Reconciliación racial en Suráfrica

Una cosa es el fútbol para los negros y otra muy distinta para los blancos. El Mundial los ha unido a ambos, como alguna vez lo hizo el rugby. Un buen momento para la reconciliación.
Reconciliación racial en Suráfrica

Es una tarde fría, como lo han sido todas durante el Mundial, y el estadio Soccer City, de Soweto, está inundado con la bandera multicolor de Sudáfrica. A pesar de la temperatura, 90.000 aficionados eufóricos, de todos los colores, no paran de gritar y saltar un solo minuto. Sudáfrica sabe que no es sólo el partido inaugural del Mundial de fútbol. Es consciente de que se está jugando un trozo de su historia.

En esta zona conturbada de Johannesburgo, el 16 de junio de 1976, un grupo de estudiantes negros se levantó en contra del gobierno, en protesta por una ley entonces promulgada, la cual obligaba a las escuelas a impartir el 50% de sus clases en afrikáans, la lengua nativa del grupo étnico que creó el apartheid. La fuerza pública no pudo controlar la situación y disparó contra de la multitud. Fue la gota que rebosó la copa y el inicio del final del apartheid. Todo ha cambiado en Sudáfrica desde entonces.

La euforia se toma las tribunas. El sonido de las vuvuzelas hace evidente la presencia viva de la cultura festiva del África negra. El apartheid no existe más. Los fríos afrikáners que, al bailar, parecen tener dos pies izquierdos, intentan contagiarse de la vibración colorida y musical.

Ahí mismo, dos semanas antes, Soweto fue la sede, como preámbulo del Mundial de fútbol, de la final del campeonato nacional de rugby entre los Stormers y los Blue Bulls. Por primera vez, el barrio negro abrió las puertas a un partido de rugby de esa magnitud. Asistieron más de 40.000 aficionados, en su mayoría blancos.

Años atrás ningún sudafricano blanco hubiera osado entrar en Soweto y, mucho menos, a su estadio. Todavía hoy, muchos tuvieron que luchar contra sus propios miedos para lograrlo. El Soccer City y el Orlando Stadium eran los templos del fútbol de los negros, que rechazaban el rugby por considerarlo una expresión de la violencia opresiva de los blancos. Hoy los tiene reunidos, en los mismos estadios, en torno al fútbol.

Así lo supo entender Nelson Mandela cuando en 1995 logró reconciliar a todo un país alrededor del equipo sudafricano de rugby: los Springboks. El equipo sudafricano logró coronarse campeón mundial, en contra de los pronósticos. Ese día Tata Mandela, el abuelo de toda la nación, logró con un partido de rugby que los enemigos a muerte se abrazaran y cantaran juntos el Nkosi Sikelel, el hermoso himno negro que hoy ha sido transformado para incluir a las once lenguas más importantes de Sudáfrica.

En esta tierra donde los blancos eran más blancos y los negros más negros, los colores han perdido su poder separatista. La bandera multicolor de Sudáfrica ahora es sólo una y bajo la cual se está jugando el Mundial de fútbol.

El Mundial en blanco

El día de la final de rugby en Soweto, los Blue Bulls, el equipo de Pretoria, venció a los Stormers 25 a 17. Los afrikáners celebraron como si fueran negros: saltando y gritando con el alma. Para el sudafricano blanco el rugby no es sólo un deporte, es un canto a su espíritu guerrero: la recreación del campo de batalla. En el rugby los hombres se reafirman como tales.

Todos los jugadores del equipo ganador son afrikáners y, en su mayoría, de Pretoria. En esta ciudad, que hoy es la capital administrativa y ejecutiva del país, fue donde los afrikáners –o boers, como también se suele llamar a este grupo étnico de granjeros errantes, descendientes de colonos holandeses– se asentaron definitivamente después de la Gran Marcha, una carrera nómada y colonialista que, con justificaciones religiosas, oprimió con terrible crueldad a las diferentes tribus guerreras en su recorrido por el sur del continente.

Los afrikáners sólo representan al 7% de la población y han quedado reducidos a una minoría desprovista del poder político después de que fuera abolido el apartheid. Sin embargo, su influencia política y económica sigue siendo muy importante y, probablemente, vital para el país. Esto lo pudo entender Mandela al abandonar las ideas más radicales de la lucha armada y apelar al corazón, tanto de blancos como de negros, para una reconciliación.

De la población blanca, el 70% es afrikáner y el 30% desciende de los ingleses. A pesar de que durante generaciones han convivido –físicamente no hay diferencias notables– es fácil reconocer a un afrikáner de un sudafricano inglés: su forma de moverse, de vestir y de hablar.

