Mujeres muy machas

La sudafricana Caster Semenya no es la primera deportista sobre la que se ha dudado de su sexo. La historia olímpica es prolífica en ejemplos de mujeres con una testosterona fuera de lo común y de entrenadores que, incluso, lo fomentaban. Un debate médico y ético.
Mujeres muy machas

Cuando las últimas delegaciones del Mundial de Atletismo llegaron al hotel Estrel de Berlín, el rumor ya se había regado como la pólvora: una atleta sudafricana era en realidad un hombre. Se llamaba Caster Semenya y no solo tenía el cuerpo y los ademanes de un hombre. Su actitud era también la de un muchacho. Tanto que cuando los organizadores repartieron las habitaciones, una chica de otro país africano se negó a compartir el cuarto con ella.

Resignada, Semenya durmió sola durante las dos semanas que duró la concentración. Mientras tanto, las miradas más suspicaces caían, literalmente, sobre su humanidad. La presión fue tan grande que la sudafricana estuvo a punto de no ir a la ceremonia de premiación de la prueba de 800 metros y se abstuvo de conceder la tradicional rueda de prensa. Sólo cuando fue recibida en su país como una heroína, habló: “Tomé la cabeza en los últimos 400 metros y las maté. Ellas no pudieron seguir la carrera”.

Y fue claro que ninguna de sus competidoras pudo seguirle el paso porque, según ellas, Semenya no sólo parecía un hombre. Corría como un hombre. “Tiene todo para ser un hombre. Si me ponen a ella y 10 hombres delante no sabría decir que ella es la mujer”, dijo la española Mayte Martínez, una de sus oponentes.

Precisamente fueron las otras deportistas las que pusieron en alerta a la Asociación de Federaciones de Atletismo para verificar si en verdad Caster era mujer. “Ellas ni siquiera se sintieron frustradas porque sabían que habían perdido frente a un hombre”, dijo Valentín Gamboa, el entrenador de la delegación colombiana que participó en los mundiales.

Según él, Semenya es un muchacho. Gamboa, que ha entrenado decenas de atletas criollas durante más de 30 años y ha ido a varias competencias internacionales, no tuvo ninguna duda sobre lo que vio en Berlín. “En el deporte es común ver mujeres poco femeninas, pero es la primera vez que veo a alguien como ella. Uno ve mujeres de salto alto con dos metros de estatura y otras muy corpulentas, de lanzamiento de bala o levantamiento de pesas, pero todas tienen rasgos femeninos. Semenya es diferente”.

Aunque Gamboa no se atreve a fijar un dictamen, porque hay implicaciones médicas y legales muy delicadas, asegura que este puede ser un caso de hermafroditismo. “No creo que haya manipulación de hormonas. Los controles antidopaje son tan estrictos que no es posible que en estos tiempos alguien tome riesgos tan altos”.

Los riesgos de los que habla el entrenador se refieren a que el Comité Olímpico Internacional puede quitarle la medalla a la atleta si se llega a confirmar que recibió una dosis externa de testosterona, hormona que aplicada sistemáticamente y en altas dosis le proporciona a las mujeres la fuerza, la musculatura y la resistencia de un hombre. Y claro, también la apariencia física (rasgos fuertes, voz ronca, barba, calvicie, etc.).

Esta táctica extradeportiva llegó a ser algo natural en los años ochenta en la República Democrática Alemana (RDA). De hecho, la sospecha acerca de que Semenya hubiera recibido hormonas masculinas se derivan no sólo de que sus muestras de laboratorio registraran niveles muy altos de testosterona, sino de que su entrenador, Ekkart Arbeit, estuvo en el equipo médico que trabajó en la “fábrica de atletas” de la Alemania comunista. Arbeit y un puñado de entrenadores más identificaban niños y niñas con aptitudes para el deporte a quienes, luego, les suministraba altas dosis de hormonas. Los resultados fueron irrefutables: en dos décadas, la RDA consiguió 519 medallas olímpicas.

Pero las consecuencias en la salud de las deportistas fue lamentable. El caso emblemático es el de la lanzadora de bala Heidi Krieger, quien ahora se llama Andreas Krieger. Ella asegura que las hormonas que le suministraron desde los 16 años le causaron tanto daño a su organismo que terminaron convirtiéndola en un hombre. Hace diez años se hizo operar para cambiar de sexo y se casó con una nadadora que también fue víctima de este procedimiento.

Al margen de este caso especial, no han sido pocas las deportistas que se sienten más inclinadas al sexo masculino. Yvonne Buschbaum, considerada una de las mejores atletas en salto con garrocha de su tiempo, decidió cambiar de sexo hace dos años. Aunque su apariencia no era muy femenina, nunca hubo dudas sobre su identidad sexual. Sin embargo, ella confesó: “Desde hace mucho tiempo me siento en un cuerpo ajeno y los que me conocen lo ven tan claro como yo. Soy un hombre en un cuerpo de mujer”. Yvonne ahora se llama Balian y es feliz aunque no pueda competir –ni siquiera en la categoría de varones– porque recibió tratamiento con testosterona y resultaría positivo en las pruebas antidopaje.

Las historias de cambio de sexo en el deporte son más comunes de lo que parece. María Torre-Madé, una atleta nacida en Barcelona, se cambió de sexo a los 19 años, después de cosechar varias medallas. Sus padres la llevaron al médico porque ella decía sentirse atraída por las mujeres. Entonces los especialistas dijeron que era un hombre. Después de la operación, se hizo llamar Jordi.

