado por decenas de palomas. Sonríe. Siempre lo hace. Sonríe mientras relata que estuvo enferma durante un año, y vuelve a hacerlo cuando recuerda que las primeras noches el miedo, el frío y las ratas no la dejaban dormir: “Después de invocar a san Francisco de Asís y a san Martín de Porres, se me ocurrió maullar como un gato y así logré que las ratas se quedaran quietas”.

Si ella no creyera en la razón de su lucha y en la fuerza de la oración, no habría celebrado esa primera novena de aguinaldos rodeada de niños, con un pesebre hecho sobre arena y pedazos de ladrillo. Si no estuviera convencida de que sus corazonadas eran acertadas, no habría abierto, a los pocos días, un comedor para darles almuerzo a los primeros 20 niños que llegaron con los estragos de la pobreza y la desnutrición en sus cuerpos. “Las cosas del Señor”, repite.

Con esa misma frase acallaba las críticas de sus amigos, que le repetían que estaba loca por reconstruir y ocupar una casa que tenía 18 procesos pendientes en los juzgados y porque, además, no tenía un solo peso para comprarla en el remate. Creyendo que deliraba, un amigo le llevó una abogada experta en administración para convencerla de salir de ahí antes de meterse en un lío que la llevara a la cárcel. La hermana Clarita no se movió un centímetro. Su corazón le decía que esa casa era para el Hogar de Cristo, como se llama hoy. Y sonreía y les decía a todos que ella iba a comprar la casa. “Para Dios todo es posible”, repite.

Con la generosidad de quienes creyeron en ella, reconstruyó parte de la casa, que en poco tiempo fue habitada por 14 niñas de Altos de Cazucá, donde la hermana Clarita seguía yendo cada vez que podía. Se conmovió al ver a las niñas con hambre y con sarna (como la de los perros) que le pedían que las sacara de allí. Al cabo de un año y recogiendo donaciones dentro y fuera del país, logró comprar la casa.

Su fama de monjita caritativa se extendía por esas lomas, pobladas con desplazados de la violencia partidista desatada después del Bogotazo, mientras ella hacía crecer la casa y dejaba atónitos a sus incrédulos amigos. “Son los misterios de Dios”, repite.

Y muestra orgullosa su obra. Ya tiene los seis pisos arreglados, con dormitorios para las niñas, varios salones, un gran comedor, una capilla, un taller y su oficina.

Allí siempre hay niños. Llegan en la jornada contraria a la escolar para recibir alimentación, supervisión de la nutricionista, asesoría de tareas, actividades artísticas y recreativas y formación espiritual. Y ellos traen a sus mamás, mujeres que han sufrido pobreza y maltrato y que buscan en la hermana Clarita un consejo, una ayuda para una medicina y, de paso, colaboran en el hogar. Todas reciben capacitación sobre manipulación de alimentos y participan en los talleres haciendo manualidades. Muchas han aprendido a leer y escribir, otras han conseguido beca para estudiar.

La hermana Clarita les dedica buena parte de su tiempo. Las escucha. Les dice que no soporten el maltrato de sus esposos, las motiva a que se arreglen y se pongan bonitas, a que estudien y consigan trabajo. Y les enseña a no maltratar, a abrazar, a hablar, a consentir. Incluso algunas le dicen mamá. Y la monjita, con 51 años y varias canas que se adivinan debajo del manto que lleva en la cabeza, les sonríe, las abraza. Conoce la vida de todas y pregunta y orienta con su voz de murmullo.

En medio de tanta gente que entra y sale todo el día, hay una voz que pone a la monjita en alerta. Es David*, un pequeño con ojos vivarachos que corretea y le dice mamá. Ella está pendiente de darle puntualmente la medicina, de que cumpla con sus deberes, se cambie el uniforme y haga las tareas. El niño se le cuelga del cuello, la besa, se toma la medicina y le promete cambiarse de ropa.

Ella le salvó la vida hace más de 10 años. Lo recibió, recién nacido, de un hospital donde fue dejado por ser portador de VIH sida. Pesaba un kilo y no tenía esperanzas de sobrevivir. “Yo estaba enferma cuando él llegó, pero mi corazón se sobresaltó y me dijo que ese niño sería una luz hermosa que iluminaría nuestras vidas”. Siguiendo los dictados de su corazón, volcó todo su amor y cuidado en ese pequeño. Le inyectaba los alimentos y los medicamentos y lo llevaba al hospital en cada crisis.

“Sí, soy mamá del corazón y me siento tan feliz como cualquier mujer cuando es madre. Tengo mucha responsabilidad porque a partir del año pasado el ICBF me lo dejó con la figura de hogar de protección, porque no puedo adoptarlo”. Sonríe otra vez y su cara se ilumina aún más contando que crearon una familia para él: el padre Sardi de Lima es el papá y entre las ocho monjitas de la comunidad se repartieron los roles de hermanas y tías. Un donante paga la pensión del colegio, una de las monjas es la acudiente y mamá Clarita le paga la ruta.

David tiene su enfermedad controlada. Es muy inteligente y dice que quiere ser cura. La mamá se declara feliz y ya tienen definido con el papá que apenas crezca se irá con él a Francia a hacerse sacerdote. Está segura –su corazón se lo dice– que su hijo será un gran apoyo en su nueva obra: un hogar para asistir a niños y mamás enfermos terminales de sida.

Ya tiene una casa en el occidente de Bogotá y le falta comprar la de enseguida. Sueña con una sede grande, que les ofrezca a las madres un sitio digno para pasar sus últimos días junto a sus hijos. La monjita se ríe cuando le pregunto si ya tiene los setecientos millones de pesos que vale la otra casa.

–No. Contesta resuelta.

Intento preguntar cómo hará entonces, pero enseguida, y con la misma determinación, dice que comprará la casa de al lado del Hogar de Cristo. No está en venta. Tampoco tiene plata para comprarla. Pero con absoluta seguridad me cuenta que necesita un parqueadero “para cuando tenga carro”, me aclara. Continúa explicando que encima del parqueadero hará un gran salón para que los abuelitos puedan bailar; al fondo hará un parque infantil; en el piso de arriba hará una panadería, un oratorio grande y más arriba una lavandería y más talleres.

Lo pienso una vez más y creo que no tiene sentido preguntarle cómo lo hará. De todas formas lo hará. Ahora es ella la que me interroga:

–“¿Y no me va a preguntar si soy feliz?”

Su sonrisa, una vez más, es amplia y generosa.

–Creo que no hay necesidad.