Los afrikáners son gente conservadora y religiosa, defensora de la institución familiar y de sus valores. Son duros emocionalmente, guerreros; pero, al mismo tiempo, sentimentales. Aman a su tierra por encima de cualquier cosa y tienen una conexión especial con ella. Es natural ver a niños afrikáners caminando sin zapatos en pleno invierno en un moderno centro comercial; o ver adultos comiendo con las manos con gracia campesina. Sus ciudades están diseñadas para no perder el contacto con la tierra; son amplias, generosas, y guardan un profundo respeto hacia el paisaje y la naturaleza. Las mujeres son hermosas, de cuerpos fuertes y miradas penetrantes. Los hombres son robustos, de huesos grandes y, casi siempre, toscos en sus modales.

El micromundo de los afrikáners hasta ahora se está abriendo. Existe todavía un profundo desconocimiento de lo que pasa afuera de sus fronteras, aunque esto está cambiando rápidamente dentro de las generaciones que no conocieron el apartheid. Los jóvenes no logran entender los resentimientos que aún suscitan; muchos hasta sienten vergüenza por lo que hicieron sus ancestros.

Sudáfrica es un país en construcción y el proceso no ha sido fácil. Todavía existen problemas de seguridad muy importantes, la distancia cultural y económica entre clases es inmensa y el racismo subsiste en las dos direcciones. El miedo generalizado parece llegar a los límites de una paranoia colectiva. No es difícil encontrar en los bares a jóvenes cargando un arma de fuego en el cinto para su defensa personal.

Algunos culpan a la inclusión social de la población negra –y a los últimos dos gobiernos negros– de todo lo que está ocurriendo en el país. Grupos de extrema derecha como la AWB cobijan este tipo de pensamiento y su discurso se acerca a un fundamentalismo peligroso. Las teorías conspirativas abundan y el éxito del Mundial de fútbol podría representar una de sus más fuertes derrotas; tal vez, la definitiva. Aun así, hay muchos blancos radicales que se están preparando para una guerra civil que, según ellos, se va a desatar a causa del Mundial.

El mundial en negro

Al blanco común, y sobre todo al afrikáner, le es difícil entender lo importante que es el fútbol para la población negra. Dentro de su lógica –todavía contaminada por la segregación y por el pequeño mundo que los rodea–, consideran al fútbol un deporte inferior.

El fútbol es a los negros lo que el rugby es a los blancos. Desde el apartheid, el fútbol se convirtió en una respuesta a la segregación y en una forma de identificarse con el resto del África negra. Hoy, en cualquier calle, se ven niños jugando descalzos intentando emular a sus jugadores favoritos. La pasión por el fútbol crece en los barrios negros, y lenta y tímidamente se está trasladando al mundo blanco.

Antes del campeonato de los Springboks, en el Mundial de 1995, la única posibilidad de ver a un negro en un partido de rugby habría sido apoyando al equipo contrario. Actualmente, se les ve en las tribunas gritando por su equipo con la vehemencia y la pasión de cualquier blanco.

El respeto y el reconocimiento del negro a la máxima pasión del afrikáner, el rugby, ha sido uno de los pilares de la reconciliación entre las razas. Y fue un sacrificio negro. Hoy, con el Mundial de fútbol, les ha tocado el turno a los blancos. La playera del Bafana bafana (como le dicen cariñosamente al equipo) se ve ahora en cualquier esquina y, a diferencia de hace unos meses, su portador puede tener la piel de cualquier color.

Realizar un mundial en tierras sudafricanas es un logro político importantísimo para los negros. El desarrollo y final de este Mundial parece tener una relevancia fundamental para su historia. Es el momento de la población negra y es la oportunidad de que los antiguos opresores respeten y quieran el deporte de los que fueron sus enemigos.

El mundial en tecnicolor

Y todo parece que se está logrando. Ganen o pierdan, las tribunas se han llenado de pieles de todos los colores para abrazarse y gritar a favor del equipo sudafricano, sin importar el resultado. Esa ha sido la mayor victoria de una nación que está haciendo un gran esfuerzo por reconciliarse consigo misma. Las calles de Johannesburgo, que en algún momento podrían haber sido el escenario de una guerra civil, hoy son el espacio donde blancos y negros se confunden en un baile que parece buscar la eternidad.

El fútbol tiene el poder de ocasionar una guerra, como ocurrió entre Honduras y El Salvador, pero también de evitarla. El deporte, como emoción colectiva, puede tener un inmenso poder de cohesión, como lo entendió Mandela, quien ahora tiene 92 años. Sudáfrica tiene la gran oportunidad de finalizar su obra en este Mundial. El país, que apenas empieza a identificarse, se ha mostrado –¡por fin!– como una nación multirracial.