La austriaca Erika Schinegger, campeona mundial de esquí, se enamoró de su mejor amiga. A los 20 años se operó para cambiarse de sexo y se casó con ella.

Y aunque hay casos de cambio de sexo de hombre a mujer, como sucedió con el ciclista escocés Robert Millar, quien hace seis años reapareció como Philippa York, las dudas sobre la identidad sexual recaen en su mayoría sobre las mujeres.

La historia del deporte de élite está llena de anécdotas en este campo. En los Juegos Olímpicos de México en 1968 se instituyó como obligatoria una prueba de feminidad a todas las mujeres que pretendían participar en cualquier disciplina. La medida se tomó luego de descubrirse que en muchas oportunidades les habían metido gato por liebre: hombres se hacían pasar por mujeres y rompían e imponían récords a diestra y siniestra.

La prueba, que durante mucho tiempo fue ocular y luego de laboratorio, fue eliminada en los Olímpicos de Sidney 2000, atendiendo protestas de organizaciones feministas y de derechos humanos que la consideraban un atentado contra la dignidad de las deportistas y discriminatoria porque no se aplicaba a los varones. Desde esa fecha, el test de feminidad es aplicado sólo en caso de sospecha, como el de Semanya.

De no pasar la prueba, la deportista podría perder la medalla. Así le sucedió a la atleta india Santhi Soundarajan, quien había ganado la medalla de plata en los 800 metros de los Juegos Asiáticos en diciembre de 2006 y tuvo que devolverla cuando un equipo médico integrado por ginecólogos, endocrinólogos, psicólogos y médicos generales, determinó que no tenía las características de una mujer por “presentar un número más elevado del permitido de cromosomas Y”.

La historia de esta deportista de 25 años es muy triste no sólo porque perdió la medalla y jugosos premios en efectivo que le habían prometido en su país, sino porque meses después intentó suicidarse. Una compatriota suya, Anasuya Bhai, había pasado por la misma situación, pero ella –mejor dicho, él–, decidió seguir en el deporte como entrenador y mánager.

Estos casos reviven la discusión sobre los derechos de los atletas de “dudoso sexo” y sobre la vergüenza pública que les significa defenderse y hasta devolver una medalla. Hay quienes piensan que el problema se reduce al control que deben ejercer las respectivas federaciones. El año pasado el director médico de la Organización Deportiva Panamericana (Odepa), Eduardo Henrique de Rose, de Brasil, dijo que es tradicional encontrar casos de hermafroditismo en las competencias internacionales, pero nunca salen a la luz pública porque no les permiten competir. Según él, este tipo de personas no tienen la culpa de su condición, pero es evidente que tienen ventajas sobre las mujeres por la cantidad de hormonas masculinas que poseen.

El médico brasileño explicó que a los médicos deportivos les importa la anatomía de la persona y su fisiológica: “Las mujeres deben tener genitales femeninos. Si encontramos una mujer que no tiene útero, no tiene vagina y tiene dos testículos intraabdominales, tendrá que hacerse una modificación para poder concursar en igualdad de condiciones”.

Eso le sucedió a Edinanci Silva, una judoca brasileña que tenía órganos internos femeninos, pero órganos externos masculinos. Para poder competir en torneos internacionales, decidió operarse en 1996. Se extirpó el órgano sexual masculino, se reconstruyó el clítoris y se sometió a un tratamiento hormonal para rebajar sus niveles de testosterona. Así obtuvo el certificado de feminidad del COI para competir en juegos olímpicos. Estuvo en Atlanta 1996, Sidney 2000 y Atenas 2004. Y aunque sus competidoras aseguraban que tenía la fuerza de un hombre, Edinanci no ha logrado conquistar una medalla.

Lo que le espera a Caster y a las autoridades olímpicas no es nada fácil. Felipe Rueda, médico general y columnista de CROMOS, asegura que los niveles altos de testosterona en las pruebas de Semanya no comprueban nada. “Existen gran variedad de trastornos hormonales. Podemos estar frente a una supermujer, con tres o cuatro cromosomas Y, o frente un seudohermafrodita. Incluso pueden existir mujeres con tal desarrollo atlético que dejen de menstruar”.

El médico explica que el hermafroditismo en humanos no existe. Lo que hay son personas con órganos sexuales ambiguos. Es decir, con una vagina o un pene no desarrollados totalmente o testículos en la zona intrabdominal, pero nunca una persona con vagina, pene, ovarios, útero y escroto.

Este tipo de situaciones plantea un conflicto ético, moral o legal. “Culturalmente se acepta que una persona o es hombre o es mujer, pero existen condiciones físicas que pueden generar ambigüedad. ¿Quién puede determinar entonces qué sexo tiene?”

El primer caso documentado de “sexo ambiguo” en el deporte fue el de la atleta polaca Stanislawa Walasiewics o Stella Walsh (nombre que asumió en Estados Unidos). Ella fue campeona olímpica y batió varios récords mundiales. Su condición se conoció cuando le fue practicada una autopsia tras haber muerto a tiros durante un asalto, cuando tenía 64 años. El reporte de las autoridades dio cuenta de que tenía órganos sexuales masculinos y femeninos.

Curiosamente en los Olímpicos de Berlín, en 1936, Walsh había perdido la medalla de oro con la estodounidense Helen Stephens. Ante su derrota, la polaca acusó a Stephens de ser hombre. La norteamericana aceptó una inspección ocular y dejó comprobar su feminidad.